24 de noviembre, miércoles. Paisajes Gu & Gu

Acudo a la Virreina a ver una exposición del fotógrafo italiano Guido Guidi (1941) alertado por mi amigo el fotógrafo Fernando Fuentes, devoto suyo, y descubro con admiración, al contemplar por primera vez en mi vida sus placas, que todo lo que he deseado saber de fotografía lo he aprendido en ellas.

Se titula la retrospectiva Da zero, no sé si es porque empieza desde sus primeras fotografías, cuando apenas tenía quince años. En todo caso, la titularía «Desde cero a cero», porque desde la pieza más antigua hasta la más reciente comparece sorprendentemente el mismo artista, íntegro, sin metamorfosis. Desde la adolescencia hasta la vejez, el mismo maestro de fotografía que dispara para no mostrar nada de lo que interesa a los fotógrafos. Es decir, no hace retratos (aunque a veces aparezca personas que miren a cámara), ni crónica (aunque las imágenes sean de un presente), ni paisajismo (aunque encuadre naturaleza), ni documenta, ni testimonia, ni protesta (aunque haya múltiples fotos de infraviviendas y barrios deprimidos). No hace absolutamente nada de lo que pretenden representar el resto de mortales con una cámara en las manos. Se le considera un vanguardista, sin embargo, solo veo composiciones figurativas, se diría que hasta convencionales si uno las mirase por encima, sin prestarles atención. Leo en algún sitio que «busca en el desamparo de la imagen un sentimiento resistente». Es una manera de decirlo.

A mí me da la impresión de que, desde la primera fotografía de la muestra, disparada a los quince años, trata de retratar el tiempo. A veces lo hace de manera explícita, como en las series. Hay una, captada en España, de una calle a la altura de un muro sobre el que un arbolillo dibuja su raquítica silueta, pasa una persona, pasa otra, se cruzan, la sombra de la cabeza del fotógrafo asoma en la parte inferior. No importan las personas, ni el muro, ni el fotógrafo, ni la situación, solo la sucesión anónima de instantes intrascendentes, que es el corazón del tiempo. En otra serie encuadra una ventana que deja pasar la luz y va fotografiando la misma imagen, diferente solo por el juego de luz y sombras en el transcurso del tiempo. Las piezas de lugares abandonados no ilustran el abandono, ni siquiera lo denuncian, solo reflejan el tiempo implicado en la imagen. Los comentarios a la exposición cuentan que se ganaba la vida haciendo reportajes urbanísticos para algún departamento universitario. Ni siquiera en estos encargos, donde aparecen bloques de viviendas, vecinos, automóviles aparcados, hay una mirada pragmática, ni siquiera una idea del presente sociológico. Son como las fotografías que haría una persona ciega que dirigiera el objetivo allí donde oye un sonido; por concretarlo, pero sin querer saber lo que concreta.

La visita me impacta tanto que he de parar un instante y mirar al blanco de la pared, mareado. ¿Qué secreto hay en estas fotografías de casi nada? Lo que escondan, que no se parece en absoluto a lo que pretenden los fotógrafos, es justo lo que busco desde mi adolescencia, y no solo en las fotos, sino en todo lo que hago, en todo cuanto escribo. Ni siquiera es el tiempo, sino el vacío que lo rodea. Tal vez sea, no sé, el «sentimiento» que se resiste a desaparecer cuando ya no está.

De su biografía, un dato me hace sonreír. Acude a diario a la Universidad de Venecia, y de esa época en la ciudad más fotogénica del planeta lega las vistas de un Véneto con fábricas abandonadas, almacenes revestidos de hojalata, hangares de ladrillo abandonados, caserones desvencijados, bloques suburbanos de pisos y aparcamientos enclavados, como todas las construcciones, en una extensión de arena dura, seca, árida. Desalmada. Que estremece contemplar. En Venecia.

Hay una instantánea que me llama la atención. A diferencia de los pintores, en cuyos autorretratos el rostro y la figura son los protagonistas únicos del lienzo, los fotógrafos suelen ocultarse en los suyos, cediendo el relieve de la placa al objetivo de su cámara. De quien la sostiene en las manos solo suele quedar, en la sombra, un escorzo. Tal vez porque ande sensible con este asunto, en la estela de mis Cien autorretratos poéticos, me estremece contemplar otro desconocido precedente de este libro: «Autorretrato, 1974», expuesto en una gelatina de la época. La fotografía es una instantánea de un contacto (de una fotografía disparada frente a un espejo) en el que se ha vertido una mancha de pintura blanca sobre el rostro de quien sostiene a la altura del ojo la réflex, lo único visible. Un autorretrato que invitaría a la reflexión sino estuviera incluido en una colección «de más de doscientas cincuenta fotografías» —como indica el folleto informativo alardeando también de imprecisión— que vierten una mancha de diversos colores sobre la realidad que, presumiblemente, reflejan. En todas las imágenes que veo una mancha invisible tapa la mirada reconocible a través de los géneros fotográficos para dejar, desnudo, solitario, desamparado el temblor de una mirada, la de Guido Guidi, cuyo significado cabal se resiste a aparecer. Quizá no lo necesite, porque ya está inoculada en el interior de quien observa sus fotos. Tal como el profesor Enrique Lista ha sabido ver en Alfred Stieglitz (1864-1946), el primer fotógrafo que reclamó el carácter plenamente artístico para su labor: «si las fotografías de nubes de Stieglitz son equivalentes de la mirada del artista... lo son en la medida en que compartamos la fe en esa equivalencia». La fe en los poemas visuales de Guidi.

Fotografías de fotografías de Guido Guidi

19 de noviembre, viernes. Plaza Urquinaona

En el recuento de plazas biográficas ni se me había pasado por la cabeza hablar de Urquinaona, pero el otro día, mientras la cruzaba, una amiga dijo que le parecía «la plaza más fea del mundo». La afirmación me inquietó. Yo había escrito, en mi juventud, que la plaza más fea del mundo, así con las mismas palabras, era la praça Martim Moniz, en Lisboa. La antigua, antes de su actual remodelación, tampoco demasiado afortunada. Más que fea, cualidad que requiere una observación atenta, la plaza Urquinaona resulta insulsa, o peor, inútil. Casi fantasmal. Su planta es un rectángulo dividido en dos triángulos invertidos, ambos se rinden solo al tráfico, que los asedia por los seis costados y en especial por los dos ápices, donde resulta complicado hasta atravesar a pie. El interior de esta plaza, dividido en dos por una cicatriz en diagonal, carece del mínimo atractivo. Hay parterres antiguos, árboles frondosos, estatuas sin carisma y en los bancos da la impresión que recalen solo personas que han perdido el autobús del presente.

En un proyecto del máster Arquitectura del paisaje para esta plaza encuentro una descripción perfecta: «este espacio urbano podría definirse como una plaza al revés, donde las personas no van para quedarse, sino para irse de ella». Maria Vittoria Delli Carri, autora del artículo que leo, parece interpretar al pie de la letra mi relación con la plaza, incluso en la época cuando accedía al centro de la ciudad, o lo abandonaba, por la boca de metro que hay en una de las dos islas triangulares. Si alguna vez quedaba en ese punto con alguien, recuerdo la incomodidad de la espera, que no era por la ausencia de bancos, la mayoría vacíos, sino a causa de un malestar filosófico: como quien sigue a buen ritmo el curso de la vida y una duda existencial de repente le detiene en un arcén. Sentarse en uno de sus bancos es un apartarse propio solo de anacoretas urbanos. Busco fotografías antiguas en la red y me impresiona que el bulto de las personas que veo en cualquiera de los dos centros de la plaza parece el de gente perdida en un desierto.

En la plaza desemboca una de las calles que más me han decepcionado de la ciudad, la calle Junqueras. Desde la infancia, la machacona publicidad en la radio de «La casa de las mantas» —comercio que cerró sus puertas en 2012— me había creado grandes expectativas. Pero el día que la recorrí por primera vez —aceras estrechas, calzadas en cuesta abarrotadas de autobuses y furgonetas, ruido insoportable y fachadas oscurecidas por el humo del tránsito— pensé que alguien me había engañado. Menos mal que en el extremo de la calle, al desembocar a la plaza, hay uno de los edificios que más me gustan de la ciudad, el Rascacielos Urquinaona, una construcción racionalista de quince plantas que empezó a elevarse en 1936, aunque tardaría casi una década en concluirse. Tiene algo de proa de trasatlántico que atrae la mirada de quien no le importa por dónde camina. Una plaza desalmada en la que nadie recordará el verso de Sophia de Mello: «Eu agarrava-me à praça porque tu me amavas» —Me aferraba a la plaza porque tú me querías—.

15 de noviembre, lunes. Ir a clase de literatura

Leo en la red un artículo titulado «Las clases de literatura no sirven para nada», escrito por Alberto Torres Blandina y publicado en un periódico digital valenciano el 14 de octubre pasado. El título, en un arranque propio de la escolástica —«Dios no existe, eso es lo que dicen los ateos»—, alude a la opinión del alumnado en el instituto del autor. La respuesta de su profesor es que «la literatura es una forma de mirar el mundo». Es una buena frase: no admite discusión. De todas formas, a la pregunta inicial de su alumnado —«¿Pues para qué sirve estudiar literatura?»— quizá se le pueda sacar más punta.

         Cursé el bachillerato antiguo, quinto y sexto, y de la asignatura de literatura veo que tengo el mismo recuerdo que los estudiantes de ahora: «Las clases de literatura no sirven para nada, solo para acumular nombres y fechas que olvidaremos en una semana». Con la diferencia de que aquellas sí eran solo listas de nombre y fechas que memorizar. No recuerdo que nos leyeran ni siquiera un mal poema. Luego llegó COU, cambió el programa, y en mí se abrió una perspectiva distinta: empezamos a leer literatura en clase. De todas formas, con el tiempo, creo que aquellas primitivas clases con listas de autores no resultaron en absoluto triviales. Suponen la primera respuesta a la pregunta que se formula: ¿Para qué sirve estudiar literatura? Pues, para obtener un mapa de referencias sobre un asunto que la sociedad estima como un conocimiento valioso. Es posible que la sociedad, influida por una agresiva publicidad que prefiere convertir la literatura exclusivamente en un negocio, cada día esté menos interesada en el conocimiento literario, pero ese es asunto distinto. De momento, si se parte de la idea de que la literatura (como la historia, la filosofía, el arte, la ciencia) son herencias valiosas del pasado común, lo primero es ofrecer las referencias consensuadas.

         Las referencias tienen mala prensa, pero su uso es intensivo. Trataré de mejorar su fama. Desde mis quince años, gracias a las listas que tuve que memorizar, ya tenía en mi cabeza un cajón que se llamaba Jorge Manrique y otro Garcilaso de la Vega. Estaban vacíos, claro, pero bastaba que alguien los nombrara para que la ficha no se perdiese en mi cabeza. Existía un lugar donde ser guardada. Sin referencias no existe conocimiento. A veces, en los programas deportivos, por ejemplo, locutores y colaboradores se retan a cantar de memoria la alineación de los grandes clubes en el pasado, o discuten sobre qué lateral izquierdo es mejor en las ligas europeas. Y sueltan un chorro de referencias que los oyentes, aunque no las pesquen, calificarán sin dudarlo como conocimiento futbolístico. Otro ejemplo, si de repente nos presentan a una persona como vinculada a la misma parcela de saber que cultivamos nosotros, lo primero que haremos es un cruce de referencias (¿Qué te parece tal?, ¿conoces a cuál?), un interrogatorio disimulado para averiguar si el interés del interlocutor por nuestro tema es real o ficticio y si coincide con nuestra manera de abordarlo o pertenece a otra escuela. Esas referencias, en literatura, se aprenden en sus clases, y a partir de ellas, se amplían luego a voluntad. «Qué gran poeta es Quevedo, dice uno. ¿Y le gusta a usted también Juan de Tassis? pregunta el otro. ¿Quién dice?, responde el entusiasta convencional del Siglo de Oro». Esta es la primera función de una clase de literatura.

         La segunda, sin ser etérea como la que propone Torres Blandina, es algo menos concreta. Se enseña a leer en la primaria: a juntar letras y a saber pronunciarlas. A partir de aquí se da por hecho que uno sabe leer. La experiencia, más frecuente de lo que se cree, de no haber comprendido nada de un texto que se ha leído es el secreto mejor guardado del ser humano. Nadie admite no saber leer. La de contratos leoninos que se firman después de haberlos leído y no haber entendido ni la mitad de lo que exigen. Pero ¿quién levanta la vista y pide: explíquemelo, que no lo comprendo? Se aprieta el bolígrafo y se firma.

         Un texto literario, sobre todo si es de siglos pasados, por regla general no se entiende cuando se lee por primera vez. Como mucho se sabe de qué va, pero no qué expresa. Ni el alumnado, ni el profesorado. Este, porque le corresponde, lo vuelve a leer, lo estudia, lo reflexiona y como tiene que enseñarlo, lo descifra. Y consigue que en la clase el significado vaya cobrando corporeidad como esos cuerpos que los trucos cinematográficos hacen aparecer en pantalla desde la nada. Leer es un arduo aprendizaje. La literatura es, con la filosofía, uno de los lenguajes más opacos, también de los más feraces. Trabajar su lectura aumenta la capacidad de comprensión de textos de otra índole, aquella que cada cual prefiera. Como no existe una materia denominada «Aprender a leer», ni existe otra igualmente esencial que es «Aprender a pensar», las clases de literatura son una vía imprescindible para aumentar la ductilidad lectora, es decir, la capacidad para adaptar la comprensión ante cualquier texto que se lea, y no solo en el nivel literal, sino también en el simbólico e interpretativo. Es decir, en las implicaciones que no dice lo leído.

         La tercera razón para cursar clases de literatura, vinculada con la anterior, es la escritura. Tampoco existe la asignatura de «Aprender a escribir». La escritura tiene su propio secreto: nadie confiesa lo difícil que le resulta a cualquiera escribir una mera carta personal con sentido. La escritura crece apoyándose en modelos. Cuanto mejores sean los modelos de escritura a los que se acceda, antes se aprenderá a desenvolver un pensamiento, de la índole que sea, por escrito. Creo que los ejemplos son obvios, pero a diferencia de la lectura, cuya competencia no parece que pueda acompañar el éxito social de nadie, la escritura tengo la sensación de que cada día es más importante para conseguir algo en la sociedad del presente, desde un buen puesto de trabajo hasta el alquiler de un buen piso pretendido por varios posibles inquilinos. Cada vez más, en un mundo de datos objetivos, la diferencia se busca en lo personal, y nada parece más personal que una carta de motivación. La piden hasta para obtener una beca.

         Estas son las tres razones fundamentales para asistir con interés a clases de literatura, pero existe una cuarta, más pragmática, pero no menos importante. Para sacar buena nota. Para compensar con una nota alta, tal vez, alguna que otra materia mucho más exigente. Y para ese fin hay que tener en cuenta que en las clases de literatura no se estudia literatura, sino el discurso que la explica. Si fuera ponente de los tribunales EBAU propondría como enunciado del examen: «Escriba usted un soneto de estilo lopesco», que sería una buena pregunta literaria. En su lugar los exámenes suelen preguntar: «Innovaciones del teatro de Lope de Vega». Leyendo en casa por las noches los poemas de Lope se podría responder a la primera cuestión sin problemas, pero la respuesta a la segunda solo se obtiene en las clases de literatura. Que imparten una disciplina que tampoco es baladí, la exégesis: cómo se puede sintetizar el conocimiento obtenido tras una lectura. Una técnica que no está lejos, por cierto, de la usada por la criminología en las series que tanto alumnado como profesorado disfrutan viendo una vez concluido el horario escolar. 

       A esta lista le faltan, claro, las múltiples razones inherentes a la literatura, pues las que anoto se refieren solo a las «clases». Pero es cierto que quizá me ha faltado contemplar una quinta, la que fue esencial para mí: una clase de literatura a veces descubre la oblicua puerta que da acceso a la literatura. En mi caso aún más sesgada, a la poesía.

11 de noviembre, jueves. Plaza Rovira

A Antoni Rovira i Trias (1816-1889) sus conciudadanos del barrio de Gracia lo han sentado en un banco de la plaza que lleva su nombre. Allí se entretiene, en su longevo hieratismo, contemplando a quienes ocupan la terraza de la cafetería que hay enfrente, no menos hieráticos, aunque solo sea temporalmente. De vez en cuando es a mí a quien contempla, porque es un lugar que frecuento, y trato de sentarme justo delante de su pose de paciente entrenador de futbolistas —las manos sobre los muslos— de bronce. Me relaja. De joven era un entusiasta del visionario Ildefons Cerdà, que ideó una ciudad utópica. Pero conforme pasan las décadas, a las anchuras ruidosas del Ensanche de Cerdà prefiero las calles estrechas y convencionales del arquitecto costumbrista, por quien cada día siento más simpatía.

         Rovira i Trias fue artífice de las plazas de Gracia que han llenado mi vida en diferentes épocas. Cerdà no era amigo de este elemento urbanístico de confluencia social y dejó Barcelona huérfana de plazas. Para su plan visionario la convivencia vecinal merecía una idea superior y le dedicó el interior de cada una de las manzanas que dibujaba sobre el plano. Luego llegaron los gestores del Ayuntamiento y convirtieron el esparcimiento en almacenes, talleres e incluso fábricas. El tiempo, que ha continuado desvirtuando el anhelo utópico, ha resultado favorable a las calles de mezquinas dimensiones, ahora en su mayoría peatonales, sin tráfico ni excesos comerciales, donde la voz humana recobra su protagonismo y la ciudad no olvida que en un tiempo fue un pueblo en el llano —o con mayor exactitud, sus campos de cultivo en los alrededores.

         El plano de Rovira i Trias que ganó en 1859 el concurso municipal para la remodelación urbanística de la futura ciudad, una vez derribadas las murallas que la constreñían, y que sería suplantado desde Madrid por el de Cerdà, presenta una expansión en diagonales, con pequeñas islas de casas y calles estrechas. Hay también una nutrida colección de plazas cuadrangulares, como esta que lleva su nombre, que me hubieran forzado a un mayor trabajo biográfico si tuviese que haber vivido anécdotas en cada una de ellas. De esta tengo una estupenda. Un día vi detenido en la calle que la cruza por la mitad, dolencia urbanística que la plaza Rovira lleva con dignidad, un tranvía. Un auténtico tranvía de principios de siglo XX, muchos años después de que circulara por la ciudad el último tranvía. Me quedé toda la tarde apostado en una esquina de la plaza, boquiabierto, contemplándolo. El tranvía que me encandiló aquella tarde se puede ver, fingiendo ser real, en los planos de la película El embrujo de Shanghai (2002) que se rodó, entre otras localizaciones, en una plaza Rovira cubierta de la arena que ya tampoco existe. Al cine le gusta suplantar el presente con su ficción de memoria y a mí sentarme en las terrazas que pueblan su extensión enlosada, a la sombra de los plátanos protectores, porque posiblemente sea uno de los lugares donde podría escribir en mi diario, de darse un acontecimiento histórico en la ciudad, algo parecido a lo que anotó George Bataille en el suyo: «Igualmente, el día 6 de junio, día del desembarco, vi en la plaza a unos feriantes que instalaban un tiovivo».

2 de noviembre, martes. Elegía que se niega a serlo

Vuelvo a soñar con Marcos. Lo hago con cierta frecuencia. Caminamos por el campo. Arrastra, sin arrancarla, su moto de cross con el casco colgando del brazo. Suelen desaparecer los dos con un rugido que emborrona la vista. Después regresa envuelto en polvo y barro, sudoroso, jadeante, feliz. Pero en el sueño de esta noche se limita a empujar la moto con las manos sobre el manillar. A nuestro alrededor los dos niños que no quiso tener corretean aliados con el mío, un poco mayor, pero igualmente revoltoso. Nos detenemos en un prado y Marcos deja caer la moto sobre la hierba para tumbarse al sol con los demás.

         A los quince años mis padres tuvieron la ocurrencia de cambiarse de barrio, en la otra punta de la ciudad, y de un día para otro perdí todos mis amigos del colegio y de la calle. Marcos fue el primer amigo a quien conocí en el nuevo domicilio. Vivíamos en la misma zona y coincidimos en el camino de regreso a casa desde el colegio. En la ida los dos tomábamos el autobús, pero para volver lo hacíamos a pie. Era cuesta abajo. No iba a mi clase y creo que tenía un año más. Pero el camino compartido intensifica las relaciones. Además, sus amigos en mi nuevo barrio ya tenían los dieciocho años. Poco a poco los fui conociendo. Diego en el garaje de su casa había instalado una radio clandestina y poco tiempo después ya me había regalado un programa los sábados por la mañana. Los fines de semana Marcos desaparecía porque vivía otra vida en un pueblo de la costa, donde sus padres poseían una segunda residencia, pero yo ya disfrutaba de otros entretenimientos.

         Un día de julio de 2013 Marcos no quiso continuar y lo dio todo por concluido. Había vuelto con sus padres, a los cincuenta años, y se había instalado en su habitación de adolescente, en la casa de la playa. Una tarde de verano me llamó descorazonada su madre para contármelo. Le habían encontrado. Es todo lo que supo decirme.

         En el sueño le pregunto a Marcos por qué arrastra la moto si luego se viene con nosotros de paseo a pie. Me responde, como solía, indagando hacia la médula de los comportamientos. «En la moto —le oigo decirme— mantengo viva mi conciencia, cuanto ocurre depende en exclusiva de mí y solo a mí me satisface. Los niños, la familia, los amigos, sus familias… diluyen el tiempo que me pertenece y tengo la sensación de que me pierdo a mí mismo. Ahora ya casi me apetece abandonar mi yo entre los demás, pero has de comprender que no puedo renunciar, así como así, dejando la moto en el garaje o pensaría que he claudicado ante la idea de mi disolución. Pero la verdad es que ya me lo paso mejor con vosotros sin hacer nada en especial que yo solo haciendo de cabra montesa por ahí, pero todavía no he ganado esa batalla contra mí mismo. Hay que ir poco a poco». No sé por qué fuiste tan rápido, Marcos, cómo echo de menos aquella extraña lucidez, aquel acérrimo y generoso individualismo.