20 de agosto, domingo. Jardín de aforismos: rocalla



Cuanto hay dentro, llega de fuera.

*

Desafían el futuro despreciándolo.

*

Tiembla el papel con el temblor de quien lee.

*

Están escritos solo para mí.

*

Su fragilidad los hace perennes.

*

En pie ocupan menos que tumbados.

*

No importan los años de silencio, basta con abrirlos.

 

16 de agosto, miércoles. Meditación ante el colirrojo.


En la tertulia galáctica de los miércoles, cansados tal vez de repetir hábitos de conversación, alguien propone que cada uno haga una variante del poema que presenta Eva B. para ser comentado. El poema de Eva está formado por dos estrofas de arte menor, blancas, y tiene algunos elementos que resultan propicios a las variaciones: el protagonista en un «pájaro» que deja sobre el «poema» un «anhelo» que, ya en la segunda estrofa, concluye confirmando, ante el «mundo», su condición de «huella».

Leemos las variantes que presentan los contertulios corrigiéndolas como haría un maestro plenipotenciario frente a su cohibido alumnado. En uno de los debates, no a propósito de este, sino de otro que afirmaba la «huella» como una condición esencial, defendí el poema, bien resuelto, pero no la opinión que manifestaba. Aduje que esencialmente de aquello que somos los humanos no queda nada. Un inmenso vacío con nimias excepciones. Ese día no había escrito aún mi variante, pero me puse a ello en seguida. Tomé las marcas significativas del poema de Eva y las fui adaptando a mi manera de ver. Partí del «pájaro» porque es un elemento extraordinario para introducir de súbito lo inesperado: una ave que se posa cerca durante unos segundos altera lo que se esté haciendo en el momento. Cambié, después, la idea de «poema» por la idea del sujeto, porque prefiero que el poema no se cite a sí mismo. Y para la segunda parte dejo mi pensamiento poético a partir de la imagen: por más que me empeñe en su permanencia, carece de significado y al instante se cumple su efímera condición. El poema que escribí es el siguiente:


EL PÁJARO QUE VIO EVA

Pájaro que te irás

asustado a tu cielo

en cuanto me levante,

dejarás luego en mí


algún significado.

Por más versos que escriba

con la luz de este instante

no lograré entenderlo.


Todo esto ocurrió la semana pasada, pero hoy, como unas nubes cómplices matizaban los rayos fulminantes del sol del verano, me he subido al monte a dar un paseo. Y entonces, de repente, delante de mí, se ha posado en la cuerda de un vallado un colirrojo tizón y se ha puesto, como yo, a admirar el paisaje. He pensado que saldría volando al mínimo gesto que hiciera, sin embargo, ha seguido a lo suyo y yo a lo mío, que era contemplarlo. Incluso he podido sacar el móvil, teclear la contraseña, encararlo hacia su bulto y disparar la cámara. Hasta guardarlo de nuevo. Se diría que me ha atribuido la naturaleza de un arbusto de la zona agitado por el viento. He seguido luego camino adelante, un poco trastornado por la experiencia, sin que el colirrojo levantara vuelo. Se comprende que se sentía a gusto donde estaba.

No es la primera vez que la realidad me corrige un poema. O me lo corrobora. De hecho, casi todo lo de verdad biográfico que hay en mis poemas ocurrió siempre después de que los hubiera escrito. Pero eso, con ser relevante, en este caso no tiene ninguna importancia. A partir de la imagen que guardo en mi recuerdo de lo ocurrido, no le encuentro significado a nada de lo que había escrito en el poema. Ni el pájaro salió asustado, ni yo me levanté, ni sentí ninguna necesidad de escribirle un poema al tizón, ni, en especial, vi que careciera de sentido lo que había pasado. Es más, se imponía el sentido más cabal de cuantos significados se ordenan en el pensamiento: la naturaleza como fuente de belleza artística. Es decir, el pájaro no era para mí un animal, ni un conocimiento, ni un enemigo, ni un alimento. No tenía ninguno de los significados que podría tener para un campesino, para un ornitólogo, para un insecto o para un gato. El único sentido que tenía era mi admiración por lo estilizado de sus líneas, la agilidad de sus movimientos, el acento colorista de su cola, es decir, sus cualidades artísticas. Ese era su auténtico significado para mí.

Lo que no he logrado entender todavía, ni siquiera de lejos intuir su sentido es para qué se necesita la belleza. Y por qué, una vez he emprendido de nuevo mi camino, seguía pensando en el pájaro con una sonrisa de felicidad en los labios. Tal vez, deteniéndome ante el colirrojo y contemplándolo pretendía no su permanencia, que esa la tiene asegurada por la especie, sino la mía propia, que en el espejismo del arte cree poder salvarse del inmenso vacío que le rodea y que le aguarda. No hay nada más hermoso que el espejismo de un oasis para quien camina en el desierto. De lo que concluyo que menos mal que escribo los poemas antes de que lo expuesto en ellos me ocurra, si no fuera así tendría que dedicarme a los crucigramas o a los sudokus.

12 de agosto, sábado. El espía ruidoso


Llega tarde, cuando se han apagado las luces generales. Lo veo entrar como una sombra por la puerta del fondo desde la mesa sobre el estrado de la sala. Cuando se acerca compruebo que no lo conozco, así que pienso que es alguien interesado en el acto literario de esta tarde, que ya ha empezado. Barba abundante, cazadora de color oscuro, aire informal y una bolsa sujeta al hombro. Es lo que veo mientras miro cómo se queda contemplando la situación. Luego regresa a una de las últimas filas, vacías, se sienta y da la impresión de que se concentre en su macuto. Me extraña el gesto y por eso me entretengo observándolo. En seguido lo entiendo. Extrae una réflex con un objetivo superlativo. Es el fotógrafo. Abandona la bolsa en un asiento y vuelve al pasillo, mira a los ponentes, el espacio, los asientos ocupados y los vacíos, pero no fotografía nada. Así un buen rato. Como aún no me corresponde el turno de palabra, le sigo con la mirada. Se sitúa en la fila posterior a la última ocupada y lo veo captar la cámara del móvil de una persona que está fotografiando la mesa. Me digo que eso es lo que me gustaría hacer a mí ahora, pero dudo que me atreviera. Luego levanta el objetivo hacia el estrado y aprieta el disparador, me ha parecido ver, una sola vez. Se la juega a una toma. Vuelve a concentrarse en el público y encuadra la página de un folleto que otra persona lee mientras escucha. Dispara. Creo que me ha visto mirarle, porque ahora dirige el cañón de su cámara directamente hacia mí. Pongo cara de no verlo, pero tengo la tentación de sacar mi móvil del bolsillo y encararlo. Como quien dice, te he pillado. Un duelo. Mueve imperceptiblemente su índice derecho y me alcanza. Luego gira el cuello, sin dar importancia a nada, descubre otro detalle en la sala que le atrae y ahí dirige el objetivo. El fotógrafo. El único ser libre en este momento en el que los ponentes no variamos el gesto impertérrito de quien tiene delante varias hileras de miradas a las que tampoco se les permite modificar su dirección.

4 de agosto, viernes. De política



He escrito ya, antes de esbozar algún comentario sobre la actualidad, que considero que no debo hablar aquí de política. Me toca hoy repetirlo. A lo largo de los años he asistido, con máxima atención, a múltiples acontecimientos de dimensiones históricas que, poco a poco, se han disipado como niebla en el valle y de cuyos protagonistas ya nadie se acuerda. Este componente fantasmal de la política me ha aconsejado siempre escribir sobre realidades: la niebla, en sí misma, como una manera de no ver lo que se ve aunque no se vea resulta un asunto infinitamente más interesantes que unas elecciones generales. 
   Aun así, incurro en el despropósito, hoy, de hablar de política. No quiero que pasen por alto un par de asuntos reales que ha traído el fantasmal veredicto de un resultado electoral. El primero es la veracidad del tópico de que las urnas hablan. Por más modernos que sean nuestros aparatos, la sociedad sigue siendo tan antigua como la de los antiguos, quienes recibían con sorpresa noticias de su futuro en la voz y el dictamen del oráculo y después hablaban y hablaban tratando de desentrañarlo. Ninguna diferencia, pues, con el presente.
   Lo que el oráculo ha dictaminado se puede resumir en una frase: «será para uno o para otro solo por decisión del excluido» y las interpretaciones colapsan los informativos y los patios de vecindad virtual donde la gente habla. Pero a mí lo que me llama la atención de lo pronunciado por el vaticinio es que nunca antes había visto desencadenarse una colisión tan grande entre las dos concepciones de lo político que conviven. Por una parte, el pensamiento político continúa expresándose por regla general como un derivado más del pensamiento religioso, es decir, aquel cuyas tesis se vinculan con la eternidad, que en el caso del presente ya no es Dios (o sí, que de todo hay), claro, pero sí sus subterfugios: los principios, la democracia, las convicciones, la palabra, el país, no sé, hay muchos. La práctica política ya no es así desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo ha sido, aunque el discurso político sigue empeñada en apelar a lo perenne. Desde hace lustros la acción política actúa de modo coyuntural, pero legitima sus decisiones conforme a un código, digamos, trascendido. Esta bipolaridad esencial de la vida política tal vez sea la causa del desapego social. Resulta insoportable admitir contradicciones dentro de un pensamiento que se presenta como trascendente. De ahí que la desatención sea preferible a la percepción de la incongruencia.
  Porque al pensamiento político ya no le queda nada de religioso que no sea mera formalidad, casi burocracia. El pensamiento político es, desde su esencia hasta su concreción, puramente coyuntural, aunque cueste admitirlo. Ningún principio, convicción, credo lo puede amparar. Por la sencilla razón de que su formalización nunca depende de aspectos inmutables. Los valores de los que se deriva el pensamiento político son, por definición, coyunturales. Dependen de la circunstancia. Es la eventualidad de cada momento lo que conforma los valores a partir de los cuales se toman las decisiones. Nunca algo es bueno o malo por sí mismo, sino por su interés como moneda de cambio. Esta evidencia, sin embargo, resulta incomprensible también para la ciudadanía, la misma que repudia la doble alma de lo político. Aún somos, al parecer, animales religiosos.
  El resultado electoral del 23 de julio se presenta ante los observadores a distancia como un acontecimiento único. El oráculo le ha cambiado la esencia a todos los agentes implicados en el debate político. A todos, sin excepción. Como si el oráculo hubiera decidido regalarse con unas carcajadas a nuestra costa. El ganador, pierde. El perdedor, gana. El excluido es el único con capacidad de decisión. Lo que en la víspera de las elecciones era un valor, al día siguiente no sirve para nada. Lo que carecía de papel en el sistema, ahora es la clave de bóveda de la situación. El oráculo no solo ha hablado de unos y de otros, o de los incluidos y los excluidos. También ha seguido hablando. Un pequeño partido insular, con un único voto en el congreso, resultaba totalmente prescindible un día, con el primer resultado electoral; pero una modificación posterior, tras el cómputo del voto procedente del extranjero, lo convierte en pieza esencial del laberinto de una hipotética investidura. Lo que no valía nada el partido insular lo legitimaba conforme a sus principios, en un ejercicio de ecuanimidad democrática: no pactar con quienes mantengan pactos con las formulaciones extremas de su ideología, sean unos o sean otros; a los pocos días, tras comprobar el valor coyuntural que adquiría su único voto, los principios se disipaban cual niebla matinal y como diría Marx, el de los hermanos, «ah, es que para estos casos tengo otros». Y de repente la ideología radical de una de las dos partes resultaba más amable. Un auténtico carnaval entre máscaras y enmascarados. Es solo un ejemplo. Los principios (casi religiosos) con los que cada partido o coalición acudía a las elecciones de repente, la noche de las votaciones, carecían de valor, porque el resultado había quitado y otorgado valores a su antojo. Y entonces ha empezado la gran colisión (no la gran coalición, esa todavía está lejos) entre hacer y decir. 
  Esta reflexión solo pretende ser una defensa de la política: este desengañado que creía que había visto ya todos los resultados de unas elecciones, de nuevo, resulta sorprendido por su niebla. Aunque, la verdad, creo que prefiere la de esta misma mañana, encarada a primera hora, con el pan recién horneado en la mano, mientras una densa nube literalmente se había comido la montaña que se alza por detrás del pueblo en la ladera y lo había dejado en medio de una llanura evanescente. Y qué hermoso verlo así y además creer que también es así, un pueblo sin calles en cuesta, llanas, propicias para ir en bicicleta. Hablar de realidades es también, a veces, contemplar fantasmagorías. 

24 de julio, lunes. Tina Modotti: El mensaje del alma está en las manos


Del mismo modo que hay vidas que cobran sentido al contarse en modo inverso a como fueron vividas, también hay obras que se iluminan desde su final. La fotógrafa Tina Modotti (1896-1942) falleció repentinamente, a una edad temprana, en Ciudad de Méjico. Tres años antes había regresado a su país de elección como una refugiada más de la Guerra Civil española. Se conservan todas las fotografías de los siete intensos años que vivió en Méjico, que fundamentan su papel de pionera del arte fotográfico, pero ninguna se conoce del lustro, entre 1934 y el final de la guerra, que vivió en España, vinculada al Socorro Rojo y a las Brigadas Internacionales. Aunque sobre dos fotografías de la época sobrevuela la sombra de su autoría. Son dos de las dieciocho placas que se publicaron en la edición de Vientos del pueblo (Valencia, 1937), el libro de Miguel Hernández. Una de ellas ilustra el poema «Las manos».

La imagen muestra en detalle dos manos moldeadas por el trabajo, posiblemente de un campesino, pero en una posición de sosiego, entrelazadas. El poema empieza con una afirmación que quizá Tina Modotti subrayara en el ejemplar o en el manuscrito donde lo estuviera leyendo: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje». En coherencia con su escritura en época de guerra, el poema contrapone las manos de los «trabajadores», heroicas, con las del «bando sangriento», «manos fangosas» del enemigo.

         Tina Modotti había convertido mucho antes el «mensaje» de las manos en un motivo recurrente de su imaginación fotográfica. Algunas de sus mejores placas las muestran en primer plano.  En Méjico, donde se la ve crecer con la cámara en las manos frente al encuadre de las personas —desde la edad infantil hasta los ancianos, hombres y mujeres, trabajadores y vagabundos, en momentos de sufrimiento y de regocijo—, ha dejado algunas piezas memorables. Revisitadas desde atrás hacia adelante, la serie que en 1929 dedica al titiritero se olvida del protagonismo de los títeres, que quedan en un segundo plano, para hacer hablar solo a las manos —las nervaduras de la tensión, la precisión del gesto en los dedos—, como una niña que se desentendiera de la estereotipada ficción infantil para descubrir, en lo que apesadumbra al narrador, algún secreto de la existencia. 

En «Manos de mujer lavando ropa» (1928) Modotti plantea una contraposición muy diferente a la convencional de los bandos en guerra; un antagonismo que en la década de los veinte del siglo XX no era tan fácil percibir. Las uñas bien cuidadas y dos anillos que relucen en el dedo medio de la mujer contrastan con las estrías en la piel causadas por la humedad habitual en el trabajo femenino. Hay un canto a la belleza secreta en esas manos oscuras, frente a la blancura de la pieza de ropa, que emerge de un interior desconocido y que se manifiesta en la leve curvatura de los dedos que muestran antes que una labor ritual, una delicadeza en el cuidado del mundo que lo preserve. 

«Manos descansado sobre una pala» (1926) es una de las obras más apreciadas de la fotógrafa. Modotti fue en sus inicios una artista entregada al formalismo. Antes que argumento, en sus primeras fotografías hay geometría y composición, líneas y planos, volúmenes, luz y sombras. Y merodeando las hechuras, las evocaciones simbólicas. En Méjico, a esta formación clásica le añade un contenido humanista. El hombre que descansa con sus manos sobre la pala es un emblema de la fusión entre sus dos formaciones, la fotográfica y la vivencial. Hay una perfección formal asombrosa, un equilibrio prodigioso entre claros y oscuros, entre líneas y relieves, incluso una indiscutible dimensión simbólica, esa cruz que trazan brazos y palas. Pero lo que impresiona es el sosiego que transmiten las manos, la que sostiene la otra mano que a su vez sujeta la pala. Es tal vez la sublimación de la idea del séptimo día, el momento en el que el mundo —el trabajo realizado— parece bien hecho. El cumplimiento de un milagro. 

Antes de decidirse a fotografiar personas, Tina Modotti se entregó intensamente a fotografiar flores. Son resoluciones gráficas perfectamente estudiadas. Los juegos con la luz, el encuadre y la perspectiva convierten las flores en entes geométricamente abstractos. Son flores, pero también son formas, y en esta coincidencia imprevista del ser con su fantasma prenden las evocaciones. Tras la contemplación del árbol de las manitas (Chiranthodendron) dispara su cámara para convertir la flor en una tenebrosa mano que, amenazadora, emerge dispuesta a acoger cualquier símbolo funesto. 

Y de la misma época que esta fotografía con referencia vegetal es otra, también de unas manos, realizada en California, a donde había viajado completamente sola una década antes, con apenas diecisiete años, desde su Údine natal, tras los pasos de su padre, emigrante en Estados Unidos. La descripción de la pieza, que carece de título, es «Manos de madre. California» y resulta escalofriante la idea de cohibición que muestran estas dos manos escondidas, una dentro de la otra, negándose a cualquier función que no sea la meramente nominal del matrimonio que señala el único brillo de la imagen que recae sobre el anillo en el dedo índice. 

Si se había empezado este relato con la incógnita de la autoría de una fotografía, se concluye con la incógnita de la protagonista de esta pieza, que más que los cuidados de una madre, evocan con cierta intensidad su opuesto, es decir, su ausencia. Y quizá desde esta ausencia existencial también se pueda explicar el valor densamente simbólico con el que la fotógrafa impregna su mirada cuando esta se detiene sobre unas manos. 

20 de julio, jueves. Jardín de aforismos: estanque


Precioso con su traje de colorines, me ensimisma el canto de un jilguero. Cuando acaba una de sus arias prodigiosas, desde mi escondite de helechos no puedo evitar lanzar un ¡hurra! en mitad del bosque, que sentí platea. Despavorido sale disparado hacia el cielo, huyendo de mi gratitud.

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Huele a tiempo recién salido del presente.

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Lo decisivo es con frecuencia solo la melodía que se oye de fondo en los acontecimientos.

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Vivir se parece al oficio de aquellos músicos de teatro que interpretaban sus piezas en el foso del escenario. De vez en cuando asomaba la cabeza el director como un balón que hubiera caído a pies de los actores.

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Hay quien piensa en una felicidad para sentarse en el sofá a acariciarla.  Un pájaro que se posa en una rama a cantar, enseguida se va, y la felicidad es el vacío que queda en el lugar.

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Qué bien estamos los dos aquí juntos, ¿verdad?, tan a gusto cada uno entretenido con su móvil.

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El único atractivo que tiene el fútbol contemporáneo es descubrir los errores en la práctica mecánica del juego que les han enseñado y practican sin cesar. Solo resulta memorable la dificultad que encuentran algunos futbolistas para convertirse en máquinas.

11 de julio, martes. Las artes plásticas y la gestión de residuos


Nunca le he temido a la ceguera, sé que sabría pintar mis cuadros con los ojos cerrados. Conozco de memoria su estilo antes de empezarlos. Siempre procedo del mismo modo. Una máquina no reproduciría el modelo mejor que yo. Es la verdad, aunque estas afirmaciones tan rotundas nunca se las contaré a nadie. Claro. No vendo muchas piezas, pero las que me compran pagan el alquiler del estudio, la ropa que visto y lo que me traiga los jueves del mercado para pasar la semana. Por las noches duermo en un rincón. Mi vida se limita a estos movimientos. Trabajo durante las horas de luz, para no aumentar con los focos la factura de electricidad, leo cuando oscurece. O escribo, como ahora, confesiones que rasgaré por la mañana, para que no se conozca la verdad. Nada le conviene menos al arte que lo auténtico. El arte es máscara de principio a fin. Ni puedo acordarme cuántas veces he empezado un escrito con el mismo párrafo que este. Día sí día no. Y sin embargo, lo escribo para que al día siguiente solo yo me entere de lo escrito, justo antes hacerlo trizas.

Por cierto, no resulta tan sencillo deshacerse de estos papeles comprometidos en los que necesito expresar la más recóndita intimidad para luego destruirlos. Solía hacer con ellos una pelota y lanzarla luego, con estilo de ala-pivot, al cubo de la basura. Pero un día me di cuenta de que cualquiera podía hurgar en los contenedores y leerlos con facilidad. Pasé inmediatamente a rasgarlos. No fue fácil tampoco la decisión de dónde deshacerse del documento, porque para entonces ya me había comprado un cubo con separación de residuos, en el que quedaba fatal ante mí mismo si tiraba al hueco del rechazo un papel, habiendo al costado un espacio pintado de azul que lo aguardaba ávidamente. Algo me impedía, sin embargo, cambiar el objetivo. Cuanto recogía la fracción azul del cubo multiusos —envoltorios de productos, folletos publicitarios, periódicos atrasados— es susceptible de ser leído. Así que, en un giro de guion sorprendente decidí mezclar mis escritos prohibidos con mondaduras, espinas, cáscaras y desperdicios de la comida en el cajón de color marrón. Así lo hice durante una temporada, seguro de que nadie se atrevería a investigar en un papel impregnado con salsa de tomate. Como basta adoptar una costumbre para que un documental la afee, en la tele me entero el otro día de que los únicos residuos que se revisan son los orgánicos, entre los cuales, en cierta ocasión, descubrieron unas cartas de la guerra civil de las que alguien se había deshecho junto a los restos de la cena. Las dudas regresaron a mi hábito de confesar a diario lo que nadie nunca debería conocer. De modo que no tengo ni idea de cómo me desharé de este folio cuando lo cubra de verídicas razones. Echaré a suertes su destino.

Compro cada mes unos cuantos listones y unos metros de lienzo. Me gusta clavetear mis propios marcos. Darles las medidas acordes con la inspiración. Antes fue la mía, ahora es la de los futuros dueños de las piezas, para que se amolden a la cómoda o al sofá sobre los que pretenden colgarlos. Y así empiezo cada mes con la misma rutina. De hecho, los tres o cuatro encargos que tengo, sea de particulares o del dueño de la tienda de muebles que se los vende a sus clientes, los resolvería en una, o quizá, dos tardes. Pero como estos cuadros me pagan un mes de alquiler, me parecería ruin tirarme a la bartola el resto del tiempo. Así que empiezo a pintarlos desde el desconocimiento de lo que aparecerá en ellos. He pasado por tantas épocas y estilos que no me extrañaría que alguna vez incluso repitiera motivos o combinaciones de color ya experimentadas hace años. No me importa. Creo convulsivamente sobre los lienzos. Y cuando los agoto, retomo el primero, le doy una capa de blanco y vuelvo a pintar. Y así las rotaciones que me exijan las horas con luz solar del día. Hasta la última semana del mes, cuando ya no puedo procrastinar más la entrega. Entonces devuelvo los lienzos a su blancura original y pinto según el estilo que conseguí hace unos veinte años y tanto éxito tuvo entonces, y lo mantiene, entre mis contemporáneos. Los envuelvo en plástico de burbujas y realizo yo mismo, disimulado con una gorra y un mono de repartidor, las entregas, casi siempre a los conserjes de las fincas donde habitan los seguidores de mi arte. Dos cosas que he de cuidar con esmero y fidelidad, aquellos a los que les gusta lo que hago y el estilo cuya admiración consigue desbloquear su cuenta corriente.  

[Cuaderno de ficciones, página 9]

7 de julio, viernes. A vueltas con Correos


Como si estuviera la corporación entera dedicada a sorprender cada día a sus usuarios, últimamente Correos me recrea con espectáculos inéditos. Como aquel día en el que recibo en mi casa una carta que había enviado tres días antes a un amigo. Sin ninguna anotación de «Devuelto» ni «Desconocido» ni nada que tan desolador resulta cuando ocurren estas cosas. Compruebo la dirección. Está perfecta. El destinatario la espera. ¿Qué ha ocurrido? Acudo a la estafeta para que me echen una mano. Me lo explican en seguida: ha sido enviada al remitente (consignado en la parte posterior), en lugar de al destinatario. Un truco fácil, pero efectivo.

         El de hoy lo supera. Me devuelven una carta escrita a otro amigo que hace años vive en la misma dirección de Santa Cruz de Tenerife. Por encima, ahora sí, las rayas sobre la dirección y el habitual «Desconocido» que indica una devolución. Me acuerdo de aquella época en la que los carteros eran capaces de entregar una carta en una ciudad en la que solo figurara un nombre. En cierta ocasión recibí un envío en mi domicilio en cuyo sobre figuraba, por error, el nombre equivocado de otra calle que estaba en la otra punta de la ciudad. Era el pasado. Llamo a mi amigo y le pregunto: ¿te has mudado de casa y no me lo has dicho? En absoluto, me responde. Soy yo, lo sé entonces, quien se ha equivocado. En lugar de 38007, que es su código, he escrito 38005. El resto de la dirección (nombre, calle, número, portal y piso) está correcto. Un excelente motivo para devolver la carta. Las máquinas que las discriminan no comprenden el concepto de error, sin el que ningún conocimiento podría haber existido, ni siquiera ellas. Tengo la impresión de que la inteligencia artificial nos convierte cada día en más idiotas. 

CARTAS AL s XX | 26 de marzo de 1985, martes. Viaje fin de curso a Lisboa


Un nadador al borde de la piscina, concentrado antes de lanzarse al agua, eso me parece la Torre de Belem junto al Tajo cuando me quedo absorto contemplándola. Un nadador sobre el poyete de salida, inclinado, a punto de saltar, a la espera del disparo que desencadene el movimiento, pero quieto hasta ese instante. Inmutable. Como de piedra. Hasta que suene. Y pasan unos minutos, y después unas horas. Unos días. Años. Décadas. Siglos. Y cada momento es el anterior al inicio de la carrera. Con esa emoción se contempla la piedra blanca sobre la que el atardecer hace prácticas de acuarelista novato.

         Hemos llegado aquí tras varias jornadas de autocar. Como si en realidad fuera un peregrinaje hasta la hierba de este lugar donde nos hemos tumbado a contemplar la torre que la luz prodigiosa de esta tarde de marzo acuna. Estar en clase día y noche, sin interrupción, rodeado por los mismos compañeros e idénticos profesores, los que nos acompañan en el viaje fin de curso del Puig Castellar, está resultando menos agobiante de lo que pensaba. Cada día lo pasamos en un sitio diferente, cada noche dormimos en un hotel, o algo que se le parece, distinto. Eso me ha dado qué pensar. Igual el aburrimiento del estudio no nace de ser siempre los mismos haciendo las mismas cosas, sino del aula, de los pasillos, de las calles por las que se llega al instituto, que son como un nadador que entrase a diario en la piscina bajando la escalerilla.

         Lo he decidido ahora mismo, me quedo aquí, en la torre, ya para siempre. Con el sonido del chapoteo de la corriente del Tajo contra la piedra, con la delicadeza de los relieves y cenefas, con su aire de barco de mercancías varado en la orilla del tiempo. Hasta que no salte el nadador al cauce del río no me muevo. Que se vuelvan todos a Santa Coloma. Que me dejen solo. Por las noches saltaré la valla y me alojaré en las estancias de piedra, como un recluta del ejército manuelino. Por las mañanas ya estaré despierto cuando asome el primer turista en la taquilla.

         Nos toca entrar, oigo que nos gritan. Visita al interior del imperturbable nadador. Uno de la clase le pregunta al profe: ¿Por qué se mataban tanto para construir una simple torre de defensa? ¿Con cuatro muros y una tronera no hubiera bastado? Espere un instante, profe, que ya voy, necesito apuntar en mi diario su respuesta, que luego se me olvida: Por desarmarlos con tanta belleza. Y es verdad. Y era otra época. Y tendré que subirme al autocar luego para regresar a mi siglo. 

20 de junio, martes. Jardín de aforismos: enredadera


El perro dormita a la sombra de la tapia por cuyo borde los pájaros se exhiben, modelos en una pasarela. 

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A veces, tumbado en el prado, el cielo permanece bajo el cuerpo y la hierba es la sábana que lo cubre.

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Los aforismos son mínimas conchas en espiral que se recogen en el pedregal de la prosa para guardarlas en un tarro de vidrio.

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Las palabras cantan desde las cosas que nos rodean. La voz solista  del coro es la mirada.

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Maestras en la locuacidad del silencio, aprendo poética de las estrellas.

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Emprendo la vejez como camino de reconciliación con la muerte.

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Nubes tímidas en el cielo. Como si nos estuvieran observado detrás de los visillos. 

8 de junio, jueves. Caer hacia el lado contrario del que se cae


Ni me había dado cuenta, en la calle, mientras esperaba la hora de la cita. Solo cuando el empleado de la inmobiliaria se dispone a enseñarme el piso, y para ello alza la persiana del comedor, entonces lo veo aparecer delante congelando el tiempo, como en las películas hacen los malvados. El edificio de la antigua fábrica textil, paredes de ladrillo, grandes ventanales, tejado a dos aguas. La chimenea que se alzaba en el centro ya no está. Soy incapaz de reprimir la pregunta. «No sé bien, es un local para el barrio, centro cívico creo que lo llaman». Y añade: «No tengo ni idea de lo que hacen ahí dentro». Nos quedamos los dos mirando, en silencio, confundido yo por la súbita irrupción del pasado; intrigado él por las desconocidas actividades del presente.

Para qué voy a negar ahora que me asusté. La mayor parte de las personas opinan que cuanto ocurre repetido es una coincidencia, pero a mí siempre me ha dado por entenderlo como un símbolo. Aquel fin de tarde visité las habitaciones, la cocina, el lavabo, la galería en el patio interior, como haría cualquier cliente, pero no vi nada. Al salir ya no recordaba ni el número de cuartos ni los metros de la sala. Pero como el piso estaba libre y la mensualidad parecía correcta, me comprometí a alquilarlo. Era un barrio tranquilo. Aunque solo lo conociera de paso, no había oído nada en su contra. Con servicios. Con plazas. Parada de metro. Autobuses. Sin demasiado tráfico. Cerca, un parque. El único inconveniente era yo. No el yo que iba a ocupar el piso con sus muebles, sino el otro.

¿Regresa a mi vida el que se quedó sentado en la reunión de la que había salido huyendo? Por inverosímiles que sean no se pueden descartar los acontecimientos que aún no han ocurrido. Cada día iba a hacerme la misma pregunta si finalmente asumía aquel alquiler. ¿Volver al mismo lugar no era ya un signo? Ni sé cómo acabé siendo miembro de una célula. Amigos, inercias, compromiso político en lo más aciago del momento. Repartía propaganda. Me manifestaba. Un joven estudiante más haciendo ruido. No creo que destacara en nada. ¿Por qué me eligieron? No era algo que me preocupara en aquel momento. Sí me intrigó el secretismo con el que me llegó la cita. Lo rígido de las condiciones. Hasta tres trayectos diferentes, deambulando por la ciudad, tuve que recorrer antes de poder dirigirme a las señas que había memorizado. Yo era un pipiolo, hacía lo que le mandaban sin rechistar, pero me recuerdo incapaz de contener un inconcreto afán de protagonismo histórico.

Ahora no sabría decir si acepté todos los pasos que me condujeron a la convocatoria por obediencia o por soberbia. El caso es que me vi a la hora concertada delante de la mole de ladrillo renegrido de la vieja fábrica con idéntica sensación a la que experimenté cuando el agente inmobiliario levantó la persiana. Era un edificio, entonces, que se desmoronaba. Los cascotes poblaban los pasillos. Por los cristales astillados de las ventanas circulaban las corrientes de aire con libertad de paso. Uno de los que conocía deshojó su periódico y lo repartió por la estancia vacía y sucia donde nos íbamos a reunir. Sobre las hojas nos sentamos en el suelo. Anochecía. Todos los presentes encendieron sendos cigarrillos y la oscuridad del lugar, sin ninguna iluminación, se convirtió en un cielo estrellado. No lo dije yo, sino uno de mis compañeros. Los demás sonrieron. Tensos.

Creo que el único que no sabía a qué había ido allí era yo. Pero lo supe en cuanto empezó la reunión. Íbamos a entrar en acción. Primero, conseguir dinero. Después, actuar. Quien nos iba a dirigir, que hasta ese día no lo había visto entre los nuestros, puso algunos ejemplos de actos a nuestro alcance. Desde aquel mismo instante, dijo, enfatizando las palabras, «todos somos clandestinos». Ahí mi ser se escindió en dos como la pieza que sufre el hachazo del carnicero en su centro y cada mitad cae hacia costados opuestos. El sumiso y el soberbio, unidos por primera vez en mi vida, de un lado. Nadie, del otro. Pero fue este vacío existencial quien alzó la mano y mientras me levantaba del suelo oí que decía: «Tengo que salir a orinar». «Vaya ocurrencia en este momento», escupió hacia el suelo quien había estado hablando.

Ni me detuve a desabrocharme la bragueta, claro. Pasillo adelante. La calle. Los tres itinerarios también de regreso. Y cuando estuve seguro de que no era seguido por los míos, me dirigí a la estación central. Dormité a ratos en un banco y abandoné la que había sido mi vida hasta entonces en el primer tren de la mañana. Con los años he tenido noticias, aunque difusas y distantes, de las peripecias que no experimenté. La gloria de los atentados, la aventura de lo clandestino, la fanfarria durante el juicio, el hueco tan abigarrado de las décadas en prisión. Siempre había sentido estar viviendo dos vidas. La verdadera, que era la de mis antiguos compañeros de célula, y la inane de quien vive. En el piso que iba a alquilar, cuando se levantó la persiana, presentí que el héroe que había en mí recuperaba al fin el espacio donde lo había abandonado. Un símbolo. Recogía las pertenencias de la celda en una bolsa de deporte y escuchaba, esta vez con fruición, el engranaje mecánico que a su paso abría y cerraba las puertas de hierro que durante tantos años me habían impedido salir.

[Cuaderno de ficciones, página 8]

2 de junio, viernes. Adentrarse en el cine.


Recuerdo la primera vez que fui al cine. Me llevaron mis padres a un local de estreno en el centro, en la parte superior de las Ramblas. Luego fue un teatro y ahora es una tienda de ropa. La película que se estrenaba era Tarzán 66. Como llevaba la fecha en el título sé exactamente la edad que tenía: seis años. La impresión de aquel acontecimiento, el ir al cine, debió de ser enorme porque nunca la he olvidado, aunque no hizo mella en mis gustos, ya que nunca he disfrutado con el cine de irrealidades y aventuras fantásticas. Poco después mis abuelos vinieron a pasar una temporada con nosotros. Mi abuelo había trabajado los domingos en el cine del pueblo, y le gustaba ir. Recuerdo haberlos acompañado muchos domingos al cine Bretón. Aún se conserva el nombre en el edificio, pero el lugar es ahora, no sé, una cafetería o algo así. No recuerdo haber visto ninguna película que me hubiera gustado especialmente. Vagamente creo que me atraían los westerns. De adolescente, con mis compañeros de colegio solíamos ir al cine Spring los domingos por la tarde. Programa doble, en el que a veces repetíamos la primera de las películas. El Spring resistió algunas décadas más, ahora es un bloque de pisos. Allí vi la primera película de la que tengo consciencia de haberme impactado de verdad: El graduado. No hace mucho la encontré en un canal y volví a verla. Descubrí en la cinta las tensiones que me intrigaron entonces. Se aludía a aspectos de las relaciones que, en aquel momento, aún no había descubierto. Los días siguientes los pasé buscando en el diccionario todas aquellas palabras inquietantes cuyo significado desconocía. A la salida habíamos visto dos tipos trajeados y hoscos mirando muy raro al público que abandonaba la sala. No pudimos volver al Spring en dos o tres meses por no tener edad para las películas que echaban. Mi primer cine fue ya un drama para adultos. No sé si eso condicionó mis intereses poéticos.