28 de septiembre, jueves. Si el espejo se rompe


La memoria es un álbum de fotografías que se abre con frecuencia para refrescar las imágenes que conserva. El mío lo he cuidado siempre. Cubiertas de cuero, hojas de papel vegetal entre las páginas, una caja de cartón recio para guardarlo. A veces hasta me pongo guantes de látex para manipularlo. Por eso en cuanto la vi supe que la había visto. Que era ella. En el álbum de mi memoria ocupa una parte importante. Que repaso cada vez que lo abro, por más años que hayan transcurrido. Desde que falleció mi madre ya no frecuento el que fue mi barrio de adolescente. Solo de vez en cuando alguna razón peregrina me obliga a ir. Y voy, y nunca la veo. Solo está entre mis fotografías. Nunca es, sin embargo, una palabra engañosa. Se cruzó tan cerca en la acera que casi se tropieza conmigo.

         Han pasado los años desde mi juventud. Ahora soy un profesional maduro. De los que ya empiezan a echar cálculos de cuánto les falta para la jubilación. Pero ella estaba igual. Envejecida claro. También yo. Ella era mayor, quizá no tanto, aunque en la época cuando la veía a diario la diferencia se acentuaba bastante. En un instante fui capaz de ver que en el entorno de los ojos tenía arrugas pronunciadas y la piel se cuarteaba alrededor de los labios. No es eso en lo que me fijé, sino en que eran sus ojos de verdad y era el gesto admirable que dibujaban sus labios, como pronunciando una nota musical. Cuántos años sin verla. Ni supe contarlos. Me di la vuelta de inmediato y empecé a seguirla. Había ganado algo de peso. Pensé que lo mismo diría de mí si me hubiera reconocido. Pero no creo que ni se acordara. Es cierto que éramos vecinos, que con frecuencia entraba en la tienda de la esquina, donde trabajaba, y que no pudo por menos que advertir alguna vez una misma sombra que se repetía a su alrededor. Pero yo era un mocoso que solo la contemplaba desde lejos y ella una joven cuya mirada enfocaba su vida varios años por delante. No me he vuelto a enamorar nunca como entonces. Ni siquiera una relación completa, tiempo después, cuanto tuve la edad y la oportunidad de disfrutarla, me borró su imagen. Qué extrañas reglas rigen el sentimiento.

         Así que me giro en mitad de la calle y, tras ella, regreso de golpe a mi adolescencia. Abro el álbum, por las páginas más preciadas, dispuesto, una vez más, por fin, a revivirlas. «En vídeo», pienso con una sonrisa. Sigue calle abajo y yo detrás. Continúa siendo una mujer elegante. Con el mismo rigor que un objetivo de cámara fotográfica, busco detalles de su indumentaria, del calzado, para apoderarme de ellos. Pero cuando se acerca al portal donde sé que vive, realizo, sin meditarlo, una maniobra inaudita. Inédita en mis memorias. Apresuro el paso, me planto a su lado mientras introduce la llave en la cerradura del portal, sonrío y saludo. «Buenos días», me dice. Pero, de repente, continúa. «No te vi con ocasión del fallecimiento de tu madre, me hubiera gustado darte el pésame». «Gracias», respondo balbuciendo. «Pensé que tal vez entonces regresaras al barrio», continúa hablando como si una antigua amistad justificara el tono y el tuteo, «a ocupar el piso que había dejado libre tu madre, pero al ver el cartel de En venta se me evaporaron de golpe todas las ilusiones de volver a verte rondándome. Ni te imaginas lo feliz que me hacías siguiendo mis pasos allá por donde fuera. Lo segura que me sentía. No solo protegida por tu infatigable labor de escolta, sino sobre todo por la autoestima que me proporcionaba ver cómo me mirabas, con qué candor, con qué pureza. Si yo era capaz de despertar ese sentimiento en alguien, me decía, valía la pena ser quien soy. Pero un día desapareciste. Nunca más te he vuelto a ver. Pasé a soñar que soñabas conmigo, pero ese juego de espejos enseguida se quedó cubierto de vaho y por mucho que te buscara en él, ya serías un buen mozo, un hombre. Tendrías una mujer, hijos. Y yo no he encontrado nunca ese amor que me mostrabas en ningún hombre, y ya ves, sigo sola, en el piso que fue de mis padres, estancada en la juventud a la que tú le diste un sentido y después, de golpe, se lo arrebataste. Que seas feliz en tu mundo». Acabó de abrir la puerta, que se cerró con estrépito tras ella.  

[Cuaderno de ficciones, página 10]

20 de septiembre, miércoles. Jardín de aforismos: encañado


Oigo el sonido del agua golpear la cerámica de la ducha. Es el griterío que provoca el lamento de las gotas que no alcanzan tu cuerpo. Las afortunadas no levantan ni el mínimo murmullo.

*

Veo llegar las nubes al cielo en directo a través de una impecable retransmisión de mi ventana.

*

La única inversión económica que produce un patrimonio que no se puede robar, ni expoliar, ni abandonar: un tatuaje

*

Cuando cuelgo un cuadro en la pared dejo la luz encendida durante toda la noche para que los muebles y los libros se acostumbren al nuevo inquilino y no les asuste su aspecto desconocido al rayar el día.

*

Dos personas bajo el mismo paraguas: no existe incomodidad más apetecible.

*

No importa, se dice cuando algo afecta seriamente. El lenguaje prefiere expresarse por su reverso; igual que los abrigos, el paño ofrece mayor suavidad.  Algunas veces, no obstante, tal vez fuera mejor ponerse la gabardina al revés.

*

Nadie que observe un acuario consigue no comparecerse de la humedad constante en la que tienen que vivir a diario los peces.

7 de septiembre, jueves. DEP María Jiménez


En el volumen del diario de 2021, que estos días sale de imprenta con el título de Azada de jardín, en Polibea, hay una entrada en las páginas 206 y 207 que hoy cobra cierto protagonismo, y tal vez no esté mal adelantarla aquí el día en el que se lamenta la desaparición de la cantante María Jiménez.


20 de julio de 2021, martes

Al azar de la programación televisiva del día de hoy, que repaso canal a canal como quien extrae la varilla del aceite del motor para comprobar su nivel, me entretengo en un reportaje y entrevista con la cantante María Jiménez (1950) de quien, por voluntad propia, nunca he sabido absolutamente nada. Ni he escuchado un disco suyo, ni he leído una única línea sobre las vicisitudes de su vida sentimental. En el programa que le dedican se esmeran en explicarlas todas. Su romance con el actor Pepe Sancho, la muerte en accidente de su hija, las tres bodas con el mismo novio, los meses que pasó en coma. Mi sorpresa crecía conforme los hilos iban cosiendo la leyenda: los conocía todos. Yo mismo, sin preparar nada, hubiera podido redactar el guion del reportaje. Y cuando ilustraban el relato con sus canciones, me descubría a mí mismo, en el sofá, haciéndole coros en los estribillos. Hay otra vida que no se ha elegido en la vida cultural que se sedimenta en el interior. Otros recuerdos diferentes a los que se desea conservar. Un submundo ajeno, que incluso se llega a despreciar, que disfruta del mismo privilegio que el propio. No creo que se trate, ni siquiera, de los «gustos culposos», aquellos que se ocultan en público, sino de los «gustos invisibles» por aquello que no despierta, conscientemente, el menor interés, pero está ahí, se instala en la memoria y permanece.


CARTAS AL s XX | 5 de enero de 1953, lunes. Esperando la verdad


Dios, qué frío hacía aquella noche; helaba en la calle desierta de un lunes, pero dentro, la pequeña sala del teatro Babylone la recuerdo aún más gélida. Lo he evocado en múltiples ocasiones, en diferentes artículos y conferencias, pero jamás se me había ocurrido empezar con esta frase tan testimonial. Si he de ser justo, diré que mi carrera de crítico se ha cimentado sobre lo que ocurrió aquella extraña fecha de mi juventud. Aún no había cumplido los veinte años. Me faltaba mes y medio. El febrero pasado cumplí los ochenta. No estaba previsto que llegara a la edad de los achaques, pero la vida es este esperar a que nada ocurra en el que acontece de todo. Mi vida profesional se ha sostenido por entero en el hecho de que asistiera, tan joven, al estreno de Esperando a Godot. Una gran mentira; no la obra, tampoco mi presencia en la sala, pues es cierto que estuve allí, sino yo mismo.

         No puedo recordar con exactitud qué se me había perdido a mí aquel día en el bulevar Raspail. Un lunes. Aunque recuerdo algunas cosas de la época. No quedaba lejos la antigua prisión de Cherche-Midi. En aquellos años ya estaba abandonada a su inutilidad de enorme mole de piedra oscura y languidecía cubriéndose de inmundicia e impureza, por dentro y por fuera. Por esa sordidez sentía una atracción secreta, tal vez irrefrenable, más intensa, desde luego, que por las novedades de la escena teatral. «Había oído que lo cerraban», fue lo que le dije al compañero de curso que, sumergido en un abrigo de piel de camello, me detuvo en mitad de la acera para saludarme. No creo que le dijera de dónde venía o hacia dónde me encaminaba, pero él sí justificó su presencia en ese bulevar tan distante de su domicilio familiar y del mío. Tenía dos entradas para un estreno. Había oído que el Babylone cerraba, tras dos o tres temporadas de fracaso tras fracaso, y mi amigo lo subrayó: «Quieren morir matando».

         La otra entrada era para un compañero suyo que no llegaba. La hora del inicio ya se había cumplido. El escaso público había accedido ya. Al fondo del patio se distinguía la luz mortecina de una bombilla sobre una fila de asientos vacíos. Me la ofreció y no me lo pensé dos veces, tampoco tenía un plan alternativo. Nos apresuramos. Si hubiera pasado diez minutos más tarde por el bulevar Raspail, o hubiera decidido caminar por la acera del otro costado, ¿qué hubiera sido de mi carrera de crítico literario? No quiero ni pensarlo. Pero tampoco tengo edad ya para mistificaciones. Así que contaré lo que ocurrió, pero por primera vez tal como pasó. Empezaré confesando lo más elemental. No tenía ni la más puñetera idea de quién era el autor. Un tal Samuel Beckett. «Es irlandés, pero hace años que vive aquí». Mientras se acomodaba la asistencia, unas cincuenta o sesenta personas que parecían invitadas a una celebración familiar, pues hablaban entre sí unas con otras. Allí los únicos polizones parecíamos nosotros dos. Para hacer tiempo, mi colega —con el que tampoco tenía demasiada amistad— me contaba, por llenar el vacío, que había leído una novela del autor, titulada Murphy, publicada en las ediciones de Pierre Bordas unos años antes. «Un libro sensacional, podías acabar de leerlo sin haberte enterado de nada de lo que ocurría, pero sin poder levantar la vista de las páginas». Y casi gritó, como quien clama un gol: «Un libro hipnótico». Es posible que aquella noche yo estuviera aún impresionado por lo que había ido a observar en las inmediaciones de Cherche-Midi, el caso es que le dejaba hablar sin comprender del todo lo que me explicaba. Se apagaron, de repente, las luces, que tampoco es que iluminaran demasiado.

         La escena estaba vacía. En el suelo de madera sin cubrir se dibujaban diversas manchas, como las que luciría un taller de mecánica. Las paredes estaban mal pintadas de un color indefinido que traslucía múltiples manchas de humedad. En el centro, una especie de piel de plátano gigante y erguida, con los extremos languideciendo hacia abajo. Que era un árbol me costó adivinarlo. Con el tiempo llegaría a saber que el decorado de la escena que vi aquella noche glaciar de 1953 se ajustaba a los deseos del dramaturgo: «Camino rural, con un árbol, por la noche». Aparecieron los actores. Dos tipos con trajes raídos. Daba la impresión de que se los habían intercambiado en el camerino, pues a uno le sobraba talla por todas partes y al otro la chaqueta le tiraba en las costuras.  Uno de los dos dijo: «No hay nada que hacer». Y creo que si aquella noche hubiera estado un poco lúcido y dueño de mis actos, me hubiera largado de la sala dando por comprendida la obra entera, sin necesidad de sufrir incomodidad, aburrimiento y frío durante las dos horas siguientes. En esa frase quedó resumido todo cuando conseguí entender de Esperando a Godot la noche de su estreno.

         Los espectadores se removían, inquietos, en los asientos, cada minuto que pasaba más incómodos. El relente atravesaba los abrigos y se alojaba en los huesos. Y las réplicas se sucedían unas a otras sin añadir nada al conjunto. Una conversación teatral que se parecía como dos gotas de agua al devanar la lana que hacía por las tardes mi abuela junto al fuego, solo que sin chimenea. Al llegar el entreacto, salimos corriendo al patio a encender un pitillo con el que calentarnos las manos y los pulmones. Pero cuando sonó el timbre para volver a entrar la mitad del público se había evaporado como por arte de magia. Al apagarse las luces sentí un deseo casi irrefrenable de levantarme y salir corriendo, que retuvo el comentario entusiasta de quien me había invitado: «Qué inquietante todo, ¿verdad?». Después de aquella noche no volví a coincidir con mi colega. Nunca quise saber nada de él. Supe que era profesor de instituto y durante años pensé que el suplicio se lo tenía merecido por haberme hecho pasar por aquello, a mí, que deambulaba tan feliz aquella noche por el bulevar Raspail. Luego, cuando mis artículos sobre el teatro de Samuel Beckett empezaron a darme notoriedad y el haber asistido al estreno de su obra capital le proporcionaba una legitimación inapelable a mis opiniones, conseguí anular por completo de mis recuerdos a mi acompañante. Así empezaba uno de aquellos textos que firmaba en mis días de gloria: «Tiritando de emoción, una noche de enero, sin nadie que se atreviera a acompañarme, con el corazón en un puño, me aventuré a asistir al estreno del escritor que amaba casi desde que había aprendido a leer». Es el tono con el que uno se hace valer en el mundillo cultural y académico, lo que los demás quieren leer de uno, no la verdad. La verdad, ay, la verdad dice siempre «Vámonos». 

20 de agosto, domingo. Jardín de aforismos: rocalla



Cuanto hay dentro, llega de fuera.

*

Desafían el futuro despreciándolo.

*

Tiembla el papel con el temblor de quien lee.

*

Están escritos solo para mí.

*

Su fragilidad los hace perennes.

*

En pie ocupan menos que tumbados.

*

No importan los años de silencio, basta con abrirlos.

 

16 de agosto, miércoles. Meditación ante el colirrojo.


En la tertulia galáctica de los miércoles, cansados tal vez de repetir hábitos de conversación, alguien propone que cada uno haga una variante del poema que presenta Eva B. para ser comentado. El poema de Eva está formado por dos estrofas de arte menor, blancas, y tiene algunos elementos que resultan propicios a las variaciones: el protagonista en un «pájaro» que deja sobre el «poema» un «anhelo» que, ya en la segunda estrofa, concluye confirmando, ante el «mundo», su condición de «huella».

Leemos las variantes que presentan los contertulios corrigiéndolas como haría un maestro plenipotenciario frente a su cohibido alumnado. En uno de los debates, no a propósito de este, sino de otro que afirmaba la «huella» como una condición esencial, defendí el poema, bien resuelto, pero no la opinión que manifestaba. Aduje que esencialmente de aquello que somos los humanos no queda nada. Un inmenso vacío con nimias excepciones. Ese día no había escrito aún mi variante, pero me puse a ello en seguida. Tomé las marcas significativas del poema de Eva y las fui adaptando a mi manera de ver. Partí del «pájaro» porque es un elemento extraordinario para introducir de súbito lo inesperado: una ave que se posa cerca durante unos segundos altera lo que se esté haciendo en el momento. Cambié, después, la idea de «poema» por la idea del sujeto, porque prefiero que el poema no se cite a sí mismo. Y para la segunda parte dejo mi pensamiento poético a partir de la imagen: por más que me empeñe en su permanencia, carece de significado y al instante se cumple su efímera condición. El poema que escribí es el siguiente:


EL PÁJARO QUE VIO EVA

Pájaro que te irás

asustado a tu cielo

en cuanto me levante,

dejarás luego en mí


algún significado.

Por más versos que escriba

con la luz de este instante

no lograré entenderlo.


Todo esto ocurrió la semana pasada, pero hoy, como unas nubes cómplices matizaban los rayos fulminantes del sol del verano, me he subido al monte a dar un paseo. Y entonces, de repente, delante de mí, se ha posado en la cuerda de un vallado un colirrojo tizón y se ha puesto, como yo, a admirar el paisaje. He pensado que saldría volando al mínimo gesto que hiciera, sin embargo, ha seguido a lo suyo y yo a lo mío, que era contemplarlo. Incluso he podido sacar el móvil, teclear la contraseña, encararlo hacia su bulto y disparar la cámara. Hasta guardarlo de nuevo. Se diría que me ha atribuido la naturaleza de un arbusto de la zona agitado por el viento. He seguido luego camino adelante, un poco trastornado por la experiencia, sin que el colirrojo levantara vuelo. Se comprende que se sentía a gusto donde estaba.

No es la primera vez que la realidad me corrige un poema. O me lo corrobora. De hecho, casi todo lo de verdad biográfico que hay en mis poemas ocurrió siempre después de que los hubiera escrito. Pero eso, con ser relevante, en este caso no tiene ninguna importancia. A partir de la imagen que guardo en mi recuerdo de lo ocurrido, no le encuentro significado a nada de lo que había escrito en el poema. Ni el pájaro salió asustado, ni yo me levanté, ni sentí ninguna necesidad de escribirle un poema al tizón, ni, en especial, vi que careciera de sentido lo que había pasado. Es más, se imponía el sentido más cabal de cuantos significados se ordenan en el pensamiento: la naturaleza como fuente de belleza artística. Es decir, el pájaro no era para mí un animal, ni un conocimiento, ni un enemigo, ni un alimento. No tenía ninguno de los significados que podría tener para un campesino, para un ornitólogo, para un insecto o para un gato. El único sentido que tenía era mi admiración por lo estilizado de sus líneas, la agilidad de sus movimientos, el acento colorista de su cola, es decir, sus cualidades artísticas. Ese era su auténtico significado para mí.

Lo que no he logrado entender todavía, ni siquiera de lejos intuir su sentido es para qué se necesita la belleza. Y por qué, una vez he emprendido de nuevo mi camino, seguía pensando en el pájaro con una sonrisa de felicidad en los labios. Tal vez, deteniéndome ante el colirrojo y contemplándolo pretendía no su permanencia, que esa la tiene asegurada por la especie, sino la mía propia, que en el espejismo del arte cree poder salvarse del inmenso vacío que le rodea y que le aguarda. No hay nada más hermoso que el espejismo de un oasis para quien camina en el desierto. De lo que concluyo que menos mal que escribo los poemas antes de que lo expuesto en ellos me ocurra, si no fuera así tendría que dedicarme a los crucigramas o a los sudokus.

12 de agosto, sábado. El espía ruidoso


Llega tarde, cuando se han apagado las luces generales. Lo veo entrar como una sombra por la puerta del fondo desde la mesa sobre el estrado de la sala. Cuando se acerca compruebo que no lo conozco, así que pienso que es alguien interesado en el acto literario de esta tarde, que ya ha empezado. Barba abundante, cazadora de color oscuro, aire informal y una bolsa sujeta al hombro. Es lo que veo mientras miro cómo se queda contemplando la situación. Luego regresa a una de las últimas filas, vacías, se sienta y da la impresión de que se concentre en su macuto. Me extraña el gesto y por eso me entretengo observándolo. En seguido lo entiendo. Extrae una réflex con un objetivo superlativo. Es el fotógrafo. Abandona la bolsa en un asiento y vuelve al pasillo, mira a los ponentes, el espacio, los asientos ocupados y los vacíos, pero no fotografía nada. Así un buen rato. Como aún no me corresponde el turno de palabra, le sigo con la mirada. Se sitúa en la fila posterior a la última ocupada y lo veo captar la cámara del móvil de una persona que está fotografiando la mesa. Me digo que eso es lo que me gustaría hacer a mí ahora, pero dudo que me atreviera. Luego levanta el objetivo hacia el estrado y aprieta el disparador, me ha parecido ver, una sola vez. Se la juega a una toma. Vuelve a concentrarse en el público y encuadra la página de un folleto que otra persona lee mientras escucha. Dispara. Creo que me ha visto mirarle, porque ahora dirige el cañón de su cámara directamente hacia mí. Pongo cara de no verlo, pero tengo la tentación de sacar mi móvil del bolsillo y encararlo. Como quien dice, te he pillado. Un duelo. Mueve imperceptiblemente su índice derecho y me alcanza. Luego gira el cuello, sin dar importancia a nada, descubre otro detalle en la sala que le atrae y ahí dirige el objetivo. El fotógrafo. El único ser libre en este momento en el que los ponentes no variamos el gesto impertérrito de quien tiene delante varias hileras de miradas a las que tampoco se les permite modificar su dirección.

4 de agosto, viernes. De política



He escrito ya, antes de esbozar algún comentario sobre la actualidad, que considero que no debo hablar aquí de política. Me toca hoy repetirlo. A lo largo de los años he asistido, con máxima atención, a múltiples acontecimientos de dimensiones históricas que, poco a poco, se han disipado como niebla en el valle y de cuyos protagonistas ya nadie se acuerda. Este componente fantasmal de la política me ha aconsejado siempre escribir sobre realidades: la niebla, en sí misma, como una manera de no ver lo que se ve aunque no se vea resulta un asunto infinitamente más interesantes que unas elecciones generales. 
   Aun así, incurro en el despropósito, hoy, de hablar de política. No quiero que pasen por alto un par de asuntos reales que ha traído el fantasmal veredicto de un resultado electoral. El primero es la veracidad del tópico de que las urnas hablan. Por más modernos que sean nuestros aparatos, la sociedad sigue siendo tan antigua como la de los antiguos, quienes recibían con sorpresa noticias de su futuro en la voz y el dictamen del oráculo y después hablaban y hablaban tratando de desentrañarlo. Ninguna diferencia, pues, con el presente.
   Lo que el oráculo ha dictaminado se puede resumir en una frase: «será para uno o para otro solo por decisión del excluido» y las interpretaciones colapsan los informativos y los patios de vecindad virtual donde la gente habla. Pero a mí lo que me llama la atención de lo pronunciado por el vaticinio es que nunca antes había visto desencadenarse una colisión tan grande entre las dos concepciones de lo político que conviven. Por una parte, el pensamiento político continúa expresándose por regla general como un derivado más del pensamiento religioso, es decir, aquel cuyas tesis se vinculan con la eternidad, que en el caso del presente ya no es Dios (o sí, que de todo hay), claro, pero sí sus subterfugios: los principios, la democracia, las convicciones, la palabra, el país, no sé, hay muchos. La práctica política ya no es así desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo ha sido, aunque el discurso político sigue empeñada en apelar a lo perenne. Desde hace lustros la acción política actúa de modo coyuntural, pero legitima sus decisiones conforme a un código, digamos, trascendido. Esta bipolaridad esencial de la vida política tal vez sea la causa del desapego social. Resulta insoportable admitir contradicciones dentro de un pensamiento que se presenta como trascendente. De ahí que la desatención sea preferible a la percepción de la incongruencia.
  Porque al pensamiento político ya no le queda nada de religioso que no sea mera formalidad, casi burocracia. El pensamiento político es, desde su esencia hasta su concreción, puramente coyuntural, aunque cueste admitirlo. Ningún principio, convicción, credo lo puede amparar. Por la sencilla razón de que su formalización nunca depende de aspectos inmutables. Los valores de los que se deriva el pensamiento político son, por definición, coyunturales. Dependen de la circunstancia. Es la eventualidad de cada momento lo que conforma los valores a partir de los cuales se toman las decisiones. Nunca algo es bueno o malo por sí mismo, sino por su interés como moneda de cambio. Esta evidencia, sin embargo, resulta incomprensible también para la ciudadanía, la misma que repudia la doble alma de lo político. Aún somos, al parecer, animales religiosos.
  El resultado electoral del 23 de julio se presenta ante los observadores a distancia como un acontecimiento único. El oráculo le ha cambiado la esencia a todos los agentes implicados en el debate político. A todos, sin excepción. Como si el oráculo hubiera decidido regalarse con unas carcajadas a nuestra costa. El ganador, pierde. El perdedor, gana. El excluido es el único con capacidad de decisión. Lo que en la víspera de las elecciones era un valor, al día siguiente no sirve para nada. Lo que carecía de papel en el sistema, ahora es la clave de bóveda de la situación. El oráculo no solo ha hablado de unos y de otros, o de los incluidos y los excluidos. También ha seguido hablando. Un pequeño partido insular, con un único voto en el congreso, resultaba totalmente prescindible un día, con el primer resultado electoral; pero una modificación posterior, tras el cómputo del voto procedente del extranjero, lo convierte en pieza esencial del laberinto de una hipotética investidura. Lo que no valía nada el partido insular lo legitimaba conforme a sus principios, en un ejercicio de ecuanimidad democrática: no pactar con quienes mantengan pactos con las formulaciones extremas de su ideología, sean unos o sean otros; a los pocos días, tras comprobar el valor coyuntural que adquiría su único voto, los principios se disipaban cual niebla matinal y como diría Marx, el de los hermanos, «ah, es que para estos casos tengo otros». Y de repente la ideología radical de una de las dos partes resultaba más amable. Un auténtico carnaval entre máscaras y enmascarados. Es solo un ejemplo. Los principios (casi religiosos) con los que cada partido o coalición acudía a las elecciones de repente, la noche de las votaciones, carecían de valor, porque el resultado había quitado y otorgado valores a su antojo. Y entonces ha empezado la gran colisión (no la gran coalición, esa todavía está lejos) entre hacer y decir. 
  Esta reflexión solo pretende ser una defensa de la política: este desengañado que creía que había visto ya todos los resultados de unas elecciones, de nuevo, resulta sorprendido por su niebla. Aunque, la verdad, creo que prefiere la de esta misma mañana, encarada a primera hora, con el pan recién horneado en la mano, mientras una densa nube literalmente se había comido la montaña que se alza por detrás del pueblo en la ladera y lo había dejado en medio de una llanura evanescente. Y qué hermoso verlo así y además creer que también es así, un pueblo sin calles en cuesta, llanas, propicias para ir en bicicleta. Hablar de realidades es también, a veces, contemplar fantasmagorías. 

24 de julio, lunes. Tina Modotti: El mensaje del alma está en las manos


Del mismo modo que hay vidas que cobran sentido al contarse en modo inverso a como fueron vividas, también hay obras que se iluminan desde su final. La fotógrafa Tina Modotti (1896-1942) falleció repentinamente, a una edad temprana, en Ciudad de Méjico. Tres años antes había regresado a su país de elección como una refugiada más de la Guerra Civil española. Se conservan todas las fotografías de los siete intensos años que vivió en Méjico, que fundamentan su papel de pionera del arte fotográfico, pero ninguna se conoce del lustro, entre 1934 y el final de la guerra, que vivió en España, vinculada al Socorro Rojo y a las Brigadas Internacionales. Aunque sobre dos fotografías de la época sobrevuela la sombra de su autoría. Son dos de las dieciocho placas que se publicaron en la edición de Vientos del pueblo (Valencia, 1937), el libro de Miguel Hernández. Una de ellas ilustra el poema «Las manos».

La imagen muestra en detalle dos manos moldeadas por el trabajo, posiblemente de un campesino, pero en una posición de sosiego, entrelazadas. El poema empieza con una afirmación que quizá Tina Modotti subrayara en el ejemplar o en el manuscrito donde lo estuviera leyendo: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje». En coherencia con su escritura en época de guerra, el poema contrapone las manos de los «trabajadores», heroicas, con las del «bando sangriento», «manos fangosas» del enemigo.

         Tina Modotti había convertido mucho antes el «mensaje» de las manos en un motivo recurrente de su imaginación fotográfica. Algunas de sus mejores placas las muestran en primer plano.  En Méjico, donde se la ve crecer con la cámara en las manos frente al encuadre de las personas —desde la edad infantil hasta los ancianos, hombres y mujeres, trabajadores y vagabundos, en momentos de sufrimiento y de regocijo—, ha dejado algunas piezas memorables. Revisitadas desde atrás hacia adelante, la serie que en 1929 dedica al titiritero se olvida del protagonismo de los títeres, que quedan en un segundo plano, para hacer hablar solo a las manos —las nervaduras de la tensión, la precisión del gesto en los dedos—, como una niña que se desentendiera de la estereotipada ficción infantil para descubrir, en lo que apesadumbra al narrador, algún secreto de la existencia. 

En «Manos de mujer lavando ropa» (1928) Modotti plantea una contraposición muy diferente a la convencional de los bandos en guerra; un antagonismo que en la década de los veinte del siglo XX no era tan fácil percibir. Las uñas bien cuidadas y dos anillos que relucen en el dedo medio de la mujer contrastan con las estrías en la piel causadas por la humedad habitual en el trabajo femenino. Hay un canto a la belleza secreta en esas manos oscuras, frente a la blancura de la pieza de ropa, que emerge de un interior desconocido y que se manifiesta en la leve curvatura de los dedos que muestran antes que una labor ritual, una delicadeza en el cuidado del mundo que lo preserve. 

«Manos descansado sobre una pala» (1926) es una de las obras más apreciadas de la fotógrafa. Modotti fue en sus inicios una artista entregada al formalismo. Antes que argumento, en sus primeras fotografías hay geometría y composición, líneas y planos, volúmenes, luz y sombras. Y merodeando las hechuras, las evocaciones simbólicas. En Méjico, a esta formación clásica le añade un contenido humanista. El hombre que descansa con sus manos sobre la pala es un emblema de la fusión entre sus dos formaciones, la fotográfica y la vivencial. Hay una perfección formal asombrosa, un equilibrio prodigioso entre claros y oscuros, entre líneas y relieves, incluso una indiscutible dimensión simbólica, esa cruz que trazan brazos y palas. Pero lo que impresiona es el sosiego que transmiten las manos, la que sostiene la otra mano que a su vez sujeta la pala. Es tal vez la sublimación de la idea del séptimo día, el momento en el que el mundo —el trabajo realizado— parece bien hecho. El cumplimiento de un milagro. 

Antes de decidirse a fotografiar personas, Tina Modotti se entregó intensamente a fotografiar flores. Son resoluciones gráficas perfectamente estudiadas. Los juegos con la luz, el encuadre y la perspectiva convierten las flores en entes geométricamente abstractos. Son flores, pero también son formas, y en esta coincidencia imprevista del ser con su fantasma prenden las evocaciones. Tras la contemplación del árbol de las manitas (Chiranthodendron) dispara su cámara para convertir la flor en una tenebrosa mano que, amenazadora, emerge dispuesta a acoger cualquier símbolo funesto. 

Y de la misma época que esta fotografía con referencia vegetal es otra, también de unas manos, realizada en California, a donde había viajado completamente sola una década antes, con apenas diecisiete años, desde su Údine natal, tras los pasos de su padre, emigrante en Estados Unidos. La descripción de la pieza, que carece de título, es «Manos de madre. California» y resulta escalofriante la idea de cohibición que muestran estas dos manos escondidas, una dentro de la otra, negándose a cualquier función que no sea la meramente nominal del matrimonio que señala el único brillo de la imagen que recae sobre el anillo en el dedo índice. 

Si se había empezado este relato con la incógnita de la autoría de una fotografía, se concluye con la incógnita de la protagonista de esta pieza, que más que los cuidados de una madre, evocan con cierta intensidad su opuesto, es decir, su ausencia. Y quizá desde esta ausencia existencial también se pueda explicar el valor densamente simbólico con el que la fotógrafa impregna su mirada cuando esta se detiene sobre unas manos. 

20 de julio, jueves. Jardín de aforismos: estanque


Precioso con su traje de colorines, me ensimisma el canto de un jilguero. Cuando acaba una de sus arias prodigiosas, desde mi escondite de helechos no puedo evitar lanzar un ¡hurra! en mitad del bosque, que sentí platea. Despavorido sale disparado hacia el cielo, huyendo de mi gratitud.

*

Huele a tiempo recién salido del presente.

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Lo decisivo es con frecuencia solo la melodía que se oye de fondo en los acontecimientos.

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Vivir se parece al oficio de aquellos músicos de teatro que interpretaban sus piezas en el foso del escenario. De vez en cuando asomaba la cabeza el director como un balón que hubiera caído a pies de los actores.

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Hay quien piensa en una felicidad para sentarse en el sofá a acariciarla.  Un pájaro que se posa en una rama a cantar, enseguida se va, y la felicidad es el vacío que queda en el lugar.

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Qué bien estamos los dos aquí juntos, ¿verdad?, tan a gusto cada uno entretenido con su móvil.

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El único atractivo que tiene el fútbol contemporáneo es descubrir los errores en la práctica mecánica del juego que les han enseñado y practican sin cesar. Solo resulta memorable la dificultad que encuentran algunos futbolistas para convertirse en máquinas.

11 de julio, martes. Las artes plásticas y la gestión de residuos


Nunca le he temido a la ceguera, sé que sabría pintar mis cuadros con los ojos cerrados. Conozco de memoria su estilo antes de empezarlos. Siempre procedo del mismo modo. Una máquina no reproduciría el modelo mejor que yo. Es la verdad, aunque estas afirmaciones tan rotundas nunca se las contaré a nadie. Claro. No vendo muchas piezas, pero las que me compran pagan el alquiler del estudio, la ropa que visto y lo que me traiga los jueves del mercado para pasar la semana. Por las noches duermo en un rincón. Mi vida se limita a estos movimientos. Trabajo durante las horas de luz, para no aumentar con los focos la factura de electricidad, leo cuando oscurece. O escribo, como ahora, confesiones que rasgaré por la mañana, para que no se conozca la verdad. Nada le conviene menos al arte que lo auténtico. El arte es máscara de principio a fin. Ni puedo acordarme cuántas veces he empezado un escrito con el mismo párrafo que este. Día sí día no. Y sin embargo, lo escribo para que al día siguiente solo yo me entere de lo escrito, justo antes hacerlo trizas.

Por cierto, no resulta tan sencillo deshacerse de estos papeles comprometidos en los que necesito expresar la más recóndita intimidad para luego destruirlos. Solía hacer con ellos una pelota y lanzarla luego, con estilo de ala-pivot, al cubo de la basura. Pero un día me di cuenta de que cualquiera podía hurgar en los contenedores y leerlos con facilidad. Pasé inmediatamente a rasgarlos. No fue fácil tampoco la decisión de dónde deshacerse del documento, porque para entonces ya me había comprado un cubo con separación de residuos, en el que quedaba fatal ante mí mismo si tiraba al hueco del rechazo un papel, habiendo al costado un espacio pintado de azul que lo aguardaba ávidamente. Algo me impedía, sin embargo, cambiar el objetivo. Cuanto recogía la fracción azul del cubo multiusos —envoltorios de productos, folletos publicitarios, periódicos atrasados— es susceptible de ser leído. Así que, en un giro de guion sorprendente decidí mezclar mis escritos prohibidos con mondaduras, espinas, cáscaras y desperdicios de la comida en el cajón de color marrón. Así lo hice durante una temporada, seguro de que nadie se atrevería a investigar en un papel impregnado con salsa de tomate. Como basta adoptar una costumbre para que un documental la afee, en la tele me entero el otro día de que los únicos residuos que se revisan son los orgánicos, entre los cuales, en cierta ocasión, descubrieron unas cartas de la guerra civil de las que alguien se había deshecho junto a los restos de la cena. Las dudas regresaron a mi hábito de confesar a diario lo que nadie nunca debería conocer. De modo que no tengo ni idea de cómo me desharé de este folio cuando lo cubra de verídicas razones. Echaré a suertes su destino.

Compro cada mes unos cuantos listones y unos metros de lienzo. Me gusta clavetear mis propios marcos. Darles las medidas acordes con la inspiración. Antes fue la mía, ahora es la de los futuros dueños de las piezas, para que se amolden a la cómoda o al sofá sobre los que pretenden colgarlos. Y así empiezo cada mes con la misma rutina. De hecho, los tres o cuatro encargos que tengo, sea de particulares o del dueño de la tienda de muebles que se los vende a sus clientes, los resolvería en una, o quizá, dos tardes. Pero como estos cuadros me pagan un mes de alquiler, me parecería ruin tirarme a la bartola el resto del tiempo. Así que empiezo a pintarlos desde el desconocimiento de lo que aparecerá en ellos. He pasado por tantas épocas y estilos que no me extrañaría que alguna vez incluso repitiera motivos o combinaciones de color ya experimentadas hace años. No me importa. Creo convulsivamente sobre los lienzos. Y cuando los agoto, retomo el primero, le doy una capa de blanco y vuelvo a pintar. Y así las rotaciones que me exijan las horas con luz solar del día. Hasta la última semana del mes, cuando ya no puedo procrastinar más la entrega. Entonces devuelvo los lienzos a su blancura original y pinto según el estilo que conseguí hace unos veinte años y tanto éxito tuvo entonces, y lo mantiene, entre mis contemporáneos. Los envuelvo en plástico de burbujas y realizo yo mismo, disimulado con una gorra y un mono de repartidor, las entregas, casi siempre a los conserjes de las fincas donde habitan los seguidores de mi arte. Dos cosas que he de cuidar con esmero y fidelidad, aquellos a los que les gusta lo que hago y el estilo cuya admiración consigue desbloquear su cuenta corriente.  

[Cuaderno de ficciones, página 9]

7 de julio, viernes. A vueltas con Correos


Como si estuviera la corporación entera dedicada a sorprender cada día a sus usuarios, últimamente Correos me recrea con espectáculos inéditos. Como aquel día en el que recibo en mi casa una carta que había enviado tres días antes a un amigo. Sin ninguna anotación de «Devuelto» ni «Desconocido» ni nada que tan desolador resulta cuando ocurren estas cosas. Compruebo la dirección. Está perfecta. El destinatario la espera. ¿Qué ha ocurrido? Acudo a la estafeta para que me echen una mano. Me lo explican en seguida: ha sido enviada al remitente (consignado en la parte posterior), en lugar de al destinatario. Un truco fácil, pero efectivo.

         El de hoy lo supera. Me devuelven una carta escrita a otro amigo que hace años vive en la misma dirección de Santa Cruz de Tenerife. Por encima, ahora sí, las rayas sobre la dirección y el habitual «Desconocido» que indica una devolución. Me acuerdo de aquella época en la que los carteros eran capaces de entregar una carta en una ciudad en la que solo figurara un nombre. En cierta ocasión recibí un envío en mi domicilio en cuyo sobre figuraba, por error, el nombre equivocado de otra calle que estaba en la otra punta de la ciudad. Era el pasado. Llamo a mi amigo y le pregunto: ¿te has mudado de casa y no me lo has dicho? En absoluto, me responde. Soy yo, lo sé entonces, quien se ha equivocado. En lugar de 38007, que es su código, he escrito 38005. El resto de la dirección (nombre, calle, número, portal y piso) está correcto. Un excelente motivo para devolver la carta. Las máquinas que las discriminan no comprenden el concepto de error, sin el que ningún conocimiento podría haber existido, ni siquiera ellas. Tengo la impresión de que la inteligencia artificial nos convierte cada día en más idiotas.