2 de abril, jueves | BALADA DEL MAQUINISTA DE CERCANÍAS



En el ascensor pienso en la hacienda,

en la hacienda pienso en el ascensor.

Carlos Drummond de Andrade


Hubiera quedado mejor empezar diciendo que iba enfundado en el uniforme ferroviario, pero lo cierto es que caminaba vestido de cualquier manera, con unos tejanos sucios y una camisa elegida para concurrir al campeonato mundial de lo anodino. Sabía que era el maquinista porque lo había visto dos veces salir de la cabina, en la cabecera del tren, pasar por delante de mí sin mirarme, detenerse en el baño y entrar a continuación en el otro extremo unos minutos antes de que el cercanías volviera a irse. La tercera vez que lo veo recorrer el andén, no solo me mira, sino que se acerca a mí, señala una pegatina de un concierto glorioso que luce en mi maleta desde que era adolescente, y me dice: «No voy a negar que cuando veo a alguien correr desde las taquillas y llega mi hora, no me importa darle con las puertas en las narices, hasta le dedico una sonrisa por el retrovisor, pero lo que nunca me había ocurrido aún era que alguien perdiera el tren dos veces, y no le importara perderlo una tercera, ¿o es que no confías en que alguien que también estuvo en el concierto de los Smith pueda encaminarte a tu destino?». «En el andén tampoco se está tan mal. Se vive aireada», le respondo, por decir algo. Y también le sonrío, como si hubiera presionado la palanca de cerrar las puertas y le hubiera dejado al maquinista con la nariz atrapada entre las gomas. 

No sé si es la cita de los Smith o el aburrimiento de mí misma lo que me impulsa a levantarme del banco corrido de la estación cuando me invita, con gesto de niño haciendo una diablura, a que viaje con él en la cabina de conducción. Propuesta que es como si entendiera, pero no comprendiese, porque me levanto y arrastro la maleta por inercia detrás de él, que saca una llave muy extraña del bolsillo y abre una portezuela por donde nunca entran viajeros. En el interior, de repente despierto de un sueño aburrido dentro de otro más vistoso. «Tendrás que ir sentada aquí. No es cómodo, pero resulta entretenido, ya verás». A través del parabrisas, delante, solo consigo ver la vía, de momento quieta, por la parte más o menos limpia, el resto del cristal echa de menos un buen enjabonado. El cuadro de mandos, debajo, también me llama la atención, lleno de relojes y de botones. Los miro como una tonta y en eso creo que me convierto: «¿Dónde está el volante?». Su risotada casi me asusta. «Es lo único que no hago, girar; para eso están las vías». Y me quedo pensando si no me estará dando el maquinista sin gusto por las camisas una súbita lección de vida. 

A la hora, cinco trenes después del que tenía previsto coger para ir a la casa de mi madre, el maquinista inserta una llave y se encienden luces y lucecitas por todas partes, acciona una palanca y el tren empieza a moverse solo, sin siquiera arrancar un motor, y enseguida a coger velocidad. Me explica cómo funciona la línea. Se la reparten dos unidades, salen de los extremos y se cruzan a medio camino. Le pregunto si no está muy harto de pasar por las mismas paradas tantas veces y, astuto, me responde que es un poco más entretenido que pasar sentada la jornada en el mismo andén. «Touché», me digo, sin pronunciarlo. Y sin haberlo pensado, ni siquiera haber tomado la decisión de hacerlo, empiezo a contarle que a lo más que he llegado en mi vida laboral es a alquilar un apartamento minúsculo en la ciudad. Casi un estuche: recibidor, estudio, comedor y cocina en un cuadrilátero, una habitación donde solo cabe la cama y una mesita y baño unipersonal. Se ríe: «Como todos los baños».  Sonrío: «Depende».

¿Por qué empiezo a explicarle cómo me siento en el interior del cubil donde vivo si solo mirar su camisa ya me deprime? Tal vez lo haga, ahora que caigo, porque no me mira hablarle. Solo tiene ojos para la vía y eso de repente me relaja. Como cuando me confesaba de niña; no me costaba hacerlo porque le hablaba a una celosía. No sé de dónde viene esa afición a decirme cosas a mí misma delante de un desconocido. ¿Será que nunca me he acostumbrado a vivir sola? Me vine a la ciudad por salir corriendo de casa de mis padres, y nunca he sido capaz de celebrar aquella victoria personal. Se me caen las paredes encima. Hablo sola. Como ahora, pienso, pero no lo expreso. Me muero de miedo a cualquier hora. Soy un chollo para mis compis, que les cubro todas las necesidades de horario que les surjan, cualquier día en cualquier franja. Con tal de no volver a mi pisito, no ficharía nunca de salida. Vuelve a reírse, no de lo que digo, sino de su chiste: «¿Sabes qué? Voy a enseñarte a conducir el tren para cuando me dé pereza madrugar». De nuevo sonrío: «No es mala idea, esto es más distraído que el supermercado». 

Mis padres solo me sugerían que pasara con ellos los festivos de Navidad. Luego falleció padre. «Lo siento», dice, cortés. «Gracias», le sonrío. Pero mi madre insiste para que vaya en vacaciones, y cuando voy, que vuelva algún fin de semana, y ahora ya me pide que vaya todos los fines de semana que libro. Como este. «Que estabas dispuesta a pasar en el andén», remata. Y yo, como una tonta, me justifico. Es que mi madre me agobia. Por aquí, por allá, siempre pendiente de mí. De que hagamos cosas, de que vea la tele con ella. Yo qué sé. Y pasan las horas y descubro que he perdido el fin de semana a lo tonto, y aunque no es diferente a lo que haría sola en la ciudad, me pongo de malhumor, le llevo la contraria, discutimos, y vuelvo al trabajo más derrotada de lo que había salido de mi apartamentito. Y en estas que llegamos al día de hoy. Me he sentado en el andén y me he cogido por la solapa, y me he dicho: «A ver, muñeca, y tú dónde quieres pasar tu preciado fin de semana, sola en casa o sola en la casa de tu madre». Como el debate era arduo, me he sentado en un banco del andén a dirimirlo. Y en esas estaba, abriéndome el pecho en canal, cuando alguien se ha fijado en la pegatina de los Smith y me ha salvado de perder el último tren. Y mi maquinista, tan despierto como lo pinto, de repente despierta: «Oye, ¿en qué parada dices que te has de bajar?». «Ya han pasado dos, pero no te preocupes, no hace falta que vuelvas atrás solo por mí, puedo bajarme cuando circulemos de regreso, que ya me he aficionado a esto y la vía que circula por el otro lado aún no la conozco». 

[Cuaderno de ficciones, página 39]