26, martes. Noviembre. Adicción al articulista



Al entrar en la cafetería donde acudo cada día a media mañana tropiezo con un tipo que hace el mismo gesto que yo. Si se tratara de una jugada deportiva, estoy convencido de que la posición estaba a mi favor, pero sin árbitro a la vista, he preferido dejarle paso y entrar detrás. Inmediatamente me he dado cuenta del error. Colgados delante, un ejemplar de El Periódico y otro de La Vanguardia. Mi rival antideportivo ha retirado el primero y se ha quedado con el segundo.
     Acudir a diario a la misma cafetería proporciona ciertos privilegios. Por ejemplo, llevo años sin pedir la consumición. Con el diario en la mano, me siento en el mismo lugar siempre que puedo y a los dos minutos aparece en la mesa el café tal como lo tomo. Un privilegio, claro, exclusivo para quienes disfrutan repitiendo lo que les gusta. Si tuviera yo un carácter caprichoso o tal vez propenso a las novedades no le sacaría ningún partido a este hábito. De hecho, tendría que acudir cada día a una cafetería diferente. Y aunque hay muchas, los días son más numerosos y me obligarían a repetir. De este modo, apreciando lo idéntico, me ahorro inocuas frustraciones. Aunque estas acechan desde cualquier esquina. Hoy, por ejemplo, hubiera elegido La Vanguardia que se ha llevado el infractor de puertas, y me ha tocado conformarme con El Periódico.
      Leo un par de columnas de opinión interesantes, una incluso muy interesante, y un reportaje atractivo. De reojo, sin embargo, controlo si queda libre La Vanguardia. Solo cuando me levanto para ir a pagar también lo hace el tipo de la puerta, y de pie en el mostrador, con cierta ansiedad, al borde mismo de llegar tarde a clase, abro el diario por la segunda página para leer el «Artículo del director». Y en ese mismo momento me doy cuenta de que soy un adicto a las columnas de Màrius Carol.
      Si pienso un poco, la primera adicción que recuerdo es la de los artículos de Francisco Umbral en El País. El personaje que había creado de sí mismo era tan repulsivo que he de reconocer que resultaba seductor. Esa petulancia aciaga, esa pedantería agreste de Umbral chocaba con una sociedad que empezaba a gustarse mucho a sí misma. El desvío sociológico de Umbral hacia el camino sin salida del ensimismamiento presagiaba lo que en la actualidad es el pensamiento concebido como vacuidad. Es una pena que cuando pasé a sus novelas no las encontré a la altura del escritor que intuía. Con una excepción, su canto agónico, Mortal y rosa, uno de los mejores libros escritos en el siglo XX en español. Su columna diaria en El País nada tenía que ver con personaje y novelista. Era pura creación lingüística. Una incongruencia conceptual en las páginas de un periódico: Umbral usaba una lengua que no servía para describir la realidad, sino para crearla. Tan portentosa era. Como leer en un diario no lo que ocurrirá al día siguiente, sino cómo se pensará y cómo se expresará lo que quiera que ocurra al día siguiente. Solo por leer la columna de Umbral compraba el periódico cada mañana. No hacerlo un día se castigaba con el desconocimiento de la profecía.
      Es curioso que los escritores que me han causado adicción en los periódicos no me han atraído en los libros. Durante otra época anduve colgado de la columna de última página en El País de Félix de Azúa. Nunca he podido acabar ninguna de los libros suyos que he empezado, por pesados, obvios, romos. Sin embargo, sus columnas eran vibrantes. Brillantes lingüística y conceptualmente. Durante una época se convirtieron para mí, como hubiera reconocido Barthes, en respiración. Esa bombona de lucidez que se necesita cuando los pulmones agonizan en un medio de oxígeno intelectual empobrecido. En otra época me aficioné a las viñetas de El Roto. Hasta que un día, como hizo Jorge Riechmann en el título de uno de sus libros, dejé de comprar aquel periódico. Ahora leo el que compra el dueño de la cafetería donde acudo a desayunar. Cosas de la época.
      Màrius Carol, periodista conocido antes de acceder a la dirección de La Vanguardia, nunca me había despertado el mínimo interés. Si se le escucha hablar parece que esté haciéndolo para alguien que está por detrás de uno. Esa sensación incomoda. Fomenta la antipatía. Pero un día, por casualidad, leí su «Artículo del director», en la página dos de La Vanguardia, y desde entonces creo que no me he perdido ninguno. Habla, por lo general, de asuntos de actualidad, pero parte o concluye siempre en una cita, un hecho, una referencia cultural o literaria. Esa relación entre lo contingente y la mención culta de repente crea una distancia con lo real que me despierta el gusto por pensar de nuevo lo cotidiano y perecedero, ahora a partir de la dimensión oblicua de lo literario.
      Hay un concepto que siempre me ha interesado mucho. Lo acuñó Jaime Gil de Biedma cuando publicó su último libro de versos, Poemas póstumos. Eran los poemas que había escrito tras la muerte de todo aquello en lo que había creído en la escritura de sus libros anteriores. Hay vida —era un grito más o menos así— después de todos los desengaños. Pues descubro en las columnas de Màrius Carol mi lectura póstuma de los diarios, después de la muerte del periodismo como género literario y su transformación en subgénero de la publicidad.

22, viernes. Noviembre. Diecisiete vueltas alrededor de un haiku



Los haikus seducen, tal vez, porque se descubre en ellos una manera de significar que abandonamos muy pronto. Encuentran los haikus la complejidad del conocimiento en el instante, mientras occidente lo ha buscado siempre en las ideas. Le hicimos caso a Parménides, aunque admirásemos más a Heráclito, sin comprenderlo. El poema del río que es un universo diferente cada vez que fluye con la corriente. Lo que nunca supimos concretar nos lo han enseñado los japoneses. A los japoneses se lo enseñaron los chinos. 
      Me gustaría comentar uno de los haikus de la segunda decena de la Centena de un Poeta, porque es una ironía sobre la adolescencia en mi generación. El que dice «Las ropas rezan. / Poética del biombo. / Mira el oído». 
      Contiene dos observaciones concretas y una abstracta. Hoy los biombos han perdido el uso, pero en mi niñez recuerdo que era un mobiliario corriente. Detrás de los biombos, las personas se desnudaban. De esa acción solo se percibía un murmullo al trajinar con la ropa, como si rezaran las prendas en voz baja. Ese sonido era toda una poética, es decir, una manera de comprender una realidad en la que los ojos tenían prohibido ver. No se podía mirar lo que había detrás del biombo, pero bastaba con oírlo para imaginar lo vedado. No hay en las palabras del haiku contexto personal (la adolescencia), ni contexto sociológico (el pudor), ni contexto político (la estrechez moral), tampoco proceso conceptual (el deseo), ni reflexión (el paso del tiempo), y sin embargo todo ello debería hacerse presente en el instante de leer las diecisiete sílabas. Igual que cuando se dispara un flash ante una escena sin luz, durante un instante se puede ver lo que la oscuridad oculta. No es posible contemplar la escena, como ocurre con las ideas expuestas en los poemas, sino solo entrever una imagen, el haiku.
      Es conveniente en los haikus, además de significar lo complejo de modo instantáneo, hacerlo también de manera difusa. Lo que en cine se consigue desenfocando la imagen (técnica del flou), en poesía se logra difuminádolo con la ambigüedad, bien a través de palabras polisémicas, bien mediante la confluencia de interpretaciones. En el haiku número 17 de la Centena la ambigüedad posee un carácter sintáctico. «El oído» puede ser tanto objeto directo —interpretación literal con el verbo mirar: alguien mira el oído que está oyendo, sin que se sepa quién—, como sujeto —interpretación sinestésica, es decir, es el oído quien mira—. Esta ambigüedad sintáctica acentúa, por otra parte, la cualidad borrosa que ya de por sí tiene la sinestesia.
     Este haiku, por otra parte, está escrito a partir del poema 17 de la Centena de cien poetas (1237) de Fujiwara no Teika. En la versión de Aurelio Asiain que sigo (Veracruz, 2015), el poema de Ariwara no Narihira (825-880) dice: «No se oyó nunca / ni en la edad de los dioses: / debajo del agua, / corre el río Tatsuta / teñido de escarlata». Es un hermoso poema sobre el otoño, el río baja tan cubierto de la hojarasca rojiza caída de los árboles que oculta sus aguas. Según cuenta Asiain, en la época en la que fue compuesto se introdujeron los biombos en la corte imperial, y este poema era propicio para ser «inscrito en un biombo para acompañar cierta escena, a la que se refiere o de la que parte». A partir de este hecho, el haiku escrito para mi Centena de un poeta no se inspira en el contenido otoñal del haiku clásico, sino en la idea de ilustrar un biombo. La introspección me conduce por los laberintos de la memoria hacia algunos biombos de mi adolescencia y lo que me sugerían entonces, y con esta evocación escribo las diecisiete sílabas.

17, domingo. Noviembre. El género de los sueños



Hace un par de años salí de la consulta del urólogo con una cita inmediata en el hospital. Y poco después, la camilla donde viajaba tumbado entró en un área restringida al personal del servicio, del que no formaba parte. O sí. En ese debate, como dicen los políticos, me quedé sedado. Pensaba que la cosa era un trámite. Una gestión laparoscópica sin importancia, pero al parecer estuve en la mesa de operaciones varias horas. Y lo que realmente me asustó fue la descripción que el urólogo hizo de su trabajo días después, en la consulta. Si me lo llega a explicar antes, no me pilla.
      El caso es que ahora no me puedo quejar de nada. Todo en mi sistema de evacuación de líquidos transcurre con normalidad. Solo he descubierto un sutil cambio. Hasta hoy no era consciente de él, pero de repente he atado cabos. Un cambio en los sueños. Cuando la vejiga considera que ya está harta de la dorada agua que alberga, recuerdo haber soñado antes, muchas noches, cómo tenía que buscar un lugar para aliviarme, probando aquí y allá, sin encontrarlo. De hecho, solo lo descubría cuando de golpe me despertaba y me encaminaba al baño; no en lo onírico, sino en lo real. Hace dos años que ese sueño de investigador desesperado de lugares propicios para la micción ha desaparecido en mi repertorio nocturno. Y ha sido sustituido por otro, bastante más agresivo. Deriva siempre, como el anterior, de otro sueño que discurre con la habitual y ligera irracionalidad. Pero, de repente, sucede algo que me sume en la frustración. No sé, pierdo el móvil, me roban en una esquina, cito solo los casos más benignos, los otros hasta me dolería ahora contárselos a las palabras.
      Como el sueño de hoy. Estoy en la puerta de una casa que no distingo bien y empiezan a salir conocidos de un amigo y escritor. Su pareja se da golpes con la cabeza contra la pared. En el sueño entiendo lo que está pasando. Me despierto asustado, con una clara desorientación —si se me permite el oxímoron—, y durante unos segundos ignoro si el sueño ha conseguido traspasar la piel de la realidad. Luego reparo que el único problema es que el depósito está que se sale. Y mientras lo libero me repongo de la dureza del aviso. Parece algo trivial, pero quizá posea un calado mayor del que muestra. Lo que ha cambiado en mí es el género de los sueños urológicos. Antes soñaba en clave de comedia, alguien que busca desesperadamente dónde orinar, ahora sueño tragedias.

7, jueves. Noviembre. La moda de la ropa acuchillada



En clase surge una pequeña controversia. Uno de los alumnos, quizá el que cuida con mayor esmero su indumentaria, es devoto de los pantalones caídos. Una moda que ocasiona algunos rechazos, pero que posee una innegable virtud: comprobar que cada día se ha cambiado el calzoncillo, pieza que queda no solo entrevista, sino claramente visible.
     Les pregunto de dónde nacería esta moda y al unísono me responden que en las prisiones americanas. Me parece que no fue así, les digo. Mire Internet, me responden. Enciendo el ordenador y la pantalla, y emprendemos una pequeña búsqueda. En efecto, en un primer vistazo aparece esta explicación en una treintena de sitios web de treinta resultados posibles: «los reclusos de las cárceles de EEUU empezaron a llevar los pantalones caídos por la prohibición de utilizar cinturones, un arma potencial contra otros reclusos o para autolesionarse». Con un poco de paciencia abrimos las treinta páginas, en cada una de ellas copio y pego en un documento la frase donde afirma esta teoría del origen, y el resultado es sorprendente: treinta frases idénticas. Revistas de moda, sitios de divulgación —incluso histórica—, de curiosidades, de noticias, blogs personales… no solo repiten un mismo texto, sino que incluso lo ilustran todos con las mismas fotos y dibujos como hemos comprobado. Eso es Internet. Las certezas por repetición. O mejor, por clonación.
      A mí me gusta más, les digo, mi teoría. La leí hace años en la página de un periódico del que, a diferencia de la teoría expuesta en Internet, ignoro qué camino se puede seguir para recuperarla ahora. Tampoco me acuerdo de los detalles, aunque me pareció bien documentada. Más o menos la historia era así. En cierta época —he olvidado también la década del siglo XX— el ejército americano se deshacía de excedentes del vestuario de trabajo que en sus almacenes carecían de salida. Se trataba, en general, de ropas de tallas muy grandes que tenían un uso escaso, pero que quizá por las inercias burocráticas se fabricaban en igual número que las tallas corrientes. El caso es que de vez en cuando, en los mercadillos de Brooklyn y de otros barrios periféricos, aparecían a la venta unos tejanos de extraordinaria calidad a un precio ínfimo, que las madres de los suburbios obreros compraban para sus hijos, aunque estos usaran diez números de talla menos. Al cabo de poco tiempo, centenares de jóvenes esbeltos y musculosos lucían por las calles unos fantásticos pantalones de la talla 45 que les resbalaban por la cintura y les sobraban por todas partes. Y esa excentricidad al poco tiempo dejó de serlo y se convirtió una década más tarde en una moda.
     De hecho, continúo la explicación, no es la primera vez que ocurre. Mi única obsesión en las clases es esta, entrelazar el presente con el pasado, aunque normalmente lo hago al revés, conecto formas y contenidos de la historia de la literatura con hechos del presente que el alumnado pueda reconocer enseguida, como Enkidu y Tarzán. El inicio del fenómeno de la moda en nuestra era, tal como hoy la comprendemos, se puede situar en el Renacimiento. Tras mil años de vestuario heredado y gremial, pues los medievales se vestían con el uniforme de su estamento o de su gremio, el siglo XVI revolucionó ideas y costumbres. De repente, cada cual quería vestir conforme a su propio criterio. No existen transformaciones ideológicas que no hayan prendido antes en los hábitos cotidianos. Se puede documentar esta manía obsesiva por el vestuario singular en algunos relatos de la época. Por ejemplo, el diplomático centroeuropeo Siegmund von Herberstein (1486-1566), que desempeñó 69 misiones fuera de su país y fue además autor de una obra notable sobre la vida en Rusia, escribió al final de sus días unas memorias en la que se ocupó casi al completo por describir con todo detalle cada uno de los trajes que se había mandado confeccionar. O el prodigioso caso de Matthäus Schwarz (1497-1560), contable de la familia de banqueros más importante de Alemania, quien a los veintitrés años encargó un retrato con sus mejores ropas y continuó haciéndolo durante los cuarenta años siguientes, hasta reunir una colección de 140 acuarelas con todo su vestuario al completo. Un conjunto que encuadernó en piel y denominó Libro de los Trajes. Título que a partir de entonces tendrían muchos libros de éxito.
      Estos desafueros —que sin embargo no nos resultan tan extraños— documentan la ofuscación de las clases altas por su vestuario, pero el origen de los pantalones caídos no está relacionado con el gusto por la moda de las clases altas, claro, sino con un fenómeno paralelo entre las clases populares. Que también se produjo en el Renacimiento, quizá por vez primera.
    A lo largo del siglo XV paulatinamente el vestuario masculino se había ido ajustando más al cuerpo, de modo que a principios del siglo XVI se daba la circunstancia entre los soldados que el vestuario que obtenían como botín de las batallas que vencían, quitándoselo a los adversarios caídos o apresados, les resultaba inútil o incómodo si no coincidían las corpulencias de vencido y vencedor. Antes de renunciar a las ropas requisadas, de un gran valor en la época, a algunos soldados se les ocurrió acuchillarlas, para hacerlas más holgadas, aunque por la parte rajada aflorara el recubrimiento interior de la prenda —plumas, algodón u otros tejidos—; un color diferente que asomaba desde dentro de la rasgadura. Esta nueva costumbre causó sensación en la época y así otros soldados que no lo necesitaban acuchillaban igualmente las suyas como gesto de identidad. Calzas y jubones acuchilladas se extendieron como modelo que rompía lo monótono del vestuario común y pronto aparecieron en el mercado telas previamente acuchilladas. Y el paso siguiente tampoco se demoró. La ropa de lujo absorbió la innovación y los más altos dignatarios aparecen retratados en la época con vestuario en el que múltiples aberturas lineales dejan ver el tejido interior de las prendas. Para comprobarlo les muestro un par de imágenes:

Bernardino Licinio - Retrato de Ottavio Grimani - 1541

Georg Pencz - Retrato de muchacho sentado - 1544

La primera, el retrato de Ottavio Grimani, Procurador de San Marcos, obra notable realizada en 1541 por el pintor veneciano Bernardino Licinio (1489-1549). Tanto el jubón como las calzas de su elegantísimo traje aparecen decorativamente acuchilladas. La segunda, el «Retrato de muchacho sentado» del pintor bávaro Georg Pencz (1500-1550), con dos motivos de moda, la casaca cubierta de pequeños rasguños que traslucen en interior y el borde de la camisa blanca asomando por el cuello. La camisa era una prenda interior, como lo son nuestros actuales calzoncillos, invisibles por regla general en el vestuario externo.
      Pero en esta época empezó también la moda de estirar el cuello para que apareciera visible su borde ribeteado sobre el jubón o la casaca. Pero profe, me dice una alumna avispada, lo que nos ha contado parece que se relacione más con la moda de los pantalones rotos que con la de los pantalones caídos. Bueno, le digo, en eso tienes toda la razón. En la docencia es necesario errar en algo para que el alumnado descubra por sí mismo que ha aprendido.


4, lunes. Noviembre. Diario del viento



La naturaleza del viento resulta paradójica. La tradición romana ennobleció la brisa como elemento cuya dignidad permitía que los amantes se refrescaran en el locus amoenus. El Renacimiento descubrió tonos inusitados en esta literalidad, pero el Barroco, algo más duro de oído, prefería el ulular del aire en las tempestades. Las ráfagas que volcaban embarcaciones, que azotaban árboles en la llanura y melenas en las cabezas. Se diría que el viento expresa al mismo tiempo la perfección y la imperfección de la vida. El embobamiento ante los instantes delicados y la furia por su anunciada caducidad y pérdida.
     Al margen de las tradiciones cultas, la interpretación popular de los vientos no resulta menos violenta. En Argentina conocen los efectos de la sudestada por lo legendario de sus nefastas consecuencias. Haroldo Conti escribió un libro magistral sobre este asunto, Sudeste (1962), el primero que publicó. En el sur de la península y en Canarias a este viento se le denomina siroco. En Lanzarote viví uno completo. Su anuncio, una cinta ambarina en el horizonte, cuanto más prieta e intensa, más amenazante. El mar, la arena, el cielo; un auténtico Rothko colgado en las paredes blancas de la bóveda celeste. Cuando se desbarata el cinturón parduzco, la arena invade cualquier cavidad, se convierte en una sensación chirriante en la garganta. El calor incendia el aire, como ocurre en el interior de un horno. Confundir el propio cuerpo con una masa de harina moldeada es una metáfora recurrente. En el cénit de las sinestesias, hasta la piel da la impresión de que cruje.
     El viento que conozco mejor es el de tramontana, el del norte. Sopla con fuerza en el Ampurdán. La solidez de la piedra en las paredes da la impresión de que resulte insuficiente. Enloquece cuanto sea susceptible de movimiento. La parra que plantó mi padre en el patio de la casa, la enredadera que decora el muro del vecino, los árboles de las calles… el paisaje baila al son de un ritmo diabólico. Sus silbidos parecen la trompetería angélica que ensaya para el día del Apocalipsis.
     Ayer y hoy sopla noroeste. Aunque no se vea la intensidad de la tramontana, para la ciudad ya es escandaloso. He visto una maceta rota en mitad de una acera y ramas arrancadas de cuajo. Pero la imagen más hermosa del viento otoñal son las hojas. Por el suelo cobran vida propia, zigzagueando mitad insectos mitad ofidios, y por el aire emulan a los vencejos que llegan en primavera. Desde la ventana donde escribo me gusta seguir la trayectoria de las hojas entre los edificios. Giran sobre un eje invisible mientras ascienden y después planean como golondrinas. A los más avisados entre los humanos les muestran los caminos de la fantasía. El viento, el único escultor que continúa militando en el Dadaísmo.

3, domingo. Noviembre. ¿Qué pintan los libros en las bibliotecas?



Hace algunos años coincidí con Manuel Borrás, editor de Pre-Textos, en una mesa redonda sobre el ámbito editorial de la poesía. Tomó la palabra cuando se la cedió el presentador, saludó con gentileza y nos clavó en los asientos con una frase que nunca he olvidado: «Los auténticos enemigos del libro están dentro del mundo profesional del libro». Podría haberse despedido y acabar ahí su alocución. Don Juan Manuel escribía fábulas para los legos y un adagio final para eruditos. La memoria actúa como un sabio y solo recuerda las sentencias sapienciales, quizá con una finalidad práctica, ilustrarla más tarde, para el lego que siempre somos, con los ejemplos propios.
     En cierta ocasión, hace un par de décadas, se presentó en el instituto donde trabajaba, en una localidad de la conurbación barcelonesa, un bibliotecario. Era un antiguo alumnos que había cursado Biblioteconomía y había obtenido una plaza en la Biblioteca recién inaugurada. Quería hablar con nosotros, los profesores del instituto de la población, que le felicitamos por la suerte que había tenido. Lo que él quería, sin embargo, no era presentar sus servicios, sino que le dijéramos a nuestro alumnado que se abstuviera de ir a la Biblioteca porque, cito, «le molestaba». Me dejó entonces tan mudo como continúo ahora sin saber aún qué decir al respecto. Al explicar esta anécdota he recordado que aquella era una localidad peculiar. En cierta ocasión una alumna del instituto ganó el premio de poesía que organizaba la concejalía de cultura cada año. En el instituto nos alegró mucho el galardón, era una alumna brillantísima. Tanto como nos sorprendió al año siguiente una nueva condición en las bases: quienes participaran en el certamen debían de tener más de treinta y cinco años. No volviera a ocurrir, debieron de pensar en el Ayuntamiento, que lo ganara otro joven del pueblo. El verdadero enemigo siempre está dentro.
     Recuerdo sentencia y anécdota porque estos días me ha plantado batalla el bibliotecario de mi centro. Cuando le contrataron reunió a los profesores en su nuevo feudo y nos impartió una clase que reabrió mudeces en mí. Vino a explicarnos que lo de menos en una biblioteca son los libros. Que de hecho, lo mejor es aligerarlos (ocupación a la que se puso inmediatamente manos a la obra, antes a eso se le llamaba expurgar, ahora modernizar). Intentó convencernos de que lo importante de una biblioteca son los ordenadores y que el bibliotecario es una especie de guía cibernético. Intergaláctico, mejor. Hasta ese momento pensaba que ya teníamos algo así. Se llama sala de ordenadores y en el instituto hay cuatro o cinco. Una por cada área. Tal vez tenga razón y necesitemos otra más.
     La guerra que ha abierto contra mí el bibliotecario ha empezado por mi alumnado. Ocho horas de mi horario las imparto en la biblioteca. Dos materias de literatura, con pocos inscritos, que nos reunimos alrededor de una mesa y hacemos clase. A esas horas en la biblioteca no hay nadie y no hay lugar más adecuado para la docencia humanística. No había nadie, quiero decir, porque ahora está el bibliotecario contratado. Para formar la mesa en la que trabajamos, claro, hemos de juntar dos mesas con la finalidad de sentarnos todos, profesor y alumnado, alrededor. Pero al bibliotecario eso no le gusta. Las mesas han de estar separadas. Cuando llegan alumnas y alumnos a la biblioteca a esperarme, de manera natural juntan las mesas que él previamente ha separado. Iracundo, por mover el mobiliario les lanza la caballería y les amenaza en un tono poco acorde con el lugar. 
    El pasado jueves, cansado de tonterías, me acerqué a hablar con él. Le explico, por si no se había dado cuenta, que imparto en la biblioteca algunas horas de clase. Que necesitamos que dos mesas, de las seis que tiene la biblioteca, estén juntas. Que no veo dónde está el problema. Y me responde que a él no le gustan las mesas juntas. Que él las prefiere separadas. Y que él es allí quien decide. No supe qué responder entonces y ahora he necesitado contárselo a las palabras por si me echan una mano en la tarea de comprender el laberinto de lo humano. Y de repente me ha dado la impresión de que móviles, pantallas, televisores, etcétera resultan inocuos. Que el verdadero enemigo de los libros está dentro. Aquellos que, por ejemplo, confunden las bibliotecas con los mausoleos y prefieren ser, en vez de servidores públicos, guardianes del vacío.


29, martes. Octubre. Cándida, no te vayas. No nos dejes tan solos.



Hoy, en El Visir de Abinisia, aparece el último texto de la serie «Candida, sing mit uns!». En los parques muniqueses tienen la costumbre de colocar una placa dedicándole cada uno de los bancos a una persona. A veces son unos versos, una breve anécdota o una pequeña declaración de amor. En uno del maravilloso Englischer Garten leí la placa que aparece en la fotografía y no cuesta demasiado traducir: «Cándida, canta con nosotros». En ese mismo momento me imaginé los textos de la serie. No tenía ni idea de lo que escribiría en ellos, pero eso no importaba en absoluto. Lo más importante ya lo tenía: el tono. De hecho, casi podía tararearlos. Escribí el conjunto, según veo en los archivos del ordenador (por mí mismo jamás hubiera sido tan ordenado como para anotarlo) entre el 24 y el 31 de agosto de 2019. Justo a mi regreso de Múnich. De la segunda vez que en este año he ido a la ciudad. No tanto por afición cervecera como por devoción paterna.
      Desde el principio supe que no era una serie que admitiera numeración. Así que se me ocurrió titular cada texto con la frase en una lengua diferente. Las elegí, en esta ocasión, por proximidad. Empecé con las obvias: español, inglés, portugués, francés, y luego me quedé pensando un poco. Para la quinta escogí el serbio en recuerdo de los amigos que dejé en Novi Sad el año pasado, en especial Duška Radivojević y Jovan Zivlak, a quienes sumo a mi amigo Dusan Mirkovic, que me regaló un alfabeto cirílico en un precioso marco hecho con sus manos. Luego añadí el finés como reconocimiento a mi alumno Benjamin, que nació en Finlandia y estudia ahora en un instituto de Barcelona, y ha conseguido un pequeño milagro, que lea una novela de ciencia ficción y me guste. La que él ha escrito para su Trabajo de Investigación. La última entrada pensaba titularla en alemán sin darme cuenta, tal como me ha afeado mi amiga la poeta cubana Aleisa Ribalta, de que me olvidaba del sueco, su lengua de adopción. Pues no me olvido, modifico y cierro la evocación políglota de Cándida en la hermosísima lengua en la que he buscado la sombra de los poemas de Tomas Tranströmer que he admirado en castellano.

22, martes. Octubre. Balada de la hamburguesa móvil



De paso por la calle Lepanto, a media mañana, me llama la atención una escena en una cafetería. Un tipo, en una mesa, encarado a la calle, sujeta con ambas manos una hamburguesa monumental. De pulgar a meñique, un palmo en tensión casi no le sirve para sostenerla. Pensar en darle un mordisco ya desvía la imaginación hacia la ciencia ficción. Tan descomunal es la hamburguesa que logra detenerme y me planta justo al otro lado de la cristalera contemplándola. Cara a cara, esperaba, de modo intuitivo, cruzarme con él la mirada y en un gesto simpático darme por sorprendido de su sorprendente desayuno. Pero no me mira en ningún momento. Y es entonces cuando me doy cuenta de lo que mira. Tiene enfrente, sujeto en un trípode desde el suelo al otro lado de la mesa, es decir, casi donde yo estoy observándole, un teléfono móvil. Y otro sobre la mesa, apoyado en un pequeño artilugio a modo de atril. Con la hamburguesa gigante en las manos, sus ojos van de un móvil al otro. Aunque sea lento, acabo por comprender la situación. Está grabando la hazaña. Posiblemente retrasmitiéndola en directo, porque veo que antes de morder le habla a los aparatos y gesticula ante ellos. Me doy la vuelta y me marcho contrariado. En ese par de minutos que he pasado como público de su proeza ni por un segundo se ha enterado de mi presencia. Yo, que podría inmortalizarle en el papel de una página de libro, le resulto indiferente.
    El primer teléfono móvil que vi era un juguete. Una carcasa. Debió de ser a mediados de los noventa. Un amigo había descubierto una tienda junto a la Plaza del Sol, en Madrid, donde las vendían. Había hecho cola y por quinientas pesetas había comprado un aparato vacío. Le gustaba llevarlo encima porque resultaba divertido. No sé si las otras personas que hicieron cola con él para adquirir una carcasa sin nada dentro también lo hacía por la misma razón. Resulta fácil pensar que lo comprarían por aparentar un elevado nivel económico a precio de saldo. Pero es posible que existieran detrás otros motivos más profundos, inconscientes tal vez.
      He ido creciendo a la par que se ha ido extendiendo el uso del teléfono. De niño, recuerdo haber acompañado a mi madre a telefonear a una centralita, el único aparato que había en el pueblo. Pese a la lentitud de su extensión durante la primera mitad del siglo XX, en la segunda se consolidó enseguida como una revolución en la forma de comunicarse entre sí las personas. El espero que a la llegada de la presente se encuentre usted bien de las cartas fue sustituido por la inmediatez de la voz. El calor o la distancia, las inflexiones, el presente en la voz. De mi adolescencia recuerdo las luchas familiares por el control y uso del teléfono. Mi padre repetía en casa: «el teléfono es solo para casos excepcionales, para hablar quedáis con los amigos». Clamaba en el desierto, una larga conversación telefónica resultaba tan estimulante como cualquier cita. En ocasiones, más.
    Toda la segunda mitad del siglo XX resultó un proceso acelerado de aceleración del tiempo: construcción de autopistas, crecimiento de la aviación, reformulación ferroviaria —el dejar de parar en todas las estaciones—, la expansión del automóvil y el teléfono. En la última década del siglo XX la sinfonía del movimiento había culminado su cénit, menos la telefonía, que obligaba a permanecer en un lugar concreto para cumplirse. El teléfono fijo. El gran obstáculo para la volatilización del tiempo como constructor de experiencia. Aquel espero una llamada y el fértil vacío a que obligaba.
    Las carcasas sin ninguna conexión quizá no fueran mera ostentación sin nada que aparentar, sino el profundo deseo de romper la última amarra que nos protegía del oleaje. De la idea del tiempo como constructor de movimiento. Luego a los teléfonos les pusieron dentro un ordenador, más tarde un catálogo de operarios —en transfiguración de aplicaciones— que trabajan para nosotros solo con tal de que le paguemos a su jefe, la telefónica de turno. Al cabo pusieron dentro nuestra vida. Ya se ha dado el caso de personas que han perdido la suya por negarse a entregar el móvil en un robo. 
    Ahora está dentro de la carcasa que un día vi vacía la realidad al completo. Y ahí es donde me veo a mí mismo —pasmado en mitad de la calle, alelado porque no miro en la pantalla del móvil, en streaming, la gesta gastronómica del tipo que estoy mirando al otro lado del cristal—, yo, absolutamente irreal. Más irreal ahora, si cabe, que les estoy contando estas cosas a las palabras.

14, lunes. Octubre. Amaina la lluvia en Oporto



Había ido a Oporto no sé muy bien a hacer qué. A alguna de las funciones que se atribuyen a los escritores, unas veces comerciales de sí mismo; otras, parlanchines de feria. En fin, fue en 2008. Lo que pasara debió de ocurrir un viernes, y el vuelo de regreso no salía hasta las ocho de la tarde del día siguiente. Me desperté el sábado en un hotel moderno y confortable, ese privilegio que se parece tanto a un internado. Disfrutaba de vistas al estadio del Dragão, donde juega el equipo de la ciudad. Era sábado y sobre el césped y en las gradas no había nadie, pero el magnetismo del rectángulo verde me fascinaba. Sobre todo, porque el resto aparecía cegado por unos nubarrones bajos, tenebrosos. Llovía intensamente. Eran las ocho de la mañana y bajé a desayunar. Ese fue el tiempo que le di a la tormenta para que descargara. Después había planeado recorrer el margen del Duero hasta su desembocadura. O algo así. Ideas.
     A las nueve, diluviaba. Así que giré la cabeza y miré el interior. Un sillón cómodo, una pantalla plana —entonces no abundaban— con decenas de canales de televisión, en general inútiles, pero al ser tantos distraían. La víspera había comprado algunos libros. Los coloqué en una mesita, me tumbé bajo la ventana y abrí el primero. Un volumen de poesía. Quise creer que tras su lectura el cielo se hartaría de lanzar agua.
      Las diez, había acabado el primer libro, pero no cesaba de chaparrear, y antes de abrir el segundo, encendí el aparato de la tele. Busqué un canal de música y dejé que la habitación se llenara con una melodía clásica. Tarareé. La tormenta debía de estar en las últimas y podría, por fin, salir a la ciudad. Al menos pasearía por el barrio antiguo, un laberinto de callejuelas junto al río. O cruzaría el puente. De momento, mi encierro era un lujo: sillón, música, vistas a la lluvia. Abrí la nevera y me serví una cerveza y una bolsa de cacahuetes salados. El segundo libro me esperaba. Después de cada poema, al levantar la vista para tomar un sorbo, admiraba lo confortable que resultaba la antipática mañana. Que ya no podía alargar su desmesura. No existe tanta agua en el universo como la que caía.
    A las once miré al tercer libro que había comprado la víspera. También de versos. Cambié de emisora, estiré las piernas por la habitación, me asomé a la ventana. El rectángulo verde brillaba como una promesa en mitad de la niebla. Me tumbé de nuevo en el acogedor sillón y le di un ultimátum al cielo para que se despejara. Lo que necesitase para cerrar la última página del libro que había abierto, algo más breve que los anteriores.
     Las doce me pillaron desprevenido, con los ojos cerrados, inmerso en las melodías que los altavoces del televisor me entregaban. Mi pequeño paraíso lejos de la lluvia. Ni me daba cuenta de la hora que era. Las doce. Y fuera, el aguacero arreciaba en lugar de amainar. Las doce. El sofá, la luz brillante de la lámpara sobre la página del libro, el climatizador, el baño. La hora en la que caducaban había llegado. La hora de dejar la habitación. Y diluviaba sobre Oporto. De repente me di cuenta de la extraña condición de los paraísos actuales. Una felicidad fácil, pero con horario. Asumí de modo estoico mi condición temporal en los disfrutes del mundo, guardé los libros, cerré la maleta en la que había de todo menos un paraguas y bajé a recepción para esperar el final de la tormenta infinita. 
     A la una sonó, entre el repiqueteo en tromba de las gotas, el teléfono. Mi amigo y poeta Jorge Gomes Miranda quería saber si me encontraba a gusto. No exactamente, fueron mis palabras, y le conté la peripecia. De inmediato dijo que acudía a rescatarme con la misma resolución que los bomberos abandonan el cuartel tras un aviso de catástrofe. Mi alerta posiblemente fuera solo de vacío. Le vi llegar desde la puerta acristalada del hotel, enfundado en un impermeable y con dos paraguas en la mano, justo en el momento en el que se convertían en inservibles. Ya en el vestíbulo, la luz se abrió sobre el asfalto, delante de nosotros, como si alguien hubiera apretado un interruptor.
     Hoy me ha escrito Jorge Gomes Miranda. Una noticia sorprendente porque hacía once años que no sabía nada de él. Casi desde que nos despedimos aquella tarde de nubes bravuconas. No porque nos enfadáramos, al contrario, sino porque mi amigo necesitaba desaparecer. Hay una pequeña tradición de escritores que en un momento u otro han necesitado borrarse de la realidad cultural. Por desgracia no me he podido incorporar nunca a esta tradición porque creo que aún no he aparecido en ninguna parte. Ni siquiera cuando me han invitado a padecer en la feria de las vanidades de la cultura. Pero mi amigo Jorge, que había publicado con cierto éxito unos quince libros de versos en trece años, uno traducido al español, necesitaba un tiempo consigo mismo y con su escritura. Sin ruido. Sin distracciones. Lejos de todos, incluso de quienes fuimos sus amigos. Y desapareció. Y ahora ha vuelto. En su carta me recuerda el paseo que dimos juntos tras acudir a mi rescate. Cuando para mí acababa el aguacero, no supe verlo entonces, para él empezaba un diluvio que anega todo. El día siguiente de aquel sábado de 2008 por fin ha llegado. Es hoy.


9, miércoles. Octubre. Distraído con María Moreno



Me apetece hablar de la escritora argentina María Moreno (siglo XX da Wikipedia como su fecha de nacimiento y me parece estupendo que desconozcan el dato), aunque solo haya leído un único libro suyo, el que acabo de cerrar, Banco a la sombra (2007). Me doy cuenta, sin embargo, de que antes he de hablar de la escritora barcelonesa Andrea Valdés (1979), que acaba de publicar una recopilación de ensayos titulada Distraídos venceremos (Jekyll and Jill Ed. Zaragoza, 2019). Sin haberlo leído seguiría atento a naderías y me hubiera perdido a la distraída María Moreno.
      No reconozco aún, pese a los años que frecuento librerías, qué misteriosa atracción me conduce a la elección de un libro. En Laie, donde encontré Distraídos venceremos, se puede decir que en las mesas habrá, en exposición, unos mil libros. Más o menos. Otros miles más en los estantes. Salí solo con uno en la mano. No tenía ninguna noticia de la autora, era el segundo libro de una colección en una microeditorial ubicada en otra ciudad, desconocía la mitad de los autores de los que se hablaba en el libro, entre ellos María Moreno, tampoco era barato. En fin… una casa de apuestas hubiera pagado una millonada al ludópata que hubiese acertado mi elección.
    El ensayo —o conjunto de ensayos, tampoco importa demasiado— de Andrea Valdés es excelente. Elige una pequeña colección de escritores de autobiografías y a cada autor le dedica unas páginas inspiradas en la propia lectura. Lo leí con dos entusiasmos, por la gracia de su imaginación crítica y por lo lejos que se sitúa del modelo academicista que asfixia cualquier aproximación literaria a la literatura. Solo hablaré ahora del capítulo que dedica a María Moreno. Es el único cuyo sentido no entendí. Andrea Valdés relata sus vicisitudes pasadas durante una estancia de seis meses en Buenos Aires al intentar establecer una cita imposible con María Moreno, que supo torearla con destreza de antropófoba de periodistas. A su libro, Black out (publicado en 2016 en España por Random House) apenas le dedica línea y media. Y como quien no quiere la cosa. ¿Tanto empeño en hablar con una escritora de la que ni siquiera se aventura un mínimo elogio?
      Pero unos días más tarde me topo con Banco a la sombra y nada más empezar a leerlo descubro la gracia infinita del ensayo de Andrea Valdés. Cualquier lector, en el desempeño de su función, le pide siempre al autor una entrevista personal. Los escritores, que aguardan el gesto cómplice del lector, acuden al instante a la solicitud. Le cuentan cosas suyas en la contracubierta y aunque empiecen distantes, encuentran el modo de explicarle a quien lee aspectos que faciliten su tarea. Con la excepción de Salinger en el primer sentido y, posiblemente en el segundo, también de María Moreno. De las 150 páginas, la mitad me las he pasado diciéndome a mí mismo «no sé por qué sigues leyendo esto», y la otra mitad susurrándome, como para que la escritora no me oyera, «esto se acaba, vas a tener que ir a buscarme el de las cuatrocientas páginas». El ensayo de Valdés es una preciosa alegoría de la escritora que jamás se brinda a la disposición del lector.
      Banco a la sombra es un compendio de plazas en la vida de María Moreno. Plazas, digamos, obvias —San Marcos, Navona, Djemá el F’ná…— contadas desde la perspectiva más opuesta a su obviedad. De la Plaza de Cataluña, en Barcelona, centro de la opulencia comercial de la ciudad, describe las peculiaridades de sus «suplicantes», los que apostados en algún rincón piden una limosna a los transeúntes. Una pieza excelente. Pero tampoco creo que lo temático sea ni siquiera relevante en María Moreno. Tono y estilo —o mejor, las contradicciones constantes de su estilo (costumbrista a ratos y a renglón seguido elevado como pocos) y la impertinencia de su tono— resultan determinantes. Le recuerdan al lector a cada paso algo que todos en el mundillo cultural —editores, periodistas, programadores, políticos…— se empeñan en que olvide cuando lee: que no es el rey del mambo. Que el escritor no le debe nada, si siquiera los veinte euros que ha pagado por el libro (de los cuales, con suerte solo dos son para él). Que un lector no es más que un intruso en un libro; que la escritora, María Moreno, no tiene por qué seguir ninguna regla de comportamiento literario, ni manual de buenas costumbres escriturales.
     «Escribí lo que se me pasaba por la cabeza» nos espeta a los lectores creídos que acabábamos de leer una crónica de viajes por las plazas de medio mundo. Y añade, displicente, «Cuando hago la crónica de los lugares donde he estado, lo hago con la cabeza vacía. Nada queda del acontecimiento, como si jamás hubiera estado allí». Frente a tantos redactores de páginas sesudos, inflados de ideas, ahítos de experiencia, complacidos de sí mismos, la lucidez de quien solo escribe. En el vacío, con lo casual, por el capricho de hacerlo. Los Distraídos. Los escritores que no tratan temas candentes ni abordan preocupaciones sociales. Dudo que venzamos, como sugiere optimista Andrea Valdés, pero sé que llevamos razón porque los atentos no nos la dan.

5, sábado. Octubre. Desde la ventana



Amanece la ciudad con niebla. Aunque tal vez más exacto fuera decir que la niebla se ha posado sobre la ciudad. Por la ventana miro los edificios decapitados. Sin azoteas, sin áticos, sin bosques de antenas. La niebla es un fenómeno contradictorio. Nunca nos oculta su origen fantástico, el que no esté lo que está, pero contemplarlo no produce alegría, sino un mohín melancólico. Existencial. Sus desapariciones no son mágicas, sino premonitorias.
    Me gustaba la niebla en Lisboa. Subía desde el río y anegaba todo el barrio portuario. En las calles solo se descubrían los transeúntes que caminaban en sentido contrario en el instante anterior del roce al esquivarlos. Como apariciones de película. La niebla ha sido siempre muy cinematográfica. Del cine en blanco y negro. En Lisboa me compré una gabardina años cincuenta que posiblemente llevaba en el establecimiento a mi espera desde entonces. No me la he vuelto a poner porque no estoy seguro de que me cayera bien. Pero los días de niebla, enfundado en su coraza, recorría los laberintos del Cais do Sodré viviéndome otro. La niebla ha sido siempre, también, muy pessoana.
     En Santa Perpetua, donde acudía cada mañana temprano a trabajar, hubo unos años de intensas nieblas. A finales de los ochenta. El coche entraba en el interior de una nube y el conductor se convertía en un piloto. De la nada. Los árboles gigantes al costado de la carretera, las altas grúas de los bloques en construcción, los campos cultivados que de repente tropiezan con un edificio y se convierten en ciudad habían sido borrados. Solo se reconstruían en la memoria de quien los recordara de su paso cotidiano por ahí. Pero estar, no estaban.
      Luego estas nieblas persistentes dejaron de actuar, como si el clima también tuviera cambio generacional o revoluciones tecnológicas. Se quedaron junto al tocadiscos, el molinillo de café y la máquina de escribir. Por eso me ha gustado esta mañana de sábado permanecer un rato frente a la ventana viendo, hoy más cerca, cómo la niebla regresaba con su sed inmensa de desapariciones íntegra.

28, sábado. Septiembre. De paseo con las traiciones



Mientras camino por la calle Córcega paso junto a una mujer que le habla al móvil que tiene delante de la boca como si estuviera a punto de morder una pastilla de chocolate. Un instante olvidadizo de no ser por la frase que oigo al rebasarla. «Estoy harta de traiciones». Como no tengo nada mejor que hacer me quedo con la frase revoloteando en los pensamientos.
     La traición es el primer tema literario que elegí. Quiero decir, los poemas iban haciendo camino al andar, pero el día en el que quise escribir una novela tenía que decidir algo más concreto. Y, en aquel momento, creí ver en la traición el argumento oculto de las relaciones contemporáneas. En la amistad, en el amor, en la familia. De hecho, escribí tres novelas, una para cada ámbito. Tan fuerte fue la impresión. Hoy ya no milito en ninguna idea sobre el presente, pero en aquel tiempo pensé que la traición explicaba mejor que ningún otro comportamiento la mecánica interna de los seres humanos.
     Al principio, cuando oigo la frase casual, atribuyo a que alguien se acuerde de mi viejo tema literario el que me anime a seguir pensando. La traición, digamos, es ya un asunto anticuado. Propio de películas en blanco y negro o libros de páginas amarillentas. Lema para una camiseta vintage. A cada momento se descubren infidelidades amorosas, empresariales, incluso deportivas, pero nadie las denomina traición. Eso queda para los lectores de novelas históricas o románticas, y para los escritores desorientados, como he sido siempre yo. No podía haberme fijado en un tema más pasado de moda. En fin, aunque los dioses me concedieran repetir la vida tampoco aprendería a ser actual.
     Aun así, continúo pensando en la frase. Hay algo que me desconcierta en ella. La analizo. Encuentro, en su brevedad, tres elementos enfáticos. El primero es el plural. Para que una traición lo sea, exige el singular. No cabe en la cabeza una sucesión de traiciones. Será otra cosa, pero no una traición. El segundo es la expresión. El hartazgo no es coherente con la traición. Uno se harta de lo que se repite, pero tras una traición solo puede quedar herido, muerto o moribundo, es decir, estados que se producen por algo que ocurre una única vez y de golpe. Y el tercer énfasis es léxico. «Traiciones» me parece una exageración. Se puede estar harto de estupideces, de maldades, de mentiras, de infidelidades, de jugarretas, etcétera, sin que ninguna alcance el grado de traición. El mero hecho de que la vida contemporánea sea pródiga en indelicadezas impide a su vez que se produzca la canallada definitiva. La frase causal, triplemente enfática, no es más que una hipérbole.
     Se venera con frecuencia, en los ámbitos literarios, la lengua coloquial. Eso está bien, pero hay que actuar con precauciones. Lo coloquial acumula y mima cuanto en la escritura resulta defectuoso —anacolutos, cacofonías, redundancias y especialmente énfasis—. El énfasis es más difícil de combatir porque resulta un polimórfico parásito que está emparentado y protegido por el propósito más extendido en el arte literario del presente. El énfasis es un claro intensificador de emociones, y la emoción, el objetivo explícito de tantos poetas. El problema del énfasis es que actúa como un fuego de artificio, deslumbra en un instante —«Estoy harta de traiciones»—, pero luego deja la arena del texto llena de residuos carbonizados. No hay nada tangible debajo del énfasis. No existe ninguna auténtica traición en la palabra «traiciones».