Ya he sido en otra época algo más goloso de lo que aún soy. Ahora me modero. El poeta Alberto Pimenta me enseñó en Lisboa la manera adecuada de ser goloso. Mi amigo adoraba el chocolate. En el supermercado podía pasar media hora mirando y memorizando cada tableta: origen, composición, tanto por ciento de cacao. Un erudito. Cuando iba a comprar con él y quería darle un poco de prisa, cogía una que me parecía buena y la colocaba en el carro. ¡No, qué herejía había cometido! La sacaba de inmediato y la devolvía a su estante. Nunca lo vi comprar chocolate. Un día me contó que de niño le encantaba, pero no podía comerlo porque era un producto caro, que en su casa solo compraban en contadas ocasiones y se servía como excepción. Eso sublimó su pasión por el chocolate ya para siempre. Pero ahora que conseguir una tableta es algo común, podría incluir chocolate en todas las comidas, lo que resultaría, por cierto, poco conveniente para su salud. Se libera, me confesó aquel día, del intenso deseo de chocolate intentado saberlo todo, pero sin consumirlo. Y así, también, cuando come una pastilla convierte el día en festivo. Como esos poetas que no son lo suficientemente buenos para publicar su obra y se convierten en admirables estudiosos de obras ajenas. Algo así. Aquel día, cuando me lo contó, no entendí nada, claro. Era joven —él entonces rondaba mi edad actual— y no quería saber nada de restricciones. Pero con el tiempo recordé la lección y he comprobado su utilidad: de lo que me gusta termino sabiendo mucho, pero consumo lo mínimo, de modo que aquello con lo que disfruto constituya siempre un acto singular. No una adicción. ¿Qué gracia tiene comerse un helado cada tarde? Mejor solo aquel día en el que el helado lo convierte en un acontecimiento.
25, martes. Agosto. Didáctica del oxímoron. Práctica del epigrama, 18
Llevo el coche al mecánico. Me atiende en el concesionario un tipo con un mono moderno, impoluto, que deja ver debajo camisa blanca y corbata. Le miro las manos y me da la impresión de que si su hijo le pidiera que le arreglara la bicicleta le daría cincuenta euros para que fuera al mecánico. Es curioso, nadie querría ser atendido por un médico con las manos sucias y creo que un mecánico con las manos limpias produce una desconfianza semejante. Recuerdo a los mecánicos de coches de antes, en una imagen casi cinematográfica por su precisión. Mi padre arrimaba el morro del coche a la puerta umbría del taller (titulado siempre con el nombre de pila del mecánico) y de las sombras aparecía un tipo avinagrado, con un mono lleno de grasa, limpiándose las manos sucias con un extraño trapo formado por jirones o recortes de una tela algodonosa, un trapo plural en su composición, pero unánime en la cantidad de grasa acumulada en cada uno de los flecos. Y mientras se acercaba y gruñía algo parecido a una pregunta, el mecánico seguía limpiándose concienzudamente las manos con la suciedad personificada en la tela. Creo que no he olvidado la escena por el carácter didáctico que tenía. Ahí aprendí, antes que en Góngora, el impactante valor del oxímoron.
24, lunes. Agosto. Los números babilónicos. Práctica del epigrama, 17
En el mercado, una de las cosas que más me gusta comprar es una docena de huevos. Y no solo porque los puestos donde los venden sean pequeñas instalaciones de arte conceptual. El cómputo de los huevos me maravilla cada vez que lo pongo en práctica. Es un pequeño milagro de permanencia en un mundo en el que todo parece apremiado a cumplir la condena temporal a la desaparición. Seis o siete milenos después, desde el Neolítico, se mantiene en esa humilde docena de huevos que me asientan en dos cajas con seis huecos el sistema numérico mesopotámico. El sexagesimal. Contaban de seis en seis, por cierto, como dicen que hace el diablo. Y aún se continúa practicando en algunas contabilidades campesinas. Horacio, en el más célebre de sus poemas, le aconseja a su amiga Leoconoe: nec Babylonios temptaris numeros («no consultes los números babilónicos»), ya por entonces usados solo por poco recomendables adivinos y augures. Aunque sigamos contando las horas como 24, múltiplo de seis, y lo escalamos los segundos en 60, igual que los minutos de cada hora vivida, no siempre somos conscientes del origen de cuanto nos rodea. Disfruto al percibir en lo cotidiano esas permanencias, son una forma de sentirse menos solo en la Historia.
12, miércoles. Agosto. El significado. Práctica del epigrama, 16
Leo cómo Maurice Merleau-Ponty establece equilibrios en la cuerda floja entre escritura y pintura. No hay demasiados puentes entre ambas disciplinas, pero los espejismos son tantos que resulta apetitoso esclarecerlos. El más interesante para mí —el papel de lo incomprensible—, no se menciona en su investigación sobre el sentido. Admiro, sin embargo, su facilidad para desasirse de los tópicos con el fin de descubrir los sentidos que emergen en el instante mismo de la creación. Un «no-significado» previo que el arte, la pintura o la escritura, al concretarse, transforma, ante la mirada del lector de cuadros o de poemas, en una significación. Ante una mirada diestra en convocar significados cuando actúa. Pienso entonces en cómo puede encajar lo incomprensible en este esquema de Merleau-Ponty. Un no-significado que no permita la transformación, pese a convertirse en significante. Una forma no permeable que adopta la no-significación como sentido propio. O más ajustado, como jirones de sentido: trazos desconocidos y trazos intuidos, junto a los trazos identificados. Una no-comprensión que avanza por el mismo camino de lo comprendido, con la única diferencia de que no admite, como ocurre con lo entendido que se admira a lo lejos, el olvido de sus formas inmediatas. Un camino que el lector recorre contemplando solo el suelo de guijarros que pisa, sin que el paisaje que no se desvela le despierte el mínimo interés.
8, sábado. Agosto. Práctica del epigrama, 15
Las nubes parecen en ocasiones hombreras de una americana de galán clásico cuando el cielo sostiene ese brillo acrílico de los forros y las personas no son más que la pelusa acumulada en los bordes. ¿Y el epigrama, entonces, qué es? Obvio: la «hombrera», palabra que ha permitido derivar el pensamiento hasta la pelusilla.
7, viernes. Agosto. Narcisos. Práctica del epigrama, 14
De la mayor parte de las palabras que se usan en una conversación no se recuerda cuándo fueron aprendidas. Ni, en general, parece que ese olvido importe lo más mínimo. Quizá por eso resulte relevante que dentro del significado de algunas escasas palabras, por acaso, cada cual haya incorporado la imagen del momento en el que las conoció. Por ejemplo, recuerdo perfectamente cuándo aprendí a reconocer la palabra narciso. O, más exactamente, cuándo aprendí a identificar las flores con ese nombre. Fue en Lisboa. Era un estudiante de letras y un muchacho urbano. Miraba a mi alrededor las flores y los árboles y pensaba que tenía una burbuja en mi cabeza llena de aire. Un día de invierno, sería enero o febrero, me sorprendieron unas flores amarillas que vi en un parterre lateral, decorado con azulejos de época, en la Avenida Liberdade. Me acompañaba un conocido que trabajaba como administrativo en la embajada y estudiaba portugués conmigo. Era unos años mayor que yo, y cuando me vio entretenerme con las flores me dijo, didáctico: «Son narcisos». Nunca he olvidado las flores, su nombre ni aquel invierno. Todo junto forma parte ya de un único significado.
27, lunes. Julio. Práctica del epigrama, 13
Los comportamientos que Marcial afeaba a sus contemporáneos los concretaba en el nombre de un personaje. Fue un acierto literario excepcional. Por una parte, evitaba que sus denuncias e ironías se perdieran en nubes abstractas atribuyéndoselos a un único protagonista del epigrama. El hecho de crear una figura como encarnación de un pensamiento, en sí mismo, organiza el sentido no en la proyección filosófica que pudiera tener como idea, sino en la vertiente opuesta, en la particularidad literaria de una breve trama. Marcial, cuyo pensamiento no desmerece de quienes lo organizaron como tal, fue, por voluntad propia, un poeta. Y el modo de huir de la máxima sapiencial fue precisamente a través del nombre de los personajes. Cuando la tradición epigramática pasó a la poesía vernácula continuó la práctica, aunque perdiera los valores de Marcial, que cambió por otros dos: exagerando el nombre se llegaba antes al sarcasmo, por una parte, y por otra, un nombre facilitaba mucho el hallar rimas ingeniosas para cualquier palabra irónica. Desde Marcial no se puede evitar ya, en el epigrama, la concreción de los actos. La exposición como mínimo relato. Es su herencia más valiosa, pero desde el principio decidí no inventar nombres. Casi todos los epigramas en tercera persona se los he atribuido a alguien, pero luego el corrector que hay en mí, con dolor, ha tachado los apelativos. Aunque un nombre haga volar un texto. Como paso adelante, sin embargo, tachar un nombre me parece poca cosa. Entonces fue cuando apareció la necesidad de cambiar de persona verbal. Redactar en primera persona un epigrama no es tarea simple, se escribe para ridiculizar un comportamiento o para endosar una lacra. Y eso no se consigue hacérselo uno a sí mismo impunemente. Pero resulta, al cabo, la verdadera experiencia epigramática: de nadie que no sepa tomarse su yo en vano y mondarse de risa consigo mismo podrá interesar lo que afee al mundo.
20, lunes. Julio. Aniversario petrarquista
La calle Petrarca, en Barcelona,
es una vía estrecha, arbolada, con coches aparcados a ambos costados, que hace
de frontera entre dos barrios: uno antiguo, Horta, y otro de aluvión,
Vilapiscina. Aún queda a la vista la piedra de alguna casa solariega del
extrarradio de Horta, frente a los bloques de viviendas sin ningún gusto de
épocas más recientes. En mi juventud iba de uno a otro barrio con asiduidad y muchas
veces lo hacía por Petrarca. Para mí, antes que un poeta, había sido el nombre
de una calle. O mejor, un tránsito.
Me
hubiera gustado explicar a continuación que me hablaron de Petrarca en los
cursos de literatura española de la facultad de Filología, pero si lo hicieron,
aquel día falté a clase. Sí recuerdo el curso de italiano, en segundo,
donde empecé a darle contenido a la calle por la que tantas veces pasaba. Nuestro
profesor de italiano era un formalista feroz. Tiene un libro sobre San Juan de
la Cruz que parece un tratado de matemáticas. Lo escribió mientras nos hablaba
a nosotros de poesía medieval italiana, del Dolce Stil Novo y de Petrarca,
aunque tengo la impresión de que odiaba dar las clases tal como las impartía:
figurativas, descriptivas y hagiográficas. Pero gracias a ese esfuerzo (y a la traición
a sí mismo) prendió mi devoción por la poesía italiana.
Un
día con el mismo nombre que hoy nació Francesco Petrarca en Arezzo. Y un día
como ayer falleció en Padua. Solo Petrarca podía haber dejado las fechas vitales
de un modo tan perfecto: el aniversario de su nacimiento es el posterior al de
su muerte. Invirtiendo la lógica existencial. Esa fue la clave secreta de
Petrarca. Invertirlo todo. Fue un escritor en latín, laureado en su época, que para
sí mismo (y para la posteridad) escribía en florentino. El orden siempre apunta
hacia el corazón. Fue el más intenso amante de su época, y maestro de los amantes
que le sucedieron, pero a diferencia de todos los demás su amada jamás lo supo.
La amó en vida y la amó aún más cuando la peste le arrebató su cuerpo.
En un
mercadillo de libreros de viejo encontré la edición de las Rime… con l’interpretazione di Giacomo Leopardi (4º edición, de
1854). Al pie del soneto XXXIII, Leopardi escribió este comentario: «Se
maravilla el Poeta de cómo su amor, por exceso de vehemencia, permanece casi
estúpido e inepto en el momento de intentar cualquier cosa para lograr su propósito». Así
mismo me siento ahora, un inepto estúpido, tratando de escribir algo sobre Petrarca
que no resulte trivial. Para recordarlo hoy —hace años que no paso por su
calle, ahora lo lamento— solo se me ocurre apuntar una incógnita. Si por un
infortunio se hubiera extraviado el manuscrito de su diario poético, Rime in vita e Rime in morte de Madonna
Laura, la poesía posterior (Garcilaso, Quevedo, Shakespeare, Ronsard…)
¿cómo hubiera sido? Ningún poeta se parecería a la obra que se reconoce como
suya y tanto le debe. Tan frágil es la tradición cuya fortaleza nos asombra.
17, viernes. Julio. Práctica del epigrama 12
Percibo, tanto en la redacción como en la recepción de los epigramas, una tensión entre la escritura introvertida y la escritura extrovertida. Cuanto más genérica la formulación del epigrama, más se reconoce; cuanto menos obvia, menos se aprecia. Algunos grandes escritores del siglo XX, autores de una obra que, por su hermetismo, ha planteado dificultades de lectura sobre las que se ha vertido una tradición exegética enorme, son popularmente reconocidos también por haber escrito libros sencillos y diáfanos que se han leídos en las escuelas y que han pasado por todas las manos adolescentes. Recordaré dos casos. Rainer Maria Rilke (1875-1926), autor admirable de las Elegías de Duino y de los Sonetos a Orfeo, dos cumbres de la poesía contemporánea cuya lectura no cesa de deslumbrar, es también autor de Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke (1899) (La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke), un cuento poético, de extremada claridad, que tras su edición popular de 1912 se convirtió en un éxito asombroso. Se decía que no había soldado alemán que no llevara un ejemplar en la mochila durante la guerra, y de esos derechos pudo vivir el poeta durante sus años más angustiosos, los de la sequía creativa. El otro caso es Juan Ramón Jiménez (1981-1958), autor al mismo tiempo del hermético La estación total (1946) y del popularísimo Platero y yo (1914), una de las primeras lecturas para generaciones de lectores. ¿Son Rilke y Juan Ramón los autores de La canción… y de Platero, o son los poetas de las Elegías y de Espacio? En la tensión que crea esta pregunta escribo epigramas. No me interesa la respuesta, que siempre resulta excluyente, sino la formulación: ¿la escritura puede ser al mismo tiempo clara y oscura?
15, miércoles. Julio. Beatitud sado. Práctica del epigrama 11
Ayer vi en una plataforma de televisión la película más extraña que recuerdo haber visto últimamente: Koirat eivät käytä housuja aka / «Los perros no llevan pantalones». Aún más rara que su título. Una cinta finesa, de 2019. El nombre del director, J-P Valkeapää. Con tal apellido, hay que agradecerle el uso de iniciales para el nombre. La historia arranca con un médico que pierde a su esposa, ahogada. Veinte años más tarde continúa obsesionado con ella. El director elige una imagen para dejárselo claro al espectador, pero tiene el buen gusto de ocultarla casi al completo con el edredón de la cama. No todos los directores se resisten a la tentación de mostrar más de lo que significa una escena. El caso es que un día el personaje entra por casualidad en contacto con una mujer dominante dedicada al ramo del masoquismo. Todo parece insustancial en la vida del médico y en la película, pero de repente el doctor comienza a ver a su esposa cuando la dominante lo ahoga con una bolsa de plástico hasta casi perder el conocimiento. La película se adentra poco a poco en el mundo trivial de los masoquistas, pero lo curioso es que la tensión narrativa, y la gracia de continuar viéndola, no procede de los oscuros círculos que nos descubre el médico al recorrerlos, sino de la pureza del propósito casi adolescente de encontrarse con la mujer ahogada dos décadas antes. Y en paralelo, la dominatriz empieza a enamorarse también, con ternura de primeriza, del hombre obsesionado por su pérdida, que ni siquiera se fija en ella, y a quien solo desea para que le ahogue. Curioso contraste: la perversidad de las formas junto a la ingenuidad de las actitudes. Paradoja sin la cual no habría película. La inocencia amorosa de los protagonistas es el motor narrativo de una historia que, por perverso y provocativo que parezca su contexto, sin esa candidez resulta completamente superficial. Una paradoja interesante: el único atractivo de la maldad es la bondad que oculte. Me acordé del añorado primer David Mamet, el de American Buffalo (1975), aquella truculenta historia de oscuros personajes también puestos en acción a partir del ingenuo e incluso romántico propósito de un muchacho agradecido. O más cerca, la tesis que mantiene Giorgo Agamben en El Reino y el Jardín (2019), «se accede a la naturaleza humana solo…[a través de], en palabras de Dante, la beatitud de esta vida». Un curioso acceso también al sadomasoquismo.
12, domingo. Julio. Práctica del epigrama 10
Suele considerarse la ropa como una metáfora de lo que las personas son, en algún aspecto. El repertorio es variado: su estrato social, unas; al que les gustaría pertenecer, otras; incluso alguna lo que no quieren ser. En sentido peyorativo, metáfora es también sinónimo de decoración. La ropa es el decorado del cuerpo. Significados, combinados o contradictorios, que expresan. La desnudez, en este caso, sería la opción opuesta. El hecho de no aparecer de una manera diferente a la que se es. Más: el no decir. El silencio de quien enmudece. La poesía, tan locuaz en ocasiones, tiende a la profusión de metáforas, pero eso no impide que pueda ser soñada, tal como las personas se sueñan entre sí a veces sin la ropa con la que se tratan, como verbo desnudo. Sin añadidos. Silenciosa intensidad. Poética de la piel.
7, martes. Julio. Prendas. Práctica del Epigrama 09
Quizá la prenda más antigua que venera la poesía sea el vacío que abrazó Dido —en la escritura de Virgilio—, tras la partida de Eneas, en sus últimas palabras: dulces exuuiae, dum fata deusque sinebat… («Dulces prendas, mientras los hados y el dios lo permitían…»). Toda la tensión que alberga la ausencia está en esa frase: el insoportable amargor de la pérdida. Es el mismo que acompañaba el recuerdo de Isabel Freyre que guardaba Garcilaso dentro de un pañuelo perfumado con plantas olorosas. Manantial de melancolía, en su descubrimiento emerge —«Oh dulces prendas, por mi mal halladas»— la sentencia de Dido. Una prenda en la época clásica podía ser un mechón de pelo. Un rizo. Un pañuelo con las iniciales de la dama. En La Celestina es el cinturón peregrino de Melibea. En Lope de Vega, las cintas de un sombrero. Metáforas de la amada para guardar bajo el cuero de la pelliza. En el siglo XVIII se sofisticaron los recuerdos. Un camafeo, ya de marfil o de nácar, con el rostro de la amada engastado en fina plata se convertía en un pensamiento. Los románticos exigían mayor presencia. Se enviaban los amantes, en la distancia, sombras. Con una luz proyectaban la suya a tamaño real en un papel, alguien la dibujaba y luego, al recortarla, viajaba el cuerpo entero de la persona amada. El siglo XX redujo el recuerdo a las fotos de tamaño carnet en la cartera, y el XXI cumple su mayor complacencia obteniendo un número de móvil. Como se advierte, también en la ausencia el paso de las generaciones, como pensaba Walter Benjamin, ha ido recortando la experiencia de los dolientes.
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