6, lunes. Abril. Sentidos del sinsentido



Conforme más asentada se encuentra la concepción temática de la literatura, esa suerte de tratado de domesticación que ofrece la crítica al uso contando argumentos, más interesantes resultan las reflexiones sobre lo incomprensible.
   El primer paso para meditar sobre lo incomprensible en literatura —he dudado en escribir poesía, pero necesito un término en el que quepan dentro novelistas como Néstor Sánchez o escritoras como la portuguesa Maria Gabriela Llansol— es desterrar el concepto de «experimental», tan en boga en otros tiempos. La literatura no experimenta, construye objetos verbales de carácter artístico cuyo éxito reside en la capacidad de alojar algún elemento singular y, de vez en cuando, innovador. La naturaleza de este elemento es un segundo paso, ya más conflictivo.
    Quienes en el presente hablan en voz alta de literatura —profesores, críticos, lectores, editores, libreros o bibliotecarios— establecen como elementos esenciales para la valoración de una obra aspectos exclusivamente semánticos. Se ensalza o denigra según se tase el argumento, los personajes, la acción, la profundidad de los símbolos o el tema. Se aprecia aún la resaca que provocaron las diferentes oleadas de formalismos que azotaron el siglo XX. Aunque se sepa, desde que Ferdinand de Saussure se lo explicó a sus alumnos, que el signo, como las monedas, vincula dos caras —significado y significante— la literatura parece condenada a apostar solo o por uno, o por el otro.
     En el primer párrafo que he escrito no disimulo hartura —enfado, quizá— por el actual predominio de los significados, pero en un viejo volumen de aforismos de E. M. Cioran —Silogismos de la amargura, editado en 1952 y traducido en 1980—, encuentro subrayado con énfasis uno en el que recuerdo haber militado: «La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la “realidad”; la manía verbal, incluso en los filósofos; la necesidad de renovarse a nivel de las apariencias; características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio». El propio Cioran desplegaría años más tarde esta diatriba contra las formas en un precioso ensayo titulado «El estilo como aventura» (1972), que también subrayé en su día con profusión y entusiasmo. En defensa de mi postura actual solo me queda balbucir un único argumento. La apreciación del predominio semántico en la valoración de las obras literarias quizá resultó por mi parte en exceso generosa, pues la tendencia actual se centra, casi en exclusiva, en el peso sociológico de las obras, es decir, su capacidad para encarnar sensibilidades sociales. Lo que también es, creo, «rival de la realidad» en literatura, pues no concibo el parentesco entre lo singular y lo estadístico.
   El interés de pensar lo incomprensible es que por fin se evita el hecho de haber convertido el signo literario en una dicotomía: o significado, o significante. Incomprensible implica una forma cuyo sentido no se comprende. Es decir, un significante cuyo significado es un conjunto vacío. A partir del reconocimiento del signo como una unidad en el que uno de sus elementos constitutivos puede concebirse reducido a cero se alcanza el tercer paso de la meditación: la capacidad para situarse en el límite de la expresión literaria, o mejor ya, poética. Solo desde el extremo la indagación sobre la poesía  puede precisar su naturaleza y descubrir los matices de su especificidad.
    La intención de este proemio es solo presentar un libro cuya lectura me ha encandilado: El pensamiento del poema (Mula Plateada, Kriller 71 ed. Barcelona, 2020) del poeta y ensayista peruano Mario Montalbetti (1953). Planteado como un comentario de las ideas sobre poética del filósofo francés Alain Badiou (1937), el libro las remonta, con extrema lucidez, hacia la esencia del poema y su protagonismo en los límites del lenguaje. Mientras los que vociferan en el foro literario apuestan por lo temático y por lo sociológico como valores exclusivos de su mercado, quienes apenas murmuran en pequeños corros, en un rincón de la plaza, empiezan a comprender el carácter fundacional que tiene lo incomprensible —Montalbetti analiza diversas estrategias para sustraer sentido al signo— en la escritura poética.