Cartas al siglo XX | 5 de agosto de 1966, viernes | Eleanor Rigby


Lo achacas a que nunca has recogido el ramo lanzado de espaldas por una novia. Tal vez solo porque nunca te han invitado a una boda. Ni siquiera las que partían al bajar taconeando la escalera de la casa. Pero claro que las has visto. Cada domingo en St Peter. Tu momento predilecto es cuando asoman los novios, abrazados, por la puerta, y los asistentes rocían la escena con una lluvia de gritos y arroz. Nunca te has imaginado en su lugar. Estarías tan nerviosa que incluso soñarlo te resulta incómodo. No digo que no hayas pensado, incluso con frecuencia, en cómo te gustaría que fuera tu marido, en caso de que algún día llegaras a disfrutarlo, pero resulta un inconveniente, en la trama de la fantasía, que superes el bache de las nupcias. Ya te has asomado a una puerta en una ocasión y eso es más que suficiente para una vida. Eras casi una niña. Y sin que nadie te mirara y menos te lanzara flores, ni tampoco ibas acompañada, saliste una mañana de tu casa, en Pittenweem. Con un hatillo por biografía. Al asomarte a la puerta solo te besó la cara el viento del norte con sus labios impregnados en sal.

No has recogido nunca el arroz esparcido por las losas de piedra frente a la puerta de St Peter. Aunque en una ocasión es cierto que te agachaste en el lugar por juntar unos cuantos pétalos de rosa que alguien había lanzado a los novios, una vez el tumulto del casamiento había devuelto a la iglesia su habitual silencio. Lo hiciste para guardarlos en un tarro de estaño, de crema de limpieza, que la señora había tirado, y tú salvaste del cesto y lo incorporaste a tu pequeña colección de tesoros. A Woolton, cuando aún era un pueblo y no unas afueras, llegaste en un carro que transportaba paja. Venías a servir. Debajo de la escalera el señor había mandado habilitar el espacio para que cupiera una cama infantil. En el mínimo baúl que colocaron a los pies doblaste las ropas que traías comprimidas en el hatillo y sonreíste al ver que cabían con holgura. Sobre la cama, la señora había dejado extendido un uniforme de sirvienta que a la vista era varias tallas por encima de la tuya. Y te sentiste feliz al pensar que poco a poco, con los días, las irías rellenando hasta estirar las costuras. Por primera vez en tu vida supiste lo que significaba la palabra futuro y eso tranquilizó la inquietud con la que abandonaste Pittenweem. A donde nunca ibas a regresar.

La señora te ha enseñado a cocinar el pastel de carne picada con puré de patata, el estofado de ternera, el asado de los domingos y el dulce de chocolate. Comidas que disfruta la familia al completo, en especial los días de fiesta, y que tú empiezas a saborear con deleite después de haber retirado los platos rebañados del postre, en la cocina, junto a los platos amontonados en la pila. Frente a la ventana, mientras comes, sigues los vagabundeos de los adolescentes del barrio. Melenudos que se sientan en los bancos de la plaza que hay delante a tocar la guitarra y cantar canciones que no oyes, ya hiele o truene. Esperas morirte así, sin saber lo que es la soledad. Sin pertenecer a esa tribu sórdida que ves en ocasiones dormir bajo los soportales o atosigar a los compradores, gorra en mano, para que les entreguen el escueto cambio que devuelven los tenderos en los puestos ambulantes en día de mercado. El domingo en el que la menor de las hijas de los señores salió para casarse en St Peter, después de que hubieran abandonado la casa familiar sus dos hermanas mayores, por la noche te pidieron que cambiaras la ropa de cama de la habitación ya inútil, la más pequeña por haber sido la hija menor, y que subieras al nuevo aposento desde tu cuarto bajo la escalera el pequeño baúl con tus pertenencias. Ni en sueños te hubieras figurado que pudiera ocurrir algo así.

A veces te parece que los años son correspondencia que llega al buzón y que se queda ahí amontonada sin que nadie la lea. Posiblemente una sea la carta de amor que cada persona cree tener destinada. En la tuya llama la atención un bulto en el centro del sobre. Si lo palpas, intuyes que es una rosa roja de un jardín bien cuidado de una pequeña casa en los suburbios de Liverpool. No haberla recogido te exime, o eso crees, de recibir los otros mensajes que han llegado al mismo casillero. Esas otras cartas con ribete negro, esos telegramas intempestivos, esas redacciones con faltas de ortografía y expresiones oídas en la homilía dominical. Ni una, ni las otras. Mientras el buzón continúe sin vaciar, los días idénticos te defienden de los infortunios. Cada jornada final de mes el señor te deja un sobre sobre la mesilla de noche de tu cuarto, ahora ya en el piso de arriba. No lleva indicación ninguna, y tampoco necesitas contar las libras para saber cuántas hay. Siempre las mismas. Abandonas el sobre cerrado dentro del pequeño baúl, que ahora guardas en el armario. ¿Para qué quieres un salario, te preguntas doce veces al año, si no le falta nada a tu vida?

Un día, sin embargo, descubres que tu observación ha sido todo este tiempo errónea. Hay algo importante que sí le falta. Solo una cosa, pero la ausencia existe y es menester remediarlo. Con susto, no te lo niegas ni a ti misma, por primera vez en tantos años abres el viejo baúl no para guardar un sobre, sino para volcarlo. Extendidos todos sobre la cama. Un montón de envoltorios que rasgas uno a uno mientras agrupas en montones las libras que vas rescatando. Los cuentas. Anotas el producto de la suma en uno de los sobres. Es la cifra de tu capital. No tienes ni la menor idea de si servirá para cubrir la falta que has descubierto. Pero pides hora en la parroquia con el padre MacKenzie. Y una vez dentro del despacho, le solicitas presupuesto para tu propósito. Mientras el sacerdote hace las cuentas, observas las paredes húmedas, la desvencijada mesa, los libros desfallecidos en los estantes, los desconchados en el crucifijo que preside la sala. Levanta la vista y te susurra, como avergonzado, una cifra. Una cifra nada trivial. Casi el precio de una casa. Pero sonríes, se te escapa una breve interjección de alegría. No solo tu cantidad la cubre, sino que aún queda un resto para que encarguen rosas blancas y las esparzan por la tierra que habrá de acoger tu memoria. Incluye lápida de piedra, un medallón esculpido y labrado un texto de cien palabras. Aunque sepa que no tiene tanta semblanza para esa extensión. La mitad se quedarán en suspiros, pero no te importa pagarlos como si fueran elogios. Debajo descansará una vida que siempre celebraste como la tuya propia. La única que te valía la pena haberla vivido.

20 de febrero, viernes. Jardín de aforismos


Añoro la vieja disputa entre «conocer» y «existir», le dice el tigre enjaulado al poeta que toma notas en su cuaderno de bolsillo.

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Llego a la puerta del supermercado y se abre sola ante mi presencia. Hace mil años se me consideraría un mago y ahora ni siquiera sé cómo funciona un sensor. Tampoco estoy tan lejos.

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«Preparo un paper», oigo que le dice un científico a otro.

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El concepto «dominación de la naturaleza», que tanto furor levantó en otras épocas, está de capa caída. Hay quien se daría golpes en el pecho si lograra un pacto.

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Lo irracional es uno de los productos estrella de la razón.

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¿Cuánto tiempo se pierde en solucionar dilemas morales de cuyo planteamiento los adolescentes coetáneos ya ni siquiera han oído hablar?

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Quienes se preocupaban en otros momentos por una crisis de valores apelaban siempre a la renovación espiritual. Qué ternura despierta esta palabra. Es como encontrar perdida en un cajón la fotografía del bebé que una vez fue uno.

12 de febrero, jueves | No aparezca usted nunca | Epigrama


Cómo añoro el «Vuelva usted mañana» de los tiempos de Larra e incluso de hace unos años. Ahora, el hecho de sentarse ante un funcionario de la administración, aunque sea para escuchar «vuelve en tal fecha, dentro de tres meses», resulta una quimera. Con esa ingenuidad que caracteriza a los usuarios, desde Larra hasta hoy, el contribuyente se acerca a la institución y un uniformado de seguridad de repente le sitúa en la realidad: «No se puede pasar. Solo con cita previa». Vuelve a casa, abre el ordenador, clica Cita Previa, pero no hay citas disponibles. Ni ese día. Ni esa semana. Ni ese mes. Ni ese año. Nunca. Repite la operación un número indeterminado de ocasiones, pero el aplicativo es más tozudo que él. Intenta acceder a algún lugar de la página informática donde contactar con alguien, realizar alguna gestión, pero Internet ha vuelto a los años 90, cuando era un mero escaparate de postales. Son dos cuestiones diferentes —el bloqueo de la administración y la red del presente, que ha cerrado por completo todas las aperturas a las que nos había acostumbrado en la primera década del siglo—, pero no solo se han aliado, se han hermanado en el nuevo hermetismo de la época.   

[Epigrama VI-08]

3 de febrero, martes | LAS NARRACIONES


El enemigo más solapado es la actualidad

René Char

La primera vez que nos citamos para conversar en un café, solos, al poco de conocernos dentro del grupo excursionista del barrio, y aún sin ninguna perspectiva de noviazgo, al menos por mi parte, me lo contó. Nos sentamos en una mesa de mármol, redonda, más bien escasa, donde apenas existía espacio para las dos tazas vacías y las dos teteras con las infusiones que habíamos pedido. De la mía no me acuerdo, pero en la suya humeaba un té verde, una bebida que me pareció muy adecuada para la ocasión. Me temo que la mía fuera un poco más prosaica. Una manzanilla o un poleo, tal vez. La tarde, debió de ser en mayo o en junio, era ya capaz de estirarse casi lo que se le pidiera, en plena adolescencia del año climático. Se había puesto una camisa clara y la chaqueta de punto la había dejado sobre el respaldo de la silla, bien puesta. No consigo recordar, sin embargo, si aquel día elegí una falda o recurrí al pantalón de diario. Lo cierto es que hasta después de que me lo contara no había despertado en mí aquel chico ningún tipo de interés.

         No sabría decir desde qué momento fuimos novios. En las películas había visto que eso se pide e incluso se celebra la petición en el calendario. No es que lo esperara y me quedase esperándolo, en absoluto, me gustó ese ir construyendo la relación día a día. Y al vernos, presentir que el beso de la víspera daría un paso al frente, aunque ignoraba aún cuál sería. Esa incertidumbre dejaba sobre la pequeña hoguera encendida gruesos troncos de árbol seco. Así que, sin decírnoslo, un día ya éramos novios y caminábamos por la calle de la mano. Y los domingos por la tarde íbamos juntos a un tipo de local que desconocía. Lugares muy tranquilos, en calles laterales, donde nunca había entrado, claro, porque solo acudían parejas. Atendía un único camarero, que se manejaba con una pequeña linterna. La oscuridad era el ambiente más apreciado. Los sillones donde nos sentábamos se daban la espalda unos a otros y la música que sonaba era dulce y melancólica. Solo lentos, claro. Había una pequeña pista en el centro donde habitualmente no bailaba nadie. Y sobre ese vacío, una bola de espejos que reflejaba luces tan tenues que apenas conseguía iluminarse a sí misma. En aquella intimidad de dos personas solas en el tiempo y en la ciudad me contaba lo que le había ocurrido y todo lo que durante la semana se le había pasado por la cabeza. A veces eran nimiedades, pero por trivial que pareciera lo que me explicaba, nunca lo consideré menos significativo de la ilusionante navegación que había emprendido nuestro noviazgo. Lo que me explicaba, allí entre sombras y caricias, era el combustible que daba alas a nuestra aventura.

         De repente, me veo una tarde de domingo repantigada en el sofá. El televisor entretenido consigo mismo. La luz agarrándose a los visillos para no ser engullida por el torrente de las horas. Ya no hay excursiones, como al principio. Fue hacernos novios y abandonar aquellas conversaciones multitudinarias en círculo alrededor de una pequeña y humeante hoguera. Pero tampoco han sobrevivido las tardes en la cueva amorosa de escasa luz. Desde que hemos alquilado entre los dos este cuchitril, aquella intimidad pasó a los cajones de la memoria. Ahora nos aloja otra, menos ensimismada. La encauzan las pantallas de todo tipo. Y aquí en el sofá engullimos una serie, atiborrándonos a capítulos. Sobre la mesa baja, de cristal, se acumulan las cervezas que bebemos. Incluso algunas mías, aunque nunca he conseguido que me gusten. Los dos, en chándal. Y zapatillas. Los primeros días compartir la vestimenta de la vida cotidiana incluso me emocionaba. Ahora me agobia un poco, la verdad, esta ausencia de necesidad de arreglarse durante los fines de semana.

Conforme avanzan los meses, algunos nubarrones van cargando mi optimismo. Aunque me negara a verlos, primero, o cuando los vi, no supiera desentrañarlos. Cuanto hacemos en nuestro piso también es iniciativa mía y me gusta hacerlo. Me ha costado un tiempo averiguar qué ocurre en realidad. Tras la retahíla de episodios, me levanto y apago el televisor. Regreso al sofá. Está contento. Habla. No es una situación desagradable, en absoluto. No sé qué está contando. Pero siento cómo lo que sea de lo que hable me va empujando hacia mi interior, como quien busca introducir un plástico con múltiples dobleces por el cuello de una botella. Ahí dentro siento que me quedo y desde el interior le oigo seguir hablando. Que si lo que está pasando allá, que si lo que dijo, fíjate, el impresentable del ministro, que si el debate en el Parlamento, que si las elecciones no sé dónde, que el otro día a tres paradas de metro de aquí, que si saca un nuevo disco… como si una botella pudiera comunicarse con otra, atravieso sus cuellos, cada vez más estrechos y yo en ellos, cada vez más sorda y ciega. Con una sordera que no construye el silencio, sino el soliloquio inane de las noticias en las que ni suya ni mía descubro implicada ni siquiera una partícula de sentido. 

[Cuaderno de ficciones, página 37]