24 de julio, lunes. Tina Modotti: El mensaje del alma está en las manos


Del mismo modo que hay vidas que cobran sentido al contarse en modo inverso a como fueron vividas, también hay obras que se iluminan desde su final. La fotógrafa Tina Modotti (1896-1942) falleció repentinamente, a una edad temprana, en Ciudad de Méjico. Tres años antes había regresado a su país de elección como una refugiada más de la Guerra Civil española. Se conservan todas las fotografías de los siete intensos años que vivió en Méjico, que fundamentan su papel de pionera del arte fotográfico, pero ninguna se conoce del lustro, entre 1934 y el final de la guerra, que vivió en España, vinculada al Socorro Rojo y a las Brigadas Internacionales. Aunque sobre dos fotografías de la época sobrevuela la sombra de su autoría. Son dos de las dieciocho placas que se publicaron en la edición de Vientos del pueblo (Valencia, 1937), el libro de Miguel Hernández. Una de ellas ilustra el poema «Las manos».

La imagen muestra en detalle dos manos moldeadas por el trabajo, posiblemente de un campesino, pero en una posición de sosiego, entrelazadas. El poema empieza con una afirmación que quizá Tina Modotti subrayara en el ejemplar o en el manuscrito donde lo estuviera leyendo: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje». En coherencia con su escritura en época de guerra, el poema contrapone las manos de los «trabajadores», heroicas, con las del «bando sangriento», «manos fangosas» del enemigo.

         Tina Modotti había convertido mucho antes el «mensaje» de las manos en un motivo recurrente de su imaginación fotográfica. Algunas de sus mejores placas las muestran en primer plano.  En Méjico, donde se la ve crecer con la cámara en las manos frente al encuadre de las personas —desde la edad infantil hasta los ancianos, hombres y mujeres, trabajadores y vagabundos, en momentos de sufrimiento y de regocijo—, ha dejado algunas piezas memorables. Revisitadas desde atrás hacia adelante, la serie que en 1929 dedica al titiritero se olvida del protagonismo de los títeres, que quedan en un segundo plano, para hacer hablar solo a las manos —las nervaduras de la tensión, la precisión del gesto en los dedos—, como una niña que se desentendiera de la estereotipada ficción infantil para descubrir, en lo que apesadumbra al narrador, algún secreto de la existencia. 

En «Manos de mujer lavando ropa» (1928) Modotti plantea una contraposición muy diferente a la convencional de los bandos en guerra; un antagonismo que en la década de los veinte del siglo XX no era tan fácil percibir. Las uñas bien cuidadas y dos anillos que relucen en el dedo medio de la mujer contrastan con las estrías en la piel causadas por la humedad habitual en el trabajo femenino. Hay un canto a la belleza secreta en esas manos oscuras, frente a la blancura de la pieza de ropa, que emerge de un interior desconocido y que se manifiesta en la leve curvatura de los dedos que muestran antes que una labor ritual, una delicadeza en el cuidado del mundo que lo preserve. 

«Manos descansado sobre una pala» (1926) es una de las obras más apreciadas de la fotógrafa. Modotti fue en sus inicios una artista entregada al formalismo. Antes que argumento, en sus primeras fotografías hay geometría y composición, líneas y planos, volúmenes, luz y sombras. Y merodeando las hechuras, las evocaciones simbólicas. En Méjico, a esta formación clásica le añade un contenido humanista. El hombre que descansa con sus manos sobre la pala es un emblema de la fusión entre sus dos formaciones, la fotográfica y la vivencial. Hay una perfección formal asombrosa, un equilibrio prodigioso entre claros y oscuros, entre líneas y relieves, incluso una indiscutible dimensión simbólica, esa cruz que trazan brazos y palas. Pero lo que impresiona es el sosiego que transmiten las manos, la que sostiene la otra mano que a su vez sujeta la pala. Es tal vez la sublimación de la idea del séptimo día, el momento en el que el mundo —el trabajo realizado— parece bien hecho. El cumplimiento de un milagro. 

Antes de decidirse a fotografiar personas, Tina Modotti se entregó intensamente a fotografiar flores. Son resoluciones gráficas perfectamente estudiadas. Los juegos con la luz, el encuadre y la perspectiva convierten las flores en entes geométricamente abstractos. Son flores, pero también son formas, y en esta coincidencia imprevista del ser con su fantasma prenden las evocaciones. Tras la contemplación del árbol de las manitas (Chiranthodendron) dispara su cámara para convertir la flor en una tenebrosa mano que, amenazadora, emerge dispuesta a acoger cualquier símbolo funesto. 

Y de la misma época que esta fotografía con referencia vegetal es otra, también de unas manos, realizada en California, a donde había viajado completamente sola una década antes, con apenas diecisiete años, desde su Údine natal, tras los pasos de su padre, emigrante en Estados Unidos. La descripción de la pieza, que carece de título, es «Manos de madre. California» y resulta escalofriante la idea de cohibición que muestran estas dos manos escondidas, una dentro de la otra, negándose a cualquier función que no sea la meramente nominal del matrimonio que señala el único brillo de la imagen que recae sobre el anillo en el dedo índice. 

Si se había empezado este relato con la incógnita de la autoría de una fotografía, se concluye con la incógnita de la protagonista de esta pieza, que más que los cuidados de una madre, evocan con cierta intensidad su opuesto, es decir, su ausencia. Y quizá desde esta ausencia existencial también se pueda explicar el valor densamente simbólico con el que la fotógrafa impregna su mirada cuando esta se detiene sobre unas manos. 

20 de julio, jueves. Jardín de aforismos: estanque


Precioso con su traje de colorines, me ensimisma el canto de un jilguero. Cuando acaba una de sus arias prodigiosas, desde mi escondite de helechos no puedo evitar lanzar un ¡hurra! en mitad del bosque, que sentí platea. Despavorido sale disparado hacia el cielo, huyendo de mi gratitud.

*

Huele a tiempo recién salido del presente.

*

Lo decisivo es con frecuencia solo la melodía que se oye de fondo en los acontecimientos.

*

Vivir se parece al oficio de aquellos músicos de teatro que interpretaban sus piezas en el foso del escenario. De vez en cuando asomaba la cabeza el director como un balón que hubiera caído a pies de los actores.

*

Hay quien piensa en una felicidad para sentarse en el sofá a acariciarla.  Un pájaro que se posa en una rama a cantar, enseguida se va, y la felicidad es el vacío que queda en el lugar.

*

Qué bien estamos los dos aquí juntos, ¿verdad?, tan a gusto cada uno entretenido con su móvil.

*

El único atractivo que tiene el fútbol contemporáneo es descubrir los errores en la práctica mecánica del juego que les han enseñado y practican sin cesar. Solo resulta memorable la dificultad que encuentran algunos futbolistas para convertirse en máquinas.

11 de julio, martes. Las artes plásticas y la gestión de residuos


Nunca le he temido a la ceguera, sé que sabría pintar mis cuadros con los ojos cerrados. Conozco de memoria su estilo antes de empezarlos. Siempre procedo del mismo modo. Una máquina no reproduciría el modelo mejor que yo. Es la verdad, aunque estas afirmaciones tan rotundas nunca se las contaré a nadie. Claro. No vendo muchas piezas, pero las que me compran pagan el alquiler del estudio, la ropa que visto y lo que me traiga los jueves del mercado para pasar la semana. Por las noches duermo en un rincón. Mi vida se limita a estos movimientos. Trabajo durante las horas de luz, para no aumentar con los focos la factura de electricidad, leo cuando oscurece. O escribo, como ahora, confesiones que rasgaré por la mañana, para que no se conozca la verdad. Nada le conviene menos al arte que lo auténtico. El arte es máscara de principio a fin. Ni puedo acordarme cuántas veces he empezado un escrito con el mismo párrafo que este. Día sí día no. Y sin embargo, lo escribo para que al día siguiente solo yo me entere de lo escrito, justo antes hacerlo trizas.

Por cierto, no resulta tan sencillo deshacerse de estos papeles comprometidos en los que necesito expresar la más recóndita intimidad para luego destruirlos. Solía hacer con ellos una pelota y lanzarla luego, con estilo de ala-pivot, al cubo de la basura. Pero un día me di cuenta de que cualquiera podía hurgar en los contenedores y leerlos con facilidad. Pasé inmediatamente a rasgarlos. No fue fácil tampoco la decisión de dónde deshacerse del documento, porque para entonces ya me había comprado un cubo con separación de residuos, en el que quedaba fatal ante mí mismo si tiraba al hueco del rechazo un papel, habiendo al costado un espacio pintado de azul que lo aguardaba ávidamente. Algo me impedía, sin embargo, cambiar el objetivo. Cuanto recogía la fracción azul del cubo multiusos —envoltorios de productos, folletos publicitarios, periódicos atrasados— es susceptible de ser leído. Así que, en un giro de guion sorprendente decidí mezclar mis escritos prohibidos con mondaduras, espinas, cáscaras y desperdicios de la comida en el cajón de color marrón. Así lo hice durante una temporada, seguro de que nadie se atrevería a investigar en un papel impregnado con salsa de tomate. Como basta adoptar una costumbre para que un documental la afee, en la tele me entero el otro día de que los únicos residuos que se revisan son los orgánicos, entre los cuales, en cierta ocasión, descubrieron unas cartas de la guerra civil de las que alguien se había deshecho junto a los restos de la cena. Las dudas regresaron a mi hábito de confesar a diario lo que nadie nunca debería conocer. De modo que no tengo ni idea de cómo me desharé de este folio cuando lo cubra de verídicas razones. Echaré a suertes su destino.

Compro cada mes unos cuantos listones y unos metros de lienzo. Me gusta clavetear mis propios marcos. Darles las medidas acordes con la inspiración. Antes fue la mía, ahora es la de los futuros dueños de las piezas, para que se amolden a la cómoda o al sofá sobre los que pretenden colgarlos. Y así empiezo cada mes con la misma rutina. De hecho, los tres o cuatro encargos que tengo, sea de particulares o del dueño de la tienda de muebles que se los vende a sus clientes, los resolvería en una, o quizá, dos tardes. Pero como estos cuadros me pagan un mes de alquiler, me parecería ruin tirarme a la bartola el resto del tiempo. Así que empiezo a pintarlos desde el desconocimiento de lo que aparecerá en ellos. He pasado por tantas épocas y estilos que no me extrañaría que alguna vez incluso repitiera motivos o combinaciones de color ya experimentadas hace años. No me importa. Creo convulsivamente sobre los lienzos. Y cuando los agoto, retomo el primero, le doy una capa de blanco y vuelvo a pintar. Y así las rotaciones que me exijan las horas con luz solar del día. Hasta la última semana del mes, cuando ya no puedo procrastinar más la entrega. Entonces devuelvo los lienzos a su blancura original y pinto según el estilo que conseguí hace unos veinte años y tanto éxito tuvo entonces, y lo mantiene, entre mis contemporáneos. Los envuelvo en plástico de burbujas y realizo yo mismo, disimulado con una gorra y un mono de repartidor, las entregas, casi siempre a los conserjes de las fincas donde habitan los seguidores de mi arte. Dos cosas que he de cuidar con esmero y fidelidad, aquellos a los que les gusta lo que hago y el estilo cuya admiración consigue desbloquear su cuenta corriente.  

[Cuaderno de ficciones, página 9]

7 de julio, viernes. A vueltas con Correos


Como si estuviera la corporación entera dedicada a sorprender cada día a sus usuarios, últimamente Correos me recrea con espectáculos inéditos. Como aquel día en el que recibo en mi casa una carta que había enviado tres días antes a un amigo. Sin ninguna anotación de «Devuelto» ni «Desconocido» ni nada que tan desolador resulta cuando ocurren estas cosas. Compruebo la dirección. Está perfecta. El destinatario la espera. ¿Qué ha ocurrido? Acudo a la estafeta para que me echen una mano. Me lo explican en seguida: ha sido enviada al remitente (consignado en la parte posterior), en lugar de al destinatario. Un truco fácil, pero efectivo.

         El de hoy lo supera. Me devuelven una carta escrita a otro amigo que hace años vive en la misma dirección de Santa Cruz de Tenerife. Por encima, ahora sí, las rayas sobre la dirección y el habitual «Desconocido» que indica una devolución. Me acuerdo de aquella época en la que los carteros eran capaces de entregar una carta en una ciudad en la que solo figurara un nombre. En cierta ocasión recibí un envío en mi domicilio en cuyo sobre figuraba, por error, el nombre equivocado de otra calle que estaba en la otra punta de la ciudad. Era el pasado. Llamo a mi amigo y le pregunto: ¿te has mudado de casa y no me lo has dicho? En absoluto, me responde. Soy yo, lo sé entonces, quien se ha equivocado. En lugar de 38007, que es su código, he escrito 38005. El resto de la dirección (nombre, calle, número, portal y piso) está correcto. Un excelente motivo para devolver la carta. Las máquinas que las discriminan no comprenden el concepto de error, sin el que ningún conocimiento podría haber existido, ni siquiera ellas. Tengo la impresión de que la inteligencia artificial nos convierte cada día en más idiotas. 

CARTAS AL s XX | 26 de marzo de 1985, martes. Viaje fin de curso a Lisboa


Un nadador al borde de la piscina, concentrado antes de lanzarse al agua, eso me parece la Torre de Belem junto al Tajo cuando me quedo absorto contemplándola. Un nadador sobre el poyete de salida, inclinado, a punto de saltar, a la espera del disparo que desencadene el movimiento, pero quieto hasta ese instante. Inmutable. Como de piedra. Hasta que suene. Y pasan unos minutos, y después unas horas. Unos días. Años. Décadas. Siglos. Y cada momento es el anterior al inicio de la carrera. Con esa emoción se contempla la piedra blanca sobre la que el atardecer hace prácticas de acuarelista novato.

         Hemos llegado aquí tras varias jornadas de autocar. Como si en realidad fuera un peregrinaje hasta la hierba de este lugar donde nos hemos tumbado a contemplar la torre que la luz prodigiosa de esta tarde de marzo acuna. Estar en clase día y noche, sin interrupción, rodeado por los mismos compañeros e idénticos profesores, los que nos acompañan en el viaje fin de curso del Puig Castellar, está resultando menos agobiante de lo que pensaba. Cada día lo pasamos en un sitio diferente, cada noche dormimos en un hotel, o algo que se le parece, distinto. Eso me ha dado qué pensar. Igual el aburrimiento del estudio no nace de ser siempre los mismos haciendo las mismas cosas, sino del aula, de los pasillos, de las calles por las que se llega al instituto, que son como un nadador que entrase a diario en la piscina bajando la escalerilla.

         Lo he decidido ahora mismo, me quedo aquí, en la torre, ya para siempre. Con el sonido del chapoteo de la corriente del Tajo contra la piedra, con la delicadeza de los relieves y cenefas, con su aire de barco de mercancías varado en la orilla del tiempo. Hasta que no salte el nadador al cauce del río no me muevo. Que se vuelvan todos a Santa Coloma. Que me dejen solo. Por las noches saltaré la valla y me alojaré en las estancias de piedra, como un recluta del ejército manuelino. Por las mañanas ya estaré despierto cuando asome el primer turista en la taquilla.

         Nos toca entrar, oigo que nos gritan. Visita al interior del imperturbable nadador. Uno de la clase le pregunta al profe: ¿Por qué se mataban tanto para construir una simple torre de defensa? ¿Con cuatro muros y una tronera no hubiera bastado? Espere un instante, profe, que ya voy, necesito apuntar en mi diario su respuesta, que luego se me olvida: Por desarmarlos con tanta belleza. Y es verdad. Y era otra época. Y tendré que subirme al autocar luego para regresar a mi siglo. 

20 de junio, martes. Jardín de aforismos: enredadera


El perro dormita a la sombra de la tapia por cuyo borde los pájaros se exhiben, modelos en una pasarela. 

*

A veces, tumbado en el prado, el cielo permanece bajo el cuerpo y la hierba es la sábana que lo cubre.

*

Los aforismos son mínimas conchas en espiral que se recogen en el pedregal de la prosa para guardarlas en un tarro de vidrio.

*

Las palabras cantan desde las cosas que nos rodean. La voz solista  del coro es la mirada.

*

Maestras en la locuacidad del silencio, aprendo poética de las estrellas.

*

Emprendo la vejez como camino de reconciliación con la muerte.

*

Nubes tímidas en el cielo. Como si nos estuvieran observado detrás de los visillos. 

8 de junio, jueves. Caer hacia el lado contrario del que se cae


Ni me había dado cuenta, en la calle, mientras esperaba la hora de la cita. Solo cuando el empleado de la inmobiliaria se dispone a enseñarme el piso, y para ello alza la persiana del comedor, entonces lo veo aparecer delante congelando el tiempo, como en las películas hacen los malvados. El edificio de la antigua fábrica textil, paredes de ladrillo, grandes ventanales, tejado a dos aguas. La chimenea que se alzaba en el centro ya no está. Soy incapaz de reprimir la pregunta. «No sé bien, es un local para el barrio, centro cívico creo que lo llaman». Y añade: «No tengo ni idea de lo que hacen ahí dentro». Nos quedamos los dos mirando, en silencio, confundido yo por la súbita irrupción del pasado; intrigado él por las desconocidas actividades del presente.

Para qué voy a negar ahora que me asusté. La mayor parte de las personas opinan que cuanto ocurre repetido es una coincidencia, pero a mí siempre me ha dado por entenderlo como un símbolo. Aquel fin de tarde visité las habitaciones, la cocina, el lavabo, la galería en el patio interior, como haría cualquier cliente, pero no vi nada. Al salir ya no recordaba ni el número de cuartos ni los metros de la sala. Pero como el piso estaba libre y la mensualidad parecía correcta, me comprometí a alquilarlo. Era un barrio tranquilo. Aunque solo lo conociera de paso, no había oído nada en su contra. Con servicios. Con plazas. Parada de metro. Autobuses. Sin demasiado tráfico. Cerca, un parque. El único inconveniente era yo. No el yo que iba a ocupar el piso con sus muebles, sino el otro.

¿Regresa a mi vida el que se quedó sentado en la reunión de la que había salido huyendo? Por inverosímiles que sean no se pueden descartar los acontecimientos que aún no han ocurrido. Cada día iba a hacerme la misma pregunta si finalmente asumía aquel alquiler. ¿Volver al mismo lugar no era ya un signo? Ni sé cómo acabé siendo miembro de una célula. Amigos, inercias, compromiso político en lo más aciago del momento. Repartía propaganda. Me manifestaba. Un joven estudiante más haciendo ruido. No creo que destacara en nada. ¿Por qué me eligieron? No era algo que me preocupara en aquel momento. Sí me intrigó el secretismo con el que me llegó la cita. Lo rígido de las condiciones. Hasta tres trayectos diferentes, deambulando por la ciudad, tuve que recorrer antes de poder dirigirme a las señas que había memorizado. Yo era un pipiolo, hacía lo que le mandaban sin rechistar, pero me recuerdo incapaz de contener un inconcreto afán de protagonismo histórico.

Ahora no sabría decir si acepté todos los pasos que me condujeron a la convocatoria por obediencia o por soberbia. El caso es que me vi a la hora concertada delante de la mole de ladrillo renegrido de la vieja fábrica con idéntica sensación a la que experimenté cuando el agente inmobiliario levantó la persiana. Era un edificio, entonces, que se desmoronaba. Los cascotes poblaban los pasillos. Por los cristales astillados de las ventanas circulaban las corrientes de aire con libertad de paso. Uno de los que conocía deshojó su periódico y lo repartió por la estancia vacía y sucia donde nos íbamos a reunir. Sobre las hojas nos sentamos en el suelo. Anochecía. Todos los presentes encendieron sendos cigarrillos y la oscuridad del lugar, sin ninguna iluminación, se convirtió en un cielo estrellado. No lo dije yo, sino uno de mis compañeros. Los demás sonrieron. Tensos.

Creo que el único que no sabía a qué había ido allí era yo. Pero lo supe en cuanto empezó la reunión. Íbamos a entrar en acción. Primero, conseguir dinero. Después, actuar. Quien nos iba a dirigir, que hasta ese día no lo había visto entre los nuestros, puso algunos ejemplos de actos a nuestro alcance. Desde aquel mismo instante, dijo, enfatizando las palabras, «todos somos clandestinos». Ahí mi ser se escindió en dos como la pieza que sufre el hachazo del carnicero en su centro y cada mitad cae hacia costados opuestos. El sumiso y el soberbio, unidos por primera vez en mi vida, de un lado. Nadie, del otro. Pero fue este vacío existencial quien alzó la mano y mientras me levantaba del suelo oí que decía: «Tengo que salir a orinar». «Vaya ocurrencia en este momento», escupió hacia el suelo quien había estado hablando.

Ni me detuve a desabrocharme la bragueta, claro. Pasillo adelante. La calle. Los tres itinerarios también de regreso. Y cuando estuve seguro de que no era seguido por los míos, me dirigí a la estación central. Dormité a ratos en un banco y abandoné la que había sido mi vida hasta entonces en el primer tren de la mañana. Con los años he tenido noticias, aunque difusas y distantes, de las peripecias que no experimenté. La gloria de los atentados, la aventura de lo clandestino, la fanfarria durante el juicio, el hueco tan abigarrado de las décadas en prisión. Siempre había sentido estar viviendo dos vidas. La verdadera, que era la de mis antiguos compañeros de célula, y la inane de quien vive. En el piso que iba a alquilar, cuando se levantó la persiana, presentí que el héroe que había en mí recuperaba al fin el espacio donde lo había abandonado. Un símbolo. Recogía las pertenencias de la celda en una bolsa de deporte y escuchaba, esta vez con fruición, el engranaje mecánico que a su paso abría y cerraba las puertas de hierro que durante tantos años me habían impedido salir.

[Cuaderno de ficciones, página 8]

2 de junio, viernes. Adentrarse en el cine.


Recuerdo la primera vez que fui al cine. Me llevaron mis padres a un local de estreno en el centro, en la parte superior de las Ramblas. Luego fue un teatro y ahora es una tienda de ropa. La película que se estrenaba era Tarzán 66. Como llevaba la fecha en el título sé exactamente la edad que tenía: seis años. La impresión de aquel acontecimiento, el ir al cine, debió de ser enorme porque nunca la he olvidado, aunque no hizo mella en mis gustos, ya que nunca he disfrutado con el cine de irrealidades y aventuras fantásticas. Poco después mis abuelos vinieron a pasar una temporada con nosotros. Mi abuelo había trabajado los domingos en el cine del pueblo, y le gustaba ir. Recuerdo haberlos acompañado muchos domingos al cine Bretón. Aún se conserva el nombre en el edificio, pero el lugar es ahora, no sé, una cafetería o algo así. No recuerdo haber visto ninguna película que me hubiera gustado especialmente. Vagamente creo que me atraían los westerns. De adolescente, con mis compañeros de colegio solíamos ir al cine Spring los domingos por la tarde. Programa doble, en el que a veces repetíamos la primera de las películas. El Spring resistió algunas décadas más, ahora es un bloque de pisos. Allí vi la primera película de la que tengo consciencia de haberme impactado de verdad: El graduado. No hace mucho la encontré en un canal y volví a verla. Descubrí en la cinta las tensiones que me intrigaron entonces. Se aludía a aspectos de las relaciones que, en aquel momento, aún no había descubierto. Los días siguientes los pasé buscando en el diccionario todas aquellas palabras inquietantes cuyo significado desconocía. A la salida habíamos visto dos tipos trajeados y hoscos mirando muy raro al público que abandonaba la sala. No pudimos volver al Spring en dos o tres meses por no tener edad para las películas que echaban. Mi primer cine fue ya un drama para adultos. No sé si eso condicionó mis intereses poéticos.

CARTAS AL s XX | 24 de marzo de 1905, viernes. Retrato conmemorativo de Julio Verne


No me hizo ninguna gracia que me reclamaran para un trabajo así. Un fotógrafo de fiambres es lo último que me dejaría llamar antes de soltar un mamporro al que lo pronunciara delante de mí. Pero también es verdad que si se lo pidieran a otro, aún me lo hubiese tomado peor. Y no solo porque lo cobrara en mi lugar, sino porque en este caso el difunto era renombrado y eso se transmite como la pólvora a todo cuanto se relaciona con él. Ahora sobre todo, cuando el célebre ya no va a poder disfrutar de otro privilegio que no sea el descanso eterno. Vaya, que me presenté en el 44 del bulevar Longueville, aquí en Amiens, más que dividido, peleado conmigo mismo. Como siempre, de hecho.

Me había avisado, con un billete garabateado que me trajo un muchacho, el hijo, el señor Michel Verne. Él mismo fue quien me abrió la puerta. Lo conocía de vista. Un tipo de mi edad. Elegante. De mundo. Con un buen retrato. Esta posibilidad y sus maneras cosmopolitas diluyeron el vinagre con el que había recibido el encargo. Enseguida se da cuenta uno de que no le han llamado por la rancia costumbre, sino por respeto al arte de atrapar lo que la vida de sopetón se ha llevado por delante como hace siempre, sin preguntar a nadie si el momento era el adecuado.

Dejo la cámara y los instrumentos de trabajo en el recibidor, al cuidado del chico que me ayuda a transportarlos, y paso con el hijo a la estancia del padre. El afamado escritor reposa. Se diría, como se conjetura de todos los finados, que duerme. El pelo revuelto sobre la oreja por haber estado tumbado de un costado. La barba blanquecina. El pobrecito había penado una triste enfermedad durante los últimos días. Le digo al señor Verne que no es menester cuando propone enviar al ama de llaves por un peine. Contemplo sus dedos en las manos entrelazadas sobre el pecho. Sosegado ante el tránsito. Sugiero que le alcen un poco la cabeza con otra almohada debajo de la almohada. El encuadre, perfecto. Voy a decirle que ni se mueva al padre, pero me retengo a tiempo y le pido al hijo que no toque nada. Y salgo del cuarto a buscar mis bártulos con la fotografía que quiero hacer ya hecha en el pensamiento sin siquiera haber montado la cámara sobre el trípode.

No veo, la verdad, una diferencia entre fotografiar personas en vida o ya idos. Quiero decir, la diferencia está en la realidad, pero no en la imagen. Ocurre igual que con los relojes. Puede que haya uno que no funciona hace años. El fotógrafo obra con él el milagro de devolverle a la cronología. La hora que señala ya no será la antigua en la que se detuvo o la presente siempre inverosímil, sino la real de la escena captada. Lo mismo ocurre al contrario. Aquel reloj que trabaja corrientemente, la estampa lo detiene para siempre. Vida y muerte se confunden en la fotografía. Los vivos quedan atrapados en idéntico hieratismo al de quien perece; los muertos permanecen iguales a sí mismos en el papel mucho más allá de lo que el tiempo está dispuesto a respetarlos.

Y en cuanto extraigo la placa de la cámara ya huelo la pólvora de la fama contagiándome y encendiendo mi nombre. Quién habrá captado este estremecedor instante, se preguntará aquel que en el futuro admire las obras del genio. Los dos, fiambre y fotógrafo, de la mano, eternos. Como manillas de un reloj estropeado, pero siempre en hora.

20 de mayo, sábado. Jardín de aforismos: seto


Con una simple tela sobre el cuerpo, a los griegos antiguos les gustaba ir al mismo tiempo vestidos y desnudos, sin que se supiera en qué momento se vestían y en cuál se desnudaban. De lo que se infiere que también conocían los principios de la física cuántica.

 *

Cuando el tiempo desaparece antes de haber comparecido: se envejece.

*

Los trabajos que exige ser alguien en esta época obligan con frecuencia a descuidar el ser uno mismo.

*

Lo admirable que tiene el metro es que el final de la línea coincide con el inicio del trayecto y apenas median unos minutos entre concluir y comenzar. No siempre ocurre así.

*

Buscar piedras con carácter en una playa abierta a las mareas es un gesto parecido al de la escritura, donde también el poema descubre sus significados en el pedregal de la lengua

*

Soñar y viajar en tren guardan parecidos. En ambos existe una identidad entre movimiento y quietud, una quietud dentro del movimiento. También comparten una realidad delante que les resulta tan inaccesible como huidiza. Y finalmente sueño y viaje concluyen en una parecida epifanía: han partido de un punto y sin haber caminado aparecen en otro lugar. 

*

El sol de tarde extiende una alfombra dorada sobre el suelo del porche. 

10 de mayo, miércoles. Luciérnagas


La luz transita los días, pero por las noches persigo luciérnagas. En la oscuridad, un poema se ilumina como aquellos insectos brillantes que ya es tan difícil encontrar. Pier Paolo Pasolini escribió un famoso artículo donde atribuía a su extinción la metáfora de la desaparición de la cultura popular, saqueada por el mercantilismo salvaje. Llevó a las luciérnagas al terreno de la política. Tal vez toque ahora regresar. Busco luciérnagas verbales para recuperar universos significativos en la ceguera de la época. Vuelos de luz en la tiniebla. Breves partículas luminosas sobre las palabras que leo. Uno mismo, luciérnaga que batalla con la oscuridad que le rodea.

[Libro V, Epigrama & XXXIII]

1 de mayo, lunes. Una versión para la memoria


Los jueves por la tarde ensayan en un local próximo. No les he visto salir con bultos nunca, así que imagino que el reunirse y tocar es solo una afición. Antigua, porque visten tejanos rotos y cazadoras de cuero con chinchetas y mensajes en inglés cosidos a la espalda, pero en la dispersa melena disimulan entradas generosas. El batería suele llegar antes que los demás y se dedica a practicar redobles hasta que, algo más tarde, el bajista conecta su instrumento. Hacia las seis, con las manos en los bolsillos, entra el cantante y en seguida, de fondo, mientras realizo mis tareas, escucho sus versiones de viejas canciones de los años sesenta y setenta, que tal vez oyeron por primera vez antes de cumplir los veinte años. Lo sé porque también miro detrás de unas gafas y hace tiempo que las canas le han ganado la partida al color oscuro de mi cabello. A veces recuerdo, al oírles interpretar alguna pieza emblemática, con quién la estuve bailando hace cincuenta años.

La frase me ha quedado tan redonda que no he sido capaz de rectificarla para que se acercara un poco más a la realidad. Así que he puesto un punto y aparte y lo que tenga que corregir ya será solo un añadido. Porque en verdad de quien mejor me acuerdo, las más de las veces, no es de la persona que bailó conmigo, sino de aquella con quién, deseándolo, no lo hice. No importa si eso no ocurrió nunca o solo una tarde en concreto, el caso es que mi memoria conserva intactos el nombre que no pronuncié al conversar y el rostro que tampoco acaricié. De los momentos de baile en la pista, en compañía y reales, ya fuera música rápida y agitada o los melosos lentos de la época, solo sería capaz de evocar ahora generalizaciones. Y si proporcionara algún detalle, seguro que era inventado.

Algo parecido me sucede con los lugares a donde acudía. La mayoría eran comedores de colegio mayor mal acondicionados como baile. Oscurecidas las ventanas con papel de embalar, dos tocadiscos en una mesa y una bola de espejos más o menos en el centro. Y sudor, ríos de secreciones por la piel que algún color desvaído en las tenues luces perlaba. ¿Dónde estaban esas salas perdidas a las que iba con tanta frecuencia? No tengo ni la menor idea. Creo que acudía con los conocidos de la época por pura inercia. Por ir a alguna parte a borrar los domingos del calendario. Porque hacerlo para oír música es algo que no podría defender ahora, tal como retumbaban las paredes y el vocerío del ambiente. Toda mi juventud alenté el deseo de un día bailar en Bocaccio. No ocurrió, pero no importa. Mis dedos conservan la delicadeza del terciopelo de los sillones y mis oídos la fidelidad de su equipo de sonido de cuando alguien, que había estado, me lo estuvo contando.

Nunca pude ir tampoco, unas veces por el precio, otras por la desgana, a ninguno de los conciertos que trajo las grandes figuras del rock de entonces a los estadios de mi ciudad. Oí en directo esas canciones que tantos recuerdos me despertaban en bandas de barrio cuando actuaban en la plaza mayor, en verano, durante las fiestas patronales de los pueblos. El inglés de los cantantes no parecía nada del otro mundo, pero como tampoco entendía a los originales, no era un problema. Las voces siempre se daban un aire a las que sonaban en los discos, y con ello me bastaba para disfrutar de lo que, en aquella época, era para mí lo más importante, el baile y la buena música.

Me ha pasado como en el primer párrafo. Su remate ha quedado tan perfecto que no he sido capaz de contrariarlo con matices. Lo cierto es que en aquella época lo que me obsesionaba no era el continente de la vida, sino su contenido. Es decir. Con quién ir. A un sitio o a otro, que eso daba igual. Y, lo esencial, con quién bailar. Iba siempre en grupo, aunque dentro había parejas, que se hacían y deshacían como las modas en cada temporada. Algo parecido me debió de pasar a mí. Unas veces me arrimaba a alguien, otras a nadie. Porque con quien hubiera deseado ir, los dos solos, claro, al fin del mundo, siempre andaba con ligues casuales. No me importó, sin embargo. Porque en cierta ocasión alguien me tradujo una canción de la época que decía: si a quien amas no está contigo, ama a quien esté contigo. Lo tomé como un lema, porque en la vida, al cabo de la edad, el único privilegio es estar vivo. El resto son aderezos. Con el tiempo lo que no pudo ocurrir resulta más valioso en la conciencia que la trivialidad de lo que aconteció.

[Cuaderno de ficciones, página 7]