17, domingo. Noviembre. El género de los sueños



Hace un par de años salí de la consulta del urólogo con una cita inmediata en el hospital. Y poco después, la camilla donde viajaba tumbado entró en un área restringida al personal del servicio, del que no formaba parte. O sí. En ese debate, como dicen los políticos, me quedé sedado. Pensaba que la cosa era un trámite. Una gestión laparoscópica sin importancia, pero al parecer estuve en la mesa de operaciones varias horas. Y lo que realmente me asustó fue la descripción que el urólogo hizo de su trabajo días después, en la consulta. Si me lo llega a explicar antes, no me pilla.
      El caso es que ahora no me puedo quejar de nada. Todo en mi sistema de evacuación de líquidos transcurre con normalidad. Solo he descubierto un sutil cambio. Hasta hoy no era consciente de él, pero de repente he atado cabos. Un cambio en los sueños. Cuando la vejiga considera que ya está harta de la dorada agua que alberga, recuerdo haber soñado antes, muchas noches, cómo tenía que buscar un lugar para aliviarme, probando aquí y allá, sin encontrarlo. De hecho, solo lo descubría cuando de golpe me despertaba y me encaminaba al baño; no en lo onírico, sino en lo real. Hace dos años que ese sueño de investigador desesperado de lugares propicios para la micción ha desaparecido en mi repertorio nocturno. Y ha sido sustituido por otro, bastante más agresivo. Deriva siempre, como el anterior, de otro sueño que discurre con la habitual y ligera irracionalidad. Pero, de repente, sucede algo que me sume en la frustración. No sé, pierdo el móvil, me roban en una esquina, cito solo los casos más benignos, los otros hasta me dolería ahora contárselos a las palabras.
      Como el sueño de hoy. Estoy en la puerta de una casa que no distingo bien y empiezan a salir conocidos de un amigo y escritor. Su pareja se da golpes con la cabeza contra la pared. En el sueño entiendo lo que está pasando. Me despierto asustado, con una clara desorientación —si se me permite el oxímoron—, y durante unos segundos ignoro si el sueño ha conseguido traspasar la piel de la realidad. Luego reparo que el único problema es que el depósito está que se sale. Y mientras lo libero me repongo de la dureza del aviso. Parece algo trivial, pero quizá posea un calado mayor del que muestra. Lo que ha cambiado en mí es el género de los sueños urológicos. Antes soñaba en clave de comedia, alguien que busca desesperadamente dónde orinar, ahora sueño tragedias.