11 de noviembre, sábado. El poema ante el gigante


Aquellos elementos cuya naturaleza los distingue y clasifica a simple vista acostumbran a ser los más complicados de definir. Una témpera y una fotografía, por ejemplo. Una de estas parejas tan opuestas y, sin embargo, tan íntimamente entreveradas, me preocupa. Es la que forman la prosa y el verso. Cualquier colegial sabe diferenciar un texto en prosa de un poema sin ni siquiera haber leído una sola palabra de ninguno de los dos escritos. Y ahí comienza el problema. En cuanto uno empieza a leer, las desemejanzas se evaporan. En una época me interesaba la prosa que a propósito anhelaba la tensión extrema del verso, y ahora me preocupa que observe por todas partes lo opuesto, que la poesía se escriba con la misma lógica sintáctica que la prosa.

         En una sala de las exposiciones temporales del museo Reina Sofía encuentro un excelente motivo para comparar. La obra del pintor norteamericano, de origen lituano, Ben Shahn (1898-1969) se ve siempre con simpatía. El parnaso artístico del siglo XX tiene tantos dioses que la obra de un mortal siempre se acoge con delicadeza de criterio. Molestan un poco, lo confieso, las explicaciones que se leen en las salas sobre el pintor, cartelista y fotógrafo, cuyo único valor parece ser el de haber sido un artista comprometido con su tiempo. Eso resulta evidente, pero quizá merezca ver su obra en un museo por alguna, aunque sea menor, razón artística. En este debate interno andaba, más aburrido que atento, cuando me detuve ante una pintura al temple con el retrato de cuatro tipos sentados en la valla de un parque neoyorquino. Resultó para mí una sorpresa porque momentos antes había visto la misma imagen, al pasar por la sala anterior, en una fotografía que no me había contado nada. La pintura, sin embargo, me pareció de repente extraordinaria, pero no en sí misma, como imagen de una realidad, sino como interpretación artística de una placa fotográfica.

         Fue la primera que vi, pero no la única. Ben Shahn como fotógrafo fue un cronista de su tiempo. Tuvo talento como retratista y es cierto también que su interés por los sectores más depauperados o marginales de la sociedad norteamericana ha legado ásperas deflagraciones en forma de imagen. No fue un gran fotógrafo. Tampoco un gran pintor. Sin embargo, toda su actividad reunida ofrece no pocos atractivos. Uno es el hecho de que utilizara la fotografía como fuente de inspiración para sus cuadros, en especial tras el final de la guerra mundial, que le sume en una especie de depresión social en la que su pintura, siempre tan extrovertida, dio un giro radical hacia la introspección.

         La pieza que atrajo mi interés se titula «Carnival [Parque de atracciones]» y es una obra al temple pintada en 1946. En primer plano se observa un hombre de mediana edad que duerme tumbado sobre un banco de madera. En segundo plano una pareja abrazada, de espaldas, observa una atracción de feria denominada comúnmente como rana o saltamontes de la que la pintura recoge el giro en altura de uno solo de sus múltiples brazos. Ambos planos conviven en el fondo neutro y atemporal de un cielo con nubes. El significado introspectivo del cuadro deriva de la tensión que se establece entre ambas imágenes, el durmiente y los que se divierten. Y en esa sintaxis ilógica encuentra su propia lógica artística. Lo que más me interesó, sin embargo, es que esta pintura nace de la mezcla de dos fotografías previas. Una donde un comerciante de un mercadillo popular echa una cabezada sobre alféizar de su puesto; otra donde una pareja se abraza en la cesta giratoria de una rana de feria, en el marco de un parque de atracciones. Ambas fotografías —con su propia imagen encuadrada desde la realidad, con una conjunción espacio-temporal concreta y con una sintaxis de elementos visibles lógica— me parecieron el equivalente a lo que en la escritura exige la prosa: una trama semántica diáfana y una sintaxis congruente, ambas coherentes con el asunto que se desarrolla. Y la témpera, cuyo tema se nombra en el título, «Carnival», de repente ofrece una unión de elementos que evocan significados diferentes, paradójicos, incoherentes. Cualidades que si definen algo es la escritura poética, que escarba en la lógica expresiva para enterrarla con la arena que ha extraído.

         Como basta pensar en un asunto para que los ejemplos acudan raudos a las manos de quien los busca, leo estos días un libro donde una misma historia se cuenta dos veces. Una, primera, en verso; otra, después, en prosa. Se trata de Decir (Árdora Ed., Madrid, 2023), un extenso poema de Marina Oroza, donde la autora cuenta dos veces una misma vicisitud biográfica. Es importante leer primero el poema y después la narración para descubrir que el recuerdo de los hechos en la forma poética (donde la lógica emocional y evocativa desplaza a la concatenación espacio-temporal y donde la sintaxis expresiva entierra el orden que exige la coherencia) no solo no oculta ningún significado de los hechos que de manera ordenada expresa la narración en las páginas finales, sino que los potencia hacia una vivencia interior e individual, lírica, y los multiplica exponencialmente en el lector. Un libro ejemplar, como también lo son los cuadros de Ben Shahn inspirados en sus fotografías, para un debate en profundidad sobre cómo actúa un poema (ahora que ha perdido rima e incluso métrica) para mantener su identidad frente a las depredaciones contemporáneas de la prosa.  

Ben Shahn, «Carnival [Parque de atracciones]», Temple sobre masonita.