24 de noviembre, miércoles. Paisajes Gu & Gu

Acudo a la Virreina a ver una exposición del fotógrafo italiano Guido Guidi (1941) alertado por mi amigo el fotógrafo Fernando Fuentes, devoto suyo, y descubro con admiración, al contemplar por primera vez en mi vida sus placas, que todo lo que he deseado saber de fotografía lo he aprendido en ellas.

Se titula la retrospectiva Da zero, no sé si es porque empieza desde sus primeras fotografías, cuando apenas tenía quince años. En todo caso, la titularía «Desde cero a cero», porque desde la pieza más antigua hasta la más reciente comparece sorprendentemente el mismo artista, íntegro, sin metamorfosis. Desde la adolescencia hasta la vejez, el mismo maestro de fotografía que dispara para no mostrar nada de lo que interesa a los fotógrafos. Es decir, no hace retratos (aunque a veces aparezca personas que miren a cámara), ni crónica (aunque las imágenes sean de un presente), ni paisajismo (aunque encuadre naturaleza), ni documenta, ni testimonia, ni protesta (aunque haya múltiples fotos de infraviviendas y barrios deprimidos). No hace absolutamente nada de lo que pretenden representar el resto de mortales con una cámara en las manos. Se le considera un vanguardista, sin embargo, solo veo composiciones figurativas, se diría que hasta convencionales si uno las mirase por encima, sin prestarles atención. Leo en algún sitio que «busca en el desamparo de la imagen un sentimiento resistente». Es una manera de decirlo.

A mí me da la impresión de que, desde la primera fotografía de la muestra, disparada a los quince años, trata de retratar el tiempo. A veces lo hace de manera explícita, como en las series. Hay una, captada en España, de una calle a la altura de un muro sobre el que un arbolillo dibuja su raquítica silueta, pasa una persona, pasa otra, se cruzan, la sombra de la cabeza del fotógrafo asoma en la parte inferior. No importan las personas, ni el muro, ni el fotógrafo, ni la situación, solo la sucesión anónima de instantes intrascendentes, que es el corazón del tiempo. En otra serie encuadra una ventana que deja pasar la luz y va fotografiando la misma imagen, diferente solo por el juego de luz y sombras en el transcurso del tiempo. Las piezas de lugares abandonados no ilustran el abandono, ni siquiera lo denuncian, solo reflejan el tiempo implicado en la imagen. Los comentarios a la exposición cuentan que se ganaba la vida haciendo reportajes urbanísticos para algún departamento universitario. Ni siquiera en estos encargos, donde aparecen bloques de viviendas, vecinos, automóviles aparcados, hay una mirada pragmática, ni siquiera una idea del presente sociológico. Son como las fotografías que haría una persona ciega que dirigiera el objetivo allí donde oye un sonido; por concretarlo, pero sin querer saber lo que concreta.

La visita me impacta tanto que he de parar un instante y mirar al blanco de la pared, mareado. ¿Qué secreto hay en estas fotografías de casi nada? Lo que escondan, que no se parece en absoluto a lo que pretenden los fotógrafos, es justo lo que busco desde mi adolescencia, y no solo en las fotos, sino en todo lo que hago, en todo cuanto escribo. Ni siquiera es el tiempo, sino el vacío que lo rodea. Tal vez sea, no sé, el «sentimiento» que se resiste a desaparecer cuando ya no está.

De su biografía, un dato me hace sonreír. Acude a diario a la Universidad de Venecia, y de esa época en la ciudad más fotogénica del planeta lega las vistas de un Véneto con fábricas abandonadas, almacenes revestidos de hojalata, hangares de ladrillo abandonados, caserones desvencijados, bloques suburbanos de pisos y aparcamientos enclavados, como todas las construcciones, en una extensión de arena dura, seca, árida. Desalmada. Que estremece contemplar. En Venecia.

Hay una instantánea que me llama la atención. A diferencia de los pintores, en cuyos autorretratos el rostro y la figura son los protagonistas únicos del lienzo, los fotógrafos suelen ocultarse en los suyos, cediendo el relieve de la placa al objetivo de su cámara. De quien la sostiene en las manos solo suele quedar, en la sombra, un escorzo. Tal vez porque ande sensible con este asunto, en la estela de mis Cien autorretratos poéticos, me estremece contemplar otro desconocido precedente de este libro: «Autorretrato, 1974», expuesto en una gelatina de la época. La fotografía es una instantánea de un contacto (de una fotografía disparada frente a un espejo) en el que se ha vertido una mancha de pintura blanca sobre el rostro de quien sostiene a la altura del ojo la réflex, lo único visible. Un autorretrato que invitaría a la reflexión sino estuviera incluido en una colección «de más de doscientas cincuenta fotografías» —como indica el folleto informativo alardeando también de imprecisión— que vierten una mancha de diversos colores sobre la realidad que, presumiblemente, reflejan. En todas las imágenes que veo una mancha invisible tapa la mirada reconocible a través de los géneros fotográficos para dejar, desnudo, solitario, desamparado el temblor de una mirada, la de Guido Guidi, cuyo significado cabal se resiste a aparecer. Quizá no lo necesite, porque ya está inoculada en el interior de quien observa sus fotos. Tal como el profesor Enrique Lista ha sabido ver en Alfred Stieglitz (1864-1946), el primer fotógrafo que reclamó el carácter plenamente artístico para su labor: «si las fotografías de nubes de Stieglitz son equivalentes de la mirada del artista... lo son en la medida en que compartamos la fe en esa equivalencia». La fe en los poemas visuales de Guidi.

Fotografías de fotografías de Guido Guidi

19 de noviembre, viernes. Plaza Urquinaona

En el recuento de plazas biográficas ni se me había pasado por la cabeza hablar de Urquinaona, pero el otro día, mientras la cruzaba, una amiga dijo que le parecía «la plaza más fea del mundo». La afirmación me inquietó. Yo había escrito, en mi juventud, que la plaza más fea del mundo, así con las mismas palabras, era la praça Martim Moniz, en Lisboa. La antigua, antes de su actual remodelación, tampoco demasiado afortunada. Más que fea, cualidad que requiere una observación atenta, la plaza Urquinaona resulta insulsa, o peor, inútil. Casi fantasmal. Su planta es un rectángulo dividido en dos triángulos invertidos, ambos se rinden solo al tráfico, que los asedia por los seis costados y en especial por los dos ápices, donde resulta complicado hasta atravesar a pie. El interior de esta plaza, dividido en dos por una cicatriz en diagonal, carece del mínimo atractivo. Hay parterres antiguos, árboles frondosos, estatuas sin carisma y en los bancos da la impresión que recalen solo personas que han perdido el autobús del presente.

En un proyecto del máster Arquitectura del paisaje para esta plaza encuentro una descripción perfecta: «este espacio urbano podría definirse como una plaza al revés, donde las personas no van para quedarse, sino para irse de ella». Maria Vittoria Delli Carri, autora del artículo que leo, parece interpretar al pie de la letra mi relación con la plaza, incluso en la época cuando accedía al centro de la ciudad, o lo abandonaba, por la boca de metro que hay en una de las dos islas triangulares. Si alguna vez quedaba en ese punto con alguien, recuerdo la incomodidad de la espera, que no era por la ausencia de bancos, la mayoría vacíos, sino a causa de un malestar filosófico: como quien sigue a buen ritmo el curso de la vida y una duda existencial de repente le detiene en un arcén. Sentarse en uno de sus bancos es un apartarse propio solo de anacoretas urbanos. Busco fotografías antiguas en la red y me impresiona que el bulto de las personas que veo en cualquiera de los dos centros de la plaza parece el de gente perdida en un desierto.

En la plaza desemboca una de las calles que más me han decepcionado de la ciudad, la calle Junqueras. Desde la infancia, la machacona publicidad en la radio de «La casa de las mantas» —comercio que cerró sus puertas en 2012— me había creado grandes expectativas. Pero el día que la recorrí por primera vez —aceras estrechas, calzadas en cuesta abarrotadas de autobuses y furgonetas, ruido insoportable y fachadas oscurecidas por el humo del tránsito— pensé que alguien me había engañado. Menos mal que en el extremo de la calle, al desembocar a la plaza, hay uno de los edificios que más me gustan de la ciudad, el Rascacielos Urquinaona, una construcción racionalista de quince plantas que empezó a elevarse en 1936, aunque tardaría casi una década en concluirse. Tiene algo de proa de trasatlántico que atrae la mirada de quien no le importa por dónde camina. Una plaza desalmada en la que nadie recordará el verso de Sophia de Mello: «Eu agarrava-me à praça porque tu me amavas» —Me aferraba a la plaza porque tú me querías—.

15 de noviembre, lunes. Ir a clase de literatura

Leo en la red un artículo titulado «Las clases de literatura no sirven para nada», escrito por Alberto Torres Blandina y publicado en un periódico digital valenciano el 14 de octubre pasado. El título, en un arranque propio de la escolástica —«Dios no existe, eso es lo que dicen los ateos»—, alude a la opinión del alumnado en el instituto del autor. La respuesta de su profesor es que «la literatura es una forma de mirar el mundo». Es una buena frase: no admite discusión. De todas formas, a la pregunta inicial de su alumnado —«¿Pues para qué sirve estudiar literatura?»— quizá se le pueda sacar más punta.

         Cursé el bachillerato antiguo, quinto y sexto, y de la asignatura de literatura veo que tengo el mismo recuerdo que los estudiantes de ahora: «Las clases de literatura no sirven para nada, solo para acumular nombres y fechas que olvidaremos en una semana». Con la diferencia de que aquellas sí eran solo listas de nombre y fechas que memorizar. No recuerdo que nos leyeran ni siquiera un mal poema. Luego llegó COU, cambió el programa, y en mí se abrió una perspectiva distinta: empezamos a leer literatura en clase. De todas formas, con el tiempo, creo que aquellas primitivas clases con listas de autores no resultaron en absoluto triviales. Suponen la primera respuesta a la pregunta que se formula: ¿Para qué sirve estudiar literatura? Pues, para obtener un mapa de referencias sobre un asunto que la sociedad estima como un conocimiento valioso. Es posible que la sociedad, influida por una agresiva publicidad que prefiere convertir la literatura exclusivamente en un negocio, cada día esté menos interesada en el conocimiento literario, pero ese es asunto distinto. De momento, si se parte de la idea de que la literatura (como la historia, la filosofía, el arte, la ciencia) son herencias valiosas del pasado común, lo primero es ofrecer las referencias consensuadas.

         Las referencias tienen mala prensa, pero su uso es intensivo. Trataré de mejorar su fama. Desde mis quince años, gracias a las listas que tuve que memorizar, ya tenía en mi cabeza un cajón que se llamaba Jorge Manrique y otro Garcilaso de la Vega. Estaban vacíos, claro, pero bastaba que alguien los nombrara para que la ficha no se perdiese en mi cabeza. Existía un lugar donde ser guardada. Sin referencias no existe conocimiento. A veces, en los programas deportivos, por ejemplo, locutores y colaboradores se retan a cantar de memoria la alineación de los grandes clubes en el pasado, o discuten sobre qué lateral izquierdo es mejor en las ligas europeas. Y sueltan un chorro de referencias que los oyentes, aunque no las pesquen, calificarán sin dudarlo como conocimiento futbolístico. Otro ejemplo, si de repente nos presentan a una persona como vinculada a la misma parcela de saber que cultivamos nosotros, lo primero que haremos es un cruce de referencias (¿Qué te parece tal?, ¿conoces a cuál?), un interrogatorio disimulado para averiguar si el interés del interlocutor por nuestro tema es real o ficticio y si coincide con nuestra manera de abordarlo o pertenece a otra escuela. Esas referencias, en literatura, se aprenden en sus clases, y a partir de ellas, se amplían luego a voluntad. «Qué gran poeta es Quevedo, dice uno. ¿Y le gusta a usted también Juan de Tassis? pregunta el otro. ¿Quién dice?, responde el entusiasta convencional del Siglo de Oro». Esta es la primera función de una clase de literatura.

         La segunda, sin ser etérea como la que propone Torres Blandina, es algo menos concreta. Se enseña a leer en la primaria: a juntar letras y a saber pronunciarlas. A partir de aquí se da por hecho que uno sabe leer. La experiencia, más frecuente de lo que se cree, de no haber comprendido nada de un texto que se ha leído es el secreto mejor guardado del ser humano. Nadie admite no saber leer. La de contratos leoninos que se firman después de haberlos leído y no haber entendido ni la mitad de lo que exigen. Pero ¿quién levanta la vista y pide: explíquemelo, que no lo comprendo? Se aprieta el bolígrafo y se firma.

         Un texto literario, sobre todo si es de siglos pasados, por regla general no se entiende cuando se lee por primera vez. Como mucho se sabe de qué va, pero no qué expresa. Ni el alumnado, ni el profesorado. Este, porque le corresponde, lo vuelve a leer, lo estudia, lo reflexiona y como tiene que enseñarlo, lo descifra. Y consigue que en la clase el significado vaya cobrando corporeidad como esos cuerpos que los trucos cinematográficos hacen aparecer en pantalla desde la nada. Leer es un arduo aprendizaje. La literatura es, con la filosofía, uno de los lenguajes más opacos, también de los más feraces. Trabajar su lectura aumenta la capacidad de comprensión de textos de otra índole, aquella que cada cual prefiera. Como no existe una materia denominada «Aprender a leer», ni existe otra igualmente esencial que es «Aprender a pensar», las clases de literatura son una vía imprescindible para aumentar la ductilidad lectora, es decir, la capacidad para adaptar la comprensión ante cualquier texto que se lea, y no solo en el nivel literal, sino también en el simbólico e interpretativo. Es decir, en las implicaciones que no dice lo leído.

         La tercera razón para cursar clases de literatura, vinculada con la anterior, es la escritura. Tampoco existe la asignatura de «Aprender a escribir». La escritura tiene su propio secreto: nadie confiesa lo difícil que le resulta a cualquiera escribir una mera carta personal con sentido. La escritura crece apoyándose en modelos. Cuanto mejores sean los modelos de escritura a los que se acceda, antes se aprenderá a desenvolver un pensamiento, de la índole que sea, por escrito. Creo que los ejemplos son obvios, pero a diferencia de la lectura, cuya competencia no parece que pueda acompañar el éxito social de nadie, la escritura tengo la sensación de que cada día es más importante para conseguir algo en la sociedad del presente, desde un buen puesto de trabajo hasta el alquiler de un buen piso pretendido por varios posibles inquilinos. Cada vez más, en un mundo de datos objetivos, la diferencia se busca en lo personal, y nada parece más personal que una carta de motivación. La piden hasta para obtener una beca.

         Estas son las tres razones fundamentales para asistir con interés a clases de literatura, pero existe una cuarta, más pragmática, pero no menos importante. Para sacar buena nota. Para compensar con una nota alta, tal vez, alguna que otra materia mucho más exigente. Y para ese fin hay que tener en cuenta que en las clases de literatura no se estudia literatura, sino el discurso que la explica. Si fuera ponente de los tribunales EBAU propondría como enunciado del examen: «Escriba usted un soneto de estilo lopesco», que sería una buena pregunta literaria. En su lugar los exámenes suelen preguntar: «Innovaciones del teatro de Lope de Vega». Leyendo en casa por las noches los poemas de Lope se podría responder a la primera cuestión sin problemas, pero la respuesta a la segunda solo se obtiene en las clases de literatura. Que imparten una disciplina que tampoco es baladí, la exégesis: cómo se puede sintetizar el conocimiento obtenido tras una lectura. Una técnica que no está lejos, por cierto, de la usada por la criminología en las series que tanto alumnado como profesorado disfrutan viendo una vez concluido el horario escolar. 

       A esta lista le faltan, claro, las múltiples razones inherentes a la literatura, pues las que anoto se refieren solo a las «clases». Pero es cierto que quizá me ha faltado contemplar una quinta, la que fue esencial para mí: una clase de literatura a veces descubre la oblicua puerta que da acceso a la literatura. En mi caso aún más sesgada, a la poesía.

11 de noviembre, jueves. Plaza Rovira

A Antoni Rovira i Trias (1816-1889) sus conciudadanos del barrio de Gracia lo han sentado en un banco de la plaza que lleva su nombre. Allí se entretiene, en su longevo hieratismo, contemplando a quienes ocupan la terraza de la cafetería que hay enfrente, no menos hieráticos, aunque solo sea temporalmente. De vez en cuando es a mí a quien contempla, porque es un lugar que frecuento, y trato de sentarme justo delante de su pose de paciente entrenador de futbolistas —las manos sobre los muslos— de bronce. Me relaja. De joven era un entusiasta del visionario Ildefons Cerdà, que ideó una ciudad utópica. Pero conforme pasan las décadas, a las anchuras ruidosas del Ensanche de Cerdà prefiero las calles estrechas y convencionales del arquitecto costumbrista, por quien cada día siento más simpatía.

         Rovira i Trias fue artífice de las plazas de Gracia que han llenado mi vida en diferentes épocas. Cerdà no era amigo de este elemento urbanístico de confluencia social y dejó Barcelona huérfana de plazas. Para su plan visionario la convivencia vecinal merecía una idea superior y le dedicó el interior de cada una de las manzanas que dibujaba sobre el plano. Luego llegaron los gestores del Ayuntamiento y convirtieron el esparcimiento en almacenes, talleres e incluso fábricas. El tiempo, que ha continuado desvirtuando el anhelo utópico, ha resultado favorable a las calles de mezquinas dimensiones, ahora en su mayoría peatonales, sin tráfico ni excesos comerciales, donde la voz humana recobra su protagonismo y la ciudad no olvida que en un tiempo fue un pueblo en el llano —o con mayor exactitud, sus campos de cultivo en los alrededores.

         El plano de Rovira i Trias que ganó en 1859 el concurso municipal para la remodelación urbanística de la futura ciudad, una vez derribadas las murallas que la constreñían, y que sería suplantado desde Madrid por el de Cerdà, presenta una expansión en diagonales, con pequeñas islas de casas y calles estrechas. Hay también una nutrida colección de plazas cuadrangulares, como esta que lleva su nombre, que me hubieran forzado a un mayor trabajo biográfico si tuviese que haber vivido anécdotas en cada una de ellas. De esta tengo una estupenda. Un día vi detenido en la calle que la cruza por la mitad, dolencia urbanística que la plaza Rovira lleva con dignidad, un tranvía. Un auténtico tranvía de principios de siglo XX, muchos años después de que circulara por la ciudad el último tranvía. Me quedé toda la tarde apostado en una esquina de la plaza, boquiabierto, contemplándolo. El tranvía que me encandiló aquella tarde se puede ver, fingiendo ser real, en los planos de la película El embrujo de Shanghai (2002) que se rodó, entre otras localizaciones, en una plaza Rovira cubierta de la arena que ya tampoco existe. Al cine le gusta suplantar el presente con su ficción de memoria y a mí sentarme en las terrazas que pueblan su extensión enlosada, a la sombra de los plátanos protectores, porque posiblemente sea uno de los lugares donde podría escribir en mi diario, de darse un acontecimiento histórico en la ciudad, algo parecido a lo que anotó George Bataille en el suyo: «Igualmente, el día 6 de junio, día del desembarco, vi en la plaza a unos feriantes que instalaban un tiovivo».

2 de noviembre, martes. Elegía que se niega a serlo

Vuelvo a soñar con Marcos. Lo hago con cierta frecuencia. Caminamos por el campo. Arrastra, sin arrancarla, su moto de cross con el casco colgando del brazo. Suelen desaparecer los dos con un rugido que emborrona la vista. Después regresa envuelto en polvo y barro, sudoroso, jadeante, feliz. Pero en el sueño de esta noche se limita a empujar la moto con las manos sobre el manillar. A nuestro alrededor los dos niños que no quiso tener corretean aliados con el mío, un poco mayor, pero igualmente revoltoso. Nos detenemos en un prado y Marcos deja caer la moto sobre la hierba para tumbarse al sol con los demás.

         A los quince años mis padres tuvieron la ocurrencia de cambiarse de barrio, en la otra punta de la ciudad, y de un día para otro perdí todos mis amigos del colegio y de la calle. Marcos fue el primer amigo a quien conocí en el nuevo domicilio. Vivíamos en la misma zona y coincidimos en el camino de regreso a casa desde el colegio. En la ida los dos tomábamos el autobús, pero para volver lo hacíamos a pie. Era cuesta abajo. No iba a mi clase y creo que tenía un año más. Pero el camino compartido intensifica las relaciones. Además, sus amigos en mi nuevo barrio ya tenían los dieciocho años. Poco a poco los fui conociendo. Diego en el garaje de su casa había instalado una radio clandestina y poco tiempo después ya me había regalado un programa los sábados por la mañana. Los fines de semana Marcos desaparecía porque vivía otra vida en un pueblo de la costa, donde sus padres poseían una segunda residencia, pero yo ya disfrutaba de otros entretenimientos.

         Un día de julio de 2013 Marcos no quiso continuar y lo dio todo por concluido. Había vuelto con sus padres, a los cincuenta años, y se había instalado en su habitación de adolescente, en la casa de la playa. Una tarde de verano me llamó descorazonada su madre para contármelo. Le habían encontrado. Es todo lo que supo decirme.

         En el sueño le pregunto a Marcos por qué arrastra la moto si luego se viene con nosotros de paseo a pie. Me responde, como solía, indagando hacia la médula de los comportamientos. «En la moto —le oigo decirme— mantengo viva mi conciencia, cuanto ocurre depende en exclusiva de mí y solo a mí me satisface. Los niños, la familia, los amigos, sus familias… diluyen el tiempo que me pertenece y tengo la sensación de que me pierdo a mí mismo. Ahora ya casi me apetece abandonar mi yo entre los demás, pero has de comprender que no puedo renunciar, así como así, dejando la moto en el garaje o pensaría que he claudicado ante la idea de mi disolución. Pero la verdad es que ya me lo paso mejor con vosotros sin hacer nada en especial que yo solo haciendo de cabra montesa por ahí, pero todavía no he ganado esa batalla contra mí mismo. Hay que ir poco a poco». No sé por qué fuiste tan rápido, Marcos, cómo echo de menos aquella extraña lucidez, aquel acérrimo y generoso individualismo. 

22 de octubre, viernes. El enigma de la escalera

El poeta gaditano José Manuel Benítez Ariza, que está pasando unos días en Barcelona, me confiesa que no ha estado en el parque Güell. A eso hay que ponerle remedio, le digo. Quedamos en la parada del H8, que ya conoce, y desde el barrio de Gracia ascendemos por intrincadas calles que nos hacen sudar hasta el parque del Carmelo, desde el que accedemos al recinto ideado por Gaudí por una entrada para vecinos. Le doy una buena noticia: desde este punto ya no hay más subidas. Sonríe.

         El parque Güell era un lugar al que solía ir de adolescente. Mi primo vivía cerca y en casa me dejaban subirme solo a un autobús si lo hacía para ir a verle. Era dos años mayor y para mí las conversaciones de sus amigos suponían un universo por descubrir. De vez en cuando, en invierno, nos adentrábamos en el parque al atardecer. Lo recuerdo como un lugar lóbrego. Lleno de sombras, sucio, laberíntico en el peor sentido. Casi sórdido. Los edificios de Gaudí, oscurecidos por el abandono, parecían el perfecto decorado para el más siniestro de los cuentos góticos. Aunque avanzara rodeado de mayores, los amigos de mi primo, lo hacía con un pánico que acrecentaba su desmedida pasión por recrear los acontecimientos atroces que ocurrían allí, según repetían, por las noches.               

Durante años el parque Güell fue para mí lo opuesto de cuanto estoy viendo, un ingenuo —mejor, infantilizado— parque temático gaudiniano abarrotado de turistas. El banco corrido de la plaza central, tan admirado y reluciente, sobrevivía entre los huecos de los fragmentos de trencadís arrancados. Las farolas, rotas a pedradas. El sotobosque entre los pinos, invadido por la maleza. Entrar era un atrevimiento. Ahora es como un subirse al carrusel.

Cuando, ya de regreso, decidimos subir la escalinata de la rambla Mercedes para salir del barrio por el Coll del Portell y huir de las tiendas de recuerdos —que los nuestros nunca los hemos comprado— íbamos hablando de cómo se construye el canon literario.  No era una conversación nuestra, sino evocada de la de un amigo común interesado de manera especial por estos asuntos. En el primer tramo de la tremenda escalera que asciende perpendicular al suelo citamos creadores que nunca tuvieron el aprecio de sus contemporáneos con los que nos sentimos muy a gusto: Van Gogh, Pessoa, Kafka. Nos olvidamos de Gaudí. En el segundo tramo busco cómo emparentarme con ellos, pero lo hago de una manera penosa porque ya las palabras se convierten en resuello y en el tercero preferimos ascender en silencio. Luego, arriba, ante la singular construcción medievalista que preside las vistas, un delirio de castillo construido en la roca que parece en pleno proceso de desmoronamiento, nos olvidamos de la conversación canónica.

Al escribir estas notas siento cierta incomodidad por la frase que abandoné a medio decir, porque parecía que yo me creyera un Pessoa incomprendido. Nada más lejos. Y como no me gusta dejar una frase a medio construir, la acabo aquí. La incomprensión de los coetáneos en relación a obras que décadas más tarde se consideran geniales es un hecho que a un escritor le puede servir también para comprenderse a sí mismo. Hay escritores de éxito y otros que no consiguen salir del anonimato, pero esta no es una situación perenne. El hecho de que la posteridad haya revisado siempre las épocas para quedarse con lo que más le interesa no es una coartada para creerse superior a otros escritores, en absoluto, pero sí es un buen argumento para ser feliz. Un escritor necesita lectores. La hipótesis de que los tenga en el futuro, algo que ni él ni sus coetáneos pueden desmentir, le permite seguir escribiendo con idéntica pasión que si fuera un autor superventas, pero sin ninguna de las presiones (contratos, promociones, críticas, ventas) que han de soportar los escritores de éxito y que en ocasiones afectan sustancialmente a su vitalidad creativa. Convencerse (aunque sepa que eso no ocurrirá nunca) de que sus lectores no han nacido todavía le da al escritor alas para contrastarse consigo mismo, no con el antojadizo gusto de sus vecinos. 

19 de octubre, martes. Plaza Boscán

        El mapa más antiguo que se conserva de Barcelona lo dibujó alguien tres décadas después de la muerte de Juan Boscán (1492-1542). Se trata de una lámina blanca en la que parece que un niño con buen trazo hubiera dibujado el perfil de las iglesias y su hermano menor hubiese rellenado los vacíos con rayas. Así se ven las calles, como tachaduras. En una de ellas, a saber cuál es en el plano, tenía Boscán su casa, que ya había pertenecido a su abuelo. Por la calle Lledó no solo caminarían él y su magnífica esposa, Ana Girón de Rebolledo, que con el tiempo mandará imprimir el libro de poemas más importante del siglo XVI, sino también Garcilaso de la Vega durante sus estancias en la ciudad, en 1533 y 1534. Cuando la derribaron para construir pisos, en el XIX, a alguien se le ocurrió la feliz idea de rescatar unos rosetones de terracota que lucía la casa de Boscán y colocarlos como decoración en los pilares del nuevo edificio. Los admiraba con frecuencia en el interior de un espacio para personas mayores que patrocinaba una Caja de Ahorros, que ahora le ha cedido el local a un oscuro negocio de baños y termas, cuyos vapores de agua acabarán en poco tiempo con los rosetones, cuya terracota parece recitar, bajo las estridentes luces de reclamo, los versos de quien fue su dueño: «Paso mi vida lo mejor que puedo; / en esto podéis ver cómo la paso: / de un triste pensamiento en otro paso, / mortal priesa me doy para estar quedo».

        Fue Juan Boscán caballero de talante melancólico y reflexivo. «Hombre tan triste, tan cuitado y tal, / no ha de ser reprendido, / ni tener puede méritos ni culpas», dice de sí mismo en una «Canción». Quizá alguna mañana saliera de la muralla barcelonesa «a pasearse por la playa armado de todas sus armas», como don Quijote, y tal vez recorriera la insalubre marisma —una manga de tierra que se adentra en el mar formando un cabo que los cartógrafos del XVII dibujan yermo— donde ahora una plaza recuerda solo su oficio y apellido, extramuros de la que fue su ciudad.  Se dice que apreciaba tanto la urbe como el campo. La Barceloneta, campo hoy urbanizado, hasta lo acoge con ciertos honores de centralidad. Una remodelación reciente unió la suya a la plaza de la Fuente y el mercado formando un espacio abierto y céntrico. No siempre ha sido así. La plaza estaba en las traseras de San Miguel del Puerto, y otrora fue su cementerio, luego el patio de un colegio y más tarde una pista polideportiva donde jugaban al fútbol los niños de la Barceloneta por la tarde y los jóvenes sin demasiado futuro por la noche. Pero en ningún momento los vecinos se refirieron al poeta al nombrar su lugar de memoria. Para todos, aquel emplazamiento era, y sigue siendo, «La Repla».

         Que la ciudad lo reconozca y al mismo tiempo prefiera olvidarle forma parte de la experiencia de cualquier barcelonés, pero ninguno lo ha expresado de modo tan claro y lúcido. En la «Ocatava rima», un extenso poema en octavas reales, confiesa que hay grandes metrópolis «pero entre estas ciudades la ciudad / que más es de mi gusto es Barcelona», dando argumentos que se sostienen en el tiempo, como su carácter mundano y cosmopolita («Y dile más, mujeres tan hermosas / que vuelan por el mundo con sus famas, / dulces, blandas, discretas y graciosas». Basta continuar la lectura unas estrofas adelante para ver completa la confesión: «Esta ciudad de mí tanto querida / después que con mis largos beneficios / entre todas se haya ennoblecida / acuerda de hacerme deservicios / y así perversa y mal agradecida / inventa contra mí mil maleficios…». Poeta Boscán —¿cuál era tu nombre?— con una plaza en un descampado, junto al cementerio. En la marisma. 

11 de octubre, lunes. Tentaciones que inquietan


Los primeros encuentros, como es común que ocurra en los acontecimientos excepcionales, tienen la virtud de fijar el evanescente contexto que los rodea. Así, recuerdo con precisión cómo me llamó la atención el nombre de un escritor que desconocía por completo. Fue en una librería de grandes cristaleros integrada en la parte moderna del edificio de Roma Termini. Lo alcé del atril donde se mostraba y busqué en la solapa saber algo más de Sándor Márai. Todo lo que leí entonces me atrajo y lo recordaba cuando unos meses más tarde apareció una traducción al español, que leí con sorpresa y creciente encanto. Debió de ocurrir hacia 1999, cuando se publicó aquí El último encuentro. Una reseña adversa, en El País, lo calificaba poco menos que de novela rosa. Las consecuencias de ese conflicto de opiniones fueron inmediatas: dejé de leer su suplemento de libros. Y fue para siempre.

       En el párrafo anterior había escrito «primera traducción» llevado por el entusiasmo de la evocación, pero enseguida lo he borrado. Había oído que no era la primera, pero hoy por fin tengo la certeza. En los Encantes descubro entre un montón de libros sin ningún interés A la luz de los candelabros, de Sándor Márai, publicado por Destino en febrero de 1946. En el prólogo, que firma el traductor de la novela, Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967), descubro también que el protagonista de su primera novela, traducida aún antes, en los años 30, era un profesor de instituto, subgénero narrativo que a mi interés le gusta mimar. Algún día la encontraré en el laberinto de los cajones de libros viejos.

         En la sobrecubierta en papel de A la luz de los candelabros aparece una foto de Márai relativamente joven, con unos cuarenta años. No me ha costado encontrar el original de la fotografía en Internet. Es impresionante. Tal vez sea la persona más triste del mundo. Y cuando se la hizo aún vivía en Budapest, era un escritor con reconocimiento internacional y no había ni siquiera empezado la parte más desamparada de su vida, su exilio americano, cuyos últimos años retrata con una escritura descarnada en sus Diarios 1984-1989, quizá el libro más desolado que he leído.

         Junto a este volumen me llama la atención otro. Firmado por Fernand Gigon, de quien ni Wikipedia ni yo sabemos nada, y a quien Google atribuye una edad de 113 años, tal vez por no conocer la fecha de su más que probable fallecimiento. El libro se titula Formosa, pero lo que me inquieta es el subtítulo, entre paréntesis: (Las tentaciones de la guerra). Hace días que le doy vueltas a esta misma idea tras acumularse algunas circunstancias que sospechosamente empiezan a dejar de ser circunstanciales.

         El subtítulo de Gigon me lo susurró la actualidad la mañana en la que oigo por la radio que una vicerrectora universitaria acababa de colgar un tuit donde se confesaba nostálgica de los contenedores ardiendo y los aeropuertos tomados. Por casualidad dos días más tarde aparece la puerta de vidrio del edificio donde vivo hecha añicos y la verja que rodea la entrada arrancada de cuajo y abandonada en el jardín de la plaza. Al parecer un vecino del primero llamó la atención a unos jóvenes que hacían ruido excesivo por la noche y la respuesta del grupo salta a la vista. Este comportamiento tampoco me pareció insólito, puesto que enseguida lo emparenté con el de un vecino de esta misma finca, que avisado por otros vecinos de que el uso de su aire acondicionado excedía tanto el ruido como los horarios permitidos, su respuesta fue someter a la vecindad a sesiones ininterrumpidas de su insufrible aparato, 24 horas sobre 24. Y no es un joven.

         Parece como si cualquier situación en la que se pida moderación a la radical individualidad de alguien, este lo considere ya como un casus belli, y el belli no como un elemento figurativo, sino absolutamente literal. Literalmente: las tentaciones, como la que le costó el puesto a la vicerrectora, de una auténtica guerra de todos contra todos. El momento en el que lo anecdótico deje de serlo, esta es mi preocupación. 

7 de octubre, jueves. Plaza Sanllehy

De niño, lo recuerdo bien, el término «plaza Sanllehy» significaba para mí el fin del mundo conocido. Creo que no me llevaron nunca a verla, eso acendra aún más el mito, que se mantenía inalterable como límite a partir del cual no existía ciudad. Ignoro de dónde sacaría esta idea, sobre todo porque unos años más tarde mi familia se iba a trasladar a uno de los barrios del otro lado, los inexistentes. Mis tíos no vivían lejos y en la infancia íbamos con frecuencia a visitarlos. El nombre de la plaza se repetía en las conversaciones de mis primos y del contexto extraje aquella idea de Finisterre que aún hoy resuena cuando lo escucho.

         No fue el único problema filosófico que recuerdo haber tenido con esta plaza. Su escritura fue un enigma durante años de colegio. La enseñanza de la lengua que me habían dado resultaba insuficiente para caligrafiar la extraña sonoridad de la palabra Sanllehy (aún ahora he de consultar cómo se escribe correctamente). Tampoco tenía certeza de su pronunciación, unos decían sanyei y otros sanyeí (enigma que todavía hoy no he resuelto). Y desconocía, porque no se explicaba en el colegio, el personaje que había detrás del apellido sin nombre de la placa. Hoy sé que fue, además de alcalde, un visionario: presidió la Sociedad de Atracción de Forasteros de Barcelona. En la historia de la ciudad no ha existido una entidad con más éxito en sus propósitos.

         No iban desencaminadas mis intuiciones de infancia. Es una plaza de frontera, quizá la más fronteriza de la ciudad. En su espacio confluyen los barrios de Gracia, al sur; El Coll del Portell, al oeste; El Carmelo, al norte y El Guniardó, al este. Una auténtica rosa de los vientos. Comparte con esta tipología de plaza el ser una compleja encrucijada del tráfico rodado, pero a diferencia de otras plazas fronterizas, muy frecuentadas, a la plaza Sanllehy la descubro casi siempre vacía. Hoy, tras una década de obras y despropósitos, luce una urbanización moderna, con una estructura de hormigón para salvar el desnivel, disimulada con parterres frondosos y bien cuidados donde solo veo solitarios paseantes de perro o despistados como yo, que me he sentado en un banco con un libro de Dionisia García en el que subrayo los versos que estoy leyendo: «Un aire triste / ofrecen las acacias / y las plazas que ahora desconozco». Quizá porque el fin del mundo no estaba en el más allá de la plaza sino en el más allá del tiempo de quien ahora la describe. 

3 de octubre, domingo. ¿Vemos lo real o su relato informático?

Quienes hablan de la decadencia de los valores en el presente, como ahora estoy haciendo yo, deberían poner ejemplos. Decir a qué valores se refieren. Porque uno va al cine, lee periódicos, escucha a los políticos y a los sabios y por todas partes salen a relucir los valores más rancios que conoce, asentados sobre el terreno con una vigencia a prueba de generaciones revolucionarias. Estos días, sin embargo, ando dándole vueltas a una de las ideas esenciales, el tiempo. Pero no el que preocupaba a Martin Heidegger o a Henri Bergson, sino el otro, el importante, el meteorológico.

         El interés por el clima ha sido, desde que recuerde, una constante en mí. Lo he achacado siempre a mis ancestros, que hasta mis abuelos fueron siempre personas de campo. En escrutar el cielo e interpretarlo bien les iba la cosecha. Por cierto, era lo mismo que hacían los filósofos antiguos, especular, es decir, mirar el cielo a través de un espejo (speculum). Además de la conexión con los orígenes, siempre me ha interesado la meteorología por razones prácticas. Saber si he de tender la colada fuera o dentro, o como repertorio de diálogos de ascensor. Para quienes la timidez social les impedirá comprender por qué razón hay que mantener conversaciones con desconocidos, el clima es un salvavidas lanzado desde el barco del que se despeñan cada vez que aparece un vecino con la pretensión de subir en el mismo viaje.

         Son estos los precedentes que explican la alegría que tuve, en primera instancia, al ver que, tras una actualización obligatoria de mi ordenador, apareció en la barra de tareas un añadido de información meteorológica con tres elementos. Un icono con el pronóstico, la temperatura ambiente en la calle y una explicación detallada de ambos. Lo que más me interesó, claro, es la medición. Saber qué grados hace en el exterior satisface una necesidad de conocimiento esencial. Hace años compré un termómetro de ventana, lo fijé con un taco en el alféizar y lo consultaba con frecuencia. Pero cuando me mudé de casa se me olvidó traérmelo. Cuando paso delante suelo fijarme en que el nuevo inquilino aún lo conserva, como era un primer piso lo compruebo desde la calle. Ahora, por fin, ya no lo echaré en falta. El ordenador me informa.

         Además de la temperatura, el icono dibuja lo que veo por encima de la pantalla, que es el cielo encuadrado en la ventana, y el texto me lo explica. Por ejemplo, ahora se ven nubes dibujadas y leo «Mayorm. nublado». Levanto la vista y veo un cielo mayormente nublado. El mundo me parecía sincronizado hasta que hace tres o cuatro días leí, con pavor: «Lloviendo ahora». Estaba nublado, pero en la ventana no se apreciaban las gotas. Me levanté, alargué un brazo por la ranura que mantenía abierta —y que debería cerrar si llovía— y la intemperie me lo devolvió tan seco como lo tenía antes. Escruté la calzada, y ni una gota. Volví al ordenador y ahí seguía el pronóstico: «Lloviendo ahora».

         Me ha tenido trastornado esta asimetría entre la información y la experiencia en un ámbito tan delicado como el meteorológico, donde se asientan mis bases filosóficas del conocimiento. No conseguir saber si, en realidad, está lloviendo o no está lloviendo me parece el mayor hachazo a un valor que recibe mi conciencia en años. Alrededor vi tambalearse mis concepciones más íntimas. Con el paso de los días, he tratado de distanciar el problema, dada la imposibilidad de resolverlo. 

         Un buen paseo y la observación meticulosa de la arquitectura me han devuelto la confianza en mí mismo. En la Villa Olímpica, frente a la playa y al embarcadero, en un lugar privilegiado, se alza desde hace años el edificio de la Agencia Estatal de Meteorología, un bloque monolítico de planta circular con diversos vanos, estrechos, en los que se abren sendas ventanas perpendiculares a la fachada, es decir, enfrentadas a sí mismas, de modo que su visión se restringe al otro lado de la misma oficina donde se encuentra, sin que desde el interior se tenga acceso a ninguna panorámica exterior. Siempre lo había considerado como una construcción desafortunada, fea, bunkerizada.  Pero ahora, el comprender su funcionalidad ha cicatrizado mi herida. Es un edificio levantado sin ventanas para que nunca ocurra lo que me pasó a mí el otro día. Para que nunca que la realidad interfiera en un buen pronóstico.

21 de septiembre, martes. Plaza Carmen Laforet

A veces paso en autobús por la antigua avenida Borbón, desde 2019 convertida en república de las apelaciones populares como Avinguda dels Quinze en recuerdo de los quince céntimos que costaba el billete de tranvía desde el centro de la ciudad hasta esta zona fronteriza entre los antiguos municipios de Horta y de San Andrés del Palomar. Al paisaje urbano actual aún sobrepongo el largo trazado de paneles de pared idénticos, con ventanas iguales que no servían para ver desde dentro ni relajaba contemplarlas, y el enorme portón por donde entraban y salían autobuses vacíos. Las cocheras de los Quince. Me pregunto si Carmen Laforet pasaría alguna vez en tranvía por delante y si al mirar hacia la enorme techumbre ondulada de la instalación se le ocurriría ni siquiera delirar que ahí en medio, algún día, le dedicaría una plaza la ciudad que con tanta exactitud describió, con la lucidez que le otorgó quizá el escaso tiempo que vivió en ella.

         La ciudad es el ámbito natural de las paradojas. El nombre que perdió la avenida lo perpetúa un gran letrero en la instalación municipal Cocheras Borbón, que no cuida en su interior vehículos de motor como parece anunciar, sino vecinos que quieren hacer deporte. La historia de las Cocheras en el paraje de Torre Llobeta arraiga desde el inicio mismo de los transportes colectivos. A finales del siglo XIX, un tranvía tirado por caballos lo eligió como lugar para el descanso nocturno de los animales que realizaban el trayecto. Cuando en 1901 se electrificó el recorrido, también se necesitaba dónde alojar los convoyes y se reestructuraron las cuadras. Incluso construyeron una capilla, lo que indica lo lejos que se encontraba de cualquier zona habitada. El monótono paredón de las Cocheras que contemplaba en los autobuses de mi adolescencia era una obra de los años cincuenta.  En los pasados años noventa, la empresa fue liberando poco a poco terrenos, hasta que desapareció por completo del barrio, ya urbanizado por los cuatro costados. Su existencia ha sido un buen emblema del siglo XX, una época que la tecnología ha dejado prematuramente anticuada. En su lugar hoy queda un hermoso parque donde los dueños pasean a sus perros, unas instalaciones sanitarias de enigmático uso, un pabellón deportivo y un hueco entre construcciones al que han denominado plaza Carmen Laforet.

         La plaza es un corredor alargado entre tipos contrapuestos de arquitectura. Por una parte, el piso de David, los bloques de viviendas de protección oficial de los años cincuenta, con la humilde y cálida fábrica de color ambarino del ladrillo visto, con ventanas pequeñas alineadas en forma de muestrario de chapuzas en aluminio y diferentes generaciones de toldos. Enfrente, el presupuesto de Goliat, el despliegue horizontal y amurallado del hormigón, disfrazado con una afable vestimenta de listones de madera. Y en medio, entre exóticas palmeras, una hilera de bancos para contemplar el vacío alrededor del cual los monopatinadores, únicos amantes de las plazas duras, realizan carreras que recuerdan a las que los romanos organizaban en sus circos. Nada que evoque, salvo la placa de mármol con su nombre, a Carmen Laforet. Ni siquiera se aventuró por las inmediaciones Andrea, su personaje novelesco, quien sí dejó noticia del tipo de plaza que le gustaba: «Santa María del Mar apareció a mis ojos adornada de un singular encanto, con sus peculiares torres y su pequeña plaza, amazacotada de casas viejas enfrente. (...) Estuvimos allí un rato y luego salimos por una puerta lateral junto a la que había vendedoras de claveles y de retama. Pons compró para mí pequeños manojos de claveles bien olientes, rojos y blancos». Si hay una plaza opuesta a la que le gustaba a Andrea es la de su creadora, en la que hoy Pons no podría ni siquiera regalarle el periódico del día o invitarla a tomar un café. 

15 de septiembre, miércoles. Alegato contra el individualismo

Leo un libro de poemas que publicó en 1966 un poeta cuyo nombre no aparece en ningún recuento panorámico y menos en las antologías. Para mí, también desconocido. La colección, sin embargo, publicó libros de los que aún se habla. Lo encuentro en San Antonio y lo compro por un euro. El ejemplar está sucio y maltrecho. Lo limpio con un trapo, lo cuido como haría un veterinario con un cachorro extraviado en el bosque. El papel es bueno y la tipografía se lee con gusto. Curiosidades de la época, en la página de crédito aparece impresa la dirección personal del poeta. En 1966, claro. Y una extraña mención sobre este dato: «Edición del autor». Repaso los libros de la misma colección que tengo y no aparece nada parecido. ¿Sería un signo de lo que hoy se conoce como «autoedición»?

En todo caso, es un elemento singular de este libro. En cierta ocasión, de paseo por el Paralelo con el novelista Antonio Rabinad, me hizo entrar en un bar para que viera la hora. Miré el reloj y le dije: «Las cinco y cuarto». ¿Dónde está el reloj?, me preguntó. Y caí en la cuenta: toda la pared del bar era una cristalera y el reloj se veía reflejado en ella. Así que me puse a buscarlo, y no tardé en descubrir el hallazgo. El reloj estaba en el tramo de pared sobre el alféizar de entrada, pero no era un reloj cualquiera, los números estaban puesto al revés y las manillas corrían en sentido inverso, para que lo pudiera reflejar el cristal de manera convencional. Como Rabinad era un clásico, sentenció la experiencia con un adagio: «Cada bar tiene siempre algo que no tiene ningún otro, y hay que descubrirlo». No he olvidado la lección, y aunque visite pocos bares nuevos, porque lo único que me gusta es volver a los bares donde ya he estado, aplico la enseñanza sistemáticamente a los libros. Y aun en el más humilde encuentro algo que le es propio.

La lectura del libro resulta agradecida. El autor perteneció al círculo de Miguel Labordeta, según descubro en Internet, y se le nota. De todas formas, a los aciertos que disfruto me encantaría quitarle mucha retórica de la época que hoy suena a chatarra. Quedarían unos versos estupendos para leerlos en el siglo XXI. Los poemas tendrían que poder ser remodelados por las generaciones posteriores con naturalidad, como ocurría en las civilizaciones y períodos que carecían de escritura. La poesía era un corpus único que se iba adecuando a las sensibilidades de cada época. En lugar de aumentar desproporcionadamente el volumen de la poesía existente, con libros y libros que desaparecen igual que aparecen, la lírica debería crecer desde un reducido número de poemas modificados por cada generación, a la manera de los cantares épicos.

Se me dirá que ya ocurre algo así con la tendencia a la clonicidad de tantos escritores; hay una diferencia esencial, los copistas actuales deterioran el modelo, pero el propósito de la panlírica generacional sería, claro, mejorarlo.