22 de octubre, viernes. El enigma de la escalera

El poeta gaditano José Manuel Benítez Ariza, que está pasando unos días en Barcelona, me confiesa que no ha estado en el parque Güell. A eso hay que ponerle remedio, le digo. Quedamos en la parada del H8, que ya conoce, y desde el barrio de Gracia ascendemos por intrincadas calles que nos hacen sudar hasta el parque del Carmelo, desde el que accedemos al recinto ideado por Gaudí por una entrada para vecinos. Le doy una buena noticia: desde este punto ya no hay más subidas. Sonríe.

         El parque Güell era un lugar al que solía ir de adolescente. Mi primo vivía cerca y en casa me dejaban subirme solo a un autobús si lo hacía para ir a verle. Era dos años mayor y para mí las conversaciones de sus amigos suponían un universo por descubrir. De vez en cuando, en invierno, nos adentrábamos en el parque al atardecer. Lo recuerdo como un lugar lóbrego. Lleno de sombras, sucio, laberíntico en el peor sentido. Casi sórdido. Los edificios de Gaudí, oscurecidos por el abandono, parecían el perfecto decorado para el más siniestro de los cuentos góticos. Aunque avanzara rodeado de mayores, los amigos de mi primo, lo hacía con un pánico que acrecentaba su desmedida pasión por recrear los acontecimientos atroces que ocurrían allí, según repetían, por las noches.               

Durante años el parque Güell fue para mí lo opuesto de cuanto estoy viendo, un ingenuo —mejor, infantilizado— parque temático gaudiniano abarrotado de turistas. El banco corrido de la plaza central, tan admirado y reluciente, sobrevivía entre los huecos de los fragmentos de trencadís arrancados. Las farolas, rotas a pedradas. El sotobosque entre los pinos, invadido por la maleza. Entrar era un atrevimiento. Ahora es como un subirse al carrusel.

Cuando, ya de regreso, decidimos subir la escalinata de la rambla Mercedes para salir del barrio por el Coll del Portell y huir de las tiendas de recuerdos —que los nuestros nunca los hemos comprado— íbamos hablando de cómo se construye el canon literario.  No era una conversación nuestra, sino evocada de la de un amigo común interesado de manera especial por estos asuntos. En el primer tramo de la tremenda escalera que asciende perpendicular al suelo citamos creadores que nunca tuvieron el aprecio de sus contemporáneos con los que nos sentimos muy a gusto: Van Gogh, Pessoa, Kafka. Nos olvidamos de Gaudí. En el segundo tramo busco cómo emparentarme con ellos, pero lo hago de una manera penosa porque ya las palabras se convierten en resuello y en el tercero preferimos ascender en silencio. Luego, arriba, ante la singular construcción medievalista que preside las vistas, un delirio de castillo construido en la roca que parece en pleno proceso de desmoronamiento, nos olvidamos de la conversación canónica.

Al escribir estas notas siento cierta incomodidad por la frase que abandoné a medio decir, porque parecía que yo me creyera un Pessoa incomprendido. Nada más lejos. Y como no me gusta dejar una frase a medio construir, la acabo aquí. La incomprensión de los coetáneos en relación a obras que décadas más tarde se consideran geniales es un hecho que a un escritor le puede servir también para comprenderse a sí mismo. Hay escritores de éxito y otros que no consiguen salir del anonimato, pero esta no es una situación perenne. El hecho de que la posteridad haya revisado siempre las épocas para quedarse con lo que más le interesa no es una coartada para creerse superior a otros escritores, en absoluto, pero sí es un buen argumento para ser feliz. Un escritor necesita lectores. La hipótesis de que los tenga en el futuro, algo que ni él ni sus coetáneos pueden desmentir, le permite seguir escribiendo con idéntica pasión que si fuera un autor superventas, pero sin ninguna de las presiones (contratos, promociones, críticas, ventas) que han de soportar los escritores de éxito y que en ocasiones afectan sustancialmente a su vitalidad creativa. Convencerse (aunque sepa que eso no ocurrirá nunca) de que sus lectores no han nacido todavía le da al escritor alas para contrastarse consigo mismo, no con el antojadizo gusto de sus vecinos. 

19 de octubre, martes. Plaza Boscán

        El mapa más antiguo que se conserva de Barcelona lo dibujó alguien tres décadas después de la muerte de Juan Boscán (1492-1542). Se trata de una lámina blanca en la que parece que un niño con buen trazo hubiera dibujado el perfil de las iglesias y su hermano menor hubiese rellenado los vacíos con rayas. Así se ven las calles, como tachaduras. En una de ellas, a saber cuál es en el plano, tenía Boscán su casa, que ya había pertenecido a su abuelo. Por la calle Lledó no solo caminarían él y su magnífica esposa, Ana Girón de Rebolledo, que con el tiempo mandará imprimir el libro de poemas más importante del siglo XVI, sino también Garcilaso de la Vega durante sus estancias en la ciudad, en 1533 y 1534. Cuando la derribaron para construir pisos, en el XIX, a alguien se le ocurrió la feliz idea de rescatar unos rosetones de terracota que lucía la casa de Boscán y colocarlos como decoración en los pilares del nuevo edificio. Los admiraba con frecuencia en el interior de un espacio para personas mayores que patrocinaba una Caja de Ahorros, que ahora le ha cedido el local a un oscuro negocio de baños y termas, cuyos vapores de agua acabarán en poco tiempo con los rosetones, cuya terracota parece recitar, bajo las estridentes luces de reclamo, los versos de quien fue su dueño: «Paso mi vida lo mejor que puedo; / en esto podéis ver cómo la paso: / de un triste pensamiento en otro paso, / mortal priesa me doy para estar quedo».

        Fue Juan Boscán caballero de talante melancólico y reflexivo. «Hombre tan triste, tan cuitado y tal, / no ha de ser reprendido, / ni tener puede méritos ni culpas», dice de sí mismo en una «Canción». Quizá alguna mañana saliera de la muralla barcelonesa «a pasearse por la playa armado de todas sus armas», como don Quijote, y tal vez recorriera la insalubre marisma —una manga de tierra que se adentra en el mar formando un cabo que los cartógrafos del XVII dibujan yermo— donde ahora una plaza recuerda solo su oficio y apellido, extramuros de la que fue su ciudad.  Se dice que apreciaba tanto la urbe como el campo. La Barceloneta, campo hoy urbanizado, hasta lo acoge con ciertos honores de centralidad. Una remodelación reciente unió la suya a la plaza de la Fuente y el mercado formando un espacio abierto y céntrico. No siempre ha sido así. La plaza estaba en las traseras de San Miguel del Puerto, y otrora fue su cementerio, luego el patio de un colegio y más tarde una pista polideportiva donde jugaban al fútbol los niños de la Barceloneta por la tarde y los jóvenes sin demasiado futuro por la noche. Pero en ningún momento los vecinos se refirieron al poeta al nombrar su lugar de memoria. Para todos, aquel emplazamiento era, y sigue siendo, «La Repla».

         Que la ciudad lo reconozca y al mismo tiempo prefiera olvidarle forma parte de la experiencia de cualquier barcelonés, pero ninguno lo ha expresado de modo tan claro y lúcido. En la «Ocatava rima», un extenso poema en octavas reales, confiesa que hay grandes metrópolis «pero entre estas ciudades la ciudad / que más es de mi gusto es Barcelona», dando argumentos que se sostienen en el tiempo, como su carácter mundano y cosmopolita («Y dile más, mujeres tan hermosas / que vuelan por el mundo con sus famas, / dulces, blandas, discretas y graciosas». Basta continuar la lectura unas estrofas adelante para ver completa la confesión: «Esta ciudad de mí tanto querida / después que con mis largos beneficios / entre todas se haya ennoblecida / acuerda de hacerme deservicios / y así perversa y mal agradecida / inventa contra mí mil maleficios…». Poeta Boscán —¿cuál era tu nombre?— con una plaza en un descampado, junto al cementerio. En la marisma. 

11 de octubre, lunes. Tentaciones que inquietan


Los primeros encuentros, como es común que ocurra en los acontecimientos excepcionales, tienen la virtud de fijar el evanescente contexto que los rodea. Así, recuerdo con precisión cómo me llamó la atención el nombre de un escritor que desconocía por completo. Fue en una librería de grandes cristaleros integrada en la parte moderna del edificio de Roma Termini. Lo alcé del atril donde se mostraba y busqué en la solapa saber algo más de Sándor Márai. Todo lo que leí entonces me atrajo y lo recordaba cuando unos meses más tarde apareció una traducción al español, que leí con sorpresa y creciente encanto. Debió de ocurrir hacia 1999, cuando se publicó aquí El último encuentro. Una reseña adversa, en El País, lo calificaba poco menos que de novela rosa. Las consecuencias de ese conflicto de opiniones fueron inmediatas: dejé de leer su suplemento de libros. Y fue para siempre.

       En el párrafo anterior había escrito «primera traducción» llevado por el entusiasmo de la evocación, pero enseguida lo he borrado. Había oído que no era la primera, pero hoy por fin tengo la certeza. En los Encantes descubro entre un montón de libros sin ningún interés A la luz de los candelabros, de Sándor Márai, publicado por Destino en febrero de 1946. En el prólogo, que firma el traductor de la novela, Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967), descubro también que el protagonista de su primera novela, traducida aún antes, en los años 30, era un profesor de instituto, subgénero narrativo que a mi interés le gusta mimar. Algún día la encontraré en el laberinto de los cajones de libros viejos.

         En la sobrecubierta en papel de A la luz de los candelabros aparece una foto de Márai relativamente joven, con unos cuarenta años. No me ha costado encontrar el original de la fotografía en Internet. Es impresionante. Tal vez sea la persona más triste del mundo. Y cuando se la hizo aún vivía en Budapest, era un escritor con reconocimiento internacional y no había ni siquiera empezado la parte más desamparada de su vida, su exilio americano, cuyos últimos años retrata con una escritura descarnada en sus Diarios 1984-1989, quizá el libro más desolado que he leído.

         Junto a este volumen me llama la atención otro. Firmado por Fernand Gigon, de quien ni Wikipedia ni yo sabemos nada, y a quien Google atribuye una edad de 113 años, tal vez por no conocer la fecha de su más que probable fallecimiento. El libro se titula Formosa, pero lo que me inquieta es el subtítulo, entre paréntesis: (Las tentaciones de la guerra). Hace días que le doy vueltas a esta misma idea tras acumularse algunas circunstancias que sospechosamente empiezan a dejar de ser circunstanciales.

         El subtítulo de Gigon me lo susurró la actualidad la mañana en la que oigo por la radio que una vicerrectora universitaria acababa de colgar un tuit donde se confesaba nostálgica de los contenedores ardiendo y los aeropuertos tomados. Por casualidad dos días más tarde aparece la puerta de vidrio del edificio donde vivo hecha añicos y la verja que rodea la entrada arrancada de cuajo y abandonada en el jardín de la plaza. Al parecer un vecino del primero llamó la atención a unos jóvenes que hacían ruido excesivo por la noche y la respuesta del grupo salta a la vista. Este comportamiento tampoco me pareció insólito, puesto que enseguida lo emparenté con el de un vecino de esta misma finca, que avisado por otros vecinos de que el uso de su aire acondicionado excedía tanto el ruido como los horarios permitidos, su respuesta fue someter a la vecindad a sesiones ininterrumpidas de su insufrible aparato, 24 horas sobre 24. Y no es un joven.

         Parece como si cualquier situación en la que se pida moderación a la radical individualidad de alguien, este lo considere ya como un casus belli, y el belli no como un elemento figurativo, sino absolutamente literal. Literalmente: las tentaciones, como la que le costó el puesto a la vicerrectora, de una auténtica guerra de todos contra todos. El momento en el que lo anecdótico deje de serlo, esta es mi preocupación. 

7 de octubre, jueves. Plaza Sanllehy

De niño, lo recuerdo bien, el término «plaza Sanllehy» significaba para mí el fin del mundo conocido. Creo que no me llevaron nunca a verla, eso acendra aún más el mito, que se mantenía inalterable como límite a partir del cual no existía ciudad. Ignoro de dónde sacaría esta idea, sobre todo porque unos años más tarde mi familia se iba a trasladar a uno de los barrios del otro lado, los inexistentes. Mis tíos no vivían lejos y en la infancia íbamos con frecuencia a visitarlos. El nombre de la plaza se repetía en las conversaciones de mis primos y del contexto extraje aquella idea de Finisterre que aún hoy resuena cuando lo escucho.

         No fue el único problema filosófico que recuerdo haber tenido con esta plaza. Su escritura fue un enigma durante años de colegio. La enseñanza de la lengua que me habían dado resultaba insuficiente para caligrafiar la extraña sonoridad de la palabra Sanllehy (aún ahora he de consultar cómo se escribe correctamente). Tampoco tenía certeza de su pronunciación, unos decían sanyei y otros sanyeí (enigma que todavía hoy no he resuelto). Y desconocía, porque no se explicaba en el colegio, el personaje que había detrás del apellido sin nombre de la placa. Hoy sé que fue, además de alcalde, un visionario: presidió la Sociedad de Atracción de Forasteros de Barcelona. En la historia de la ciudad no ha existido una entidad con más éxito en sus propósitos.

         No iban desencaminadas mis intuiciones de infancia. Es una plaza de frontera, quizá la más fronteriza de la ciudad. En su espacio confluyen los barrios de Gracia, al sur; El Coll del Portell, al oeste; El Carmelo, al norte y El Guniardó, al este. Una auténtica rosa de los vientos. Comparte con esta tipología de plaza el ser una compleja encrucijada del tráfico rodado, pero a diferencia de otras plazas fronterizas, muy frecuentadas, a la plaza Sanllehy la descubro casi siempre vacía. Hoy, tras una década de obras y despropósitos, luce una urbanización moderna, con una estructura de hormigón para salvar el desnivel, disimulada con parterres frondosos y bien cuidados donde solo veo solitarios paseantes de perro o despistados como yo, que me he sentado en un banco con un libro de Dionisia García en el que subrayo los versos que estoy leyendo: «Un aire triste / ofrecen las acacias / y las plazas que ahora desconozco». Quizá porque el fin del mundo no estaba en el más allá de la plaza sino en el más allá del tiempo de quien ahora la describe. 

3 de octubre, domingo. ¿Vemos lo real o su relato informático?

Quienes hablan de la decadencia de los valores en el presente, como ahora estoy haciendo yo, deberían poner ejemplos. Decir a qué valores se refieren. Porque uno va al cine, lee periódicos, escucha a los políticos y a los sabios y por todas partes salen a relucir los valores más rancios que conoce, asentados sobre el terreno con una vigencia a prueba de generaciones revolucionarias. Estos días, sin embargo, ando dándole vueltas a una de las ideas esenciales, el tiempo. Pero no el que preocupaba a Martin Heidegger o a Henri Bergson, sino el otro, el importante, el meteorológico.

         El interés por el clima ha sido, desde que recuerde, una constante en mí. Lo he achacado siempre a mis ancestros, que hasta mis abuelos fueron siempre personas de campo. En escrutar el cielo e interpretarlo bien les iba la cosecha. Por cierto, era lo mismo que hacían los filósofos antiguos, especular, es decir, mirar el cielo a través de un espejo (speculum). Además de la conexión con los orígenes, siempre me ha interesado la meteorología por razones prácticas. Saber si he de tender la colada fuera o dentro, o como repertorio de diálogos de ascensor. Para quienes la timidez social les impedirá comprender por qué razón hay que mantener conversaciones con desconocidos, el clima es un salvavidas lanzado desde el barco del que se despeñan cada vez que aparece un vecino con la pretensión de subir en el mismo viaje.

         Son estos los precedentes que explican la alegría que tuve, en primera instancia, al ver que, tras una actualización obligatoria de mi ordenador, apareció en la barra de tareas un añadido de información meteorológica con tres elementos. Un icono con el pronóstico, la temperatura ambiente en la calle y una explicación detallada de ambos. Lo que más me interesó, claro, es la medición. Saber qué grados hace en el exterior satisface una necesidad de conocimiento esencial. Hace años compré un termómetro de ventana, lo fijé con un taco en el alféizar y lo consultaba con frecuencia. Pero cuando me mudé de casa se me olvidó traérmelo. Cuando paso delante suelo fijarme en que el nuevo inquilino aún lo conserva, como era un primer piso lo compruebo desde la calle. Ahora, por fin, ya no lo echaré en falta. El ordenador me informa.

         Además de la temperatura, el icono dibuja lo que veo por encima de la pantalla, que es el cielo encuadrado en la ventana, y el texto me lo explica. Por ejemplo, ahora se ven nubes dibujadas y leo «Mayorm. nublado». Levanto la vista y veo un cielo mayormente nublado. El mundo me parecía sincronizado hasta que hace tres o cuatro días leí, con pavor: «Lloviendo ahora». Estaba nublado, pero en la ventana no se apreciaban las gotas. Me levanté, alargué un brazo por la ranura que mantenía abierta —y que debería cerrar si llovía— y la intemperie me lo devolvió tan seco como lo tenía antes. Escruté la calzada, y ni una gota. Volví al ordenador y ahí seguía el pronóstico: «Lloviendo ahora».

         Me ha tenido trastornado esta asimetría entre la información y la experiencia en un ámbito tan delicado como el meteorológico, donde se asientan mis bases filosóficas del conocimiento. No conseguir saber si, en realidad, está lloviendo o no está lloviendo me parece el mayor hachazo a un valor que recibe mi conciencia en años. Alrededor vi tambalearse mis concepciones más íntimas. Con el paso de los días, he tratado de distanciar el problema, dada la imposibilidad de resolverlo. 

         Un buen paseo y la observación meticulosa de la arquitectura me han devuelto la confianza en mí mismo. En la Villa Olímpica, frente a la playa y al embarcadero, en un lugar privilegiado, se alza desde hace años el edificio de la Agencia Estatal de Meteorología, un bloque monolítico de planta circular con diversos vanos, estrechos, en los que se abren sendas ventanas perpendiculares a la fachada, es decir, enfrentadas a sí mismas, de modo que su visión se restringe al otro lado de la misma oficina donde se encuentra, sin que desde el interior se tenga acceso a ninguna panorámica exterior. Siempre lo había considerado como una construcción desafortunada, fea, bunkerizada.  Pero ahora, el comprender su funcionalidad ha cicatrizado mi herida. Es un edificio levantado sin ventanas para que nunca ocurra lo que me pasó a mí el otro día. Para que nunca que la realidad interfiera en un buen pronóstico.

21 de septiembre, martes. Plaza Carmen Laforet

A veces paso en autobús por la antigua avenida Borbón, desde 2019 convertida en república de las apelaciones populares como Avinguda dels Quinze en recuerdo de los quince céntimos que costaba el billete de tranvía desde el centro de la ciudad hasta esta zona fronteriza entre los antiguos municipios de Horta y de San Andrés del Palomar. Al paisaje urbano actual aún sobrepongo el largo trazado de paneles de pared idénticos, con ventanas iguales que no servían para ver desde dentro ni relajaba contemplarlas, y el enorme portón por donde entraban y salían autobuses vacíos. Las cocheras de los Quince. Me pregunto si Carmen Laforet pasaría alguna vez en tranvía por delante y si al mirar hacia la enorme techumbre ondulada de la instalación se le ocurriría ni siquiera delirar que ahí en medio, algún día, le dedicaría una plaza la ciudad que con tanta exactitud describió, con la lucidez que le otorgó quizá el escaso tiempo que vivió en ella.

         La ciudad es el ámbito natural de las paradojas. El nombre que perdió la avenida lo perpetúa un gran letrero en la instalación municipal Cocheras Borbón, que no cuida en su interior vehículos de motor como parece anunciar, sino vecinos que quieren hacer deporte. La historia de las Cocheras en el paraje de Torre Llobeta arraiga desde el inicio mismo de los transportes colectivos. A finales del siglo XIX, un tranvía tirado por caballos lo eligió como lugar para el descanso nocturno de los animales que realizaban el trayecto. Cuando en 1901 se electrificó el recorrido, también se necesitaba dónde alojar los convoyes y se reestructuraron las cuadras. Incluso construyeron una capilla, lo que indica lo lejos que se encontraba de cualquier zona habitada. El monótono paredón de las Cocheras que contemplaba en los autobuses de mi adolescencia era una obra de los años cincuenta.  En los pasados años noventa, la empresa fue liberando poco a poco terrenos, hasta que desapareció por completo del barrio, ya urbanizado por los cuatro costados. Su existencia ha sido un buen emblema del siglo XX, una época que la tecnología ha dejado prematuramente anticuada. En su lugar hoy queda un hermoso parque donde los dueños pasean a sus perros, unas instalaciones sanitarias de enigmático uso, un pabellón deportivo y un hueco entre construcciones al que han denominado plaza Carmen Laforet.

         La plaza es un corredor alargado entre tipos contrapuestos de arquitectura. Por una parte, el piso de David, los bloques de viviendas de protección oficial de los años cincuenta, con la humilde y cálida fábrica de color ambarino del ladrillo visto, con ventanas pequeñas alineadas en forma de muestrario de chapuzas en aluminio y diferentes generaciones de toldos. Enfrente, el presupuesto de Goliat, el despliegue horizontal y amurallado del hormigón, disfrazado con una afable vestimenta de listones de madera. Y en medio, entre exóticas palmeras, una hilera de bancos para contemplar el vacío alrededor del cual los monopatinadores, únicos amantes de las plazas duras, realizan carreras que recuerdan a las que los romanos organizaban en sus circos. Nada que evoque, salvo la placa de mármol con su nombre, a Carmen Laforet. Ni siquiera se aventuró por las inmediaciones Andrea, su personaje novelesco, quien sí dejó noticia del tipo de plaza que le gustaba: «Santa María del Mar apareció a mis ojos adornada de un singular encanto, con sus peculiares torres y su pequeña plaza, amazacotada de casas viejas enfrente. (...) Estuvimos allí un rato y luego salimos por una puerta lateral junto a la que había vendedoras de claveles y de retama. Pons compró para mí pequeños manojos de claveles bien olientes, rojos y blancos». Si hay una plaza opuesta a la que le gustaba a Andrea es la de su creadora, en la que hoy Pons no podría ni siquiera regalarle el periódico del día o invitarla a tomar un café. 

15 de septiembre, miércoles. Alegato contra el individualismo

Leo un libro de poemas que publicó en 1966 un poeta cuyo nombre no aparece en ningún recuento panorámico y menos en las antologías. Para mí, también desconocido. La colección, sin embargo, publicó libros de los que aún se habla. Lo encuentro en San Antonio y lo compro por un euro. El ejemplar está sucio y maltrecho. Lo limpio con un trapo, lo cuido como haría un veterinario con un cachorro extraviado en el bosque. El papel es bueno y la tipografía se lee con gusto. Curiosidades de la época, en la página de crédito aparece impresa la dirección personal del poeta. En 1966, claro. Y una extraña mención sobre este dato: «Edición del autor». Repaso los libros de la misma colección que tengo y no aparece nada parecido. ¿Sería un signo de lo que hoy se conoce como «autoedición»?

En todo caso, es un elemento singular de este libro. En cierta ocasión, de paseo por el Paralelo con el novelista Antonio Rabinad, me hizo entrar en un bar para que viera la hora. Miré el reloj y le dije: «Las cinco y cuarto». ¿Dónde está el reloj?, me preguntó. Y caí en la cuenta: toda la pared del bar era una cristalera y el reloj se veía reflejado en ella. Así que me puse a buscarlo, y no tardé en descubrir el hallazgo. El reloj estaba en el tramo de pared sobre el alféizar de entrada, pero no era un reloj cualquiera, los números estaban puesto al revés y las manillas corrían en sentido inverso, para que lo pudiera reflejar el cristal de manera convencional. Como Rabinad era un clásico, sentenció la experiencia con un adagio: «Cada bar tiene siempre algo que no tiene ningún otro, y hay que descubrirlo». No he olvidado la lección, y aunque visite pocos bares nuevos, porque lo único que me gusta es volver a los bares donde ya he estado, aplico la enseñanza sistemáticamente a los libros. Y aun en el más humilde encuentro algo que le es propio.

La lectura del libro resulta agradecida. El autor perteneció al círculo de Miguel Labordeta, según descubro en Internet, y se le nota. De todas formas, a los aciertos que disfruto me encantaría quitarle mucha retórica de la época que hoy suena a chatarra. Quedarían unos versos estupendos para leerlos en el siglo XXI. Los poemas tendrían que poder ser remodelados por las generaciones posteriores con naturalidad, como ocurría en las civilizaciones y períodos que carecían de escritura. La poesía era un corpus único que se iba adecuando a las sensibilidades de cada época. En lugar de aumentar desproporcionadamente el volumen de la poesía existente, con libros y libros que desaparecen igual que aparecen, la lírica debería crecer desde un reducido número de poemas modificados por cada generación, a la manera de los cantares épicos.

Se me dirá que ya ocurre algo así con la tendencia a la clonicidad de tantos escritores; hay una diferencia esencial, los copistas actuales deterioran el modelo, pero el propósito de la panlírica generacional sería, claro, mejorarlo.



8 de septiembre, miércoles. «El ausente»

El ausente fue un libro soñado. Ocurrió una mañana de julio de 2018, en la librería Walther Köing, en el Barrio de los Museos de Viena, en la mesa de arte contemporáneo. El libro que empecé a hojear, 100 Selbstbildnisse (Köln, 2018) —una edición de los cien autorretratos que Gerhard Richter había dibujado entre septiembre y octubre de 1993—, de repente se convirtió en una epifanía. Imaginé los dibujos a lápiz de Richter convertidos en cien poemas. Cien textos alrededor de un ente inasible, yo. Vi el libro ya escrito. Casualmente el libro que soñé estaba impreso en octavo y cada poema ocupaba la mitad de la página en un rectángulo semejante al que Richter trazaba para inscribir dentro el dibujo. En el rectángulo tipográfico vi inscritas mis palabras.

         No conseguí que la idea se me fuera de la cabeza hasta que no empecé a escribirlo. El primer autorretrato fue redactado a los pocos días de regresar de Viena, el día 13 de julio. Mi intención era comprobar lo imposible del propósito y olvidarlo. Pero el segundo lo escribí al día siguiente, y el tercero el día 15, y así en días consecutivos agoté el mes de julio. El libro soñado era imparable, algo en él se empeñaba en brotar. A borbotones. Ninguno de los poemas partía de una idea previa, pero las palabras se cosían a la hoja con una seguridad y una certeza que no dejaron de sorprenderme hasta el final. Cien autorretratos que tuvieron en mí solo el albañil que con paciencia los fue colocando en el mosaico del suelo por donde pisaba. El último lo escribí el día 13 de noviembre de aquel año, a las 13:19, según señala mi cuaderno. Era el 99. El 100, poema guía, o índice, del conjunto, lo había escrito el mismo día que el primero.

         El dibujo de cubierta es de Rafael Pérez Estrada. Es un dibujo extrañamente no concluido. Se conserva junto a otros de 1990. En cuanto consideraba acabado un dibujo, aunque solo fuera una mera caricatura, lo primero que hacía era firmarlo y fecharlo. Recibí muchas recriminaciones suyas, orales y escritas, por mi fea costumbre de no ponerle fecha a nada. Hoy, la de vueltas que da la vida, poseo anotación del día en el que redacté cada uno de los cien poemas, incluida la hora en la que acabé la escritura, y el dibujo de Rafael, paradójicamente, carece de fecha. La mañana vienesa en la que soñé este libro no se me apareció este dibujo, pero cuando revisaba obras de Rafael con el propósito de encontrar alguna que pudiera ilustrarlo, nada más verlo supe que aparecía ya en la cubierta que había soñado.

7 de septiembre, martes. Plaza del Diamante

La calle que desemboca en la plaza del Diamante se llama Topacio; la que cierra por debajo, Oro; su paralela, Perla; por encima queda la calle del Rubí. Parecen las dependencias de una joyería, y al parecer es lo que ocurrió. La finca rústica donde están ubicados los alrededores de la plaza pertenecía a un joyero de Barcelona que, conforme la urbanizaba, iba dándole nombre a las travesías con sus piedras y metales preferidos. Es, quizá, la plaza más literaria de Barcelona, gracias a que la genial escritora Mercè Rodoreda (1908-1983) la eligió como título de su mejor novela: La plaça del Diamant (1962). No solo como título, en la carpa que se monta cada año durante las fiestas de Gracia arranca la vida de su protagonista, y en el vacío de la plaza, muchos años después, una madrugada, contempla el extraño dibujo que los acontecimientos han trazado con sus días. Este símbolo de angustia existencial de la Colometa, protagonista de la novela, parece haber descendido hasta sus entrañas: en 1992 se descubrió y restauró un refugio antiaéreo de la Guerra Civil, el número 232. Esto es lo que hay que contar de la plaza cuando se la presenta.

         La atravieso casi a diario, desde la calle Asturias, antes calle Esmeralda, hasta Verdi, por la que suelo subir o bajar en los paseos por el barrio. La sensación que tengo es siempre paradójica. Posee una hermosa y equilibrada planta de aspecto cuadrado. Espaciosa. Todo parece respirar en su enlosado de plaza dura, casi siempre desierto. O, con suerte, ocupado por un músico o artista callejero que entretiene a la gente, que solo se arremolina y la utiliza en el flanco norte. Ahí, unos arbolillos de escasa altura, pero frondosos, cobijan la terraza de un bar frecuentada a cualquier hora. Un parque infantil con cerca, en el otro extremo, atrae a las parejas jóvenes de la zona, que intiman mientras sus descendientes se liberan del control familiar. Existe también, entre terraza y parque, un banco de piedra corrido, en el que es fácil ver turistas comiendo, adolescentes de charla, ancianos de descanso y contempladores de ciudad de diversa especie. Un banco de plaza comunitario, algo insólito en una ciudad donde la conciencia de propiedad privada se extiende hasta la baldosa que se pisa cuando se camina.

         Vida al norte, desierto al sur. La distribución de la plaza parece un vaticinio. No hay nada habitable, ni bancos ni terrazas, entre los dos accesos al refugio antiaéreo, que los niños usan como porterías para sus partidos de media tarde. A veces, cuando cruzo por aquí rememoro la visita a este espacio que realizó Natàlia (a quien la vida rebautizó como Colometa) en las últimas páginas de la novela de su vida: «y entré en la plaza del Diamante: una caja vacía hecha con casas viejas y el cielo como tapadera». Da la impresión de que la realidad se esmere por estar a la altura del arte literario. Unas páginas antes, la protagonista confesaba que había «sentido repentinamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia… sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos amasa». Mercè Rodoreda dejó esta plaza impregnada para siempre con su melancolía existencial. 

4 de septiembre, sábado. Amores de valquiria y corneta

Hace unos días compré en los Encantes por dos euros una biografía de Chopin, de 1952, bien editada en octavo con tapa dura, excelente papel y mejor tipografía. Me llamó la atención que en un anexo se incluyeran las cartas que el músico envió a George Sand —que el traductor de la época, con una lógica que aplasta, traduce en el texto como «Jorge Sand»—. La mayor parte de las misivas tiene escaso interés para el curioso. Ni siquiera son cartas, sino notas que se dejaban en lugares públicos o se encargaba llevar a los criados para concertar citas o avisarse de asuntos particulares de la vida cotidiana. El grueso de la relación epistolar lo forman las que se escribieron tras la ruptura, donde resulta interesante apreciar cómo la pérdida de intimidad va fosilizando la expresión.

Qué extraña pareja. Chopin, casi un niño, frágil, músico obsesivo, con la melancolía por único horizonte; Sand, mayor, a rebosar de experiencias mundanas, dominante, impenetrable tras lo adusto de sus trajes varoniles. Pasaron ocho años juntos, entre los cuales dos meses invernales en Mallorca a los que el biógrafo dedica cuatro páginas llenas de padecimientos. El autor, André Maurois (1885-1967), fue un polígrafo todoterreno.  A mediados del siglo pasado se puso de moda traducir sus libros variopintos y hoy es el rey de los mercadillos de libros viejos. Su biografía, que con acierto se salta cronologías o datos concretos y tiende a la redacción expresiva, se lee como un cuento de hadas vuelto del revés.

En las escasas cartas donde media una separación temporal, la distancia le da alas descriptivas a Chopin y el lector aburrido despierta. En 1844, durante el despiadado diciembre de Nohant, se compara con el hijo de Sand: «sonrosado, fresco, caliente y llevaba las piernas desnudas. Yo estaba amarillo, ajado, frío, y tres franelas bajo el pantalón». Un poco más adelante, una confesión de Chopin le encoje el corazón al lector: «no he ido tampoco a casa de Madame Doribeaux, porque no tengo ropa buena, lo cual hará que no haga visitas inútiles». Aunque al final de la carta, otra referencia al vestuario se lo dilata: «Imagino que es por la mañana, y está usted en ropa interior con sus queridos fanti que le ruego bese de mi parte». 

24 de agosto, martes. El inútil ejemplo de las garrapatas

Un amigo, neófito en estos asuntos, me cuenta que su libro se publica a principios de septiembre y me pregunta si es una buena fecha. La verdad, le digo, no es tan mala como parece. El primer editor al que se le ocurrió presentar novedades el día uno de septiembre fue Jorge Herralde. La campaña de otoño es la que mira hacia Navidad. El grueso de los libros aparece a partir de la segunda quincena de octubre. Hasta entonces las mesas de novedades perpetúan la disposición que tuvieron durante el verano. Aunque tal vez el hueco que vio era otro: todo un mes de septiembre de suplementos literarios sin un título que llevar al papel. De los libros que Anagrama publicaba en septiembre el dossier de prensa necesitaba dos o tres carpetas. En aquel momento, le digo, también había espacio para libros como el tuyo en los periódicos, pero ahora, me parece que da igual cuándo se edite para que nadie le haga caso.

         Hoy creo que salen novedades en septiembre como en cualquier mes, pero quizá algo menos, lo que le proporciona a tu libro, le digo a mi amigo inquieto, la posibilidad de un espacio en las mesas de las librerías. Si se edita al principio, mejor, porque a partir de octubre llega la avalancha de los grandes sellos y ya no dejan respirar a nadie. Este es tu momento: el mes de septiembre. Y el hecho fortuito de que los lectores hayan agotado el acopio de libros que hicieron en junio o, por el contrario, no hayan agotado en vacaciones su cuenta corriente. Luego, en octubre, tu libro se devolverá o, en el mejor de los casos, se arrinconará en un estante.

         ¿Y tú crees que venderé muchos ejemplares?, me pregunta desde la más profunda ingenuidad. «Muchos» es una palabra complicada. Por el editor donde aparece y por su género, es difícil que a una librería lleguen más de tres ejemplares. A las contadas librerías a las que llegue, claro, porque la distribución es un laberinto invadido por una tiniebla perpetua. Así que, como mucho, y con suerte, podrás vender tres ejemplares por librería. Y casi mejor que no los vendas pronto, o tu libro habrá desaparecido para siempre de las mesas donde al menos puede verse. ¿No los repondrán?, insiste, utópico. Si el editor está al tanto, puede. Pero el librero solo sabrá que se ha vendido semanas después, justo cuando ande como loco introduciendo las novedades de los grandes. No se le pueden pedir peras al olmo, pese a que con su altura y frondosidad daría unas cosechas inmensas. Pero…

         Veo languidecer a mi amigo ante las perspectivas nefastas que le acabo de pintar y busco entre mis referencias últimas algo que en el mundo haya crecido. Por compensar. Y lo descubro. Cambio de tema y le cuento que en la Vanguardia del domingo leí un reportaje muy interesante sobre las garrapatas, cuyas picaduras, que a veces se pueden complicar, se han multiplicado desde hace un tiempo. Su ciclo era el del calor, de junio a septiembre, pero con la extensión del período cálido ahora no solo proliferan más, sino también se reproducen durante más tiempo, desde marzo a noviembre. Este es el mundo que se construye a nuestro alrededor, los libros menguan su presencia y las garrapatas la aumentan. 

19, jueves. Agosto. Plaza Frederic Marès

Durante un tiempo he dudado no solo si merecía la pena dedicarle tres párrafos a este lugar, sino si podía ser considerado en verdad una plaza. Lo cierto es que sus características están ahí: una planta rectangular, amplia y despejada, una hermosísima estatua de desnudo femenino en una esquina, cuatro arbolillos y sus sombras bailando por el suelo si hay brisa, una visión privilegiada de la muralla romana y un nombre —ilustre— de plaza. No hay bancos, pero la gente se sienta en los plintos que sujetan las columnas de la verja que impide el acceso al espacio. Y es verdad, un animal enjaulado sigue siendo el mismo animal que en libertad. O de una persona encarcelada, no se duda que sea persona. Así no me queda más remedio que afirmar que esta plaza es una plaza, aunque ahora recelo si he de considerar enjaulada o encarcelada su condición. El nombre que ostenta, Frederic Marès (1893-1991), escultor, coleccionista y benefactor de la ciudad, la merece, aunque este rincón barcelonés, no exento de belleza, antes parece un formalismo. Un merecía una plaza y ahí la tiene. Exquisita e intangible, un escaparate de plaza. Quizá Marès hubiera preferido otra con vecinos que recibieran las facturas y comunicaciones del banco con su nombre en la dirección.

         Las columnas de la valla que impide el paso a este lugar privilegiado, clavadas a los podios que los transeúntes usan como bancos, sustentan también una gran pérgola metálica que preserva del acoso del sol al vacío encerrado. Tiene también una sobrevenida función estética sobre la calle que transcurre en paralelo. Por las mañanas, cuando el sol bate la pérgola, la luz se entretiene en convertir cuanto exista o transite por delante en una suerte de crucigrama. Traza sobre las fachadas, el pavimento, las tiendas o las personas, con pulso firme, una cuadrícula gigante que encasilla la visión, igual que el colegial practica dibuja con una pauta por debajo que se transparenta. En este pupitre la luz se transforma en un aprendiz.

         La calle desde la que se admira la plaza se denomina «de la Paja». El sentido figurado del término hace furor en la adolescencia y, en especial, en un adolescente perpetuo, el cantante Javier Gurruchaga, asiduo de la calle, de su nombre pronunciado con una inflexión perversa y de la librería de libros viejos de Ángel Batlle que hay enfrente de la plaza. Si Valle Inclán hubiera vivido en Barcelona, inspirado en este comercio bibliófilo hubiera escrito tal cual escribió la escena del librero Zaratustra en Luces de bohemia: «Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero». Solo hubiera añadido a la frase del coloquio «y los hermanos». Aunque entrara muchas tardes para perderlas en el escrutinio de sus paredes, no estuvo nunca entre mis librerías favoritas, pero el otro día pasé por la calle de la Paja y vi el local vacío y estuve a punto de llorar.