3 de febrero, martes | LAS NARRACIONES


El enemigo más solapado es la actualidad

René Char

La primera vez que nos citamos para conversar en un café, solos, al poco de conocernos dentro del grupo excursionista del barrio, y aún sin ninguna perspectiva de noviazgo, al menos por mi parte, me lo contó. Nos sentamos en una mesa de mármol, redonda, más bien escasa, donde apenas existía espacio para las dos tazas vacías y las dos teteras con las infusiones que habíamos pedido. De la mía no me acuerdo, pero en la suya humeaba un té verde, una bebida que me pareció muy adecuada para la ocasión. Me temo que la mía fuera un poco más prosaica. Una manzanilla o un poleo, tal vez. La tarde, debió de ser en mayo o en junio, era ya capaz de estirarse casi lo que se le pidiera, en plena adolescencia del año climático. Se había puesto una camisa clara y la chaqueta de punto la había dejado sobre el respaldo de la silla, bien puesta. No consigo recordar, sin embargo, si aquel día elegí una falda o recurrí al pantalón de diario. Lo cierto es que hasta después de que me lo contara no había despertado en mí aquel chico ningún tipo de interés.

         No sabría decir desde qué momento fuimos novios. En las películas había visto que eso se pide e incluso se celebra la petición en el calendario. No es que lo esperara y me quedase esperándolo, en absoluto, me gustó ese ir construyendo la relación día a día. Y al vernos, presentir que el beso de la víspera daría un paso al frente, aunque ignoraba aún cuál sería. Esa incertidumbre dejaba sobre la pequeña hoguera encendida gruesos troncos de árbol seco. Así que, sin decírnoslo, un día ya éramos novios y caminábamos por la calle de la mano. Y los domingos por la tarde íbamos juntos a un tipo de local que desconocía. Lugares muy tranquilos, en calles laterales, donde nunca había entrado, claro, porque solo acudían parejas. Atendía un único camarero, que se manejaba con una pequeña linterna. La oscuridad era el ambiente más apreciado. Los sillones donde nos sentábamos se daban la espalda unos a otros y la música que sonaba era dulce y melancólica. Solo lentos, claro. Había una pequeña pista en el centro donde habitualmente no bailaba nadie. Y sobre ese vacío, una bola de espejos que reflejaba luces tan tenues que apenas conseguía iluminarse a sí misma. En aquella intimidad de dos personas solas en el tiempo y en la ciudad me contaba lo que le había ocurrido y todo lo que durante la semana se le había pasado por la cabeza. A veces eran nimiedades, pero por trivial que pareciera lo que me explicaba, nunca lo consideré menos significativo de la ilusionante navegación que había emprendido nuestro noviazgo. Lo que me explicaba, allí entre sombras y caricias, era el combustible que daba alas a nuestra aventura.

         De repente, me veo una tarde de domingo repantigada en el sofá. El televisor entretenido consigo mismo. La luz agarrándose a los visillos para no ser engullida por el torrente de las horas. Ya no hay excursiones, como al principio. Fue hacernos novios y abandonar aquellas conversaciones multitudinarias en círculo alrededor de una pequeña y humeante hoguera. Pero tampoco han sobrevivido las tardes en la cueva amorosa de escasa luz. Desde que hemos alquilado entre los dos este cuchitril, aquella intimidad pasó a los cajones de la memoria. Ahora nos aloja otra, menos ensimismada. La encauzan las pantallas de todo tipo. Y aquí en el sofá engullimos una serie, atiborrándonos a capítulos. Sobre la mesa baja, de cristal, se acumulan las cervezas que bebemos. Incluso algunas mías, aunque nunca he conseguido que me gusten. Los dos, en chándal. Y zapatillas. Los primeros días compartir la vestimenta de la vida cotidiana incluso me emocionaba. Ahora me agobia un poco, la verdad, esta ausencia de necesidad de arreglarse durante los fines de semana.

Conforme avanzan los meses, algunos nubarrones van cargando mi optimismo. Aunque me negara a verlos, primero, o cuando los vi, no supiera desentrañarlos. Cuanto hacemos en nuestro piso también es iniciativa mía y me gusta hacerlo. Me ha costado un tiempo averiguar qué ocurre en realidad. Tras la retahíla de episodios, me levanto y apago el televisor. Regreso al sofá. Está contento. Habla. No es una situación desagradable, en absoluto. No sé qué está contando. Pero siento cómo lo que sea de lo que hable me va empujando hacia mi interior, como quien busca introducir un plástico con múltiples dobleces por el cuello de una botella. Ahí dentro siento que me quedo y desde el interior le oigo seguir hablando. Que si lo que está pasando allá, que si lo que dijo, fíjate, el impresentable del ministro, que si el debate en el Parlamento, que si las elecciones no sé dónde, que el otro día a tres paradas de metro de aquí, que si saca un nuevo disco… como si una botella pudiera comunicarse con otra, atravieso sus cuellos, cada vez más estrechos y yo en ellos, cada vez más sorda y ciega. Con una sordera que no construye el silencio, sino el soliloquio inane de las noticias en las que ni suya ni mía descubro implicada ni siquiera una partícula de sentido. 

[Cuaderno de ficciones, página 37]