14 de febrero, miércoles. Noticias de Éfeso


Las sombras juegan sobre la arena con los transeúntes. Prefiero mirarlas que levantar la vista hacia los dueños. Me he sentado, tal como hago cada día, en un banco del parque. Frente a un tilo. Me gusta la falta de carácter de los tilos. También los pájaros los prefieren. Tienen conversación. No como los cipreses que hay un poco más allá, que solo saben hablar de sí mismos. O los plátanos, tan exagerados en sus apreciaciones. El jardín es como una escalera de vecinos. Casi no me trato con ninguno de los míos. Mi bloque parece un bosque de abedules, hay que mirar hacia arriba para relacionarse con ellos. Me inclino mejor hacia las sombras. Nunca se empeñan en mantener sus ideas durante mucho tiempo. Y, otra gran virtud suya, no siempre conocida, permiten ver lo que hay detrás de una sin necesidad de que me dé la vuelta.

         Es lo que hago cuando me siento cada mañana soleada en el banco del parque urbano, curiosear lo que queda detrás de mí sin que nadie vea que me gire. En cierta ocasión, yendo de excursión con el colegio, encontramos un monasterio perdido en las montañas. No sé si estaba ya en ruinas, pero me sedujo su abandono. Un pastor guardaba por las noches su rebaño en la nave central. En las capillas había construido abrevaderos rudimentarios, con unos ladrillos mal puestos y cemento rasposo. El suelo estaba cubierto por una alfombra de heces ovinas. Entristecía observar las columnas, los arcos, las bóvedas tan bien trazadas en lo alto, para un servicio, en la tierra, tan humilde. Por no deprimirme me concentré en la piedra. En los muros, tan antiguos, los sillares preservaban una geometría impecable. El color mantenía su orgullo. Extendí la mano por la superficie y pude sentir la suavidad que imaginaba en los cuerpos cuando se entregan. La roca salvaje permanecía intacta en el interior del perfecto prisma rectangular que la contenía. Entendí el símbolo. La vida es como aquel monasterio. Un aprisco para quien la vive, un sillar para quien la contempla.

         Hubo un tiempo, lo compruebo en las sombras que vigilo constantemente, en el que vivía con los demás. Entraba y salía, por los portones de madera con los bajos podridos por la humedad, en tropel. A un silbido que lo indicara. Fue cuando me enamoré. ¿Quién nos manda enamorarnos? Es una buena pregunta. El pastor aguarda cada año la llegada de tantos corderos como ovejas apacienta. Tal vez tenga algo que ver con aquello que sentí hace tiempo. No era un carnero, hay que especificarlo porque las metáforas las carga el diablo. Era un hombre, claro. Y vino solo, sin pastor. De ahí que siga preguntándome quién era el autor del episodio. Se sentó a mi lado. Me dio conversación. Me invitó a una fiesta. Acercó sus labios a los míos. No sé cuándo ni cómo me retiró la posibilidad de utilizar el adverbio «no» en mis opciones, pero así fue. Luego se largó sin decir esta boca es mía.  

         Ahora prefiero que me gusten las sombras. También las masculinas. Las distingo enseguida, y no solo por los pantalones. Hay algo en la manera de caminar, un ir seguro a ninguna parte, que resulta inconfundible. No he dejado de sentirme atraída por ellas, sus sombras. Un aplomo en los movimientos como el que debió de tener Heráclito cuando se plantó en mitad del templo de Artemisa para llamar ignorantes a los efesios. Siempre me he sentido fan de Artemisa. Por eso, en aquella excursión de montaña, me aventuré a entrar sola en el viejo monasterio, a escondidas de las monitoras del grupo, mientras mis compañeras comían en el pinar. Me encandila la vida que hay encerrada dentro de las piedras. Y aunque ya no soy doncella, perdí entonces la potestad de defenderlo, mantengo la fe en la virginidad amorosa aún en la entrega. Porque por mucho que una se bañe en el río, el río no está nunca donde el agua fluye, como creen las ovejas. Todo enamoramiento no es más que un mero espejismo. La vida que permanece aún en las ruinas se ha construido con sillares en los muros y dovelas en los arcos de medio punto. Suaves al tacto, dulces a la vista, pero impenetrables. La belleza de ser de triste piedra. 

[Cuaderno de ficciones, página 15]