23, martes. Febrero. Plaza Masadas

Existen tres o cuatro tipologías de plaza. Por antonomasia lo son las que poseen una personalidad urbanística autónoma, bien sea su origen un plano o un uso colectivo en el curso del tiempo. Hay otras cuyo carácter urbanístico depende o está vinculado a un trazado, como calles que se ensanchan sobre el plano para albergar un recinto más amplio. Ambas son modelos de plazas urbanísticas, pero la plaza Masadas no es encrucijada de calles ni se encuentra en el mapa con una identidad urbanística propia, sino que ocupa el mismo terreno que las islas de edificios adyacentes, con la única salvedad de que la fachada principal de las construcciones de la plaza no da a las calles que la rodean, sino hacia su patio interior. Es una plaza con ideación arquitectónica. Su emblema son los pórticos neoclásicos que la conforman como espacio. Que enseguida perdió su condición de centro y adquirió la de mercado cubierto, que mantuvo durante algo más de un siglo, hasta que a finales del siglo pasado lo derribaron y recuperó su alma de plaza.

         El nombre procede del propietario de los terrenos cuando su uso era agrícola, Can Masadas, y la plaza porticada fue proyectada en 1877 por el heredero como centro de la urbanización de la antigua finca. El espíritu de la ciudad diluyó aquel pequeño núcleo de Masadas del XIX en un barrio obrero mayor, del XX, construido en el camino entre San Andrés y Barcelona, con un importante relieve industrial, La Sagrera. Ahí se instaló en 1908 la fábrica de automóviles Hispano Suiza, que en 1946 fue sustituida por la de camiones Pegaso, hoy un parque urbano. En La Sagrera, cerca de la plaza Masadas, vivió el poeta Juan Carlos Mestre en su época de estudiante. Su calle procedía de la urbanización del camino de acceso a una de las antiguas industrias de la zona, que en los años ochenta seguía en activo. Cuando la fábrica abría las puertas evacuaba una columna de obreros uniformados con monos azules y manchas de grasa en rostro y manos, idéntica imagen a la que consagraron cien años antes los hermanos Lumière como inicio del cinematógrafo. Una salida que coincidía a menudo con la del poeta de su casa, vestido con traje blanco de lino, corbata estrecha, de hilos brillantes y nudo oriental, sombrero panamá y una cartera de mano, de piel, con papeles y libros, sin que jamás pensara que, al avanzar juntos, ni unos ni otro desentonaran.

         La plaza Masadas no admite transeúntes. Se accede a su recinto porticado para permanecer. Dependiendo de la edad, de mayor a menor, se va para sentarse en un banco, ocupar una mesa en la terraza de un bar o jugar al escondite por toda la extensión cercada, segura, de la plaza. Es lo que le otorga un significado más arquitectónico que urbanístico. Se está, no se transita. Las personas, sean mayores o niños, al confluir, intuitivamente conforman círculos. No se observan en sus movimientos de interior líneas paralelas de exterior. Mi familia, en la edad infantil de los nietos, celebraba en una terraza los aniversarios que caían durante las estaciones amables. Alrededor de una mesa con refrescos, nos reuníamos abuelos, hermanos y niños con la misma intimidad y confianza que si estuviéramos en el patio de una antigua casa solariega, de las que la ciudad densa ya olvidó construir hace siglos.

19, viernes. Febrero. Encomio de lo no leído

Escribir en la piel del amante posee una antigua tradición libertina. A los heterodoxos del siglo XVIII les gustaba redactar cartas sobre una persona desnuda. Les parecía el hecho más sacrílego ante la sociedad puritana e intransigente que detestaban. Lo que me atrae de esta idea no es la parte erótica, sino la literaria. En aquella época aún se pensaba que la escritura formaba parte de lo trascendente. Y era capaz también de proporcionar al sexo, la gran aspiración, una dimensión mayor que la fisiológica, casi una filosofía de vida combinado con la palabra. El sexo trivial que practicaban dejaba así de serlo y se convertía en un rito iniciático gracias a la tinta.

La escritura sobre la piel, ahora un hecho trivial si se tiene noticia de su existencia, sigue el sentido contrario al que emprendieron los libertinos del XVIII. Devuelve a la piel —no leída por no publicada— el misterio que ha perdido con la trivialización de la intimidad. Si en épocas de ocultación lo explícito goza de un sentido; en las explícitas ha de tener significado por lógica solo lo implícito, aquello que permanece callado. El pudor, la opción clandestina.

15, lunes. Febrero. Plaza Joaquim Pena

Creo que nunca he llamado a esta plaza por su nombre. No es que no lo recuerde, no lo identifico. Siempre había sido el descampado. Para la dimensión de las calles que entran y salen, posee medidas más que holgadas, grande incluso. Se podría afirmar que es un magnífico rectángulo. Hoy está enlosada, con bancos diseminados por todas partes, en orden no euclidiano, y multitud caótica de frondosos arbolillos. Tampoco la identifico con este aspecto moderno y elegante. Alrededor del empedrado de las calles, era un simple desierto en miniatura con arena y piedras.  

         Antes había sido, a principios de siglo, la plaza de Levante y estaba dividida en cuatro plazuelas para que los vehículos la cruzaran por el centro, pero cuando correteaba por ella ya mostraba su condición esteparia y se llamaba como uno de sus ilustres habitantes, el musicólogo Pena. Otro vecino del lugar, con el que sin duda tuve que cruzarme muchas veces, pues acudía con frecuencia al bar de la plaza, fue el poeta Joan Vinyoli. Al que leí muchos años después. En la época en la que jugaba en la plaza, Vinyoli tenía la misma edad que tengo ahora yo. En uno de los poemas que escribió entonces, a principios de los setenta, dice: «Apenas busco / consolarme del hecho de ser un cobarde / creyendo que todo ocurre en un mundo / diferente del mío». No veo mejor definición para esta plaza, la suya y la mía, para ambos discreta y solitaria, ahí acudíamos los muchachos del barrio para vivir una vida que creíamos diferente de la que ya era nuestra vida.

Si tuviera que darle nombre la llamaría la plaza de las Cicatrices. Por ser tan larga, las lluvias cavaban hoyos y zanjas sobre su superficie, y el viento descarnaba las piedras, y sobre aquel campo agreste botaba la pelota que perseguíamos en un inacabable partido donde cada caída dejaba, igual que el tiempo sobre el erial, una mancha de sangre y, más tarde, una obtusa escritura sobre la piel cuyo significado desmiente la cobardía atribuida a los idealistas.



10, miércoles. Febrero. Epigrama a la manera de Álvaro de Campos


Con la mirada perdida en la inmensidad de lo oscuro rastreo en la distancia, al otro lado de la ventanilla del tren de largo recorrido, el destello de lo que parecen insectos luminosos. Luces lejanas de incierto origen. Si en lugar de mirar a través del vidrio, contemplo su reflejo bajo la tenue bombilla del vagón, descubro mi rostro de concentración en lo abstracto. Los pensamientos recorren la piel del mismo modo que las ramas son arrastradas por la corriente del río en las inmediaciones de la fuente, en lo alto del monte. Existe una poética secreta de los tiempos perdidos. Una espera, un viaje nocturno, un retraso. La difícil intimidad con el espacio de quien se siente abandonado, ajeno al mundo, lejos de tareas, personas y realidades. Un tiempo que aguarda a que el tiempo arranque. El paréntesis que nadie comparte. Y el desvarío en el súbito enamoramiento de las pecas de la noche.

3, miércoles. Febrero. Plaza Artós

Frente al colegio de mi infancia se abría una plaza, pero yo iba a clase y regresaba a casa de la mano de mi madre por una calle paralela, Maestro Falla, y se podría decir que ni me había enterado de su existencia. Hasta 1972. Aquel año mi familia se trasladó a un edificio que había enfrente, un piso más alto y grande, pero una calle por encima, Santa Amèlia. La mudanza trajo un nuevo itinerario y otras circunstancias. Ya me permitían ir solo por la calle y la ruta escolar pasaba ahora por la plaza Artós. Entre el tramo de acera y el descuidado jardín empezó mi adolescencia. Su templo pronto se alzó en los billares, un local diáfano con puerta acristalada y paredes sucias. Las mesas de billar estaban al fondo, era el reino de los adultos, pero en la entrada acampábamos los jovencitos, cara a la pared frente a las máquinas de millón o cabizbajos, en medio, en los futbolines. Un colegio donde estudiar la vida al otro lado del colegio.

Una tarde, en la puerta de los billares, mis compañeros discutían de política. Hablaban de izquierda, de derecha. No entendía nada, y aquel día, en lugar de callarme, lo pregunté. Quien dirigía la conversación, un tal Calopa, detuvo su discurso, esbozó una sonrisa de condescendencia y vi que le encantaba explicármelo: «A ver cómo te lo digo para que lo entiendas, los de derechas son los que están a favor del gobierno, y los de izquierdas, en contra». Esa fue la primera lección de ciencia política que recibí, y no resultó en vano, pues a partir de entonces empecé a discernir situaciones que antes ni veía. Aún faltaban unos cursos para que la historia saltara de los manuales a las calles. Siempre me ha hecho gracia que mi formación política naciera en el aula de la plaza Artós, conocida más por acontecimientos públicos recientes que por el atractivo urbanístico. Que, por cierto, es nulo, tanto antes como ahora.

         No fue lo único que descubrí desvirtuado en la plaza Artós. Otra tarde me llamó la atención que tres viejos en un banco despertaran tanta atención a un corro de colegiales sentados a su alrededor en el suelo de arena. Me acerqué y acomodé en aquella platea improvisada. Pronto supe el asunto de la conferencia. Por primera vez oí pronunciada la palabra «putas». Con ella los viejos se habían referido, de manera igualmente didáctica, a dos hermanas que vivían en el entresuelo del bloque que hacía esquina, sobre la frutería. La una muy alta, la otra a su lado parecía muy baja, ambas delgadas y con una melena morena, lisa, que les cubría la espalda por completo. Uno de los eruditos ancianos señaló la ventana. De hecho, alguna vez las había visto ahí asomadas sin darle al hecho ninguna importancia. Pero aquella palabra transformó la realidad. Me resulta imposible precisar qué significado le daba entonces al término. Años de racionalidad han borrado el sentido que tuvo la revelación. Desde aquel día, al pasar por delante no podía evitar una mirada obsesiva hacia la ventana del entresuelo, y cuando las veía por la plaza, disimulaba para quedarme emboscado contemplándolas. Fue como una epifanía. Creo que las hermanas de la larga melena no despertaron en mí ningún deseo sexual, algo entonces demasiado difuso. Como el colegial que lee a escondidas las novelas pornográficas de Georges Bataille, solo aprendía a enamorarme.




28, jueves. Enero. Fábula de los relojes

Sentado en la sala familiar evoco, primero, las voces de los tres que fuimos niños jugando alrededor de la gran mesa que un tiempo la presidía. También el sonido del tecleado de mi máquina de escribir. Me gustaba salir al comedor. Sentarme en mitad de la mesa y extender los papeles, borradores, libros a mi alrededor. En una esquina, sentada en el sillón mi abuela tejía. Una bufanda. Hacía bufandas para toda la familia. Era su escritura y la mía, acompasadas.

         Hoy la mesa ya no está. En su lugar, una alfombra. Estoy sentado en el sofá junto a mi madre, que posee ahora más edad de la que tenía mi abuela cuando vivía en casa, pero sigue siendo, obviamente, más joven que su madre. Las edades solo tienen corporeidad en el ámbito administrativo, en la mente mantienen una memoria muy diferente. Cuando mi madre y yo nos quedamos en silencio resuenan en la sala dos versos de Antonio Machado: «En la tristeza del hogar golpea / el tictac del reloj. Todos callamos».

El que ahora oigo golpear es un reloj de mesa que mis padres compraron hace décadas, nada más venirnos a vivir a este piso. Luce un paisaje dieciochesco en la esfera y un péndulo sonoro camina lo mismo que retrocede por debajo, entre cuatro patas doradas y casi salomónicas. Las casas de antes poseían, como pieza imprescindible, un reloj de pared o de cómoda en un lugar privilegiado. Era una especie de dios tutelar. Tengo la impresión de que ocupaba el mismo espacio que tuvo el pequeño altar o figura de santo protector en las casas dieciochescas. El siglo XIX trajo una nueva religión, la exactitud del tiempo, que acabó por sustituir la abstracción del cielo. Una ordenanza obligaba a situar un reloj delante de la Casa Consistorial. Como frente al ayuntamiento solía alzarse la iglesia, los campanarios se convirtieron en relojes. Los símbolos siempre superan las normas. Donde no existía iglesia, resultó aún más emblemático, se constituyó una torre monolítica coronada por el reloj.

Suena el reloj de péndulo en el silencio de la sala, entre una frase y otra, pero ya ha perdido su lugar dominante. La religión del siglo XX fue el televisor. Cuando llegó a casa el primero, mi padre retiró el reloj a una esquina y colocó el nuevo aparato en su lugar. Exilio desde donde sigue disgregando el tiempo como el panadero que en el obrador arranca pedazos de masa para convertirlos en panes. El tiempo ha dejado de ser ese pausado transcurrir fluvial. Ahora bajo los puentes solo fluyen autopistas. El pausado ir y venir del péndulo se ha quedado obsoleto. Demasiado lento. Las personas, cuando se compran un reloj de muñeca solo exigen dos cosas, un diseño atractivo (sobre extravagante) y que tenga cronómetro. Los minutos se han quedado como un vestigio decimonónico. Pero lo más triste es que aquella tristeza machadiana ahora se anhela sentir como una utopía. Paradójico destino el de quien admira a los poetas de hace cien años por presagiar el nuevo tiempo y se esfuerza en custodiar el tiempo antiguo.

20, miércoles. Enero. Plaza San Joaquín

La de Sant Joaquim es una plaza tímida. El portugués tiene un término para este tipo de plaza, que denomina «largo», traducido por anchura, o mejor, ensanchamiento. Desciende Vallirana con su extensión de calle orgullosa de su medianía y por dos veces el trazado rectangular se amplía un poco para formar sendos cuadrados. Dos plazas gemelas. La segunda es la Mañé i Flaquer. Ni siendo dos se las oye. La de Sant Joaquim es silenciosa. Carece de tránsito. Solo la cruza de vez en cuando alguna furgoneta blanca de reparto. En una de las cuatro esquinas hay un bar con terraza y leve murmullo. Gente que sube y baja con cara de ir a alguna parte, menos yo, que me gusta andar de paso. De paseo. Mirarla de soslayo, para que no se ruborice si la observo. Hasta tuve que esconderme tras el almez invernal, sin hojas, para fotografiar su nombre con discreción y distancia. 

La timidez de la plaza es urbanística. En un plano del municipio de San Gervasio, de 1895, dos años antes de ser absorbido por la ameba gigante barcelonesa, veo su trazado decimonónico de barrio periférico, el de Farró, en el extremo oeste de la antigua villa. La de Sant Joaquim aún no está formada como plaza; su gemela inferior, sí. El lateral del este queda por construir; unos metros más allá, el arroyo que baja parlanchín desde la colina del Putchet.

Un siglo y pico después mantiene este antiguo barrio el dulce rubor provinciano. Edificios de una elegancia humilde, decorados con el vestido de acudir el domingo a la iglesia. La ciudad lo rodeó con avenidas casi amuralladas por el tráfico y las construcciones hiperbólicas, pero en el interior ha preservado su carácter. Me desvío con frecuencia para atravesarlo. La levedad de la plaza San Joaquim —cuando uno se da cuenta, ya la ha dejado atrás— tiene la belleza de una rima de Bécquer, se memoriza sin esfuerzo y aunque dice bien poco y parece que ande entre susurros, siempre significa.

15, viernes. Enero. Reaparición del futuro

Hay algo que resulta más agotador que las tareas cotidianas: la incertidumbre. La certeza es la energía exigida por la época contemporánea para subsistir. Una especie de descrédito de la soberanía del futuro. Se cultiva la agenda con más ahínco que cualquier otra tarea. Los responsables políticos y sociales incluso tienen un funcionario que la controla. Las discusiones de agenda son más arduas que las de presupuestos. Una actividad solo empieza con la organización de un calendario; luego, un horario. El programa no debe dejar ningún espacio vacío. El futuro es, en nuestro tiempo, una cuadrícula en la que todas las celdas están llenas.

Las personas se han acostumbrado a pensar el futuro como una especie más ordenada de pasado. No sería raro, tampoco, que la desazón profunda de la época arraigara en este hábito: cualquier tiempo que llegue, salvo la desgracia, ya ha sido vivido previamente. El presente es la mera repetición de lo pensado para el presente.

Cuando, por la razón que sea, la incertidumbre se instala, lo que parece haber desaparecido es el curso de la vida. La sensación de que el cauce se ha secado. Una especie de enfermedad de Alzheimer proyectiva. Como si no fuera concebible un futuro fuera del calendario. Lo que regresa con la incertidumbre es aquello que con más empeño se pretende borrar: lo esencialmente incierto. Aunque debería ser esta pretensión lo que despertara más inquietud.

7, jueves. Enero. Plaza Orfila

Las plazas se dibujan. Con palabras, descripciones urbanas o sociológicas. Hay tipos concretos de calles, pero ninguna plaza se parece a otra. Su retrato, como los retratos, enriquece la imaginación. Igual que los valles, encauza hacia el interior todas las aguas. Epicentros de barrio o arrabal, convocan historias colectivas. Se podrían escribir muchas páginas con ambas miradas. Existen otras: resultan ideales para ubicar ficciones. Incluso poemas, el jovencísimo Arthur Rimbaud se hizo poeta abocetando la plaza de Charleville. Con solo pisarlas, en las plazas se abre el cajón que guarda revueltos los papeles donde anda garabateada la memoria. Y en cada plaza, al atravesarla, la deletreo. 
***
Por la boca de metro que había frente la plaza Orfila, en una isla en mitad de la calzada, junto a un árbol y una cabina, salió el mediodía de un sábado de marzo mi padre junto a la comadrona. Mi madre le había pedido que fuera a buscarla, ya con noticias que me presagiaban. Apresurados por la circunstancia, atravesaron la calle hasta la plazuela, siguieron por la calle Malats y tras rebasar el edificio del Ayuntamiento del que había sido el pueblo de San Andrés del Palomar, antes de que Barcelona lo absorbiera, en la esquina con la Calle Mayor, entraron en un portal estrecho, subieron por la exigua escalera hasta el tercer piso. Y hacia las tres de la tarde venía al mundo en la habitación de mis padres.
    Unos arbolillos enclenques alrededor, un banco de piedra a cada costado y en el centro, una farola monumental coronada con cinco faroles. Ahí debí de ser bebé en cochecito con madre primeriza y asustada. Desde el portal, que daba a la Calle Mayor, en línea recta se desemboca en la plaza Orfila, promesa de sol si el día lo proponía. Sé que en mayo a mi madre la riñeron porque me llevaba demasiado abrigado, pero así iba por la umbría de las calles estrechas más a gusto. El cochecito me duró poco. No había cumplido los dos años y ya tenía nueva inquilina. Y pasé a ir de la mano, o agarrado a un lateral. La memoria no alcanza para descifrar los detalles, pero sí ha conservado lo esencial. En los alrededores de la plaza descubrí un paraíso. No sé si era una juguetería, tal vez fuera un estanco o un colmado que tuviera algunos juguetes. El caso es que un escaparate con coches en miniatura se convirtió en el aliciente mayor para encaminarse hacia la plaza Orfila.
    En aquella época los paseos se habían complicado. El cochecito ya tenía otra nueva propietaria, la anterior iba en brazos, no se había tomado a bien la pérdida y se negaba a caminar, y yo me quedaba pegado a la vitrina de los cochecitos sin que mi madre pudiera arrancarme de allí sin gastar unos céntimos o sin la promesa de que eso ocurriera en la próxima ocasión. El objetivo de mi madre, con los tres a rastras, ya era atravesar la plaza, luego con mayor cuidado la calle Segre, muy transitada, y bajar por la calleja del Pont, más tranquila, hasta la estación. Al otro lado de las vías, que tenía que cruzar con pavor, se abría un descampado desde donde entretenía ver pasar los trenes. La mirada se encandilaba con aquellos soberbios herrajes en movimiento y el hecho de que siempre se estuvieran yendo carecía entonces de significado. Ah de aquel prodigio infantil de mirar sin que importe no comprender lo que se ve.

3, domingo. Enero. Cyrano, yo y el nuevo siglo

Si se me tiene en cuenta la nariz, tal vez pueda ser considerado un anti-Cyrano, tan opuesto a Cyrano que estoy casi al lado. Es lo que sucede con los extremos, ambos caminan en dirección contraria a la circularidad del resto. Así que Cyrano y yo coincidimos en la singularidad de las narices. ¿Algo más? Sí, por supuesto. Nació en marzo. El 6. El mismo día en el que nació mi abuelo Cirilo y el mismo mes que yo. También admiraba a su abuelo, de cuya vida tomó el nombre Bergerac con el que decidió llamarse a sí mismo. Era un poeta. Es posible que también yo lo sea, aunque no consta en ningún documento. En esta época es, digamos, una ilusión óptica. Le gustaba ser un libertino. Por mi parte, estoy muy lejos de esas aficiones. Cyrano pasó de persona a personaje. Un escritor con bigote relamido lo llevó a representar con su nariz la historia moderna de la belleza y el horror. Aún permanezco, me parece, en el lado de ser simple persona, espero que menos atractiva para un drama.

Cyrano, la obra, es un texto romántico lleno de lugares comunes de la época. Ni siquiera su autor es un escritor notable. Construyó, ignoro si a propósito o por acaso, un mito que refleja menos las turbulencias de cartón piedra del siglo XIX, donde nace, que la carne viva de cualquier época contemporánea. Un mito que transforma otro con acierto, el de la bella y la bestia. En la época clásica, el significado prendía en lo monstruoso de una naturaleza agreste, indómita y cruel, una amenaza constante a la aspiración a la belleza y a la racionalidad. El dios perverso de la desgracia natural frente la idealización del espíritu humano. En el terror ante la bestia suplica la belleza mortal.

Avanzado el siglo XX y tras superar si no el fantasma de las guerras al menos su centralidad, el monstruo abandona la naturaleza, sometida y discreta, también la idea de la muerte atroz que provocaba, y la belleza deja de ser un ideal para convertirse en un souvenir de lo bello. Uno y otra se aproximan en la nimiedad de ambos. Nunca el ser humano (ni siquiera en la civilización de Petra, cuando los mortales residían en templos) ha estado tan cerca de poseer el espejismo de considerarse un dios. Pero a Cyrano, una imperfección, una nariz excesiva, lo mantiene como dios incompleto. El monstruo no desaparece. El miedo transita de la bella a la bestia, que ahora siente el pavor a perder lo que nunca ha poseído, la felicidad. El Cyrano del siglo XX es este emblema. La bestia en su dolor, que es también el dolor de la bella, Cyrano mismo, el de hermosa escritura.

Noble, apasionado, augusto, está tan cerca, ama y ya es amado en sus cartas, pero descubre que el monstruo y la belleza ya cohabitan en su interior, ferozmente unidos por lo que nunca lograrán conseguir. El acoplamiento carnal no puede ocurrir porque ya ha ocurrido en su metamorfosis amorosa. La bestia había sido un concepto clásico objetivo; la bella, uno romántico subjetivo: su fusión en el alma de Cyrano, el monstruo de bella escritura, anula la voluntad de ambos. Pierde los batientes de lo real. Y hereda un vacío como único patrimonio: la oquedad que le impide tanto actuar (objeto) como reconocerse a sí mismo (sujeto). Le condena a la inacción y al desconocimiento. Da igual lo que la realidad intente en su favor, carece de beneficio. Ni en el último aliento existe compasión para Cyrano, el espejo del desamparo interior cuando se apaga la luz.

El siglo XXI —los historiadores consideran que el siglo empieza en los años veinte— está mutando también a Cyrano. Los dioses, que ya estuvieron en el cielo e incluso en el sueño del ser humano, ahora andan refugiados en las computadoras. Producen el mismo efecto un milagro y un desarrollo digital: un resultado sin proceso. La filosofía de los acontecimientos se denomina «El gato de Schrödinger». El monstruo de Cyrano es ahora un hiperactivo. Solo le preocupa la acción, los resultados, no sus consecuencias. Reacciona a cada gesto del espejo. Tantos, que convierte cada movimiento en una redundancia. Su belleza resulta así tan trivial como una reproducción. Y en su interior, hasta el patrimonio de la nada se ha desvanecido. De tantas, tantísimas, impresiones de vida que ocurren en la vida de Cyrano, acaba por no ocurrirle nada. Un tren tan y tan rápido que para aumentar la velocidad anula también la estación de destino.

31, jueves. Diciembre. La última práctica del epigrama, y 33

No suelen mencionar los poetas, en los versos, el género que no utilizan. Pero siempre hay excepciones. José Gorostiza, en ese genial poema que es «Muerte sin fin» (1939), tiene un endecasílabo memorable que he guardado para el último epigrama, como cita global del libro: «Epigrama de espuma que se espiga». No veo que pueda existir una definición más exacta. El epigrama es, evidentemente, espuma. La ocasiona el oleaje, y la calma del viento la hace desaparecer. Y también, qué observación tan certera, su expresión siempre «se espiga», demasiado crecida para proporcionar gozos poéticos. Espigada, cualquier planta se convierte en maleza.

28, lunes. Diciembre. LA SIESTA DE UN FAUNO. Cuaderno de notas

1. En 1876 Stéphane Mallarmé (1842-1898) publica en una carpeta, con lujosa edición de Alphonse Derenne y acompañado por unos dibujos de Manet, el poema «L'Apres-midi d'un faune», subtitulado «Églogue». Una égloga es una composición, por lo general extensa y dramatizada, de la vida amorosa encarnada en idealizados pastores, más preocupados por la filosofía platónica que por las ovejas. En la égloga de Mallarmé, «La siesta del fauno», el personaje principal es una proyección del dios de los pastores, Fauno, figura controvertida que prefería a su labor de proteger rebaños la obsesión por cortejar ninfas.

2. Mallarmé empezó a escribir su poema mucho antes de que entregara a la imprenta la versión definitiva. Como resulta frecuente en los poemas de su primera época, una profusión decorativa, casi de estirpe decadente, oculta —como los nenúfares en el estanque convierten en invisible el movimiento de las carpas— una honda, diáfana y estremecedora meditación. «L'Apres-midi d'un faune» reflexiona sobre la evanescencia de todos los actos que fueron de vida y han acabado suplantados por su reescritura en la memoria. La serie de poemas en prosa que he publicado durante los meses de noviembre y diciembre, en El Visir de Abisinia, concreta aquella raíz mallarmeliana en otro decorado, el que ha tejido mi escritura para los pasos de aquella oculta reflexión a partir de algunas palabras elegidas no por sí mismas, sino porque su aparición en el poema de Mallarmé marca las inflexiones de un oleaje significativo.

3. En la cubierta de la edición príncipe de «L'Apres-midi d'un faune», tras el título, el subtítulo («Églogve») y el nombre del autor, debajo de este, en cursiva y compuesto en tipo menor, se lee una curiosa mención: «avec frontispice, fleurons & cul-de-lampe». Mallarmé fue un apasionado de las artes gráficas (no será extraño que, cuando decida innovar radicalmente la poesía, empiece por la tipografía). En la cubierta de su poema ofrece una breve lección de composición gráfica. El libro tiene frontispicio, «florones» (o ilustraciones al inicio del poema) y «remate» (o viñeta al final del poema). Es decir, está perfecta y rigurosamente ilustrado. Los dibujos, no especialmente esmerados (por cierto), son de Manet. Mallarmé no incluye el nombre de Manet en la cubierta, en su lugar prefiere los términos de las artes gráficas. Los poemas que he escrito a la sombra del fauno se publican (sin papel ni tinta) solo con «florones».  Cumple esta función una serie de fotos que presenta, en cada instantánea, un entramado que oculta algo que al mismo tiempo permite que se vea fragmentado o a lo lejos. Como en la memoria la realidad, o como en los poemas de Mallarmé sus ideas.

4. En la página 13 de la edición príncipe, Mallarmé dedica su poema: «Ofrezco a tres amigos, cuyos nombres son Cladel, Dierx y Mendès, este breve poema (que les gustó) les añade un poco de alivio; pero es justo que mi querido Editor aproveche el raro público de los aficionados: la ilustración hecha por Manet lo ordena». Es la única vez que se nombra al pintor en la edición. La frase es ambigua. Lo que da a entender es que el editor incluye las ilustraciones de Manet para vender más ejemplares, pero para él el poema ya ha cumplido sus expectativas al gustar a quienes tenía que hacerlo, sus tres amigos. No coincide con lo que piensan los escritores contemporáneos, ni siquiera los de estirpe mallarmeliana, más preocupados (como Manet «ordena») por vender que por «aliviar». Pero a mí la idea me atrae tanto como el poema: en la lectura la cantidad es una dimensión prescindible.

5. De la edición príncipe de «L'Apres-midi d'un faune» existen, según consta en el colofón, «195 ejemplares, de los cuales 20 en papel Japón», o washi. Se imprimieron en el taller de Alphonse Derenne, y el precio que consigna una etiqueta pegada sobre la contracubierta es de 15 francos. Una cantidad que en 1876 resulta considerable. Si se atiende al valor en oro de la moneda, su equivalente actual serían unos 200 euros. Aunque en aquella época la moneda francesa padecía un proceso acelerado de devaluación que concluiría ochenta años más tarde en un valor residual. En la actualidad, un ejemplar de la edición siguiente del poema, publicada por Stéphane Mallarmé nueve años más tarde, se vende a 1.000 euros, muy por encima del valor que pudo tener como objeto en su momento. Todos estos aspectos a Mallarmé no le preocupaban demasiado. Sin embargo, como diría Anne Carson, tienen su interés. ¿Qué valor de mercado posee el poema que escribo a la sombra del que se imprimió en papel japonés? Cero. Nada. Cuando se publican los poemas en internet, el precio de origen es cero, y cualquier número multiplicado por cero, siempre será cero. No es un pensamiento optimista, pero sirve para entender lo que está ocurriendo con la cultura en la época. Su índice se aproxima al cero como indicador de valor de futuro. Por otra parte, quizá haya una ventaja escondida para la poesía. Como en sus orígenes (en sus múltiples renacimientos), de nuevo es gratuita. Si ningún valor. O solo, como diría Carson, el de ser una gracia. Que es posiblemente también como la entendía Mallarmé.

6. Cuando preparaba la edición de «La siesta de un fauno», en 1875, Mallarmé, en carta a un amigo, escribe una frase que es un manifiesto: «el editor, en la mayor parte de los casos, no es más que un animal (une brute)». Una década más tarde, cuando negocia con el editor Léon Vanier una nueva edición del poema lo único que le preocupa, en las cartas que le envía, son los aspectos tipográficos. Los discute hasta la acritud. En la célebre divagación «En cuanto al libro», publicada en la Revue blanche (1889-1903), Mallamé dejó explícita esta poética: «El libro, expansión total de la letra, debe tomar de ella, directamente, movilidad y espacioso, por correspondencia, instituir un juego, a saber cuál, que confirme la ficción». O dicho de otra manera, la cualidad literaria de lo escrito depende directamente del juego que sea capaz de establecer la tipografía. En una época en la que la mayor parte de los textos que se pueden leer ya no se imprime en papel, sino que aparece por pantalla, y una buena parte de estos son, además, de autoedición tipográfica, la idea mallarmeliana resulta esencial. El poema empieza a significar desde su ideación tipográfica, algo que en algunas páginas informáticas resulta imposible, pues ni siquiera permiten al autor poner una cursiva y mucho menos elegir un tipo; es decir, el juego del significado no lo inicia quien escribe, sino la aplicación. A la que no se le pueden, por cierto, enviar cartas.

7. Henri Mondor, que ha analizado la génesis de «Après-midi d’un faune», rastrea los primeros bocetos del tema mallarmeliano en 1860, cuando el autor a los dieciocho años aún se encontraba estudiando —con resultados poco brillantes, al parecer—. El primer borrador, cinco años más tarde, ostenta un título dubitativo, o «El Intermedio de un Fauno» o «El Fauno, Intermedio heroico». En la misma época lo adapta como pieza teatral, y lo propone para una representación con un título apropiado para el género: «Monólogo de un Fauno». La propuesta de representación no fue aceptada. El mismo Mallarmé, en carta de la época, anota las razones: «pese a que mi Fauno le gustó infinitamente, no encontró en él la trama necesaria que exige el público, y me dijo que era algo que solo interesaba a los poetas». Diez años después del fracaso teatral, en 1875, envía un manuscrito reelaborado a la revista Parnasse Contemporain, con un nuevo título: «La Improvisación de un Fauno». También es rechazado. Un año más tarde aparece la edición príncipe, cuatro títulos después, ya con el definitivo. Tras esta, el poema aún conocerá cinco ediciones en vida de Mallarmé (dos en 1885, en 1887, una pirata en 1888 y la última en 1893). Un poema que acompañó a su autor durante cuarenta años, y al que denominaba, familiarmente, «le Faune, mon Faune» (el Fauno, mi Fauno).

8. Ha sido ampliamente celebrada la convicción mallarmeliana de que «La Poesía, próxima a la idea, es Música, por excelencia», pero tal vez tenga más interés su meditación sobre la métrica, en el ensayo que titula precisamente «Crisis de verso». El elemento que en la época empieza a resquebrajarse en el verso es la métrica. Entonces Mallarmé se mostró partidario con una razón convincente: «una regularidad se mantendrá porque el acto poético consiste en comprender de súbito que una idea se fracciona en un número de motivos de igual valor así como en agruparlos». El razonamiento es perfecto: solo existe «acto poético» cuando conviven pensamiento y sílabas, es decir, melodía. Tampoco es despreciable el argumento con el que desautoriza a los defensores de una métrica libre: «de esta liberación a suponer aún o, en serio, que todo individuo aporta una prosodia, nueva, al intervenir con su aliento… la broma cae por su peso o inspira el tinglado de los prologuistas». «Après-midi d’un faune» es, por otra parte, un tratado de métrica clásica con una prosodia «nueva», inédita. Mi serie a la sombra elige la sombra de la métrica, el poema en prosa de cien palabras.

9. La estela de «L'Apres-midi d'un faune» no solo fue densa en ediciones. En diciembre de 1894, Claude Debussy (1862-1918) estrena una pieza que va a resultar esencial en la historia de la música, el «Preludio a la siesta de un fauno», obra sinfónica que supone la consolidación del impresionismo en la tradición musical, un gesto de afirmación propia frente a al vendaval germánico de la música wagneriana. La pieza es de una sensualidad y brillo sonoros extraordinarios, realmente, pero lo asombroso es la capacidad que tuvo de rodearse de genialidad. Vaslav Nijinski (1889-1950) creó para el «Preludio» la coreografía de su ballet más célebre, que se estrena en París en 1912 con escenografía e insólito vestuario del pintor y diseñador ruso Léon Bakst (1866-1924). Y el fotógrafo Adolph de Meyer (1868-1946) publicó en 1914 un espléndido álbum con treinta fotografías de la coreografía del Ballet Ruso que había fundado Sergei Diaghilev (1872-1929). Y Picasso, tan atento a todo cuanto en  el tránsito del XIX al XX anunciaba una nueva sensibilidad, usó la imagen de Fauno flautista para diversas obras con aires de autorretrato.

10. En «Crisis de verso» (cito la traducción de Jaime Moreno Villarreal, publicada en México D.F. en 1993) Mallarmé deja explícita su poética: «Para qué la maravilla de trasponer un hecho del natural en su casi desaparición vibratoria según el juego de la palabra, entretanto; si no es para de él emane, sin la incomodidad de una próxima o concreta referencia, la noción pura». ¿Para qué escribir si no se alcanza con la escritura la pureza? No es, sin embargo, esta la idea más interesante de la poética mallarmeliana, sino su definición implícita de escritura: la extraña pretensión, contra la naturaleza efímera de la vida, de fijarla mediante palabras. De eso, exactamente, trata «La siesta de un fauno».  La serie escrita bajo su sombra se puede leer completa aquí.