27, martes. Agosto. ¿Autobiográfico?



Antes de empezar a pensar la autobiografía como una escritura contemporánea cabría referirse a ella con mayúscula inicial. O al menos merecedora de tal. Se podrá ver entonces cómo el hilo de lo autobiográfico en la aguja de la escritura tuvo el efecto inmediato de producir la creación artística. Quizá el primer autor biográfico de la literatura española no cumpla esta expectativa y parezca un contraejemplo; sin embargo, no se podrá decir que no lo intentó. El Arcipreste de Hita, sea quien fuere, no podía creer en serio que aquello que escribía fuese una obra artística, pero soñó que lo era y para cumplir su sueño ideó una rígida presentación que enmascarase la caótica escritura. Ordenó los poemas como si fuera una autobiografía. Aunque solo nos consiguiera engañar a los modernos, no se puede decir que no fuera una intuición genial.
     Los primeros en atar el nudo del arte al de la biografía fueron los renacentistas. Nunca sabremos hasta qué punto es todo Isabel Freyre lo que reluce en Garcilaso. Es verdad que dejó algunas pistas entre los versos, pero sobre todo legó una idea de la poesía que ha quedado grabada con el mismo hierro candente del petrarquismo en el que militaba sobre el lomo del género: la poesía solo puede hablar de amor, y el amor solo puede ser el ideal biográfico. Se suele atribuir el protagonismo de esta sacralización del poema al Amor, así concebido, sin pensar que la tradición amorosa heredada de la época medieval era densa. Pero también ambigua, pues el Amor Cortés centraba la experiencia amorosa en el proceso de obtenerla, no en quien la obtenía. Y esta diferencia resulta, al cabo, esencial. No parece disparatado, por lo tanto, pensar que el artífice del milagro sea el nuevo signo, es decir, el amor concebido como experiencia biográfica. Y en paralelo, el poema como obra de arte.
     El Barroco, a continuación, deshizo el nudo sin deshacerlo. Ninguno de los estremecedores poemas de amor de la época, firmados por sus más altos poetas, Góngora o Quevedo, se puede relacionar, ni directa ni siquiera supuestamente, con ninguna experiencia biográfica. Aunque como poemas de amor incidan en lo más profundo de la biografía del lector, su sentimiento amoroso. Cabría preguntar por qué Góngora y Quevedo escribieron poemas de amor, y les dedicaron atención, esfuerzo y acierto, siendo sus intereses poéticos —los auténticamente biográficos— tan distantes del amor. La respuesta es sencilla: porque los poemas de amor certificaban el carácter artístico de su escritura. Aunque el poeta se desligara del orbe biográfico —o autobiográfico, lo que resulta una redundancia al hablar de poesía—, mantenía la ficción —de un amor— para asegurar la artisticidad. ¿Y por qué denominarlo «ficción»? La respuesta vuelve a ser evidente: porque un poema de amor —si no es un poema sobre el amor— implica no solo un sentimiento amoroso, sino también la persona que lo encarne, y en caso de que esta no sea real, será un ente ficticio. El amor no es objeto de ficción, pero lo biográfico sí.
    Impúdico les debió de parecer a los primeros románticos este chalaneo barroco con la realidad, en la que, por cierto, jamás creyeron mientras contemplaban encandilados la representación de La vida es sueño. De ahí el regreso multiplicado de la biografía, es decir, del yo. También del amor, que nunca desparece del todo, es cierto, pero el amor a un romántico ya no le aseguraba la autenticidad artística. El arte se hallaba donde estuvo siempre. En el amante y en la amada, en el sujeto y en la fuente inagotable de sus peripecias. Los románticos volvieron a atar el nudo que nunca se había desatado: el del arte y la biografía.
   Cuando la prosa sintió la necesidad de desarrollarse, empezó a echar mano de recursos propios de lo biográfico —el arte epistolar, el diarístico…— seguros portadores de certezas literarias. Dos siglos antes, el narrador más sagaz de cuantos han existido le estuvo dando vueltas a cómo se tenían que contar las historias y no paró hasta descubrir que era él mismo, el autor biográfico, quien debía dar paso al narrador de su novela inaugural del género: «Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos». Es la propia biografía, nos sugiere Miguel de Cervantes, la única que puede refrendar los aspectos artísticos de la obra en prosa, en este caso, el descubrimiento, tres breves párrafos más adelante, del narrador del Quijote: «Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo». Resolución, muy al gusto cervantino, mediante una paradoja. La ficción (Cide Hamete) necesita lo biográfico (yo) para que la creación posea calado artístico.
     Acabar con lo biográfico en el arte y así precipitar el final del arte clásico, el que habían inaugurado los renacentistas, parecía el propósito de las diversas Vanguardias de principios y de mediados del siglo XX, pero pronto su objetivo se convirtió no en un principio, sino en finalidad. En la razón de su supervivencia. Igual que el pastor Eróstrato no hubiera pasado a la historia nunca como mero pirómano, tras prenderle fuego al templo de Artemisa se aseguró unas líneas para su hazaña. De ahí que la auténtica Vanguardia, lejos de acabar con lo biográfico lo multiplicara. Fernando Pessoa es el gran emblema: no construyó una biografía con la que dotar de valor artístico a sus poemas, sino cuatro. O cinco, incluida la suya, no menos ficticia que las ficticias.
      Una vez repasado el valor que lo autobiográfico ha tenido para la historia de la poesía se puede encarar con solvencia el papel de lo autobiográfico para la literatura del presente. Para los nuevos géneros, como la autoficción, y también para las pretensiones innovadoras en los géneros tradicionales. Lo biográfico reaparece con el mismo valor que ha tenido en todas las épocas: proporcionar un certificado de obra artística a la escritura. Tan necesario en una época como la actual, en la que se confunden las manifestaciones de la cultura popular y las de la alta cultura; en la que los historiadores y críticos se asoman al ruedo de los fenómenos literarios (buscando tal vez a alguien con la bufanda de su equipo) y atónitos contemplan una multitud caótica levantando la mano y gritando: «A mí, elígeme a mí, yo soy el auténtico»; en la que la cantidad —sea cual sea, de dinero o de me gusta— destierra cualquier criterio de calidad. En esta época la calidad, la alta cultura y la perspectiva histórica se recuperan (o mejor, se autorrecuperan) como siempre ha ocurrido en la historia literaria, a través de la biografía. O, ahora —cuando la biografía de las personas cada vez es menos singular— de la denominada autobiografía, esa redundancia.
     Pero la biografía, que sí fue un elemento literario para el Arcipreste de Hita y para Petrarca —algo menos valiosa para Garcilaso, aunque también—, e incluso para Cervantes, hace siglos que no forma parte de los valores literarios. O mejor expresado, les resulta indiferente. Desde el Barroco se mantiene su ficción, porque realmente ha sido útil para preservar el estatus artístico de la escritura, pero carece del poder generador de ideas literarias. Los estremecedores poemas de amor barrocos ya no necesitaban sostenerse con la biografía porque habían cambiado el nudo sin que nadie se diera cuenta. El sostén artístico ya no era la vida, que bien poco importaba, sino el lenguaje.
     El lenguaje es el único elemento capaz de mantener lejos del redil de las convenciones la poesía. El único que interesará a los historiadores del futuro —por los del presente uno no apuesta ni el envoltorio del caramelo que va a ingerir. El único que mide, aunque a nadie le interese ahora la medida, la calidad de las obras literarias. El esfuerzo por la creación de un lenguaje personal y de época al mismo tiempo debería ser la obsesión de cualquier escritor. Pero es tarea ardua. Compleja. Excesiva quizá para el escaso tiempo que una época con un dinamismo tan seductor le deja a un escritor para que se enfrente a la escritura. Resulta mucho más fácil recurrir al comodín que nunca le ha fallado ni a la historia ni a los historiados: porque quien más quien menos, cada cual posee una autobiografía que contar. En suma, la autobiografía, el nombre de otra estafa literaria que suele dejar impune al infractor.


25, domingo. Agosto. Dominó de fechas



Dentro de unos meses se acabará el 19, y el que le sustituya será un año redundante. Veinte, veinte. Tal vez por ello me he agarrado al salvavidas del 19 con este diario como quien sabe que no va a acudir nadie a rescatarle, pero cada segundo que se mantenga a flote será un segundo de vida. No es que el 20 traiga malos augurios. En absoluto. Incluso puede que sea un buen año. Para ser mejor que este no necesitará gran cosa. Pero tendrá algo en su contra. Será, digámoslo así, la mayoría de edad simbólica del nuevo siglo. Del XXI. Y le tocará vivirlo a alguien cuya mayor parte de la vida ha transcurrido en otro, el que empezaba por 19.
     Acabo de comprar en el mercado dominical de San Antonio un libro publicado en 1914. La cubierta de cartoné con el dibujo de unas flores grabado en bajorrelieve. Un sol irradia rayos amarillos salvando dos recuadros para el nombre del autor y el título, ambos en tipografía Art Nouveau. Un libro modernista. En 1914 el Modernismo estaba en decadencia y por todas partes se apuntaban ya una nueva estética y una tipografía lineal. Es decir, el libro estaba impreso para que lo comprara alguien que hace un siglo tuviera la misma edad que tengo ahora yo. He leído a muchos autores de aquel momento cuyo tema principal era la nostalgia del fin de siglo frente a las desarregladas, violentas y furibundas innovaciones artísticas y sociales del nuevo siglo, el XX. Al leerlos entonces nunca se me había ocurrido pensar que no iba a tardar en encontrarme en las mismas circunstancias. Solo me faltaba esperar a que se acabara mi siglo y empezara el siguiente.
     Y ahora, aquellos viejos poemas con nostalgias de los bailes sinfónicos, de las gardenias en el ojal y de los modales decimonónicos en la época del mono de obrero futurista, del exabrupto y de Picasso son los que podría yo emular acordándome de mi máquina de escribir, mi tocadiscos, mis cuadernos de notas y, pronto, mis libros de papel.
    Se ríe el libro que he comprado esta mañana de los aficionados, a los que denomina con un galicismo de 1914 diletantes. Y explica lo que ocurre cuando se visita a uno de ellos: «Entráis en casa de aquel caballero, y vuestra vista se fija en un dibujo, en un cuadro donde los colores andan lamentablemente barajados, el sol parece un huevo estrellado, y las nubes espuma de cerveza en las paredes de un vaso». Punto y aparte. Sigue: «La señora os mostrará con mirada encantadora un álbum de poesías, y se detendrá complaciente en un almibarado soneto, en el que una pobre idea se mueve trabajosamente por entre los catorce versos, hasta que dando un último tropezón se lanza al abismo de la posteridad». Así escribía en 1887 el doctor Juan Muffone, italiano, en traducción de Miguel Domenge Mir, ingeniero.
    Quien me corrige cuanto escribo me está diciendo a la oreja que cambie «dibujo» por Facebook y «soneto» por Instagram y tendré lo mismo. Es decir, que mis impresiones no son más que espejismos. Y que borre las quinientas palabras que preceden a esta. Pero me niego a escucharle. Cuando leo estas frases escritas a finales del siglo XIX y traducidas a principios del siglo XX, entiendo lo que dicen como propio de mi mundo. Cuando vivo mi presente, me siento como un realquilado en casa de una familia numerosa.

18, domingo. Agosto. Aenne Biermann, fotógrafa



La Moderna Pinacoteca de Múnich guarda hoy una sorpresa para mí. Como los domingos solo cuesta un euro la entrada y el edificio es muy grato, aunque conozca ya sus colecciones, entro; quizá solo para protegerme de los 30 grados que cuecen el exterior. Empiezo por la librería. Apenas veo cambios en los libros sobre las mesas, salvo uno. Un cuaderno tamaño folio con las reproducciones de impresiones en gelatina de plata de una fotógrafa que desconozco. Aenne Biermann. Que no sepa quién es no resulta significativo, mi familiaridad con la historia de la fotografía carece de cualquier erudición. Lo ojeo. Me gusta lo que veo. Como no es bueno comprar los libros antes, lo devuelvo a su lugar y me dirijo, pensativo, hacia la zona de las temporales, aunque poco motivado. La que se anuncia fuera parece un conglomerado de arquitectura ensimismada y fotografía pintoresca. Pura crónica. Decepción. Pero al pasar por el corredor de repente reconozco un nombre, aunque apenas lleve cinco minutos en mi memoria. O tal vez por eso. Aenne Biermann. Ni me había enterado de que le dedicaban una exposición temporal. Al entrar en la sala, junto a la impresión de las fechas —1898-1933—, una maravilla me deja aún más de piedra: Autorretrato con Bola de Plata. Estas sorpresas ya solo se producen en la poesía y en la fotografía.
    Aenne Biermann empezó a disparar su cámara hacia los 28 años con una finalidad práctica: fotografiar la colección de minerales de un amigo geólogo. Pero en lugar de ver cristales, como haría cualquiera, Aenne empezó a ver líneas, sombras, volúmenes. De ahí pasó a retratar plantas, pero lo que veía delante del objetivo era lo mismo que soñaban sus contemporáneos sobre un lienzo. En lugar de pinceles, ella cerraba el plano, doblaba una rama, meditaba la disposición las hojas… y disparaba. Sus fotografías botánicas resultan prodigiosas.
   Coincidió esta época con la infancia de sus hijos, Helga (1921) y Gershon (1923). Pero en las fotografías su madre, que los tomó como modelos, supo dar a sus rostros infantiles, sobre todo al de Helga, una expresividad que estremece contemplar. Hay un retrato con la mano en la boca y un bolígrafo entre los dedos, en primer plano, en el que la niña está tan interesada en lo que ve fuera del plano, que es capaz de crearlo para quien contempla la foto desde la nada del tiempo, solo con su mirada.
    Admirables son sus retratos, pero también sus dibujos de objetos. Una de las piezas más célebres, Kartoffel mit Messer (1929), muestra unas peladuras de patatas enroscadas en el cuchillo. La simplicidad de la imagen, la sobriedad de la toma y la extraña belleza sobrecogen. Fotografías así la convirtieron en una referencia del movimiento fotográfico de la época, la Neuen Sachlichkeit. Los nombres no siempre aciertan. De hecho, la distancia que pretende la Nueva Objetividad es una suerte de propuesta fotográfica brechtiana, por la cual la imagen se aleja de la catarsis subjetiva para propiciar la visión crítica en la acción de contemplar. Y eso continúa siendo lo que provoca el detenerse delante de Patata con cuchillo. En la placa su autora nos cuenta que no se encuadra por el visor para provocar emociones —el gran espejismo de la modernidad—, sino para hacer comprensibles ideas complejas —el espejo del tiempo en el que se convierte cualquier buena fotografía—. 
    Como nadie es perfecto, a mí me gusta burlarme de las condiciones en las que se exponen las fotografías aprovechando los reflejos para hacerme autorretratos cómplices. Ante las piezas de Aenne Biermann que muestra la Moderna Pinacoteca de Múnich, sin embargo, no hay ni un único reflejo. Nada. Se mire desde donde se mire. Y como tampoco me voy a poner a fotografiar una fotografía que me gusta, me guardo el móvil sin pensar que me quedo sin ilustraciones para esta página. Aprovecho, para ilustrarla, un par de detalles vistos en obras que expone la Alta Pinacoteca; las manos del escriba en La muerte de Séneca pintadas por Rubens y el libro sobre la falda de Madame de Pompadour, imaginado por François Boucher.

11, domingo. Agosto. José Carlos Cataño, elegía



Esta mañana hemos despedido a José Carlos Cataño (1954-2019) en el recinto hebreo del cementerio de Collserola. Delante de nosotros, cuatro empleados han introducido un féretro rectangular de madera virgen, sin barnices ni cenefas, en un nicho excavado en tierra, entre los pinos. Lo han descendido con cuerdas y músculos en tensión, mientras diez hombres con kipá oraban en voz alta una hipnótica salmodia. Después han volcado capazos de arena sobre la madera y de uno en uno, sus familiares, con una pequeña pala, han contribuido a completar la inhumación. Delante, al sol, los asistentes pensábamos en Cataño. Los gemidos de su hermana oficiaban como la solista de un coro de silentes. Tras las oraciones, su hija ha desplegado una hoja que traslucía una caligrafía hendida en el papel. «Papá —ha empezado a leer como si estuviera hablándole—, junto a ti he aprendido los secretos del lenguaje que ahora me abandonan». Así también estaban los presentes, tratando de encontrar el pensamiento en los vericuetos por donde ha huido. Un hermoso texto que de repente descubre el argumento de la vida. Cómo me acuerdo, sigue diciendo la hija cuyo padre la escucha desde dentro de la tierra, de los paseos por la naturaleza, de las historias que me contabas, de las veces que me hacías reír con tu ironía… Se vive solo para que alguien nos diga, cuando ya no estemos, estas exactas palabras. No existe más sentido en lo que hacemos. Ha leído tres poemas de su padre. Luego han recitado Rodolfo Häsler y Neus Aguado. Carmina ha dicho unas palabras ahogadas e intensas. Hemos elegido, cada uno de los asistentes, una piedra en el suelo pedregoso del bosque de Collserola y la hemos colocado sobre la plancha de madera que ha quedado cubriendo el hueco. Despacio hemos caminado, luego, hacia la fuente donde lavarnos las manos por sentir en el agua el paso de la vida.
     Antes, mientras esperábamos en la cafetería del Tanatorio que concluyera el rito del lavado del cadáver, hemos contado cada uno de los ahí reunidos lo que José Carlos nos había regalado. Se han recordado mínimas maravillas que había propiciado, a veces con solo aparecer. Me he acordado, entonces, del regalo fenomenal que nunca recordé agradecerle. O quizá sí lo hice, uno ya no puede afirmar nada con precisión. Solo las cosas importantes: tenía yo 22 años y era nadie y José Carlos un poeta joven que acababa de publicar con esplendor su primer libro, Disparos en el paraíso. Me trató con una delicadeza e interés que no he dejado nunca de agradecerle, y cuando le conté que me iba con una beca a estudiar portugués me dijo: «Espera», sacó un papel apuntó un nombre y un teléfono y me lo entregó. Nada más llegar supe que íbamos a compartir un amigo en Lisboa. Con el que muchas veces, frente a un espeto de sardinas, nos acordábamos de Cataño. También esos laberintos de los que nunca llegamos a salir del todo son el sentido de la vida. Y una despedida es la clase de filosofía donde se imparten los conocimientos que jamás comprenderemos.

26, viernes. Julio. Sobrevivir al servicio de Correos



Si Franz Kafka hubiera cumplido el día de hoy, no sé, treinta años, su siguiente novela se titularía, sin duda, La estafeta. O tal vez, si actualiza el nombre, La sucursal. Se me ha dado el caso de enviar estos cuatro últimos meses tres paquetes. Dos a Portugal y uno a Alemania. Empezaré el relato por el primero. Una carta certificada a Portugal. Un kilo. Veinticinco euros de tarifa. Un billete de avión a Lisboa para una persona de —pongamos— ochenta kilos cuesta el doble, pero no ochenta veces más. Quiero decir, no es barato.
     Me acuerdo ahora, con nostalgia, de mi envío. La editorial lisboeta Paralelo W publica unos cuadernillos preciosos, con un poema y una fotografía del excelso artista portugués Carlos Nogueira. Me invitaron a colaborar y envié un poema —que tradujo con primor Inês Dias— inspirado en una fotografía del artista. De la edición hay treinta y tres ejemplares que se numeran y se firman. Recibí el envío de Portugal con los ejemplares numerados y firmados por el autor de la fotografía, los firmé también como autor del poema, volví a empaquetarlos y los envié en lo que me pareció más seguro por ser el envío más caro: como carta certificada. Veinticinco euros.
    Es difícil explicar lo que ocurrió a continuación. La previsión era que el envío llegara en tres o cuatro días. Una semana después el editor me escribió para preguntar por qué no le llegaba. Miré el Localizador de envíos de Correos y me sorprendió comprobar que había desaparecido, tranquilamente, del proceso. Al día del envío, consignado, se anotaba su salida en el centro logístico de Madrid. A partir de ahí, nada. Vacío. Ninguna otra información del lugar donde se encontrara el envío. Inicié la aventura de las reclamaciones, que se alargó durante tres meses. Varias veces con la directora de la sucursal donde había enviado el paquete. Aprecio mucho el trabajo de los funcionarios de Correos. Por carta me han llegado noticias maravillosas durante toda la vida. Pero es difícil ya comprender qué ocurre ante una directora de sucursal que solo es capaz de mostrar gestos de impotencia. No sé, tal vez podría hacer alguna gestión, quizá haya alguien con quien poder hablar. Nada. Vacío. Reclamaciones ante Correos. Respuesta de ordenador: recibido, ya se investigará. Pero nadie investigaba nada. Reclamación ante la Subdirección General de Fomento. Abren expediente. ¿Para qué? Para las estadísticas, posiblemente, porque no han hecho nada. Vacío. Tres meses más tarde la directora de la sucursal, a quien no dejo de visitar para su disgusto, me dice que le han escrito de Madrid preguntándole si mi paquete había salido de su oficina. Lo que hace cien años fue un movimiento de Vanguardia, el Surrealismo, hoy es la vida cotidiana de las administraciones. Tres meses más tarde, la sagaz investigación de Correos sobre el paradero de mi paquete con la edición numerada de la fotografía artística y mi poema me informa que no sabe dónde se encuentra. Es decir, lo mismo que sabía yo tres meses antes. A la semana siguiente veo en el Localizador que mi reclamación está resuelta. Y el paquete, ¿habrá llegado? Iluso de mí. Me indemnizan con unos treinta euros (yo había pagado veinticinco de tarifa) y se resuelven de golpe todas las reclamaciones. Y yo, sin nada, me quedo con mi vacío.
     El segundo y tercer envíos son muy parecidos. Paso al tercero. También a Portugal. Hoy, día 26 de julio, se cumple un mes de un envío en «Paquete 72 horas». ¿Qué había en su interior? Una vez perdida definitivamente la edición de la fotografía y mi poema, solo se han salvado las copias que me correspondían como autor, de las cuales conservaba dos. Los números 24 y 33. Mis favoritos. El editor me preguntó si guardaba algún ejemplar numerado para mandárselo al artista, que se había quedado desolado con la pérdida. Tenía dos. Los metí en un sobre, fui a Correos, pregunté por un envío seguro y me ofrecieron «Paquete 72 horas». Resumo: el envío llegó a las 72 horas a Lisboa, pero nunca fue repartido. No salió del almacén. La razón, dirección incorrecta. A los cuatro días, lo devolvieron. Cuando quisimos reaccionar y el destinatario fue a Correos en Lisboa a preguntar por el envío le dijeron que, en efecto, la dirección estaba incorrecta: «le faltaba poner debajo de la dirección: Portugal». Literal. ¿Será que en Lisboa necesitan saber en qué país viven? ¿O lo consideraron un menosprecio? Lo habían devuelto al remitente, que soy yo. Pero no se ocupó Correos de devolverlo, sino un ente denominado Correos Express. Desde el 10 de julio hasta ayer he intentado por todos los medios posibles recuperar esos dos únicos ejemplares salvados de la pérdida. Era imposible saber dónde estaba el paquete. En la sucursal me decían que aún estaba en Madrid. En el localizador de Correos Express (en el que yo no envié nada, por cierto) señalaba que estaba «En reparto», en Barcelona, a las 7:43 y a las 7:45 ya se encontraba «En almacén» porque no habían podido encontrar al destinatario por «dirección incorrecta». Dirección que es, por cierto, un Apartado de Correos, en una sucursal en la que ya la directora me llama por mi nombre. El final de este envío también ha sido digno de una aventura kafkiana, pero prefiero no cansarme describiéndolo.
     El envío a Alemania fue muy parecido a este. Tras no sé cuántas llamadas, incluso a la empresa alemana, dos semanas después de la fecha prevista de llegada, se dignaron a ponerlo en un vehículo y entregarlo en las oficinas del ¡Goethe Institut!, donde al parecer, según la empresa, no había nadie para entregarlo. En Alemania. Europa está igual en todas partes.
      De este tortuoso camino he entendido lo que ocurre, tanto en España como en Portugal, y es posible que también en Alemania. El envío de paquetería y certificados está siendo desviado a empresas privadas. Pero estas empresas privadas no cobran, imagino, lo mismo de paquetes provenientes de la red pública que de sus clientes y establecen sus prioridades. Si un envío no se entrega o desaparece, tampoco eso le interesa a nadie. La investigación es nula, se indemniza con calderilla y si te he visto no me acuerdo. El personal en estas empresas, por otra parte, es temporal, posiblemente poco cualificado, rotatorio, con salarios extremadamente bajos y exigencias cuantitativas fuera del desarrollo normal del trabajo. Así que hay envíos que se reparten y otros que se quedan en el almacén para no ralentizar rutas. También favorece este sistema la aparición de mafias especialistas en la desaparición de paquetes. Me gustaría conocer las estadísticas. Seguro que son abultadas, pero a nadie le importa: la desaparición de un paquete es prácticamente gratuita si procede de la red pública. La indemnización del operador hace reír. En fin, la desintegración del sistema es tal que uno ya no puede enviar un paquete sin verse afectado. Tres de tres en los últimos cuatro meses. Todos los envíos que Correos desvía a la red privada, como es Correos Express, están condenados a tener incidencias. Es posible que todo esto continúe así hasta que Correos, como ente público, desaparezca del todo, de lo que surgirá una curiosa paradoja: la red pública excelente —con buenos profesionales y buen servicio— pasa a una red privada insuficiente —con constantes incidencias y pérdidas— hasta que desaparezca la red pública. ¿Cuál es la lógica de todo esto? No hay que ser ciego para verlo: la aplicación del criterio económico por encima de cualquier otro. Incluso el básico del servicio correcto. Todo será más barato, nos dicen, y a quién le importa si las cartas y los paquetes no llega nunca.

23, martes. Julio. Poética de la afonía en Néstor Sánchez



De la relación de mi juventud con la novela de entonces guardo un pequeño recuerdo. Aún como estudiante de letras, a finales de los años 70, en la época que se suele denominar transición y que fue un extraordinario y creo que prodigioso caos, pasé muchas tardes sentado en el suelo de las Ramblas detrás un montoncito de ejemplares. Recuerdo vagamente una cubierta color plata con un dibujo disparatado, pero no autor ni título. Los vendía un compañero de curso y se quedaba la mitad de cada venta. Había encontrado el trabajo en las páginas de ofertas del periódico. Era el propio autor quien le facilitaba los ejemplares —hoy lo llamaríamos de autoedición— que mi colega ofrecía por un precio nada barato, por cierto. No había tarde que no liquidara quince o veinte ejemplares. En ocasiones no le importaba que pensaran que era él el autor. A mí me gustaba estar allí sentado porque ver pasar a la gente por delante era un espectáculo que a cada momento se renovaba. Un día le pregunté si se lo había leído y me impartió una pequeña lección de crítica literaria que se me quedó grabada: «Vaya porquería de libro, no se entiende absolutamente nada. Es una novela experimental, menudo fiasco».
      Era lo que se pensaba del modelo literario de prestigio del momento cuando tenía dieciocho años. Y, en general, muchos escritores jóvenes se dedicaron durante la década siguiente a tratar de recuperar los elementos convencionales detestados por sus predecesores. A veces, incluso elementos francamente rancios, todo por salir corriendo de lo experimental. Con el tiempo, aquella actitud juvenil acabó por no ser nada, porque la sociedad literaria en su conjunto no tardó en asimilar el regreso a cualquier realismo como un proceso natural de la evolución literaria. Imponiendo el dogma de la legibilidad y de la comunicación como los auténticos muros defensivos del hecho literario, lo que al cabo puede haber significado, en tantos aspectos, un convencer al presidiario de lo seguro que se encuentra dentro del penal.
     Ya creía perdida para siempre mi relación con lo experimental el día en el que abrí para ojearlo, como a distancia, el Ulises. James Joyce era el santo protector de cuanto detestaba. La sorpresa fue mayúscula. No pude parar de leer. Desde la primera página —de la que pensé que no pasaría— fui absorbido por el libro con una vertiginosidad de la que me costó recuperarme. Durante un tiempo, cualquier novela me aburría. La lectura, sin embargo, no me sirvió para conciliarme con lo experimental. Al contrario, de repente descubrí el día y la noche en el ámbito de la incomprensibilidad. Como diría el marqués de Bradomín, la experimentación se divide en dos grupos: en uno está Joyce y en el otro todos los demás.
     El primer libro que leí del escritor argentino Néstor Sánchez (1935-2003) es una reedición reciente de Diario de Manhattan (Ediciones Sin Fin, Barcelona, 2017). Su autor me era completamente desconocido. Al libro me condujo el título y su lectura me proporcionó dos sorpresas que aguardan a quien se aventure en él sin quitamiedos: un diario escrito en las calles de Nueva York con una lucidez despiadada sobre la época. Copio solo un fragmento como ejemplo: «La motricidad del americano medio (marcado a fuego por alimentación artificial y un deporte de violencia y crueldad sin límites) ha perdido todo atisbo sensitivo. En su rudeza de base, en su guaranguería, se delata la presión del furor egoísta que signa la vida comunitaria. El sexo, en su nivel animal más bajo, ¿participa en aniquilarles la emoción?». En apenas sesenta palabras identifico cinco asuntos capitales de la edad contemporánea: la falsa alimentación, el espejo de los deportes de masas, la pérdida de la solidaridad, el egoísmo patológico y la pregunta final que queda apuntando sobre la cabeza de quien lo lee. Esta es solo la primera sorpresa, porque en el epílogo, donde Osvaldo Baigorria presenta al autor, Néstor Sánchez se agazapa la segunda, la existencia de un escritor tan singular como su propia obra.
    A partir de aquel momento Néstor Sánchez, se ha convertido en pasión literaria. En dos vertientes, además. Como escritor y como escritura. El propio Osvaldo Baigorria ha publicado un libro Sobre Sánchez (Varasek Ediciones, Madrid, 2017). En su lectura se describe con solvencia el caso del escritor: dentro del panorama de la nueva literatura hispanoamericana gozó de un claro protagonismo en los años 60 y principios de los 70 (publicado por Seix Barral en España y por Gallimard en Francia), pero en el curso de esta década desapareció, literalmente, como escritor y como persona, convertido en un vagabundo en Nueva York, primero, y en Los Ángeles, después. Proceso de cierta complejidad, que Baigorria documenta hasta donde es posible, en el que aparece como un elemento más, junto a otros, su rechazo radical del mercado literario, de la trivialidad cultural, de la connivencia con el poder y de la facilidad y reiteración como medios para mantener prestigio y ventas. De repente, descubro un maestro de mis propias opiniones. Durante un tiempo, lo reconozco, he conocido más cosas apasionantes de Néstor Sánchez que libros suyos leídos. De hecho, creo que hasta he retrasado a propósito la lectura por si su escritura emparentaba en algo con la que vendía mi colega en las Ramblas durante la transición.
    Como aparecida en la ciudad para forzarme a leer a Sánchez, una simpática joven argentina ha abierto una aún más simpática librería especializada en literatura hispanoamericana en una oscura calle del centro donde hubo un célebre mueblé, frecuentado por los tipos que contratan prostitutas en la zona, con un nombre muy a propósito: calle de la Virgen. La librería se llama Lata Peinada y tiene un pequeño apartado de libros de viejo. Allí encontré la primera edición de sus dos primeras novelas: Nosotros dos (Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1966) y Siberia Blues (Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1967). Ya no podía relegarlo más. Ahí estaban, al fin, los libros. Las dos primeras novelas de las cuatro que escribió. Ahí estaba, ante mí, el laberinto de la incomprensibilidad.
      El ejemplar de Nosotros dos que tengo fue comprado por Marisú Tallones Dillon en noviembre de 1966, tal como lo consigna en la página de cortesía. La novela se había publicado en mayo. Fue una de las primeras lectoras de Néstor Sánchez, aunque no dejara —como sí hago yo— ninguna huella de su paso por las páginas. Es posible que no la acabara de leer, como parecen indicar las arrugas del lomo, aunque nunca le negaría el título de «lectora». Gracias a su compra y después venta (o pérdida o lo que sea), el libro ha llegado a mis anhelantes manos. Tras el título, una cita de Julio Cortázar. Baigorria explica que Cortázar intercedió ante el editor para su publicación, pero con la condición de que Sánchez revisara algunos párrafos que le señaló como especialmente incomprensibles. Sánchez, evidentemente, no corrigió ni una coma y Cortázar se molestó.
      Ya no admitía más dilación la lectura. Empiezo: «La tarde en la que me asomé definitivamente a esta ventana una mujer sola con una malla roja tomaba sol entre las sábanas recién tendidas; lo supuse porque había aire y no se movían en la soga». Hay un inicio de época, que suena demasiado a concesión al boom, pero apenas dura siete palabras. La octava, «definitivamente», corta el ritmo, e introduce un cambio de tono. Se diría, en argot cinematográfico, que se aprecia un salto. En la escritura lo hay. Se pasa de lo genérico a lo concreto a través de un adverbio que no pega ni con una ni con otra. El interés pasa de la «tarde» (genérico) a la «mujer» (concreto), pero la frase inicial no se centra en ninguno de ambos protagonismos, sino en la observación, marginal y acaso gratuita, de que las «sábanas» aún estaban húmedas. Es decir, la frase evidencia tres niveles de lectura: el marco general «tarde», el protagonista narrativo «mujer» y la observación marginal «sábanas». Ahora bien, la estructura de la frase al avanzar prescinde de los elementos narrados para acabar concluyendo en el más tangencial, de tipo atmosférico (apela al hieratismo de la escena, narrada como una estampa). En esta primera frase los tres elementos y su sintaxis aparecen explícitos. El elemento genérico y ecoico desaparece ya para siempre de la prosa de Sánchez. La segunda frase forma solo un binomio: «Tenía una toalla de colores vivos atada a la cabeza y en la misma terraza un perro ovejero parecía muerto de un tiro». Aparece implícito el elemento protagonista de la trama narrativa («mujer»), y coordinado, es decir, al mismo nivel, un contrapunto, el perro dormido. Ahora bien, si se pesan semánticamente ambos elementos enseguida se descubre que el segundo resulta más impactante («muerto de un tiro»), también con un cambio de plano que produce un salto («toalla-tiro»). La tercera frase de la novela aplica la misma técnica, ahora dirigida al narrador en primera persona: «Me asomé, tuve el mismo miedo de siempre a la altura, el mismo desasosiego ante la posibilidad y tentarme». Toda la frase resulta coherente con la narración, salvo la última palabra, que, de repente, sitúa otro tema, latente como un subtexto de lo anterior, pero que —como el «muerto de un tiro»—, resulta más denso que la propia narración: «tentarme». Es decir, sentir la tentación del suicidio. Se observa enseguida que la narración avanza en dos líneas paralelas, un texto o curso narrativo y un excurso (de atmósfera, contrapunto o subtexto), en el que este, marginal a lo narrado, por su contundencia resulta más determinante en la memoria del lector que el primero. Conforme continúa la novela, el primer elemento —el curso narrativo— se va diluyendo mientras los excursos se arrogan el único protagonismo de la prosa, de modo que la escritura pierde de vista el hilo conductor de la narración para ir ensartando solo aspectos marginales (atmósfera, contrapunto, subtexto), unos tras otros, que van solapando cada vez de una forma más completa la comprensibilidad de la novela.
     En Nosotros dos, el proceso es paulatino y el lector solo pierde pie en la lectura ya avanzada la trama, cuando más o menos distingue personajes y acciones. En Siberia Blues el proceso se plantea de un modo radical desde la primera página. El único dato argumental es «la legendaria barra de Tomasol», un bar en el barrio de la Siberia, a partir de aquí el texto se convierte en un constante relato de excursos a una trama central que no se narra, solo se intuye por detrás como un relato de vida que impulsa la escritura. Como a veces en el teatro de sombras se intuye el brazo que mueve la marioneta. El efecto es fascinante. Cada frase escrita por Néstor Sánchez contiene elementos concretos, comprensibles, seductores en su manera de ser expresados, pero cuya integración en una trama general resulta, digamos, difícil de percibir. Por no decir incomprensible.
      De hecho, cuando desaparece la línea del curso narrativo, el resultado es como si las tres primeras frases de Nosotros dos hubieran sido escritas, más o menos así: «Sábanas recién tendidas, lo supuse porque había aire y no se movían en la soga; un perro ovejero que parecía muerto de un tiro y yo en la ventana tentándome». Cada uno de los elementos en sí mismo resulta atractivo, pero el lector tal vez no sepa responder a una pregunta sencilla: ¿Qué cuenta la novela? ¿Cómo saber que protagoniza la trama una ventana a la que el narrador se asoma para ver tomar el sol a una mujer si no expresa ese curso narrativo? De hecho, en esa interrogación sume Siberia Blues al lector que inicia la novela en estos sintagmas de una frase demasiado extensa para citarla: «Empieza con una carga algo repentina de brigada en desuso, de guitarreos viudos hace miles de años: cuarto de siglo más tarde se hace extranjera pero nostálgica referencia a los bajos entonces mal iluminados de Villa Urquiza…». Ni siquiera la situación concreta en el espacio de la trama aclara el tiempo impresionista que se traza (carga de brigada, miles de años, cuarto de siglo…), del que solo aparecen, digamos, sus metáforas.
      El resultado de este proceso narrativo de solapamiento argumental, parece obvio, conduce a lo incomprensible. Y se constata cuando Néstor Sánchez empieza a aplicarlo en su prosa narrativa de forma sistemática. Si se reúnen los tres excursos a la trama del inicio de Nosotros dos y se convierten las frases en endecasílabos, el resultado no alcanza la gran poesía, pero deja de ser incomprensible: «Recién tendidas, sábanas inertes. / Perro ovejero, muerto por un tiro. / Y yo en una ventana que me tiento». Es decir, en un poema los excursos formarían un conjunto de percepciones con absoluta coherencia poética. E indiscutible comprensibilidad. Porque la comprensión es un concepto radicalmente distinto en la novela y en el poema. La narración exige la inteligibilidad de la trama en cada una de sus movimientos. En poesía la comprensibilidad no resulta un elemento esencial del poema. Es más, es considerado por muchas escuelas poéticas incluso como un valor prescindible. Lo atmosférico, lo simbólico o la mera sugerencia resultan más determinantes en la percepción semántica que la necesidad de entender lo concreto narrativo (¿dónde, cuándo, cómo, quién?).
     En múltiples ocasiones Néstor Sánchez relacionó sus novelas con la poesía. Es más, renegó con frecuencia de la obra narrativa de sus coetáneos por ausencia de poesía. Buscó, como recuerda Baigorria, «una escritura que tuviera la condensación y el peso de la poesía». La condensación y el peso, términos que aparecen en este análisis de las primeras frases de su primera novela. Pero cabe preguntarse ahora qué idea de la poesía muestra Néstor Sánchez en su prosa. No es la métrica, obviamente, ni la pretensión temática —que es por completo narrativa, sobre todo en Siberia Blues—, ni el uso de recursos poéticos, que tampoco aparecen, ni siquiera el léxico, al completo del ámbito narrativo. Su idea de la poesía resulta reveladora: prescindir en la prosa de la exigencia de inteligibilidad. Es decir, relegar a un valor tangencial la comprensión de la trama para dar protagonismo, cada vez más exclusivo, a los excursos marginales que acompañan la acción (apreciaciones atmosféricas, contrapuntos, subtextos). Un auténtico collage de alusiones internas (¿líricas?) cuya función es eludir los componentes externos de la trama (espacio, tiempo, dirección, personajes) en un oleaje incesante de descripciones, sensaciones y hechos no vinculados a ningún desarrollo argumental perceptible. El resultado es, antes que un extenso poema, un poema compuesto por múltiples poemas breves —como el fruto de la granada— que mantiene una atención hipnótica en aquel lector que, desatento al argumento, perciba exclusivamente lo que la poesía ofrece en su lectura: condensación, peso, intuición, sugerencia y simbolismo. No es la comprensión narrativa, pero tampoco cabe denominarla incompresible. Ni experimental. Y jamás prosa poética. Si no, sencillamente, novela. Porque la herencia de Joyce no fue dar paso a lo intrincado en literatura, sino abrir el campo de la narración a cualquier alteración sustancial de los elementos narrativos convencionales. Y desde esta perspectiva el mérito literario de Néstor Sánchez resulta extraordinario: la creación de una novela sin trama, invertebrada, es decir, una verdadera «poética de la afonía» (Nosotros dos, pág. 86).

16, martes. Julio. A vueltas con la «democracia»



Un escritor no debe hablar de política, al menos como escritor. Eso lo tengo claro. Ahora bien, un escritor tampoco debe dejar de hablar de lo que quiera. También lo tengo claro. En el pulso de ambas verdades hoy decido hablar de democracia.
    Un término inflacionario. Cuando era niño descubrí en casa de mis abuelos paternos un fajo enorme —tipo mafioso de película rodada en Brooklyn— de billetes alemanes. Como entonces el prestigio del marco era grande, pensé que había encontrado una fortuna. Lo metí en una caja de zapatos, apreté la tapa para cerrarla y me dispuse a vivir el resto de mi vida de lo hallado. Con el tiempo supe que aquellos billetes no valían nada. Que se imprimían en su época como si fueran papel de periódico. Es una buena metáfora para el término «democracia». Dentro o fuera de una caja de zapatos, no sirve ya para nada. De todas formas, constatando estas cosas, se dice poco.
    Lo peligroso de la devaluación de la «democracia» no es su fonética ni su morfología, sino que se desvirtúe su significado. Es posible que estemos entrando, sin darnos cuenta, en una tercera fase histórica del término. La primera versión democrática nos la dieron los griegos. En Grecia tenían claro que el poder era el representante de los ciudadanos, o mejor —aunque eso ahora no importe porque siempre ha sido así— de los considerados como ciudadanos. Esta representación se obtenía en Grecia por sorteo. El azar entregaba el poder a unos ciudadanos para que lo administraran en el nombre de todos. Primera fase. La segunda es nuestra democracia occidental: los ciudadanos (los considerados...) eligen a sus representantes. Y en general, creemos que esta es la democracia que se disfruta en el presente en los países que se denominan democráticos. 
   Ahora bien, es muy posible que la segunda fase se mantenga en muchos lugares, pero en otras democracias, a ver si me explico, la elección de los representados ha pasado a un segundo plano en el proceso de obtención del poder. En esta tercera fase no parece que lo definitorio sea la elección de los ciudadanos, sino la voluntad del mandatario para serlo. Lo que define a los nuevos electos no es que los hayan votado, sino que ellos han querido ser los elegidos. Los han elegido, pero los electores parecen, en esta nueva fase democrática, no guiados por la razón de las ideas, sino por la voluntad de un individuo para ser el presidente. Es esta voluntad, con un rasgo individual muy definido, el elemento esencial de la elección, mientras los líderes convencionales de los partidos, sometidos a su coyuntura, languidecen con la exclusiva fuerza de las ideas, que ya no parecen interesar a nadie.
   Esta tercera fase, reconocida claramente en Estados Unidos, tampoco está lejos de lo que ocurre aquí. Manual de supervivencia titula la peripecia que le ha llevado a la presidencia del gobierno al actual presidente, y si se analiza este proceso con atención, los rasgos definitorios no han sido nunca la existencia de sensibilidades políticas diferenciadas dentro del partido, sino única y exclusivamente la voluntad del actual presidente para serlo de su partido y serlo de su país. Sin esa voluntad omnímoda, que eclipsa incluso a sus propios electores en el partido y en el país, en ambos casos con un protagonismo difuso e inconcreto, sería impensable su elección al cabo de las diversas caídas en desgracia. Son dos casos diferentes. En Estados Unidos, la voluntad del presidente para serlo se mantiene en su acción diaria, por encima del funcionamiento institucional, en España, felizmente, la voluntad es solo una estrategia de ascenso, sin traducción en el comportamiento institucional.
    Si se consolida esta tercera fase, en la que lo definitivo no es la elección popular sino la voluntad omnímoda de ser elegido, ya no se podrá seguir hablando, en propiedad, de «democracia», sino de una suerte de autocracia temporal sustentada por un movimiento de masas. Concepto, si me permiten la expresión, muy feo. Por cierto, alguien tendría que explicar por qué el aumento de la inteligencia colectiva parece llevar aparejado, indefectiblemente, el crecimiento de la estupidez colectiva. O por qué razón el aumento de la información colectiva produce desinformación generalizada. 

8, lunes. Julio. Curso de Cinebase en la fundación Escac



En el cursillo de cine, este año me he apuntado a guion. Los que han elegido dirección se apiñan en una aula de las grandes. En una estrecha y alargada, cuatro gatos quedamos como esparcidos en el espacio. Viajeros en un vagón de metro a deshora. Es la época. A nadie le interesa escribirla. Se conforman con dirigirla. Así nos va. De todas formas, yo mismo me regaño. Te quejas si hay muchas almas y te quejas ahora de que no las haya. Tienes razón, le digo al mí mismo que me habla. Es el inicio lo que cuesta sintiéndose la limosna de los cursos. También al profesor. Le veo tratando de encontrar la nota de entrada de una melodía que aún no suena, aunque los violinistas sostengan su instrumento sobre el hombro.
    El primer ejercicio es escribir una escena que refleje a quien la ha escrito. El primer ejercicio que me plantearon, en el primer cursillo de cine, era un autorretrato fotográfico. Me choca este empeño por hacer que el cine nazca del yo autobiográfico. Por una parte, me parece paradójico. Un trabajo colectivo, en el que hay tantas personas implicadas en la creación con capacidad para deslizar ideas —desde el guionista hasta el montador—, ¿ha de entenderse como un ajuste de cuentas con uno mismo? Incluso la finalidad me parece opuesta, ¿no va la gente al cine para olvidarse de sí mismos durante un par de horas?
   Por otra parte, me resulta contradictorio con mi concepción literaria. He escrito siempre contra el yo. De hecho, tampoco es en contra, sino en busca del yo perdido. Por encima de cualquier coyuntura personal, la escritura arraiga en la concepción contemporánea del sujeto, de la realidad y del entendimiento. El yo de un libro de poemas carece de valor literario como testimonio de un suceso, aunque exista una mayoría de lectores que cuando ocurre algo piensen que eso merece ser contado en un libro, y lo gana solo cuando muestra un modo del presente a la hora de comprender los hechos. El sujeto no está en los sucesos, sino en el mostrarlos. Un ejercicio que indague en el sujeto yerra. Lo valioso de la escritura es la manera cómo el sujeto ha entendido algo, cualquier cosa. El mejor autorretrato es colocar un jarrón con flores y pedir a los aprendices que lo interpreten. A partir de que al unísono los alumnos realicen una lectura naturalista del objeto, el profesor tiene delante la hercúlea tarea de descubrirles qué es un jarrón para una mirada contemporánea.
   De todas formas, soy un alumno y realizo mi ejercicio. Como en estos momentos escribo una serie de textos breves sobre la «práctica del espejo», trato de amoldar al concepto escena lo que he pensado para el concepto texto. «Engrudo» sería una buena descripción del resultado. A cambio obtengo la primera lección. No he venido a un cursillo de poesía, sino de guion. Y acabo de ver la diferencia. El mundo verbal que sostiene el pensamiento poético, por más plástico y concreto que se quiera expresar, no tiene nada que ver con la tarea del guionista. Que tampoco es, como se cree, pensar con imágenes. Si no pensar con la recepción de las imágenes. Y eso es lo radicalmente distinto. Escribir y leer son actividades muy próximas: ambas individuales, sosegadas, incluso solitarias. Quien escribe un poema lo hace en condiciones idénticas a quien lo va a leer. Quien escribe un guion lo hace para un productor que ha de comprar la idea, para un director que ha de traducirla a imágenes, para actrices y actores que han de encarnarla y finalmente para un público que ha de reaccionar de modo colectivo ante las imágenes, incluso aunque las vea por la tele, solo, las recibe como si estuviera rodeado de gente, conocidos y desconocidos, pues la manera de ver el cine es intrínsecamente colectiva (al verla ya se piensa en decir ayer vi una peli…).
     Primera lección aprendida. Todo lo que sé no me sirve de nada para ser guionista. Lo he de desaprender. Escribir una película es practicar la escritura opuesta a un poema. La segunda lección del cursillo tampoco iba a esperar mucho. Hemos formado un equipo para escribir un guion. De los de verdad: el miércoles se lo venderemos al multitudinario grupo de directores —en un pitch—, que lo rodarán el jueves y lo estrenarán el viernes por la tarde, como broche final al cursillo de cine. Formamos el equipo dos profes y una alumna. He de explicar que estos cursos de especialidad son mixtos entre profesores y alumnos de secundaria, quienes previamente han realizado los cursillos anteriores entre iguales, profes con profes y alumnos con alumnos. La alumna se llama Inés y la otra profesora Mary. Y yo. Un equipo de guionistas. Bien. Nos sentamos delante del programa de escritura de guiones. La ley del mínimo esfuerzo, uno clica «personaje» y le sale la lista de los personajes que ha usado, clica encima y ya tiene el nombre en el lugar exacto donde debe ir. No sé por qué no existe algo parecido para escribir poesía. Uno clica «endecasílabo» y se reproduce: Luces que la mañana escribe mansa. Y así.
    El equipo de guionista sigue la idea que ha expuesto Inés. El tema es la frontera de la intimidad. Los personajes, una muchacha afectada en su interior por un problema familiar que se enamora del sociópata de la clase, y, claro, este. Ni conseguimos vislumbrar el conflicto ni mucho menos el final. Pero como pensar en ello nos deja a los tres obnubilados, decidimos empezar a escribir. Las historias, creemos no sé muy bien apoyados en qué autoridad, suelen caminar hacia su propio final. Así que creamos una estructura básica de cinco escenas y empezamos a redactar la primera, que es pan comido. Al pasar a la segunda, la idea es mostrar el acercamiento de los dos personajes a través de un pequeño enamoramiento de clase. Tal vez porque el profe de guion, Mario Monzó, en la víspera nos había dado una pequeña clase magistral sobre los subtextos, recurrimos al subtexto literal más frecuente en una clase, el pasarse notas escritas entre el alumnado. El sociópata atractivo le pasa una nota a la muchacha enamoradiza. El texto de la nota aparece como un escollo frente al Titanic de la escritura. Tomo el mando del teclado y la redacto. «Tienes la sonrisa más bonita de todo el instituto». Hay que hacer un aparte en este momento. La creación colectiva tiene un motor básico: la discusión exhaustiva de cada una de las decisiones; cuanto más nimia, más intenso el debate. La nota. Me toca defenderla. Argumento que en un acercamiento amoroso siempre hay un arranque cursi. Sin cursilería no hay pasión amorosa, defiendo. Nos lo enseñó Shakespeare: «Si profano con mi indigna mano este sagrado santuario…».
    Inés se ha quedado pensando. Ni mi frase para la nota ni mis explicaciones la convencen lo más mínimo. De hecho, a mí tampoco, aunque todavía no lo sepa. Hay una inercia instintiva en defender lo que uno hace como si fuera lo que uno es. Seguimos adelante con la escena y la cerramos de una manera solvente. De pronto, al inicio de la tercera, Inés exclama: Ya lo tengo. En la nota debe poner, eso dice: «Me he enterado de que lees a Hemingway». El debate está servido. La cursilería de la nota anterior, de hecho, ni siquiera es mía, sino de mi aprendizaje. Es la frase con el máximo común denominador en la recepción. Sin embargo, habrá quien no sepa quién es Hemingway, o que solo le suene, o que crea que es pedante citarlo, etcétera. Empiezo a aplicar la lógica del guionista. Inés, la alumna de primero de bachillerato, ni se molesta en rebatírmelo. Esa es la nota que escribe Ana —la protagonista—, dice. No puedo darme por vencido tan pronto y ya esbozo nuevos argumentos en defensa de «la sonrisa más bonita».
     Hasta que de repente me doy cuenta de lo estúpida que es mi frase. Y lo genial que es la suya. Ana, la protagonista, le escribirá otra a su chico: «Creo que tú también» (…lees a Hemingway, y no: tienes la sonrisa etcétera). Y enseguida descubrimos que Hemingway es el motivo recurrente del guion. Es el hilo conductor de la emotividad quebrada que deseamos mostrar. ¡Es el acierto del corto! Segunda lección: cuando uno realiza un trabajo colectivo la destreza no está en pensarlo uno, sino en saber verlo en los demás. Pero esta no es la lección cinematográfica, sino la humana. Lo que descubro en la nota con Hemingway es que la primera lección que había aprendido es falsa: no se puede escribir para la recepción de las imágenes, algo que solo genera chorradas y cursilerías. Que se ha de escribir desde dentro de uno mismo hasta dar con los hilos secretos que mueven las contradicciones de las personas cuando hablan, cuando sienten o cuando ocultándose se muestran.

4, jueves. Julio. Alegato contra el potro del olvido



La poeta danesa Inger Christensen (1935-2009) publicó la novela La habitación pintada en 1976. Tenía 41 años. La escribió a mitad de camino entre sus dos grandes libros de poesía, Det (1969) y Alfabet (1981). Casi diez años después de su segunda novela. Esta, la tercera, sería la última. De esta ubicación en su obra se desprende una doble circunstancia. Está escrita en el período poético más fértil y aparece desvinculada de su primer impulso narrativo, caracterizado por una prosa claramente de vanguardia. La traducción española se publicó en 1999 y hoy llega a mis manos.
     No creo que la palabra «tarde» sea oportuna: los libros eligen cuándo quieren ser leídos. El volumen que leo guarda cierta memoria de sus dueños anteriores. Al menos tres. El primero o primera debió de comprar el volumen cuando fue novedad. El segundo lo adquirió posiblemente de viejo por dos euros, precio que aún marca, y que debió leerlo (o no, o abandonar la lectura) en Barraquetes, en Valencia, el verano de 2008, como certifica con una firma. Luego el libro fue a parar a los estantes de la Biblioteca de Vilanova del Camí —municipio junto a Igualada— posiblemente como una donación, aunque eso no se indique. Biblioteca que lo dio de baja en septiembre de 2018 y posiblemente lo vendiera a la cadena de libros de segunda mano Re-read, donde lo compró por tres euros un amigo que, conocedor de mis gustos, me lo acaba de regalar.
      A diferencia de la época narrativa inicial, la vanguardista, esta novela de Inger Christensen asienta su trama en varios procedimientos con claras raíces en la tradición. En primer lugar, la écfrasis —o representación verbal de una obra plástica—, motivo central de la novela. A continuación, el diario íntimo. En la segunda parte aparece un narrador en tercera persona de tipo omnisciente («Baldassare, que había visto su dolor, se acercó a ella…»), en una formulación convencional y comparecen dos técnicas narrativas de la antigüedad, la anagnórisis —o reconocimiento de personajes— y el entrelazado —estructura medieval en la que las aventuras se suspenden y reanudan constantemente—. En la tercera parte implica incluso un género curioso, la redacción escolar. Es decir, el propósito central de la obra se acerca a las formas convencionales, lo que en sí supone una característica, pues las formas innovadoras son esenciales tanto en la novela anterior Azorno (1967) como en los dos grandes libros de poesía que enmarcan La habitación pintada.
      La primera parte de la novela recrea una serie de «pasajes escogidos» de «Los diarios de Marsilio Andreasi», secretario de Ludovico Gonzaga, marqués de Mantua. Todos los personajes del relato aparecen retratados por el fresco «Cámara de los esposos» del pintor renacentista Andrea Mantegna, personaje también de la familia tras su matrimonio con la hija del marqués, Nicolosia. El secretario Andreasi es la figura que aparece en el extremo izquierdo de la pintura, medio cuerpo fuera del lienzo. Con la cabeza inclinada atiende las instrucciones de Ludovico, su señor. De hecho, la imagen da el tono del diario. Reúne los comentarios íntimos de quien asiste desde la primera fila a la representación teatral de una familia cortesana. Una obra que se extiende por 50 años de vida palaciega, desde 1454 hasta 1506.
      En el diario, de tono bajo y distante, hay dos momentos narrativos especialmente brillantes. El primero es la entrada inicial del diario. Nicolosia va a ser «sometida al potro del matrimonio» con el pintor Mantegna y el secretario, amante fidelísimo de la hija de su señor, arranca con un extraordinario alegato feminista contra unas circunstancias —«la estirarán y la retorcerán hasta que haya arrojado un número apropiado de hijos varones»— que hacen «prisionera a esa única mujer instalándola en una situación… en la que el nacimiento, la muerte y la violencia se entremezclan conforme a las más simples recetas culinarias transmitidas mediante la tradición».
      El segundo episodio memorable es el retrato interior del pueblo danés que realiza el secretario Andreasi con motivo de la visita de Christian I de Dinamarca. La autora realiza una evocación de su propio país de una lucidez estremecedora: «…daba igual cuánto supieran, pues nunca serían más sabios; y daba igual cuánto amaran, pues nunca sentirían el calor».
   El secretario anota, en su diario íntimo, pequeños acontecimientos relacionados con cada una de las personas que aparecen en el cuadro de Mantegna «Cámara de los esposos» o «Camera picta», fresco que ocupa una habitación de la torre del Palacio Ducal de Mantua. Nada acaba por tener corporeidad narrativa en su diario, salvo el propio paso del tiempo. Y su aliada —en la época, en el barroco después y más tarde en el existencialismo del siglo de la autora—, la muerte. El argumento de la narración es la paulatina desaparición de cuantos estaban vivos en 1465, cuando Mantegna empieza el fresco renacentista en la habitación de la torre. Cuarenta años más tarde, ninguno de los retratados, salvo el secretario, conservará aquello que se pinta, la vida. La muerte es, pues, la única trama de este curioso primer ejercicio de écfrasis. Nada de lo que se esté viendo perdurará. 
     El segundo ejercicio de écfrasis, o parte segunda, recrea un trampantojo, el que Andrea Mantegna pintó en el techo en forma de óculo abierto al cielo. Ángeles, damas, un pavo real, una maceta, nubes. Toda la novela es también un trampantojo narrativo donde las figuras representadas cobran, a través de las palabras, movimiento, identidad y pasado. Una historia que el relato reconstruye de nacimiento en nacimiento de ángeles y, en paralelo, de reconocimiento en reconocimiento de personajes. Una deliciosa filigrana narrativa, al gusto medieval, en la que hechos y descubrimientos se van entrelazando unos con otros sin sosiego lector.
    En el tercer ejercicio ecfrástico, el hijo de Mantegna, un niño representado en una de sus pinturas, evoca los recuerdos paternos para una redacción posiblemente escolar: «Me impresionó mucho lo que mi padre me dijo, pero, aun así, lo olvidé por completo, hasta que recordé que tenía que escribir sobre las vacaciones de verano…». Y al cabo, este detalle que vincula la narración de hechos con la justificación de su escritura quizá sirva como anzuelo para responder a la cuestión esencial que plantea la lectura de la novela: ¿por qué la ha escrito su autora? Posiblemente, porque tenía que escribirla. No es una obviedad. Todo cuanto encierran los cuadros, esa representación de la vida que ya no está, queda olvidado por completo hasta que alguien tiene que escribirlo. Y esa escritura, trampantojo narrativo, es la única razón para el recuerdo. Y el recuerdo, al final, será el antídoto frente a la desaparición. Cinco años más tarde Inger Christensen publicaría un libro prodigioso y sobrecogedor donde realiza el utópico recuento de todo cuando se llevaría por delante la explosión nuclear que la época agónicamente temía. Entre Det y Alfabet, dos cumbres de la poesía existencialista del siglo XX, la poeta danesa se regala, y regala a sus lectores, esta pequeña fábula —aunque llena de muertos y endogamias— optimista. Extrañamente optimista: el arte de la representación tiene sentido frente a la férrea dictadura del tiempo, aliado en el siglo XX con la química, concebidos ambos no solo como muerte, sino como desaparición absoluta.

1, lunes. Julio. Una poética



Al caminar por la calle escucho a una niña de unos cinco años una frase preciosa: «Mira, papá, vivimos en el mundo de las hojas». Aunque voy delante y solo les oigo, imagino que el padre mira la acera y dice lo que pienso yo al bajar la vista: «Pues sí, hay muchas hojas en el suelo». La niña le precisa: «No hay muchas, ¡hay miles!». Ahí ya se quedan en el portal de un edificio y sigo caminando con la frase en la cabeza. Al principio me fascina lo de «El mundo de las hojas». Un heptasílabo. Parece el verso central de un jaiku. No sé, es casi un título. Solo un poco más adelante me doy cuenta de que no es un verso. Los árboles están en el auge de su copa y, sin embargo, hay por las calles tantas hojas de plátanos como en otoño. Tampoco ha hecho viento estos días. Solo una ola de calor. Extraordinaria, sin duda. ¿Habrán caído por el calor las hojas? ¿O por la contaminación de la que habla la radio sin que se haya tomado ninguna medida? Sigo con el pensamiento de la niña. No era un verso, era una mirada. Nos ha descubierto, a su padre y a mí, lo que no veíamos. Era un poema.


30, domingo. Junio. Vida de aforista lunático



Acabo de escribir el aforismo de hoy: «La muerte es solo una palabra que no aparece en el estribillo de las canciones». Es el número 221 desde que el día 5 de noviembre del año pasado escribí el primero de su serie. Veo ahora que empecé hablando de una niña que traza alrededor de sí misma un círculo de tiza e inmediatamente da un salto y sale corriendo. No sé si desde aquel día hasta hoy han pasado 221 días. Tal vez sean unos cuantos más. En medio se fundió el disco duro del ordenador y anduve como desorientado una semana. No recuerdo ninguna otra interrupción. Escribir a diario un aforismo es escribirle a alguien una carta. Desconozco quién la recibe, pero mantengo intacto el impulso de comunicarme, sea con quien sea. Tengo la impresión de que el aforismo que he escrito hoy merece ser un final. De hecho, aunque iniciara el conjunto hace ocho meses, hasta hoy no ha aparecido el título que no tenía: «El círculo quebrado». Ha sido curioso. Ha surgido a continuación del aforismo, pero no recordaba en absoluto de qué trataba el primero. Solo al ir en su busca para colocar delante el título he descubierto que era un lema que ya estaba allí implícito desde el principio. Son pues, demasiadas señales. El de hoy ha sido escrito como el final de una serie. De noviembre a junio, casi un curso escolar. 221 aforismos.
     De hecho, esta es la tercera parte de un proyecto que empezó en 2018 con «Ventanas de la Casa Ámbar», aforismos que emergieron de la lectura, de la biografía y desde el universo imaginario de Emily Dickinson. Tuvo una segunda parte, «Un sendero de pálidas estrellas», que dialogaba con la obra de Rosalía de Castro. Aforismos escritos el mismo año, en el que también se inició esta tercera parte, «El círculo quebrado», concluida en 2019. Hoy. La obra literaria que he tenido como referencia para esta serie ha sido la de la poeta finlandesa Edith Södergran.
    No es una elección casual. Las tres poetas —Emily (1830-1886), Rosalía (1837-1885) y Edith (1892-1923)— vivieron en épocas próximas, ancladas en el universo cultural decimonónico, habitaron lugares muy distantes de los núcleos culturales de su época —geográfica y también simbólicamente— y las tres biografías compartieron una clara voluntad de apartamiento. Las tres obras fueron incomprendidas en su momento y las tres han irradiado esplendor sobre el siglo siguiente. Hay más paralelismos. Uno me interesa en especial, las tres poetas escriben a partir de una lengua poética, la de su época, gastada, retórica, artificiosa y masculina. Cuando los escritores varones de su época la utilizan, salvo las excepciones que la historia literaria recuerda, convierten su escritura en un insufrible modelo de lengua poética. Las tres escritoras, sin embargo, a partir de esa lengua insuficiente, excavando hacia su interior —no inflándola hacia el exterior, que es el hábito de sus coetáneos—, consiguieron un milagro: encontrar el camino hacia una lengua personal, expresiva, intensa, comprometida y profundamente simbólica. Se me ocurren algunos ejemplos en otras épocas: Ausiàs March revitalizando en el siglo XV la lengua petrificada de los trovadores o Rilke dando una nueva vida a la lengua poética romántica. Tanto Dickinson como Castro o Södergran realizaron la misma proeza, las tres le arrancaron estremecimientos a la lengua de las estelas mentales.
     Para mí, las tres escritoras comparten otro paralelismo: es posible dialogar con ellas. Sus universos poéticos resultan porosos. Se abren a quien los transite. Responden y escuchan. Su humildad incrementa su altura, del mismo modo que el orgullo de tantos escritores empequeñece sus aciertos. Conviví varios meses con Emily, con Rosalía y hoy cierro ocho meses de lecturas de y sobre Edith. Es un proyecto literario que me ha mantenido encandilado desde el inicio. Creo que cada día le he escrito una carta a Edith Södergran, como antes lo había hecho con Emily Dickinson y con Rosalía de Castro. Como carezco de su dirección las anoto a diario en mi página de Twitter.
    Mañana empieza otro proyecto. El cuarto. También tiene nombre de mujer. Una poeta que nació solo tres años después del fallecimiento —tan temprano— de Edith. 

26, miércoles. Junio. Kronos Quartet



En tiempos, otros, había ido a estas sesiones inaugurales con invitación —del amigo del amigo de un amigo—. Hoy voy de pago. Por eso me toca sentarme en un extremo del teatro griego. El semicírculo frente al círculo soluciona todos los ángulos. Desde cualquier parte se ve bien. En mi asiento, en un extremo, encaro el público entero. No me parece que lo sea del Kronos Quartet, sino de la eventualidad.
    Como volvía a un lugar tras décadas de abandono sentí la tentación de interpretarlo. Un público de funcionarios municipales más unos cuantos políticos. Del mismo ámbito. Anduve paseando entre los grupos antes de sentarme y oír retazos de conversaciones. En general, insulsas. Todo en general me pareció insulso. Diría decadente si estuviera dispuesto a la diatriba. Fue sencillamente como es ahora todo: una anotación en la agenda que se tacha mientras se lee la que sigue. La única razón para hacer algo es cumplir con lo previsto. Ese ambiente.
    Todo hubiera acabado ahí de no aparecer los cuatro Kronos con un programa para funcionarios municipales. Y ganas de acabarlo cuanto antes. También esperaba demasiado de lo que han grabado, de lo que les he escuchado a lo largo de los años. Aquí habían venido a inaugurar un festival de verano y el segundo violín salía con una camisa hawaiana. Traían un plato combinado por programa. Alguna gamberrada erudita, dos o tres clásicos con aires de música de película, una evocación vintage a Pete Seeger y un Philip Glass con los alumnos de la escuela de música que fue eso, exactamente. Solo una pieza me pareció a una altura diferente: Little Black Book, de Jlin. Pero se acabó demasiado pronto.
     Al salir, con la lentitud de tanto seto y tanto parterre en los jardines del Grec, regresé al público. Y comprendí mi error. El que sobraba allí era yo. El único que había cometido la idiotez de pagar para asistir. Pero me reconfortó algo recordar que las entradas eran baratas. Casi como ir al cine. De hecho, es a lo que había ido. A contemplar las proyecciones expresionistas de Alba G. Corral sobre la piedra excavada de la montaña de Montjuïc. Una película muda, claro, con un (insulso) acompañamiento musical en directo.