26 de diciembre, domingo. De circunferencias y realidades



Tengo la impresión estos días de que la realidad virtual vela sus armas en vísperas de lanzar un ataque definitivo contra la realidad. La real. Me puso tras la pista una noticia de ámbito local. Tras proporcionar las cifras del comercio mundial a través de internet, que son estratosféricas y ya afectan al pequeño comercio, la asociación de comerciantes de la ciudad ha creado una plataforma de venta a través de la red para ofrecer a sus vecinos lo que ya no compran en las tiendas del barrio. Me pareció una decisión con alto valor simbólico. Pero cuando al día siguiente me entero de las transformaciones que anuncia la red social más extendida, que incluso incluyen el cambio de nombre, ya no me queda ninguna duda. Los usuarios, con la ayuda de unas gafas 3D, podrán crear un avatar capaz de tener vida propia en la red. El propósito lo veo claro: que «real» ya sea considerado en exclusiva el universo virtual y la realidad se relegue a la categoría de mero pleonasmo.

Creo que existe una razón profunda en la concepción del ser humano para que el propósito obtenga un éxito inmediato. El homo sapiens se ha propuesto, desde su aparición, dominar la naturaleza que le rodea en todos sus ámbitos (hasta límites que hoy podrían incluso acabar con el planeta), pero ha chocado siempre con un aspecto de la naturaleza frente al que ha logrado solo avances parciales: las leyes del espacio-tiempo. La informática de la próxima generación se plantea ya como un asalto definitivo a estas leyes: la posibilidad de derrotar el vínculo obligado del homo sapiens a un lugar y al paso del tiempo. Unas gafas 3D y un programa adecuado permitirán a cualquier persona que lo desee vivir otra vida, en un lugar que elija y con una edad diferente a la suya... Una experiencia que ocurrirá en su cerebro, que es —antes que los sentidos— el elemento por excelencia para identificar la realidad que ante él se acredita como real.

20 de diciembre, lunes. Plaza Goya

Es una plaza antigua, en la que los encantos que pudo haber tenido en otra época se han convertido en mera retórica, como las rimas de un soneto decimonónico. Su origen se remonta a una disfunción urbanista al casar el plano racionalista de Cerdà con el trazado oblicuo de la avenida que se originó tras derribar la antigua muralla. Rectas y diagonal siempre producen incómodos triángulos. Este se resolvió plantando algunos árboles y denominándolo plaza, pues en la época el terreno debió de parecer insuficiente para un edificio. Que se dedicara a Francisco de Goya está entre lo previsto, aunque enseguida se percibe que también es una atribución fútil, porque en el centro hay un grupo escultórico dedicado a otro nombre, Francesc Layret, víctima de las luchas fratricidas entre sindicalistas y patronos en las violentas décadas barcelonesas de iniciales del siglo XX. El monumento, obra de escultor Frederic Marès e inaugurado en 1936, estuvo ausente de su plaza, retirado en un almacén, entre el 39 y el 77. Aunque su propósito de memoria continúa siendo loable, su lectura actual ha quedado obsoleta: una mujer de bronce con el torso desnudo y antorcha en alto como símbolo de la República y tres figuras de piedra que representan los trabajos del campo, de la ciudad —dos varones— y del cuidado de los débiles —una mujer—. No solo la alegoría misma ha quedado trasnochada como modo de significar, sino que también el reparto de los papeles entre hombre y mujeres parece superado.

         Insisto en lo de que parece, porque la última vez que pasé por el lateral de la plaza que coincide con la acera de la Ronda, camino del mercado de libros viejos de San Antonio, un domingo temprano, había en la plaza algunas mujeres dispersas y un varón vestido con ropa militar de camuflaje y mirada levemente desencajada por algún alcohol que iba de una a otra haciendo una pregunta rápida de la que obtenía una respuesta también rápida que le hacía cabecear. ¿Se había quedado sin dinero, pero no sin deseo? No pude ni siquiera intuir la naturaleza exacta de esta situación, pero me pareció tan pasada de moda como el lugar. Las prostitutas que rondan por la plaza suelen vestir faldas por debajo de la rodilla, cabello de peluquería, el abrigo lo llevan abrochado hasta arriba y un pañuelo con brillos de nylon protege su cuello. Nunca van pintadas, o solo con gran discreción, muchas usan gafas y, en general, parecen ofrecerse a un apetito más familiar que carnal. Como si los varones solitarios no quisieran lanzar una cana al aire, sino cumplir con un deber conyugal. En otra época el Ayuntamiento se esforzó por retirar de esta plaza una prostitución bastante más agresiva, pero la candidez de la actual se ha ganado la tolerancia. De ahí que, a veces, al caminar distraído a alguno le ocurra lo leído en un cuarteto en arte mayor castellano romanceado de Federico Abad: «Vivo de ilusiones, no tengo remedio. / Cruzando la plaza lo escucho y me digo / que eso es imposible, pero sin embargo / alguien me ha llamado: no es un espejismo».

         Propio de las plazas es también su fuente. En la de Goya vale la pena agacharse a beber por alguno de sus cuatro caños, debajo de la broncínea instantánea de dos querubines revoltosos jugando encima de una tortuga.  La imagen reproduce una mitología caduca, en efecto, pero la tortuga en sí misma, obra del escultor de fuentes Eduard Alentorn, resulta el único atractivo no anacrónico de la plaza. Y, paradójicamente, se mantiene cada vez más actual: es el lugar donde los niños del barrio tienen la oportunidad de aprender algo de ciencias naturales. Para mí la plaza guarda un recuerdo que también se actualiza cada vez que paso por delante. Un mediodía, no recuerdo bien con qué propósito, habíamos quedado unos compañeros de facultad con el poeta Jaime Gil de Biedma a la salida de su oficina, y deambulando por las calles del Raval desembocamos en la plaza Goya, entramos a la hora del vermut en un bar que milagrosamente aún existe, La Principal, y en su barra estuvimos charlando un buen rato con una cerveza en la mano. Sería hacia 1982, yo era muy joven entonces y obviamente aún desconocía que Gil de Biedma, aquel día, era también más joven de lo que ahora soy yo al recordarlo, pero con la misma edad, por cierto, que tuvo él al fallecer. 

15 de diciembre, miércoles. Improvisación generacional

No sé si los músicos de jazz que se quedan en el local después de la actuación tocando entre amigos luego, al día siguiente, se sientan a escribir las notas que la noche anterior aparecieron de modo improvisado. Tampoco yo pensaba hacerlo, incluso lo argumenté: «Hay cosas que se pueden decir —dije— y suenan bien, pero no estoy seguro de que se puedan escribir». Ocurrió en una presentación virtual (como la mayoría de lo que ocurre en el presente) de la traducción al castellano de La dona bilingüe (La mujer bilingüe), un libro de la poeta Raquel Casas Agustí que acaba de publicar Bartleby. Me cedieron la palabra, no tenía nada que decir, quiero decir, había redactado en el volumen un prólogo de seis páginas —1.548 palabras— y no me apetecía repetir lo que ahí estaba escrito. Así que dije que iba a improvisar unas impresiones de lectura menores y lo hice. Y a la mañana siguiente, o unos días después, me he sentado a ponerlas por escrito, como haría un músico de jazz comprometido con su instrumento.

         Al margen de las lecturas críticas, concretas, que tenga un libro, siempre cabe hacer otras más, digamos, etéreas. A mí me gusta mucho leer los libros desde el punto de vista generacional. Y es la lectura que improvisé. Raquel Casas nació en 1974 y pertenece a la generación siguiente a la mía y su libro deja infinidad de pistas de cómo fue creciendo a partir de diferentes diálogos con todas las tradiciones que quiso hacer suyas, y también dentro del contexto de historia literaria en el que le tocó ser una poeta joven. También yo lo fui, poeta joven, hace mucho. Pero aún recuerdo el muro que se alzaba frente a mí cuando levantaba la vista. Se llamaba culturalismo, y a la que uno estiraba el cuello encontraba un alambre espinoso por encima denominado experimentalismo. Tuvimos que saltarlo, claro, y una parte de mi generación encontró al otro lado un grupo de poetas que les regalaron la experiencia de la realidad, la inmediatez cotidiana y la transparencia de su lengua poética. Y ahí empecé a encontrarme a mí mismo.

         Pero el muro con el que se encontró Raquel en sus inicios era diferente. Lo había alzado mi generación al convertir la herencia recibida en un ensimismamiento biográfico, formal y conceptual que colmaba a los naturales de esa edad (y aún los sigue colmando, por lo que voy leyendo), pero que poco podía ofrecer a los jóvenes nacidos en las décadas siguientes. Si Raquel, y sus coetáneos, saltaban ese muro, lo que les aguardaba, el muro culturalista-experimental, carecía del menor interés. Y si lograban saltarlo, corrían el riesgo de encontrarse con el primer muro.

         En La mujer bilingüe, que es un libro central, de madurez, se observa bien qué ha hecho su autora con las herencias. No se percibe, a primera vista, que haya saltado muro alguno, pues no pertenece a una generación cuyos libros parezcan reivindicar revoluciones estéticas, e incluso se diría que anda cada cual por su camino (sin que se sepa bien si es porque es así o porque nadie se ha preocupado en determinarlo). Pero, conforme se intensifica la lectura, se advierte que este libro está ya al otro lado de ambos muros, el del ensimismamiento biográfico y el del culturalismo. Sin saltarlos. Parece escrito desde un sujeto poético biográfico, pero los datos lo contradicen. En primer término, se constata una amplitud del campo temático notable. La esfera lírica con frecuencia se ensancha, rebasa sus fronteras y el lector está ante asuntos sociológicos (doy a esta palabra solo un sentido impresionista). Tampoco se trata de una poesía que apueste por la lectura crítica de su sociedad, como sí parece que quiere la generación siguiente, simplemente asume preocupaciones en la órbita de lo personal y en la órbita de lo social, y va de una a otra con una naturalidad que sorprende. Incluso Raquel Casas le da un matiz formal a este vaivén temático: el sujeto poético de la mitad de los poemas coincide con los rasgos personales de la poeta, pero la otra mitad está escrita desde un yo claramente masculino. Un yo que suele encarnar un conflicto social en primera persona, en ocasiones la del sujeto que lo provoca. Nada más lejos del ensimismamiento biográfico de la generación anterior a la suya. Los poemas de Raquel Casas, sin que se vea que han saltado muro alguno, ya están al otro lado. Intuyo que algo similar se puede encontrar en autoras y autores de su generación.

         Algo así ocurre en relación con el culturalismo. Hay múltiples referencias culturalistas en los versos, pero a diferencia de la estética que reinaba cuando sus padres se conocieron, ningún trascendentalismo hay en ellas. Abundan las paráfrasis de títulos, el uso irónico de nombres, la mezcla de referencias de alta cultura y de cultura popular al mismo nivel, sin énfasis, con naturalidad. Es evidente que Raquel se encuentra al otro lado de ese muro. Pero no se advierten saltos (manifestaciones de una estética a la contra de otra estética). El modo como ha actuado la poeta, y su generación, para encontrarse a sí mismos, al otro lado de la presión que ejerce siempre el modelo literario dominante, ha sido diferente. Han descubierto grietas y ranuras en las poéticas existentes para escabullirse de lo que les molestaba, aprovechar lo que les satisfacía y superar barreras sin enfrentarse a su altura. Es una poética subrepticia, pero que está en otra parte: la biografía y la cultura son ya pasto de la ironía más feroz, y la desidentidad que esa misma ironía produce se yergue como única identidad del poema. Lo bilingüe —lo dual, lo escindido, lo segregado— se convierte en el emblema de una identidad que solo se encuentra a sí misma en su condición de «Transparente / como la sombra del primer gato / que perdí». 

7 de diciembre, martes. Plaza del Raspall

La plaza del Raspall, tan discreta, se ha puesto de moda a la hora del vermut. También el vermut, que se recordaba como costumbre de otro tiempo, se ha puesto de moda. Y la coincidencia de ambas modas llena esta plaza escondida con jóvenes (y no tan jóvenes) alternativos (y no tan alternativos) los fines de semana. Mesas llenas, personas en pie, cervezas en mano, conversaciones incesantes, ríos de conversaciones. Luego, cuando la plaza del Raspall se quede en silencio, que es su manera de ser, ¿dó se irán tantas palabras? ¿quién construirá con ellas el nuevo mundo al que aspiran?

         El antiguo mundo es el que vertebra este discreto cuadrado con árboles y edificios de poca altura. Es la zona tradicional de los gitanos de Gracia, que en ella han arraigado, han prosperado y mantienen una personalidad propia. Una etnia que ha dado nombres célebres de la música popular y, sobre todo, un género de mestizaje nuevo: la rumba catalana; mitad flamenca, mitad indiana. Y el corazón del barrio latía en el interior del bar Resolís, en la plaza. Hoy el bar ha sufrido la misma metamorfosis que el barrio y ha pasado a ser el centro neurálgico de los movimientos antisistema. La convivencia entre lo que fue y lo que es nunca resulta sencilla, aunque la batalla solo se da, por lo que se puede ver, en la existencia e inexistencia de una F mayúscula. La plaza del Raspall luce la placa de la vía que la atraviesa por el oeste, la calle PROFETA, nombre al que los más jóvenes les gusta borrar la letra F, dando lugar a un lema diferente, más próximo a sus nostalgias. Los gitanos de la asociación romaní se suben a una escalera y vuelven a pintar la F con trazo compungido por el insulto a sus creencias, que los jóvenes de los fines de semana de nuevo borrarán para reiterar el hallazgo.

         Para los lentos meses del confinamiento elegí ir a comprar el pan a la panadería más alejada de mi domicilio, por enmascarar en esa salida esencial el paseo prohibido. Con el paso de los días establecí un itinerario por el que me gustaba pasar. Abandonaba las calles amplias del Ensanche por la calle Igualada, pasaba frente al edificio donde nació Monsterrat Caballé, giraba en la placita de Gato Pérez y atravesaba después por el centro la plaza de Raspall, ensimismada y solitaria, con la cúpula que forman los cinco plátanos que se alzan a su alrededor pletórica de trinos y gorjeos. No se me ocurrió dedicarle un poema, si lo hubiera hecho, sin duda, se parecería mucho al que escribió el poeta suizo Markus Hediger en las mismas fechas a una plaza que no parece muy diferente a la que yo cruzaba: «Desiertas, calle y plazuela. Ausencia / de ruido, castaños en flor. Pero ¡mira! / han vuelto del exilio, / el carbonero y el mirlo, el cuco a lo lejos, / las aves en los tiempos del corona».

2 de diciembre, jueves. El escritor de epitafios

Anoche seleccioné para ver una película de Terrence Malick que no conocía, La vida oculta (2019). Su sello aparece desde el primer momento: una voz deshilada de los personajes fuera de la pantalla, como narradores, y unas imágenes estáticas grandilocuentes. Me atrae su forma de mostrar la vida rústica, el aire mítico con el que presenta los trabajos de campo, de un modo muy parecido a cómo los griegos filmarían los de Sísifo de haber inventado también el cine. Es interesante su manera de captar las escenas amorosas entre los personajes, con una espontaneidad adolescente que deleita. Y lo más alucinante de la cinta, los planos deformados de los personajes que emulan la arbitraria perspectiva con la que Egon Schiele pintaba los suyos. Todo ello me encandila durante una hora y media, y aunque el director cambie constantemente de localización para los lugares —la aldea de montaña, la casa de madera, las cuadras— donde transcurre la misma acción —girando de modo reiterado sobre sí misma—, viendo que aún estoy por la mitad, decido hacerle caso a la somnolencia que aparece y lo dejo para continuar mañana, como si fuera otro capítulo de una serie.

         Al acostarme temo sufrir alguna pesadilla. La digestión parece aún no concluida y eso trae funestos presagios. Sin embargo, me deslizo por un sueño delicioso. Ocurre en dos salas contiguas de un tanatorio, en las que se velan sendos fallecidos. Una pareja se conoce en estas circunstancias, que por una parte les acercan y por otra, obvia, impiden cualquier acercamiento. El amor que prende entre ellos en ese instante, durante el doble velatorio, toma la forma de una constante preocupación de uno por el otro, una dedicación a cuidarse mutuamente. Duermo entregado al sueño cuando, de repente, uno de los personajes desvela el epitafio que ha escrito para la lápida de su padre. Al otro personaje la idea le encanta, pero a mí casi me despierta la sorpresa: «La vida es lo que importa. No lo olvides». Cuento las sílabas, porque ya me sonaba oír un endecasílabo. No hay que tocar nada. Aun dentro del sueño me repito una y otra vez el epitafio —tal vez lo quiera para mí, robándoselo al onírico autor—, para recordarlo en la vigilia. Y nada más despertarme, aquí está mi epitafio, anotado en el diario. Tan brillante en la luz como cuando brillaba en la oscuridad. Ahora, lo ideal es que no lo necesite durante un tiempo.