28 de marzo, jueves. Pensar desde el poema


Ayer, en la tertulia galáctica —es decir, por Zoom—, el capitán del equipo nos propone la lectura de unos poemas de Basilio Sánchez (1958) que la revista El Ciervo acaba de publicar. La tesis inicial de la discusión es que sus poemas «suenan bien, pero no dicen nada». Nuestros puntos de partida, compruebo, tienen un aire profundamente democrático: si se hiciera una encuesta, más de la mitad de la población lectora atribuiría el dictamen a todos los poemas existentes, escritos en cualquier época. El curso del debate, sin embargo, me conduce a dos cuestiones en absoluto triviales, pese a las alturas del milenio en el que nos encontramos. Primera, ¿cómo significa la poesía?; segunda, ¿el significado de la poesía refleja pensamiento?

El primer poema que se comenta carece de título. Su estrofa inicial centra ya la discusión: «La luz del mediodía, / como un pájaro ciego, / se sostiene en lo más alto del aire. / Las raíces del mosto sacan agua / de las profundidades de la tierra». Dos cuestiones saltan a la vista. ¿Por qué es ciego el pájaro? Y ¿el mosto tiene raíces? Esta segunda pregunta la plantea uno de los poetas que asisten a la tertulia. Con el calificativo de poeta simplemente indico que ha publicado libros de poesía. Su argumento es el siguiente: «Hay una evidente aberración en el significado del poema, porque el mosto es el zumo de la uva que va a ser vino, y eso no puede tener raíces, lo que tiene raíces es la cepa». El razonamiento no es baladí. Es exactamente lo que se exige al significado de las palabras cuando se escribe en prosa. Si se tratara de un artículo de prensa, un ensayo académico, un panfleto de divulgación de la viticultura o incluso una novela convencional, la objeción sería pertinente. Este nivel literal de la significación puede calificarse, de manera genérica, como propio de la prosa. Resulta obvio que Basilio Sánchez no ha querido significar de esta manera, aunque esta apreciación resulta menos relevante que el hecho de que un poeta haya realizado una lectura prosaica del verso. Incluso tan prosaica, de lo que se deriva que no solo en el siglo XIX han existido poetas que pensaban en prosa. Del prosaísmo, como de otros ismos, no suele impactar el contenido ideológico, sino el proselitismo de su militancia.

La estrofa leída traza las dimensiones de aquello de lo que se va a hablar, desde lo alto de la atmósfera hasta las profundidades de la tierra. Aquí, la lógica de la prosa exigiría una secuencia que implique, por este orden, raíces-cepa-uvas-mosto-vino, pero la poesía tiene otro modo de significar, en el que lo significativo es precisamente la alteración de la secuencia, que establecida como raíces -mosto despierta el uso metafórico del lenguaje, es decir, el hecho de que signifique por ausencia del significante: raíces oculta cepa y mosto remite a vino. Se podría decir que es una manera de expresarse a través de lo evocado en lugar de mediante lo implicado, es decir, una forma simbólica. Otro miembro del grupo aduce para la incógnita del pájaro ciego el uso de la hipálage, un recurso mediante el cual se altera la lógica de la atribución de cualidades, de modo que la ceguera no sería la del pájaro, sino la de la luz de un sol cegador. Las figuras expresivas no son más que una codificación de la escritura simbólica de la poesía. Atendiendo a los cinco versos iniciales, las dimensiones del teatro del poema se establecen mediante unas coordenadas lógicas —altura y profundidad, aire y agua—, y otras simbólicas —ciego y mosto, como atributos de pájaro y raíces—. Ambos símbolos poseen una filiación antiquísima como miembros de una deidad tripartita. El pájaro representa el espíritu y el vino a diario es desvelado por miles de oficiantes como Sangre de Cristo. Ahora bien, el pájaro está ciego y el vino es aún mosto, indigno del sacrificio. Dos partes incompletas que anulan, por extensión, la tercera. Es decir, las dimensiones del poema excluyen a Dios del marco que está trazando, que es el de la vida. La tercera estrofa del poema lo certifica: «Acercarnos con afecto a las cosas / nos permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas».

El mundo es el que está formado por las cosas, por la materia, aunque en ellas se incluya «lo sagrado». Un mundo sin teología, pero con teleología. El Dios desaparecido permanece sin embargo en los fines altruistas que alberga la materia. La segunda estrofa explicita esta transición: «Hay un hermanamiento, / una especie de familiaridad entre las coas / que conforman el mundo, / como si cada una cuidara de la otra, / como si la alegría en la que viven inmersas / fuera un logro de todas, / la conquista de una comunidad». La terminología de esta estrofa es diáfana — hermanamiento, familiaridad, cuidar, alegría, comunidad— en su alusión directa al pensamiento cristiano, ahora ya sin Trinidad, sin Dios, pero con idénticos propósitos finales.

Los dos últimos versos concluyen el pensamiento implícito en el poema con una rotunda afirmación de carácter epistemológico: «La mañana está en deuda con la cosecha de las flores. / El que entiende de pájaros entiende de narcisos». Es decir, el conocimiento está circunscrito en exclusiva al mundo de las cosas. Esta afirmación concentra el pensamiento contenido en el poema. Sus versos son la expresión de una concepción de la vida cuya idea trascendente, que persiste, ya no depende del más allá, sino de la propia finalidad con la que se comprende el mundo. Es una concepción que recuerda la metáfora kantiana de la isla. Sus habitantes, desconocedores de cuanto exista más allá del horizonte marino que sus ojos alcancen a ver, deben centrarse en el conocimiento y en el reconocimiento de cuanto se encuentra dentro de la isla, sin que importe lo que exista o no exista en el más allá.

Ciertamente los poemas son capaces de transportar en sus versos pensamiento, a veces de una gran densidad, como este texto de Basilio Sánchez. Es posible que nada en él descubra matices innovadores en el ámbito de la filosofía, aunque también es posible que muestre maneras de pensar que, al persistir, resulten significativas. Este regreso de un poeta al punto y aparte en la concepción de lo divino que estableció Kant tal vez lleve implícito, antes que una negación teológica, una refutación en toda regla del pensamiento materialista y existencialista que se desencadenó a continuación, cuya obsesión por la muerte borró cualquier atención por los seres y sus vidas. A nadie le extrañe que este sea el significado simbólico oculto del poema: una afirmación no de la materia por sí misma, sino por la eternidad de la vida —a través de cosas de las que entendemos— que permanece en la vida.