Los comportamientos que Marcial afeaba a sus contemporáneos los concretaba en el nombre de un personaje. Fue un acierto literario excepcional. Por una parte, evitaba que sus denuncias e ironías se perdieran en nubes abstractas atribuyéndoselos a un único protagonista del epigrama. El hecho de crear una figura como encarnación de un pensamiento, en sí mismo, organiza el sentido no en la proyección filosófica que pudiera tener como idea, sino en la vertiente opuesta, en la particularidad literaria de una breve trama. Marcial, cuyo pensamiento no desmerece de quienes lo organizaron como tal, fue, por voluntad propia, un poeta. Y el modo de huir de la máxima sapiencial fue precisamente a través del nombre de los personajes. Cuando la tradición epigramática pasó a la poesía vernácula continuó la práctica, aunque perdiera los valores de Marcial, que cambió por otros dos: exagerando el nombre se llegaba antes al sarcasmo, por una parte, y por otra, un nombre facilitaba mucho el hallar rimas ingeniosas para cualquier palabra irónica. Desde Marcial no se puede evitar ya, en el epigrama, la concreción de los actos. La exposición como mínimo relato. Es su herencia más valiosa, pero desde el principio decidí no inventar nombres. Casi todos los epigramas en tercera persona se los he atribuido a alguien, pero luego el corrector que hay en mí, con dolor, ha tachado los apelativos. Aunque un nombre haga volar un texto. Como paso adelante, sin embargo, tachar un nombre me parece poca cosa. Entonces fue cuando apareció la necesidad de cambiar de persona verbal. Redactar en primera persona un epigrama no es tarea simple, se escribe para ridiculizar un comportamiento o para endosar una lacra. Y eso no se consigue hacérselo uno a sí mismo impunemente. Pero resulta, al cabo, la verdadera experiencia epigramática: de nadie que no sepa tomarse su yo en vano y mondarse de risa consigo mismo podrá interesar lo que afee al mundo.
20, lunes. Julio. Aniversario petrarquista
La calle Petrarca, en Barcelona,
es una vía estrecha, arbolada, con coches aparcados a ambos costados, que hace
de frontera entre dos barrios: uno antiguo, Horta, y otro de aluvión,
Vilapiscina. Aún queda a la vista la piedra de alguna casa solariega del
extrarradio de Horta, frente a los bloques de viviendas sin ningún gusto de
épocas más recientes. En mi juventud iba de uno a otro barrio con asiduidad y muchas
veces lo hacía por Petrarca. Para mí, antes que un poeta, había sido el nombre
de una calle. O mejor, un tránsito.
Me
hubiera gustado explicar a continuación que me hablaron de Petrarca en los
cursos de literatura española de la facultad de Filología, pero si lo hicieron,
aquel día falté a clase. Sí recuerdo el curso de italiano, en segundo,
donde empecé a darle contenido a la calle por la que tantas veces pasaba. Nuestro
profesor de italiano era un formalista feroz. Tiene un libro sobre San Juan de
la Cruz que parece un tratado de matemáticas. Lo escribió mientras nos hablaba
a nosotros de poesía medieval italiana, del Dolce Stil Novo y de Petrarca,
aunque tengo la impresión de que odiaba dar las clases tal como las impartía:
figurativas, descriptivas y hagiográficas. Pero gracias a ese esfuerzo (y a la traición
a sí mismo) prendió mi devoción por la poesía italiana.
Un
día con el mismo nombre que hoy nació Francesco Petrarca en Arezzo. Y un día
como ayer falleció en Padua. Solo Petrarca podía haber dejado las fechas vitales
de un modo tan perfecto: el aniversario de su nacimiento es el posterior al de
su muerte. Invirtiendo la lógica existencial. Esa fue la clave secreta de
Petrarca. Invertirlo todo. Fue un escritor en latín, laureado en su época, que para
sí mismo (y para la posteridad) escribía en florentino. El orden siempre apunta
hacia el corazón. Fue el más intenso amante de su época, y maestro de los amantes
que le sucedieron, pero a diferencia de todos los demás su amada jamás lo supo.
La amó en vida y la amó aún más cuando la peste le arrebató su cuerpo.
En un
mercadillo de libreros de viejo encontré la edición de las Rime… con l’interpretazione di Giacomo Leopardi (4º edición, de
1854). Al pie del soneto XXXIII, Leopardi escribió este comentario: «Se
maravilla el Poeta de cómo su amor, por exceso de vehemencia, permanece casi
estúpido e inepto en el momento de intentar cualquier cosa para lograr su propósito». Así
mismo me siento ahora, un inepto estúpido, tratando de escribir algo sobre Petrarca
que no resulte trivial. Para recordarlo hoy —hace años que no paso por su
calle, ahora lo lamento— solo se me ocurre apuntar una incógnita. Si por un
infortunio se hubiera extraviado el manuscrito de su diario poético, Rime in vita e Rime in morte de Madonna
Laura, la poesía posterior (Garcilaso, Quevedo, Shakespeare, Ronsard…)
¿cómo hubiera sido? Ningún poeta se parecería a la obra que se reconoce como
suya y tanto le debe. Tan frágil es la tradición cuya fortaleza nos asombra.
17, viernes. Julio. Práctica del epigrama 12
Percibo, tanto en la redacción como en la recepción de los epigramas, una tensión entre la escritura introvertida y la escritura extrovertida. Cuanto más genérica la formulación del epigrama, más se reconoce; cuanto menos obvia, menos se aprecia. Algunos grandes escritores del siglo XX, autores de una obra que, por su hermetismo, ha planteado dificultades de lectura sobre las que se ha vertido una tradición exegética enorme, son popularmente reconocidos también por haber escrito libros sencillos y diáfanos que se han leídos en las escuelas y que han pasado por todas las manos adolescentes. Recordaré dos casos. Rainer Maria Rilke (1875-1926), autor admirable de las Elegías de Duino y de los Sonetos a Orfeo, dos cumbres de la poesía contemporánea cuya lectura no cesa de deslumbrar, es también autor de Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke (1899) (La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke), un cuento poético, de extremada claridad, que tras su edición popular de 1912 se convirtió en un éxito asombroso. Se decía que no había soldado alemán que no llevara un ejemplar en la mochila durante la guerra, y de esos derechos pudo vivir el poeta durante sus años más angustiosos, los de la sequía creativa. El otro caso es Juan Ramón Jiménez (1981-1958), autor al mismo tiempo del hermético La estación total (1946) y del popularísimo Platero y yo (1914), una de las primeras lecturas para generaciones de lectores. ¿Son Rilke y Juan Ramón los autores de La canción… y de Platero, o son los poetas de las Elegías y de Espacio? En la tensión que crea esta pregunta escribo epigramas. No me interesa la respuesta, que siempre resulta excluyente, sino la formulación: ¿la escritura puede ser al mismo tiempo clara y oscura?
15, miércoles. Julio. Beatitud sado. Práctica del epigrama 11
Ayer vi en una plataforma de televisión la película más extraña que recuerdo haber visto últimamente: Koirat eivät käytä housuja aka / «Los perros no llevan pantalones». Aún más rara que su título. Una cinta finesa, de 2019. El nombre del director, J-P Valkeapää. Con tal apellido, hay que agradecerle el uso de iniciales para el nombre. La historia arranca con un médico que pierde a su esposa, ahogada. Veinte años más tarde continúa obsesionado con ella. El director elige una imagen para dejárselo claro al espectador, pero tiene el buen gusto de ocultarla casi al completo con el edredón de la cama. No todos los directores se resisten a la tentación de mostrar más de lo que significa una escena. El caso es que un día el personaje entra por casualidad en contacto con una mujer dominante dedicada al ramo del masoquismo. Todo parece insustancial en la vida del médico y en la película, pero de repente el doctor comienza a ver a su esposa cuando la dominante lo ahoga con una bolsa de plástico hasta casi perder el conocimiento. La película se adentra poco a poco en el mundo trivial de los masoquistas, pero lo curioso es que la tensión narrativa, y la gracia de continuar viéndola, no procede de los oscuros círculos que nos descubre el médico al recorrerlos, sino de la pureza del propósito casi adolescente de encontrarse con la mujer ahogada dos décadas antes. Y en paralelo, la dominatriz empieza a enamorarse también, con ternura de primeriza, del hombre obsesionado por su pérdida, que ni siquiera se fija en ella, y a quien solo desea para que le ahogue. Curioso contraste: la perversidad de las formas junto a la ingenuidad de las actitudes. Paradoja sin la cual no habría película. La inocencia amorosa de los protagonistas es el motor narrativo de una historia que, por perverso y provocativo que parezca su contexto, sin esa candidez resulta completamente superficial. Una paradoja interesante: el único atractivo de la maldad es la bondad que oculte. Me acordé del añorado primer David Mamet, el de American Buffalo (1975), aquella truculenta historia de oscuros personajes también puestos en acción a partir del ingenuo e incluso romántico propósito de un muchacho agradecido. O más cerca, la tesis que mantiene Giorgo Agamben en El Reino y el Jardín (2019), «se accede a la naturaleza humana solo…[a través de], en palabras de Dante, la beatitud de esta vida». Un curioso acceso también al sadomasoquismo.
12, domingo. Julio. Práctica del epigrama 10
Suele considerarse la ropa como una metáfora de lo que las personas son, en algún aspecto. El repertorio es variado: su estrato social, unas; al que les gustaría pertenecer, otras; incluso alguna lo que no quieren ser. En sentido peyorativo, metáfora es también sinónimo de decoración. La ropa es el decorado del cuerpo. Significados, combinados o contradictorios, que expresan. La desnudez, en este caso, sería la opción opuesta. El hecho de no aparecer de una manera diferente a la que se es. Más: el no decir. El silencio de quien enmudece. La poesía, tan locuaz en ocasiones, tiende a la profusión de metáforas, pero eso no impide que pueda ser soñada, tal como las personas se sueñan entre sí a veces sin la ropa con la que se tratan, como verbo desnudo. Sin añadidos. Silenciosa intensidad. Poética de la piel.
7, martes. Julio. Prendas. Práctica del Epigrama 09
Quizá la prenda más antigua que venera la poesía sea el vacío que abrazó Dido —en la escritura de Virgilio—, tras la partida de Eneas, en sus últimas palabras: dulces exuuiae, dum fata deusque sinebat… («Dulces prendas, mientras los hados y el dios lo permitían…»). Toda la tensión que alberga la ausencia está en esa frase: el insoportable amargor de la pérdida. Es el mismo que acompañaba el recuerdo de Isabel Freyre que guardaba Garcilaso dentro de un pañuelo perfumado con plantas olorosas. Manantial de melancolía, en su descubrimiento emerge —«Oh dulces prendas, por mi mal halladas»— la sentencia de Dido. Una prenda en la época clásica podía ser un mechón de pelo. Un rizo. Un pañuelo con las iniciales de la dama. En La Celestina es el cinturón peregrino de Melibea. En Lope de Vega, las cintas de un sombrero. Metáforas de la amada para guardar bajo el cuero de la pelliza. En el siglo XVIII se sofisticaron los recuerdos. Un camafeo, ya de marfil o de nácar, con el rostro de la amada engastado en fina plata se convertía en un pensamiento. Los románticos exigían mayor presencia. Se enviaban los amantes, en la distancia, sombras. Con una luz proyectaban la suya a tamaño real en un papel, alguien la dibujaba y luego, al recortarla, viajaba el cuerpo entero de la persona amada. El siglo XX redujo el recuerdo a las fotos de tamaño carnet en la cartera, y el XXI cumple su mayor complacencia obteniendo un número de móvil. Como se advierte, también en la ausencia el paso de las generaciones, como pensaba Walter Benjamin, ha ido recortando la experiencia de los dolientes.
4, sábado. Julio. ¿En verso o en prosa?
¿Lo digo en verso o en prosa? Es una pregunta que me hago a mí mismo solo para tener algo de lo que hablar. Los antiguos dejaron en herencia el verso como expresión privilegiada de lo imaginario. Cuestión más interesante quizá sea descubrir qué significaba exactamente «verso» en cada una de las épocas. El tránsito de la poesía a la literatura coincide con la emancipación de la prosa como interlocutor posible de lo imaginario. Y tras la lenta desaparición de las élites cultas y su sustitución por el lector anónimo, que con el mero gesto de comprar un libro se convierte en el epicentro de los valores artísticos, el verso ha ido cediendo paso al monopolio de la prosa. En el tránsito entre el XIX y el XX ocurre una nueva inflexión en las relaciones del verso y la prosa. Se produce de modo emblemático en el teatro, que abandona el verso milenario en favor del lenguaje verosímil, pero también en una profunda transformación de los géneros, que de repente caminan hacia sus opuestos. Mientras la poesía se desespera por abrazarse a una significación —cuanto más contingente, mejor— que nunca había necesitado para existir, la prosa se apodera de aquella escritura, la poética, en la que la exigencia formal crecía de espaldas al significado. Diversos autores, de distintas corrientes, podrían ilustrar uno y otro movimiento, tanto el radical empobrecimiento de la poesía, como la poetización de la prosa, pero resulta curioso que ambos movimientos coincidan en el mismo autor, poeta y narrador a la vez, y además bajo el ámbito del «Epigrama».
Silvio Kossti —pseudónimo del escritor y político Manuel Bescós Almudévar (1866-1928)— publicó en 1920, en la Editorial Pueyo, emblema del Modernismo, un volumen exquisitamente editado que tituló Epigramas. Se trata de un libro tardío en la época en la que aparece, y de una estética ya decadente. En él se alterna, sin embargo, verso y prosa de manera indistinta y la comparación estilística de ambas escrituras llama la atención. Uno de los poemas tomado al acaso, el que se titula «Fuga», empieza en el estilo prosaico de una narración costumbrista: «Hondamente preocupado / Por negocios que iban mal / Fui a casa de un abogado, / Que vivía algo apartado, / Al fin de la calle Real…». La estructura significativa, indiferente al verso, se construye a través de explicaciones de una lógica literal (preocupado por) y por una descripción locativa convencional (casa, apartada, calle), dentro de una selección léxica de la lengua coloquial (negocios que iban mal). Dos páginas después se publica un texto en prosa, «En el surco», del que selecciono dos párrafos, el primero y el último: «Ya las sombras se alargaban sin término sobre la gleba polvorienta y el sol se envolvía para acostarse en un riquísimo pijama de nubes rayado de polícromas bandas. […] Al doblar la besana, la reja mordía el margen del camino, por el cual venía un mozo de tez bronceada como la estatua de un Dios antiguo y cuyo brazo amoroso enlazaba el talle de una zagala núbil, que al reírse parecía brindar al apetito varonil la flor sangrienta de sus labios». En una primera lectura se advierte que la lengua ha elevado su nivel, hacia una selección léxica culta, y la significación evita construirse mediante la dicción literal; por el contrario, prefiere la expresión figurativa y metafórica. No es Kossti un autor capaz de crear modelos, pero sí parece un autor permeable a los modelos estilísticos de su época. Y resulta interesante solo desde este punto de vista, como reflejo en el mero charco de sus epigramas del cielo cambiante de las concepciones literarias de la época.
28, domingo. Junio. Daido Moriyama, lo insólito cotidiano
Antes de entrar en la sala de Foto Colectania no conocía a Daido Moriyama (1938). La historia de la fotografía es laberíntica y pocas cosas hay con tanto aliciente como perderse en sus corredores, por donde nunca transitan multitudes ni turistas. Unos cartelitos junto a las fotos de Moriyama recogen algunas de sus ideas sobre la fotografía, otras las expresa en el vídeo que se muestra. Sorprende oír a un fotógrafo decir que las fotos copian la realidad, no son arte, sino un sistema de copia útil para la percepción (otro de los asuntos que se dan por hechos, el que las personas perciben el mundo). Que disfruta viendo sus fotos en las camisetas que lucen los jóvenes. Que le encanta descubrir el misterio que se aloja en la cotidianidad. Según el canon fotográfico, sus piezas están llenas de errores. Imágenes desenfocadas, encuadres extraños, luz insuficiente. Es un fotógrafo callejero en el sentido literal de la palabra. Sale de casa con la cámara, en su ciudad o en cualquier ciudad, y toma fotografías de lo que ve. Mira y dispara. No importa lo que sea, ni las condiciones en las que esté. Solo hace fotos. No desarrolla temas, ni fragua series, ni busca su estilo. Y ante todo, no es un cronista, no narra ni cuenta nada. Su exposición se titula Un diario y eso es exactamente lo que pretende, escribir un dietario poético a través de las imágenes. Su empeño en la intrascendencia del acto de disparar la cámara, frente a la sublimación artística al uso. Estremece. Igual que la obsesión por vincular la fotografía a la vida cotidiana, en las ideas y las acciones, pero sobre todo en las fotos, un tratado sin final sobre la profunda ironía que encierra cualquier lugar y cualquier momento que una mirada sea capaz de captar. También resultan sorprendentes los libros de artista donde publica su singular escritura diarística. Sobre sus primeras fotos cuenta que no formaban ninguna serie, ni crónica, pero que le gustó reunirlas en un libro. Y el gesto de sus manos compone un libro invisible que emociona hojear. Se había formado en diseño gráfico y eso le ayudó a que aquel primer libro resultara el adecuado. Y creo que las múltiples ediciones de sus libros de fotografía muestran el mismo gusto admirable. Nada más entrar en la sala me siento ya un discípulo dispuesto a aprender la lección más difícil de la fotografía: saber mirar la vida cotidiana y descubrir lo insólito y lo significativo en aquello que de tan visto ni se mira al pasar. Moriyama, mi maestro en la fotografía de proximidad.
25, jueves. Junio. Práctica del Epigrama 08
Al tiempo que recojo platos y cacharros de la cocina, escucho por la radio, en un programa de variedades, una entrevista al escultor Jaume Plensa (1955). Hablan de cine. Una figura con relieve cultural elige sus diez mejores películas, los locutores las comentan y el reportaje acaba con una pequeña entrevista. La que escucho. En ella cuenta Plensa que ahora prefiere ver cine en el salón de su casa, en soledad y silencio y añade algunas obviedades más, y enfatiza a continuación cómo le gusta ver películas en los aviones. Explica que las pantallas pequeñas exigen un esfuerzo para seguir la trama y resultan una experiencia especial, llena de encanto. El cine se ve ya en cualquier sitio, incluso en la pantalla del móvil, pero esta penalidad de lo contemporáneo, ¿admite alguna trascendencia? Lo dudo, aunque de repente, agradezco haber escuchado por casualidad esta conversación, que me ha proporcionado una clave en la interpretación artística. Las esculturas de Plensa siempre me habían parecido manieristas. Figuras pensantes repetitivas y esféricas, tamaños descomunales para imágenes débiles, letras conjuntadas como para ilustrar un cuento infantil. Pensaba que su obra era manierista. Pero me equivocaba. Sus piezas son absolutamente inocentes, el manierismo no es culpa suya, sino del escultor, capaz de sublimar cualquier trivialidad solo por ser él quien la realiza. Y, de paso, la entrevista me regala una preciosa definición de manierismo: quien da trascendencia a lo que en esencia carece de valor. ¡Ver películas en los aviones un prodigio, lo que me faltaba oír!
20, sábado. Junio. Práctica del epigrama 07
Hoy, víspera del verano. La fecha me recuerda que no siempre los turistas son meros bultos en el paisaje. O mejor, eran. Hace meses que no veo por las calles ni un turista y los alrededores de la Sagrada Familia parecen exteriores de una película rodada para el festival de Sitges. Pero cuando existían, a multitudes, los veía contemplar la ciudad. En ocasiones el motivo de su interés era algo sin ningún relieve, cotidiano, incluso vulgar, pero el hecho de que miraran despertaba en mí un interés desconocido por averiguar el objeto de su atracción. Qué diantres pensaría de aquello si lo viera por primera vez. El verano es el territorio ideal para las primeras veces. Incluso cuando no se añade nada nuevo a sus fechas, posee la aureola de los descubrimientos. Investigadores algo horteras —pantalón corto, camisa de flores, chanclas—, pero pletóricos de posibilidades y esperanzas, y de la súbita ignorancia de que jamás se cumplen.
16, martes. Junio. Práctica del epigrama 06
A Jesús Aguado, en su aniversario
El tiempo es la condición que la vida no consigue eludir. Una maquinaria construida a la medida de la naturaleza con un funcionamiento opuesto al de la vida humana. La génesis cíclica y la conciencia de especie se articulan a la perfección en el tiempo. El personaje de Muerte de un apicultor, del poeta sueco Lars Gustafsson, se extrañaba cuando veía una abeja muerta y ese hecho parecía no importarle a ninguna abeja en la colmena, donde todo seguía igual (la novela trata esta metáfora, un personaje que se identifica con la abeja dañada sin que nadie se interese por él, pero entre humanos esta es ya otra cuestión). La naturaleza se nutre de especies y de ciclos. Los humanos resultan una anomalía. La conciencia de su vida como individuos les ubica en otro tiempo, el cronológico. Una concepción opuesta a lo que ofrece el tiempo cíclico. Es muy difícil comprender este desajuste, sobre todo porque el ser humano en esencia se siente ajeno al tiempo cronológico. En la película polaca, Un atardecer en la Toscana (2019), de Jacek Borcuch, la protagonista, una escritora casi octogenaria, confiesa: «Cada mañana, cuando me miro al espejo, me digo que lo que veo delante es el vestido de mujer anciana que me he puesto». Resulta incomprensible que el tiempo, que renace cada año, solo se dedique a acumular edad. También resulta ilegible qué hace el tiempo con el tiempo que se ha vivido. Dónde guarda ese libro, en qué cajón. Nunca se logra encontrar. Y finalmente, jamás se descubre qué entidad posee el presente. Y para qué sirve. Y aún queda la sorpresa final: ¿Cuándo se vive el futuro?
10, miércoles. Junio. El día de Camões
El 10 de junio de 1580 murió Luís Vaz de Camões. Puede que no fuera exactamente ese día, pero para celebrar la festividad nacional de Portugal resulta una fecha estupenda. Mientras vivía en Lisboa, a principios de los años 80, mantuve una excelente relación con el escritor. Lo visitaba con frecuencia en los dos mausoleos que conservan su memoria, aunque el interior de los dos esté vacío. Uno, en los Jerónimos; otro en el Panteón Nacional, monumento que permite una excursión de altura, el ascenso a la cúpula. Al principio me chocaba que un solo muerto se recordara con dos sepulcros, pero con el tiempo lo agradecí. Resultaba más variado visitarle.
Aunque donde frecuentaba con mayor asiduidad a Camões era en su plaza, frontera natural entre el Chiado, burgués y comercial, y el popular barrio de Santa Catarina, donde acudía a una librería de viejo contemporánea de los volúmenes que vendía. La plaza, no muy grande, se eleva sobre el nivel de las calles, y está presidida en el centro por un monolito que culmina con la figura del poeta. Lo normal es que a los escritores se les esculpa pluma en mano, como si escribir fuera lo único que supieran hacer. Pero Camões aparece con una espada, como si nunca hubiera escrito ni siquiera una redondilla. Le salva, sin embargo, la actitud displicente con la que empuña el arma. Apenas la sostiene, sin fuerza, sin voluntad de usarla. Cualquier día se le cae y da un susto.
De su plaza recuerdo en espacial una papelería, en la Rua Loreto. Vendía sus propios cuadernos escolares y son los que he usado toda mi vida. Cada vez que pasaba por delante compraba otro. Y crucé por delante o por detrás de Camões tantas veces que hasta es posible que aún conserve alguno en blanco. Cualquier día lo busco para explicarle a sus páginas lo que ha cambiado de verdad durante estos casi cuarenta años.
También me gustaba, de vez en cuando, sentarme en los peldaños de su monumento. Por pasar la tarde suelen acomodarse alrededor del poeta parejas, grupos, amigos. Yo iba siempre solo. Me sentaba allí a contemplar lo que vería Camões desde su altura, pero con la precaución de ir mirando de vez en cuando, con gesto de impaciencia, el reloj. Como para justificar mi solitaria presencia con la pantomima de que esperaba a alguien que se lo tomaba con calma. En aquella época practicaba esa timidez social. El no hacer nada injustificado ante la presencia aún no sé de quién.
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