En los Encantes, me llama la
atención desde un puesto una edición filológica de Juan Boscán. Me acerco al
lote donde señorea un libro tan descontextualizado entre los que acaban sus
vidas en el asfalto —antes era arena— de la campa central del rastro
barcelonés. La sorpresa es aún mayor. En un montón desordenado (y sin alma) de
libros veo las ediciones canónicas de todos los clásicos catalanes y también de muchos castellanos. Títulos de teoría y crítica literaria míticos, algunos cuya
edición original no había visto nunca. Ediciones facsímiles, diccionarios de
especialidad… la biblioteca de un erudito por el suelo. Y cada libro con el
correspondiente exlibris de su dueño: Antoni Comas.
Antoni
Comas (1931-1981) fue el primer catedrático de Lengua y Literatura catalana de
la Democracia, en la universidad donde fui alumno. Falleció aún joven, con
cincuenta años. Sus libros, bien cuidados, ninguno intonso y con cortes
impecables en las hojas, ni siquiera se les ve con polvo antiguo y creo que se
puede afirmar que han permanecido estos cuarenta y cinco años en los estantes
donde los conservaba, y los consultaba, su propietario. Que estuvo casado con
una conocida bibliotecaria (que desempeñó cargos importantes, como Jefa del
Servicio de Bibliotecas y del Patrimonio Bibliográfico de la Generalitat de
Cataluña, y más tarde como directora de la Biblioteca de Cataluña, cargos en
los que su gestión fue determinante para el futuro de ambas instituciones). En
Mataró hay una biblioteca magnífica que honra el nombre de Antoni Comas.
En
los Encantes los libros que fueron de Antoni Comas, en unas pocas horas de
exposición al público, aparecen doblados, con marcas de pisadas (es hábito de
los vendedores mostrarlos extendidos en el suelo sin dejar pasillos, de modo
que solo se puede rebuscar pisando otros libros) y, sobre todo, ¿cómo diría?,
asustados. Muy asustados, con la palidez que mostraría un niño sin sus padres en una avenida céntrica de Nueva York. Hay libros acostumbrados a
que la gente los lleve por la calle, o en la mochila, pero las ediciones
filológicas suelen encuadernarse en cartulina clara, frágil y delicada, apta
solo para manos atentas y lectores cuidadosos. Ni una sola anotación a lápiz
descubro en ninguna página. Me los llevaría a casa todos, pero como eso no me
es posible, decido seleccionar solo uno. Y, sin desear hacerle un feo a la filología, lo
elijo de un género en el que su antiguo dueño y yo coincidíamos en ser
turistas.

