El Sol de la tarde de un día de verano aprovecha que no pasa nadie por la calle para sentarse a descansar a la sombra, en un banco distraído del parque. Empuja piedrecitas con el bastón por matar el tiempo cuando algo atrae sus rayos, que provocan un mínimo destello. Una medalla. Sucia, pequeña, descuidada. Una medalla, y por detrás, una inicial. Una ele. La guarda en el bolsillo de los pantalones. De lejos le llega el alboroto de un grupo de muchachos botando una pelota. Tiene trabajo, hacerlos sudar. Se levanta con este propósito y olvida lo encontrado. Al final de la jornada, el Sol del atardecer se encamina despacio a su morada al otro lado de los montes. Observa que el pantalón, desde el bolsillo, le hace un extraño. La plata de la medalla ha aprendido a iluminar. Una incandescencia azul que maravilla. «¿Esto será lo que llaman noche?», se pregunta. «En efecto», le responde la Luna desde su silencio.
24, domingo. Mayo. Práctica del epigrama 02
Para escribir epigramas me miro al espejo. El otro que se imagina uno delante acostumbra a ser más atractivo que el yo que mira. Es la dinámica de la otredad. El oficinista Pessoa ve ante sí al cosmopolita Álvaro de Campos o al erudito Ricardo Reis. El otro realiza aquello a lo que el yo aspira. Al espejo me había asomado antes para soñarme aforista. Me veía pasear por una alameda junto al río, con una flor de madreselva en los labios, traje de algodón claro, sombrero y gafas de sol redondas. Un aforista que se detiene, abre la moleskine negra y anota a lápiz una frase tan leve como el vuelo de un vencejo. La otredad del epigramista no es aspiración, sino renuncia. La que conduce a ser quien uno no ha querido ser. Mirarse al espejo para convertirse en el relegado: el poeta costumbrista, sociólogo, aficionado al tópico. El poeta epigramático. Encarnarlo ha sido pretender escribir lo que siempre había detestado leer. Escritor de epigramas. «Qué distintos estos textos breves de la centena anterior», escribió alguien interpretando la metamorfosis. El epigrama exige un tono opuesto al lírico. Sirven los de la narrativa realista, del periodismo e incluso del ensayo divulgativo. Cualquiera que no tenga ni un ápice de poesía. Primera renuncia. Le sientan bien las generalizaciones, la lógica del sentido común, los lugares trillados. Segunda. Pequeñas maravillas dejaron los poetas helenistas en el género y Marcial sigue siendo un contemporáneo, pero ahí se acabó la tradición honrosa. A partir de entonces el epigrama traza el paradigma de la decrepitud. El menor de los géneros menores. Tercera —la tradición deshonrosa— y cuarta —la acumulación de lecturas decepcionantes— juntas. Y aún existe una quinta renuncia: al yo más profundo, el que sostiene el aliento del lenguaje que se pronuncia. Mis epigramas como si no fuera yo quien los hubiera escrito. El resultado de mis epigramas me ha parecido acorde con la tradición del género en lengua vernácula: mediocre. Un conjunto raquítico la primera centena. Aun así, Libro Uno. La experiencia del hundimiento tal vez continúe. Siempre hay margen para empeorar, el gran secreto de la tradición epigramática. Su dulce veneno: ser otro peor.
21, jueves. Mayo. Parábola de las durmientes
Los días que parecen finales de un confinamiento que amenaza con no acabar nunca me acercan a un motivo pictórica en el que, de repente, veo reflejada con acierto la memoria del encierro vivido: «La durmiente». A sesenta y ocho días de vida cenobita, el pasado reciente es lo más parecido a un duermevela. Pero antes de entrar en detalles, creo que necesito trazar un breve preámbulo.
0
Si pudiera establecerse en geometría la figura de dos paralelas que se unen y separan al mismo tiempo, pero que jamás mantienen la distancia, serviría para ilustrar los caminos de la pintura y de la fotografía desde el momento en el que esta apareció. Sin embargo, es posible que haya pasado desapercibido que el combate más feroz sostenido por la pintura quizá no fuera con la fotografía, sino con uno de sus hijos, el cine. «En la disputa en torno a la pretensión de la realidad, la pintura había quedado en inferioridad», escribe el historiador Helmut Schneider traduciendo la creencia convencional. Solo en un único aspecto me parece que fue así: en su expansión. Mientras que la progresión de la pintura solo puede ser lineal (que suma artistas), la fotografía introdujo en la esencia de la imagen la progresión exponencial (la potencia que resulta de su modo de reproducción). En este aspecto la pintura sí se quedó «en inferioridad»: convertida la obra artística en una fotografía para ser reproducida pierde los valores de interpretación. El principal, su esencia dinámica.
La pintura no ha representado nunca, ni siquiera cuando lo ha pretendido como en el Barroco, un instante. El instante fue el descubrimiento de la necesidad sincrónica de la fotografía: plasma lo que se mira (o lo que se vio, se va a ver o puede ser visto). La pintura, aún en las representaciones más estáticas, implica una imagen dinámica. Solo plasma la mirada a través del pensamiento (sea memoria o reflexión), no del instante. Y una parte de ese dinamismo es puro movimiento, que se expresa de diferentes modos. La mirada de las figuras, por ejemplo, resulta esencial para dinamizar el espacio, como demostró Jean Paris. La elección del tamaño y encuadre, de la gama de colores, de la técnica pictórica —sfumato, línea, óleo, acuarela—, o la gestualidad de los personajes, los contextos —los pliegues, las sombras, la geometría— forman en su conjunto un artefacto que apela a la continuidad, sea narrativa o lírica. El observador de la obra se incorpora con naturalidad al movimiento que manifiestan tanto sus formas (la dinámica de líneas, colores y manchas), como sus significados (la dinámica conceptual).
Otra manera menos sutil, pero presente en toda la historia de la pintura, es representar la secuencia. Desde El tributo de la moneda (1424) de Masaccio, hasta Desnudo bajando una escalera (1912) de Marcel Duchamp. Lo que en estas piezas se hace explícito está en verdad implícito en cada lienzo, que funde dos procesos, uno formal y cromático, y otro significativo. El movimiento de la pintura. Pero el cine, imágenes en movimiento, arrasó las expectativas de dinamismo en la contemplación artística. Y empobreciéndola acercó la pintura a la fotografía, ambas —ahora sí— concebidas como instantáneas: imágenes, literalmente, sin movimiento. Para leer la pintura, sin embargo, es necesario remontarse al dinamismo con el que fue concebida, sobre todo si el propósito es descubrir el secreto de los durmientes, es decir, los estáticos. Los confinados en el sueño.
Escena
del Genji Monogatari
1
Un rollo de pergamino japonés del siglo XIV pintado en el estilo Yamato-e, un modo de pintura muy influido por la literatura de los siglos anteriores, muestra un excelente ejemplo de secuencia explícita de la vida confinada. Se trata de una «Escena del Genji Monogatari», la gran novela clásica japonesa, del siglo XI. En la mera descripción se distinguen cinco mujeres jóvenes de rostros idénticos, un biombo que oculta la parte central de la imagen, y un fragmento de exterior que aparece como encerrado en una cabina. El punto de vista, propio del género, está en la parte superior, en el lugar de un techo que la pintura retira para poder contemplar el interior completo. Ahora bien, la imagen se puede entender tal como se describe, una escena en la que cinco mujeres desarrollan tareas diversas, pero también es posible interpretarla como una secuencia en la que una única mujer (todas las figuras poseen idénticos atributos físicos) muestra las tareas que realiza durante un día. Con este propósito, la narración va de una durmiente a otra durmiente. Y entre ellas aparecen explícitas tres tareas cotidianas: trabajar (quizá incluso tele trabajar, porque el objeto negro que manipula es extrañamente similar a una pantalla táctil), leer y caminar en el interior, porque el exterior tiene el acceso vedado, e incluso se representa como desasido de la vida cotidiana, sin actividad, monótono (una sucesión de plantas similares), sugerencia de que el espacio significativo es en exclusiva el interior.
Trabajar en casa, leer, caminar por el pasillo y dormir son el conjunto de actividades de una vida confinada. El pergamino japonés añade otra actividad, que se desconoce al permanecer oculta por el biombo, objeto cuya finalidad es de por sí esconder. Es decir, en la secuencia del día interior —el de la representación pictórica, pero también en quienes se identifican al contemplarla— existe también un espacio para la privacidad. No plasmado. Quizá, una sexta mujer que se bañe, o se desvista, o se masturbe, inaccesible a la mirada, aunque esta se haya situado a propósito sobre la secuencia, en el techo. Una lección también útil para el presente, ahora que las cámaras han entrado en todas las estancias. Lo privado solo puede mantener su esencia si no es visto.
Vittore Carpaccio, Sueño de Santa Úrsula
2
El ángel visita a Úrsula. La escena forma parte del ciclo de Santa Úrsula que pintó Vittore Carpaccio (1465-1520) a lo largo de la última década del siglo XV. La luz de una ventana, que no aparece en el lienzo, ilumina un interior veneciano. Cama con dosel, colchas encarnadas, armarios labrados, ventanas gemelas con el arco cerrado por un vitral de círculos opacos, igual que el ojo de buey que preside la sala en lo alto. El ángel lleva una pluma negra. Úrsula duerme. Suele interpretarse la visita del ángel como el sueño del martirio. El martirio, en el siglo XXI, ha sido una pandemia que ha dejado miles de fallecidos mientras la población permanecía, como medida de lucha, durmiente. No es una interpretación esta, sin embargo, que me satisfaga. Prefiero entender al ángel como el mensajero de la realidad. Y su pluma negra, que también puede simbolizarlo, como el conocimiento que lo real produce. Mientras la realidad continuaba al otro lado de las ventanas venecianas, por donde había accedido el ángel siguiendo el trazo de la luz, los confinados continúan dormidos —como Úrsula pintada por Carpaccio, el pintor de miradas extraviadas y apáticas—, ajenos a lo exterior, que había dejado de existir como experiencia.
3
El Barroco dejó dos durmientes con idéntico título, Muchacha dormida. Un dibujo de ágil trazo de Rembrandt (1606-1669) con una escena cotidiana donde Hendrijke Stoffels, su amada, aparece dormida sobre un soporte que no se aclara. Una mesa, un sillón, un mueble. Con el mismo título Johannes Vermeer (1632-1675) pintó en 1657 Het Meisje Slapende. Un lienzo silencioso, íntimo. Una joven duerme vencida por el cansancio. Los dedos de una mano sobre el mantel mientras la otra sujeta una cabeza relajada. La estancia recoge un cierto desorden propio de la cotidianidad del que la durmiente se ausenta. Las dos durmientes del siglo XVII parecen señalar también idéntico significado: el sueño como paréntesis feliz. Ensalzamiento del aura mediocritas en la obligada cotidianidad interior. La siesta como el único placer del confinado. Una redundancia como emblema de la situación redundante: el durmiente dormido.
4
El siglo XIX fue proclive a las figuras durmientes. Tanto por pintores de la escuela prerrafaelita y afines, como por impresionistas, incluso por algún expresionista. En paralelo, tal vez, a la gran novela europea de la época: Madame Bovary, La Regenta, Anna Karenina. Ese universo femenino fue recreado por la pintura decimonónica desde las costumbres de la edad costumbrista hasta los secretos de la recién descubierta intimidad. En este ámbito las durmientes, aunque a veces se las sitúe en contextos históricos idealizados, resultan siempre significativas. Retrataron sobrecogedoras figuras durmientes, en un siglo de despiertos idealistas y de despiertos pragmáticos, entre otros artistas, Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gustave Courbet, William Holman Hunt, Odilon Redon, Lovis Corinth, John William Godward, Georges Lemmen, Pierre Bonnard, Richard E. Miller. Y ya en el siglo XX, Pablo Picasso, siempre tan atento a sus predecesores, pintó diversas durmientes cubistas. Cualquiera de estos lienzos permite descubrir matices simbólicos de los meses dormidos, pero quizá quien nos entregue una lección más acorde con las costumbres del siglo XXI sea el primero de la lista, Ingres.
4
El siglo XIX fue proclive a las figuras durmientes. Tanto por pintores de la escuela prerrafaelita y afines, como por impresionistas, incluso por algún expresionista. En paralelo, tal vez, a la gran novela europea de la época: Madame Bovary, La Regenta, Anna Karenina. Ese universo femenino fue recreado por la pintura decimonónica desde las costumbres de la edad costumbrista hasta los secretos de la recién descubierta intimidad. En este ámbito las durmientes, aunque a veces se las sitúe en contextos históricos idealizados, resultan siempre significativas. Retrataron sobrecogedoras figuras durmientes, en un siglo de despiertos idealistas y de despiertos pragmáticos, entre otros artistas, Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gustave Courbet, William Holman Hunt, Odilon Redon, Lovis Corinth, John William Godward, Georges Lemmen, Pierre Bonnard, Richard E. Miller. Y ya en el siglo XX, Pablo Picasso, siempre tan atento a sus predecesores, pintó diversas durmientes cubistas. Cualquiera de estos lienzos permite descubrir matices simbólicos de los meses dormidos, pero quizá quien nos entregue una lección más acorde con las costumbres del siglo XXI sea el primero de la lista, Ingres.
Ingres, Odalisca con esclava
En su Odalisca con esclava (1840), Ingres se esmera con una imagen orientalista de las que encandilan a la escuela romántica. No falta detalle en la recreación del harén. Una cachimba, un abanico, cortinajes, dorados, música de laúd, turbantes. La odalisca desnuda y al pie, la esclava acunándola con la sublime interpretación que la mirada encarna. En el cuadro existe, sin embargo, un elemento enigmático. El criado. Permanece inmóvil, en el fondo, a la espera de órdenes. Está en la sombra y no parece un personaje de la narración, tal vez solo un detalle que decora. Pero está ahí, y de hecho convierte la dinámica de la imagen en un trío en lugar del binomio que enuncia el título. Si se analizan las miradas de los personajes, la odalisca está centrada en su arduo dormir, con los ojos cerrados, aunque lo desdiga el cuerpo; la esclava mira hacia un lugar desconocido, arriba, fuera del cuadro. Una mirada idealizada, extraviada en la irrealidad. No se distingue la mirada del criado, pero por la posición erguida que mantiene está despierto y con la cabeza orientada hacia la escena. Es decir, mira desde la espalda lo mismo que ve el observador del cuadro. De hecho, si el lienzo estuviera protegido por un cristal, según la reflexión de la luz el bulto del criado podría coincidir con el reflejo de la persona que está en la sala del museo contemplándolo. El criado en espera es otro yo que observa, idéntico a quien ve la escena. Su presencia, doblada por la del observador, desbarata la intimidad, la convierte en una representación artística. La de la durmiente, la de la guitarrista. El teatro. Y el criado se convierte en platea. Esta es una interpretación ideal para nuestro siglo tecnológico, en el que la esfera de lo privado se ha transformado en un acontecimiento público. Una tendencia que se ha legitimado en el tiempo confinado, en el que la actividad pública (desde el trabajo hasta la expresión artística) ha pasado a ser un elemento más bajo la sombra de las vivencias íntimas. En la interpretación actual de la pintura de Ingres, el criado encarnaría a la vez la cámara que registra lo que ocurre y la persona que en una pantalla de otro interior está contemplando la privacidad convertida en actuación.
5
La pintura evoca siempre una continuidad. Una implícita secuencia en la que, fuera del tiempo, es posible interceder, dialogar, identificarse o comprender. El arte tiene esa dimensión en todas sus facetas. Después de contemplar estos cuadros de durmientes siento más asentada la inaudita experiencia de un confinamiento. Xavier de Mestre viajó cuarenta y dos días alrededor de su cuarto y le pareció tan extraordinario como para contarlo. Este lector suyo lleva sesenta y ocho, pero ha preferido que se lo cuenten a él los pintores de durmientes.
19, martes. Mayo. Práctica del epigrama 01
Es común en nuestra época, y por ello resulta tan decepcionante, que la gente al hablar utilice, como fuente de autoridad y como criterio personal, solo lo que ha oído repetido. Sobre todo, lo que ha escuchado una y otra vez en los medios de comunicación. Una especie de reproducción por ondas concéntricas. Es tan común que hasta se percibe en los fragmentos de conversación oídos por la calle, en el autobús o en el tren donde se habla de cuanto ocurre alrededor. A uno le parece estar oyendo locutores con voces variopintas. Los medios de comunicación lo saben, como antes lo sabían las religiones, y por ello suplantan la introspección personal. Para convertirse en la conciencia de sus espectadores. En su pensamiento. La religión fidelizaba con una idea (un relato, una moral, unas costumbres), pero la profunda trivialidad de la sociedad contemporánea prende en el hecho de que el único interés por fidelizar el presente de las personas sea que vean los anuncios que emiten.
6, miércoles. Mayo. Oda a la ventana
La ventana fue, en su origen, un sol doméstico. La mujer que vierte la leche en el tazón. La que cose. La que aprende el orden y la naturaleza de los sonidos. La mujer que escribe. La que lee la carta recién recibida. La que escucha los galanteos del pretendiente. Y también la mujer que posa ante Johannes Vermeer, el pintor, que se contempla a sí mismo bajo la luz interior que combina colores. Lo que la ventana les entrega desde un exterior permite verlo casi todo, pero no se puede mirar. No da a ninguna parte.
Con el tiempo los pintores han descubierto otra ventana junto a la ventana que ilumina. Sentada, la mujer vestida de blanco; a la espalda, un piano de mesa; en el alféizar, tres macetas con flores blancas. Está cabizbaja. Ensimismada. En las manos, un libro menudo; los ojos, en la página. La pintó de perfil en 1909 Carl Holsøe (Læsende pige ved vinduet), pero también, la pintó de espaldas a la ventana, de cara al piano; con vestido oscuro o medio oculta por una puerta. O solo la silla vacía en espera de la mujer que se siente a leer. Toda la historia de la pintura está recorrida por imágenes de lectoras y lectores junto a una ventana con un libro en las manos. Es el crepúsculo del sol doméstico: ya nada importa lo que muestre. La realidad es la frase desconocida que la mujer de blanco lee en el libro que sostienen sus manos, desatenta por entero a la realidad. La visión se desdobla en las dos mitades que ensambla un símbolo. Lo que se ve no significa, el sentido prende en lo que no se desvela. La ventana da a un exterior que se identifica con el interior en su futilidad. Se puede ver, pero no significa.
Gran poeta de las ventanas fue el pintor Pierre Bonnard. La ventana divide la percepción, crea dos argumentos: los tejados rojos, las paredes blancas, arboledas, las montañas azules y distantes, una mujer que tiende ropa en el balcón de una habitación contigua, fuera; y dentro, sobre el hule cuadriculado de una mesa, láminas con dibujos ordenadas y sujetas con un libro, quizá para que no se las lleve el aire, una hoja en blanco, la pluma, el tintero, una caja abierta. Dos universo, interior y exterior, reunidos en la misma pintura, «La fenêtre», 1925. No se comprende del todo cómo se conjugan. ¿El título del libro, «Marie», es el nombre de la mujer que no mira el paisaje? ¿Es una carta de ausencia lo que está por escribir o una oda que cante la belleza del presente? El significado nunca es lo que se dice en un cuadro o en un poema, sino el debate entre lo que se entiende y lo incomprensible. Cuanto más intenso, mejor obra. Las ventanas alcanzan con Bonnard la mayoría de edad: tan significativo es lo que se mira como quien mira, aunque se desconozca el significado de ambos. O, dicho de otra manera, la ventana pone en relación realidades reconocibles con un nexo desconocido, que asume el protagonismo.
Con el tiempo los pintores han descubierto otra ventana junto a la ventana que ilumina. Sentada, la mujer vestida de blanco; a la espalda, un piano de mesa; en el alféizar, tres macetas con flores blancas. Está cabizbaja. Ensimismada. En las manos, un libro menudo; los ojos, en la página. La pintó de perfil en 1909 Carl Holsøe (Læsende pige ved vinduet), pero también, la pintó de espaldas a la ventana, de cara al piano; con vestido oscuro o medio oculta por una puerta. O solo la silla vacía en espera de la mujer que se siente a leer. Toda la historia de la pintura está recorrida por imágenes de lectoras y lectores junto a una ventana con un libro en las manos. Es el crepúsculo del sol doméstico: ya nada importa lo que muestre. La realidad es la frase desconocida que la mujer de blanco lee en el libro que sostienen sus manos, desatenta por entero a la realidad. La visión se desdobla en las dos mitades que ensambla un símbolo. Lo que se ve no significa, el sentido prende en lo que no se desvela. La ventana da a un exterior que se identifica con el interior en su futilidad. Se puede ver, pero no significa.
Gran poeta de las ventanas fue el pintor Pierre Bonnard. La ventana divide la percepción, crea dos argumentos: los tejados rojos, las paredes blancas, arboledas, las montañas azules y distantes, una mujer que tiende ropa en el balcón de una habitación contigua, fuera; y dentro, sobre el hule cuadriculado de una mesa, láminas con dibujos ordenadas y sujetas con un libro, quizá para que no se las lleve el aire, una hoja en blanco, la pluma, el tintero, una caja abierta. Dos universo, interior y exterior, reunidos en la misma pintura, «La fenêtre», 1925. No se comprende del todo cómo se conjugan. ¿El título del libro, «Marie», es el nombre de la mujer que no mira el paisaje? ¿Es una carta de ausencia lo que está por escribir o una oda que cante la belleza del presente? El significado nunca es lo que se dice en un cuadro o en un poema, sino el debate entre lo que se entiende y lo incomprensible. Cuanto más intenso, mejor obra. Las ventanas alcanzan con Bonnard la mayoría de edad: tan significativo es lo que se mira como quien mira, aunque se desconozca el significado de ambos. O, dicho de otra manera, la ventana pone en relación realidades reconocibles con un nexo desconocido, que asume el protagonismo.
El paso siguiente, tal vez el último figurativo, será aquella visión tan paradójica como el sol doméstico, pero opuesta a él; es decir, el oxímoron que dote con una identidad interior —desconocida— a lo exterior —visible—. No lo ofrece ya la pintura, sino la fotografía. El mago fue Saul Leiter. Sus placas de la vida neoyorquina están tomadas desde un interior que condiciona y altera en su esencia la percepción del exterior: el fragmento visible, el encuadre, la textura, los colores, la distancia, la definición o indefinición… No es la vista la que mira, sino la que se oculta mientras mira. No es el exterior el protagonista de las imágenes exteriores, sino un interior. La luz que les entrega realidad no llega de un afuera desconocido, como en Vermeer, sino de un adentro ignoto que moldea y condiciona lo visible fuera. La ventana con Leiter es la gran metáfora de su propia cámara: el objetivo a través del cual capta. La ventana es, de este modo, la encarnación de la mirada a la que uno se asoma para amputar la realidad y aislar lo que desea conocer. El deseo, un descubrimiento de Alfred Hitchcock como lector de Cornell Woolrich, la máquina secreta de la mirada. De las ventanas.
30, jueves. Abril. Manual de escapada
Hasta este momento, víspera de iniciar la descenobitación de la vida cotidiana en las últimas siete semanas, solo había experimentado un lío que se le pareciera. Un nudo que aún no he desentrañado, pero que tal vez lo logre ahora, por el tiempo del que aún dispondré para ello y por el modelo de escalamiento que se propone. Mi problema era dónde situar, en la existencia, el primer amor. Me pregunto si fue quien adoré a distancia durante los años infantiles, si el primer beso cuenta, si pesa más el siguiente por haber sido más extenso, si la primera noche da muchos puntos o más las primeras vacaciones, si… Si todos han sido un primer amor, ¿puede ser que el primer amor esté aún por llegar? En la desescalada advierto el mismo conflicto existencial: ¿será el sábado, durante el primer paseo; el lunes, encargando una pizza; la otra semana sentándome en una terraza…? ¿O no será ya nunca?
He elegido para la visión laminada del final de esta edad media vivida entre normalidades una novela con título acorde: El escapista. De Javier Sebastián (1962). Es también un libro confinado. Apareció justo la semana anterior a que desaparecieran las librerías. No sé si alguien más que yo ha tenido la oportunidad de conseguir un ejemplar, pero Javier Sebastián es uno de mis novelistas actuales de culto y tuve suerte en darme prisa.
La historia que entrelaza la novela es una ingeniosa trama de dobles. Los dobles tienen una densa tradición literaria. Sebastián toma el modelo, digamos, clásico: la de dos seres idénticos enfrentados desde principios antagónicos, cuyo final solo puede ser la reducción a uno de la pareja, es decir, el triunfo del bien o del mal. No se ha andado por las ramas en relación a la elección de paradigma. Y su apuesta parece clara: también en la literatura clásica existe vida para el artista contemporáneo. Porque el interés de El escapista no está en su formato, sino en los matices. Y para ello desdobla la trama en todos los aspectos obvios, físicos y morales, pero añade los existenciales en dos vidas que, al confundirse, al ser otras, entreveran también las ideas clásicas del bien y del mal. Y de ese juego de alteridades brota la originalidad de la trama. Sebastián ha utilizado el principio clásico de la mímesis: el tema común como reto para la novedad de los recursos. Y desde este punto de vista, es una novela ejemplar. Fidelidad e innovación, otra pareja de dobles antagónicos, fundidos en uno, como en el Renacimiento.
En boca de los dos personajes paralelos, el autor deja algunas pinceladas de teoría ética que conviene recoger. «Según él, —dice uno de los idénticos citando al otro, una idea doble, como tantas minucias que el texto desdobla— había una correlación entre la superchería y el éxito». Parece una frase trivial, pero acaso no lo sea tanto si uno contempla el paisaje político, cultural y emocional que le rodea, la correlación entre impostura y audiencia parece tan certera como su doble, veracidad e inocuidad.
También de teoría literaria: «Le pregunté cómo se le ocurrían vidas así. Es cuestión de poner la cabeza en marcha, me dijo. Y en seguida eres otro». También pasa por una frase más y, sin embargo, apunta a la esencia misma no solo de la escritura, sino del valor que posee esta para los demás: la lectura. En estos días confinados en casa, y todas las décadas anteriores de confinamientos varios (en horarios laborales, en transportes públicos, en salas de espera) solo existe una vía de fuga: desdoblando la realidad y largándose de una a la otra. Escapándose a la leída.
26, domingo. Abril. Pensamientos de quien friega platos
El programa deportivo de la radio ocupa su horario, aunque no haya deportes cuya eventualidad seguir, y como tampoco existen barras de bar divagadoras, sustituye aquella actividad por esta. Aparece en antena el intelectual del equipo de colaboradores, un tipo al que le formulan preguntas sin parar que oracularmente responde. Empieza su sección leyendo un texto acorde con su ingenio. Una redacción que imagina cómo sería un mundo de mascarillas perpetuas. Dice, por ejemplo, que se arruinarían los distribuidores de bótox para labios. Y otras ironías por el estilo. Una pieza por donde no asoma ni una simple idea, pero con innumerables hipérboles, que ya fueron, en otra época, el sustituto de las ideas. Tras la exposición del sabio del equipo, el resto ha lanzado —es un programa deportivo— vítores de alegría por lo escuchado. Gritos y exclamaciones, primero, claro, pero cuando han querido verbalizar el elogio, inmediatamente han estado todos de acuerdo en repetirle: «Tienes que recoger esas cosas en un libro».
En ese instante me he quedado con la sartén en una mano y la esponja enjabonada en la otra sin saber cómo volver a reunirlas en la entretenida tarea que se suele denominar fregar los cacharros. ¿Un libro? Aquí hay muchos matices implicados. Primero, qué escaso valor le otorga la época al presente. La difusión del texto, ante la audiencia —la que sea— y el éxito expresado en el momento —función única de un programa de radio— resultan, al parecer, insuficientes. Posiblemente hayan escuchado el texto miles de personas frente a los cientos que lean cualquier libro que se publique. Sin embargo, qué insignificante parece el presente si no se proyecta en una hipotética permanencia, la que, a modo de tópico, le otorga la mención al libro.
Segundo, si los colaboradores son especialistas en el laberíntico mundo del deporte, es difícil pensar que les quede tiempo de dedicación a la lectura de libros. Por otra parte, quien los dirige no pierde la ocasión de subrayar su idiosincrasia con un sonoro «coño» que resuena en mitad de las ondas, lo que tampoco le sitúa en ámbitos letrados. ¿Por qué, entonces, aclamar un libro que, seguramente, tampoco van a leer? ¿O será que quieren endosar a los demás, a los lectores, el espurio fruto del ingenio periodístico del momento? No acabo de comprenderlo.
O tal vez sí lo entienda, pero prefiera no decírmelo. El libro, que ha perdido todas las batallas en el presente, sigue arrasando en las del futuro. Mejor, en las del futuro idealizado, sin pie en la realidad. El mundo tecnológico audiovisual ha disparado las opciones de presente en las personas, pero el ser humano, desde que le fue tan bien quedarse quieto en el neolítico, mantiene el instinto de guardar. Del almacén, de la bodega, del cillero (término de donde procede, por cierto, mi apellido). También, de la biblioteca. Todas las míticas bibliotecas del pasado, algunas creadas con el propósito tan actual de reunir el conocimiento universal —como la de Alejandría o la de Pérgamo; la Palatina, la Octaviana, la Ulpia, en Roma; la Cesarea, en Palestina; las bizantinas, la de Bagdag, la del Cairo o la omeya de Córdoba; o las de los innumerables monasterios benedictinos—, la mayoría con una dimensión que aún sorprende, antes o después, todas sin excepción fueron destruidas concienzudamente. Sin embargo, el mito de la conservación de la escritura sigue indemne. Tanto cuando desaparecían los pergaminos bajo el fuego, como ahora cuando desaparece de la pantalla, arrastrado por otra pantalla, todo lo que durante un instante ha despertado interés.
El de los libros es un privilegio inútil. Cuando a alguien le ocurre algo insólito, se le sigue aconsejando que escriba un libro, aunque lo que normalmente hace es colgarlo en su canal de Youtube o en su página de Instagram. Los libros están sobrevalorados por quienes no los leen. Pero la cada vez más pequeña comunidad de lectores sabe que los libros no se escriben para perpetuar los acontecimientos importantes, sino solo para no olvidar lo nimio.
21, martes. Abril. Moda confinada
La vida en los balcones del período cenobita descubre aspectos de la intimidad cotidiana que antes permanecían invisibles. Si bien es cierto que existen vecinas y vecinos que lucen modelitos deportivos futuristas —con veladuras en la licra y diseños cubistas—, la mayoría viste ropas de otras décadas. Y casi de otros siglos. Miro mis camisetas de uso casero y veo cómo las ha gruyerizado el tiempo. Mis sudaderas de adolescente, los pantalones de chándal de cuando aún cursaba gimnasia.
Me da por pensar que las ropas muy viejas son, no sé por qué motivo, las más agradables en casa. Y si por casualidad han estado olvidadas un tiempo en el armario, o mejor, en el fondo de un arcón, aún parecen más cómodas. Rescatar prendas de su ostracismo resulta entonces un placer interior. Quizá tenga algo que ver con la vida exterior, que anda siempre pensando en el futuro. El vestuario se decide para el tiempo que está por llegar. De casa se sale (mejor: se salía) en solitario, pero ataviado para la vida social; y se regresa (se regresaba) de la vida social a la doméstica, que tampoco es el ahora, pues ya Pascal había avisado de que «Jamás nos atenemos al tiempo presente».
Quizá por oposición, para descansar del futuro (y huérfanos de presente), exista la tendencia a vestirse en casa con el pasado. La vida interior se construye, sobre todo, con el tiempo que se ha ido. De modo intuitivo se busca preservar la memoria de los dientes trituradores del porvenir, y tal vez el mejor modo de cuidarla sea sentirla sobre la piel. El pasado ofrece un tacto más suave y el aroma que más sosiega el ímpetu. No sé: es una posibilidad.
Por cierto, el otro día ordenando armarios descubrí, perdido, un jersey negro de cuello cisne, como los que llevaba Alain Delon en Indian Summer (1972), y posiblemente de aquella época, que me vendrá de perlas si continuamos confinados en otoño, como vaticinan los más optimistas.
Sea como sea, hay que seguir con las listas. Cosas que han desaparecido con el confinamiento: la contaminación del aire, el tráfico, el jaleo de los botellones, la información futbolística. Cosas que han aparecido: los pájaros, la lluvia, la caligrafía y la ropa de andar por casa.
19, domingo. Abril. Resa till Sverige | Viaje a Suecia
Estoy harto de permanecer en casa. He decidido largarme, sobre todo después de encontrar un viaje con un precio muy apañado. A Suecia. A contemplar la primavera nórdica. El deshielo. Las legañas de una naturaleza que se despierta después de un intenso invierno. Desplazamientos, hoteles, comidas y gastos fungibles, incluida una pareja de guías turísticos, todo por 19,50€. Si alguien lo duda, aquí tengo el tíquet. Expedido por la agencia de viajes más completa que conozco: la Compañía Central Librera, SL.
Suecia es un enorme rectángulo orientado sur-norte. Cinco veces más largo —dos mil kilómetros— que su anchura. Para recorrerlo cuento con la ayuda de dos escritores que admiro. Después de saludar a Agneta Blomquist, le cuento mi propósito. Quiero asistir a la llegada de la primavera en Suecia. A ella se lo digo sin tanta sintaxis: «Våren ja» (Primavera, sí), y Agneta me responde: «Ja, så härligt!» (Sí, ¡que maravilloso!). No he podido leer ningún libro suyo porque aún no los he visto traducidos, pero sigo su página de Twitter. El traductor automático me cuenta más o menos lo que va opinando sobre cuanto ocurre en Suecia, pero cuando Agneta transcribe algún verso los viernes (en el #lyrikfredag) me vuelve loco tratando de comprender el galimatías que me propone como traducción. Hablamos un poco de quiénes somos y descubro que ha sido, como yo, profesora de bachillerato. Eso aumenta la simpatía que ya siento por esta escritora de gesto dulce. Las noches de Santa Lucía, el 13 de diciembre, antiguo solsticio en el calendario juliano, mientras muchachas angelicales, ataviadas con túnicas y coronas de velas, cantan sublimes melodías a sus conocidos; sus alumnos, como final de fiesta y algo mareados, acudían de madrugada a cantar bajo su balcón. Enternecedoras criaturas, pensaba el marido de Agneta.
Hemos hablado también, cómo no, de lo que tenemos en común todos los habitantes del planeta: la pandemia. Me cita dos versos magnéticos de Gunnar Mascoll Silfverstolpe (1893-1942), el poeta de la luz íntima y de las sensaciones cotidianas: «Det var den tid, då varje timma ägde / en egen kraft, som måste vinnas ut» («Era la época en la que cada hora tenía / una fuerza única que debíamos hacer nuestra»). Silfverstolpe (o Pilar de Plata, como le llama el traductor automático) habla en el poema que los versos cierran de los días finales del verano ante la incertidumbre del largo y lúgubre invierno por llegar; pero resultan luminosos también como receta para este momento, tal como sugiere Agneta: «Det är nog ändå så man måste tänka nu, för vi vet ju inte vad som kommer att hända!» (Es posible que todavía sea así como tenemos que seguir pensando, ¡porque no sabemos lo que sucederá!) Es decir: entregándole a cada hora del encierro el valor de la fuerza del presente con el que la vivimos ante la incertidumbre.
Lars Gustafsson (1936-2016) es mi otro Virgilio en la visita. Tal vez sea el más carismático de los escritores suecos del siglo XX. Su desaparición hace pocos años supuso una tragedia para la vida cultural sueca. No solo ha escrito inestimables novelas (once han sido traducidas al castellano) y libros de poemas, sino que sus intervenciones constantes a propósito de cualquier acontecimiento nutrían también el pensamiento del presente. En el recorrido por Suecia guiado por su sabiduría no va a faltar, por lo tanto, una visión crítica. Por ejemplo, de los idílicos bosques y su salvaje deforestación. O sobre la destrucción del patrimonio urbano heredado para dar paso a una modernización trivial. Su crónica del presente se entrelaza con la crónica de los hechos que marcaron su generación, como la defensa de la tala de olmos en Kungsträdgården, Estocolmo, en 1971, un hito en la lucha por el respeto humano al medio ambiente.
He decidido ir a Suecia esta primavera porque para un mediterráneo me ha parecido un tiempo más benigno, pero lo que realmente fascina del norte, sobre todo en las series de televisión y en las películas escandinavas, es el invierno. Anoche vi, para ambientar el recorrido, ese sobrecogedor retrato de la vida rural en el norte de Suecia: «Så som i himmelen» (Tierra de ángeles, 2004). Aunque, puntualizan mis amigos: «en realidad tampoco la oscuridad es total: la nieve lo alumbra todo… y, además, en verano esa mágica tierra del sol de medianoche permanece iluminada todo el día». Y ya puestos, como vea que no se aclare la cuestión vírica, me quedo en Suecia el verano y aguardo ahí el blanco invierno: al menos tendré una hermosa razón para no salir de casa.
13, lunes. Abril. Interludio cenobita
Llueve. El flequillo de los toldos me indica que con viento. Un charco que pisan los automóviles al pasar, el color del cielo. Al descorrer las cortinas una súbita alegría y ganas de emprender proyectos interiores: Bah, hoy no me apetece ir a ninguna parte, con lo bien que se está en casa. La vida cenobita tiene sus propias reglas benedictinas. Ayer lucía un sol dominical espléndido. Melancólico, estuve contemplando la tarde por la ventana abierta sobre la arbolada. Solo veía carreras de palomas que volaban, de dos en dos, por el centro de la calle vacía. Sin gente, sin tráfico. El plano de una película sobre el fin del mundo. Nadie que asome y yo, abandonado, huyo de una invasión extraterrestre que amenaza con liquidar la vida en la Tierra. No sé hacia dónde ir. Los supermercados están llenos de zombies, pero yo avanzo a toda pastilla, un fugitivo despeinado y con la camisa por fuera de los pantalones. Corro por avenidas siniestras al sol, con restos calcinados de lo que fue otra vida cotidiana. Exhausto, busco escondite entre los juegos infantiles de un parque de barrio. Mis perseguidores, horriblemente feos, ni me ven al pasar. No se fijan en esas cosas. Permaneceré, acurrucado, a salvo, hasta que acabe la película, me digo. Pero cada quince días ruedan quince días más de metraje y no veo la manera de abandonar el cine para volver a casa. Así que ahí sigo, de cuclillas en un hueco entre los columpios y el tobogán.
10, viernes. Abril. Meditación de Viernes Santo
Como la facultad de filología estaba en el centro de la ciudad, a la salida de las clases me aficioné a visitar las librerías de viejo que proliferaban en las inmediaciones. Lo hacía, digamos, por inercia. Sin ninguna idea detrás de esta costumbre, pero la teoría apareció pronto. En una de las conversaciones entre compañeros, sentados en un banco del claustro a ver pasar las horas, alguien dijo que con seguridad era el primero en leer tal título, el que en aquel momento lucía bajo el brazo. No se me había ocurrido pensar que la lectura admitiera no solo número —singular o plural—, sino también numerales. Es decir, que ser el segundo que leía un libro no era lo mismo que ser el primero. El descubrimiento me dejó impactado.
Aquel mismo día recorrí varias librerías de novedades y en todas vi, en señera posición, el libro que mi colega se enorgullecía de haber leído antes que nadie. Me sentí timado por su teoría: era una lectura plural. Luego, cuando entré en una de libros usados, conforme a mi costumbre, me atrajo una penosa edición de un autor raro de los años 20 con un precio asequible. La compré y al abrir sus páginas, en el metro, de repente pensé: ¿qué valor tiene ser el primero si se puede ser el único? Revelación que se convirtió en mi lema de lector. Antes leer un libro que nadie esté leyendo ahora que cualquier novedad que ande en manos de muchos.
Con este propósito tengo en el estudio un estante improvisado con libros que esperan que los lea en solitario. Los miro estos días cenobitas con cierta abulia, ellos me devuelven la mirada diciéndome: «recuerda que estabas interesado por mí». Y es cierto, pero los elegí cuando era libre de entrar y salir de una librería, y hoy hace veintisiete días que algo tan simple se ha convertido en una quimera. Estos días elijo libros entre los que tienen ya acomodo en los estantes. A veces porque ilustran el presente, como el Viaje alrededor de mi habitación; otros, por el espejismo de la rebeldía, y así he releído los libros de Cioran que más había subrayado en su época.
Fue un aforismo de Cioran, tal vez por la oscilación de los opuestos, lo que me recordó que hace años me hice con un ejemplar de los Pensamientos de Pascal que nunca llegué a leer. O solo por encima. Lo abrí y estos días veo que su tono desaliñado y áspero me atrae más de lo que hubiera imaginado. Sus frases, a veces a medio construir, parecen grafitis grabados con punzón en la pared de una celda.
Es una edición en tapa dura, papel fino y tamaño A6, aunque con algún centímetro más de altura. Tipografía clara. Nada del otro mundo. Cuando entra el sol en casa, me siento en la tribuna, me pongo la gorra y leo. Nuevos hábitos de confinado. Fue en un momento de estos, leyendo al sol, cuando tuve otra epifanía bibliófila. Al tomar el volumen —estrecho y alto— con la mano izquierda y con los dedos de la derecha pasar adelante o atrás las páginas, en busca de algún fragmento que pretendía releer, me di cuenta de que repetía un gesto que había visto antes. Un gesto que advertí grabado en mi memoria, y olvidado hace décadas. Me detuve al instante. Y lo vi de nuevo, en el modo cómo mi mano sostenía el libro y mis dedos lo hojeaban. Era el mismo gesto que había visto hacer tantas veces a los curas que en el colegio nos daban clase o, quizá, lo que llamaban entonces con el oxímoron ejercicios espirituales —una suerte de iniciación al género de terror—, de pie, con una biblia en las manos. Idéntico gesto al que ahora veía encarnado en mis manos.
Me he preguntado qué puede habérmelo sugerido. No creo que sea la tapa dura, ni el tamaño, tantos libros así habré leído sin ningún flashback. Ha de ser una razón temática, lo veo ahora. Leer, como antes oía leer, escritura religiosa me ha mandado de viaje a lo más recóndito de mi infancia. Y desde allí, desde la mirada del niño que fui, ingenuo y siempre asustadizo, ¿no habrá seguido vigente durante toda mi vida el gesto de manejar un libro como el designio de una salvación? Me ha dado qué pensar, en esta época en la que no hay otros viajes con los que distraerse.
6, lunes. Abril. Sentidos del sinsentido
Conforme más asentada se encuentra la concepción temática de la literatura, esa suerte de tratado de domesticación que ofrece la crítica al uso contando argumentos, más interesantes resultan las reflexiones sobre lo incomprensible.
El primer paso para meditar sobre lo incomprensible en literatura —he dudado en escribir poesía, pero necesito un término en el que quepan dentro novelistas como Néstor Sánchez o escritoras como la portuguesa Maria Gabriela Llansol— es desterrar el concepto de «experimental», tan en boga en otros tiempos. La literatura no experimenta, construye objetos verbales de carácter artístico cuyo éxito reside en la capacidad de alojar algún elemento singular y, de vez en cuando, innovador. La naturaleza de este elemento es un segundo paso, ya más conflictivo.
Quienes en el presente hablan en voz alta de literatura —profesores, críticos, lectores, editores, libreros o bibliotecarios— establecen como elementos esenciales para la valoración de una obra aspectos exclusivamente semánticos. Se ensalza o denigra según se tase el argumento, los personajes, la acción, la profundidad de los símbolos o el tema. Se aprecia aún la resaca que provocaron las diferentes oleadas de formalismos que azotaron el siglo XX. Aunque se sepa, desde que Ferdinand de Saussure se lo explicó a sus alumnos, que el signo, como las monedas, vincula dos caras —significado y significante— la literatura parece condenada a apostar solo o por uno, o por el otro.
En el primer párrafo que he escrito no disimulo hartura —enfado, quizá— por el actual predominio de los significados, pero en un viejo volumen de aforismos de E. M. Cioran —Silogismos de la amargura, editado en 1952 y traducido en 1980—, encuentro subrayado con énfasis uno en el que recuerdo haber militado: «La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la “realidad”; la manía verbal, incluso en los filósofos; la necesidad de renovarse a nivel de las apariencias; características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio». El propio Cioran desplegaría años más tarde esta diatriba contra las formas en un precioso ensayo titulado «El estilo como aventura» (1972), que también subrayé en su día con profusión y entusiasmo. En defensa de mi postura actual solo me queda balbucir un único argumento. La apreciación del predominio semántico en la valoración de las obras literarias quizá resultó por mi parte en exceso generosa, pues la tendencia actual se centra, casi en exclusiva, en el peso sociológico de las obras, es decir, su capacidad para encarnar sensibilidades sociales. Lo que también es, creo, «rival de la realidad» en literatura, pues no concibo el parentesco entre lo singular y lo estadístico.
El interés de pensar lo incomprensible es que por fin se evita el hecho de haber convertido el signo literario en una dicotomía: o significado, o significante. Incomprensible implica una forma cuyo sentido no se comprende. Es decir, un significante cuyo significado es un conjunto vacío. A partir del reconocimiento del signo como una unidad en el que uno de sus elementos constitutivos puede concebirse reducido a cero se alcanza el tercer paso de la meditación: la capacidad para situarse en el límite de la expresión literaria, o mejor ya, poética. Solo desde el extremo la indagación sobre la poesía puede precisar su naturaleza y descubrir los matices de su especificidad.
La intención de este proemio es solo presentar un libro cuya lectura me ha encandilado: El pensamiento del poema (Mula Plateada, Kriller 71 ed. Barcelona, 2020) del poeta y ensayista peruano Mario Montalbetti (1953). Planteado como un comentario de las ideas sobre poética del filósofo francés Alain Badiou (1937), el libro las remonta, con extrema lucidez, hacia la esencia del poema y su protagonismo en los límites del lenguaje. Mientras los que vociferan en el foro literario apuestan por lo temático y por lo sociológico como valores exclusivos de su mercado, quienes apenas murmuran en pequeños corros, en un rincón de la plaza, empiezan a comprender el carácter fundacional que tiene lo incomprensible —Montalbetti analiza diversas estrategias para sustraer sentido al signo— en la escritura poética.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



























