2, jueves. Abril. Atasco en el presente o «Encerrados con un solo juguete»



La vida enclaustrada ofrece a los legos en el cenobio vertientes filosóficas que solo se aprecian con la experiencia. Quiero decir: que convierte en práctica algunas ideas teóricas. La perseverancia del mismo lugar como el exclusivo de la vivencia desdibuja el pasado, por el mero hecho de que el pasado estaba construido con reglas diferentes, acaso opuestas, a las actuales. También difumina la idea de futuro que se tenga, ante la incertidumbre que rodea el hecho de que la situación actual posea un final solvente. Sin reconocimiento del pasado y sin certeza del futuro, la existencia se restringe al presente, el más escurridizo de los tiempos. El que «en un punto se es ido / y acabado» ahora insiste, persiste, se inmoviliza —«Amontono lo gastado, no dejo de fabricarlo y de precipitar en él al presente» escribe E.M.Cioran como si fuera un comentarista de Jorge Manrique—. Ni se convierte en pasado, pues sus condiciones existenciales se perpetúan con la excepción que convierte el presente en el mismo presente que era; ni hay horizonte visible de que a continuación pueda aparecer, para desbancarlo, el futuro. Insólita circunstancia, porque, como observa Pascal, «Jamás nos atenemos al tiempo presente».
   Este presente estirado, por encierro en su propia excepcionalidad y sin poder abandonarla, prende en el lugar también de modo diferente. El lugar es la única condición que permite existir al presente. Pasado y futuro carecen de lugar, poseen memoria o proyecto, pero no una concreción locativa. El lugar es, en exclusiva, el territorio del presente. Esta es, sin embargo, una idea teórica, claro, en una situación convencional donde el tiempo varía el lugar a su antojo. De hecho, con la velocidad de las comunicaciones, incluso astilla la vivencia del presente, que será cada uno de los estadios, cada vez menores, por donde pasa la carrera vivencial. De hecho, no es el tiempo el que corre, sino la sucesión de espacios.
     En la reclusión social, la pérdida del dinamismo espacial imprime la sensación de que el tiempo se estanque, algo del todo inverosímil. Tanto como que se acelere. Ahora el tiempo solo transcurre en un lugar, que a su vez es el único escenario del tiempo. El lugar al que remitía el presente fugaz del ser-y-al-punto-ya-no-ser ahora persiste, día tras día. Extiende la experiencia del presente, como si el presente hubiera dejado de dar paso al siguiente presente, y este a la sucesión de presentes que desvelan el futuro y ensanchan la memoria del pasado. En el confinamiento, el presente pierde su condición filosófica de volátil e inaprensible —«Inútil intentar asirme a los segundos, los segundos se escapan», escribe Cioran en La caída en el tiempo—, porque el lugar lo ha fijado. Ha convertido en reo al tiempo. David —el espacio— acaba de derribar de una certera pedrada al poderoso gigante Paso del Tiempo.
    En televisión —único transmisor de imágenes de la realidad en la vida cenobita— veo el ingenioso modo de entrenar de una nadadora olímpica en la época de las piscinas clausuradas. Se coloca un arnés cuyo correaje la fija a un poste junto a una piscina infantil, inflable, no mayor de dos metros de diámetro, dentro de la cual, con sublime estilo, nada largas distancias sujeto el cuerpo al palo inamovible. No he visto mejor metáfora del confinamiento: nadamos en la piscina del tiempo sin conseguir avanzar ni un milímetro. El presente, que —escribe Pascal— «nunca es nuestro fin», ahora carece de fin. El presente extraño.