Me anticipa por todas partes
la huella de mi ausencia
DINU FLAMAND
La
niebla, como un cubo de agua sucia volcado sobre el pavimento, arruina la
claridad del día. No hacen más que quejarse mis amigas, con las que salgo a
pasear las mañanas de domingo. Bajo el vestido llevan el bañador puesto, con un
recambio y una toalla en el bolso. Les gusta caminar hasta el paseo marítimo y
luego darse un baño antes de regresar para la comida familiar, que en ninguna
de nuestras casas se perdona. Pero los planes quedan afeados hoy por la bruma.
En voz baja me atrevo a sugerir que, si no se puede ir a la playa, tal vez
podríamos tomar el camino inverso y subir hasta la ladera del parque donde hay
un laberinto. «Ya está la agorera —me dicen—,
hay que tener fe en que cuando lleguemos al mar ya se habrá impuesto el sol». «¿A que no
te has puesto el bañador?», me preguntan. «Con el día que hace»,
les respondo. «Desmoralizas al más eufórico», me espetan en la cara mis amigas. Ir hasta la
playa cada domingo me aburre, la compañía tampoco me motiva, solo la niebla, de
repente, despierta el ápice de una ilusión en mi interior.
No sé cuándo empecé a distanciarme de mis amigas, con las que salgo desde que éramos unas crías. Recuerdo que una vez, al regresar de una excursión escolar, la profesora, que había contado cuántas éramos mientras subíamos al autocar, una vez arriba, volvió a recorrer el pasillo de una punta a otra hasta en dos ocasiones numerándonos de nuevo cada vez. El conductor se impacientaba, pero la profesora no le daba permiso para salir. Pasó lista y la lista le cuadró con los presentes que las alumnas iban diciendo al oír sus nombres. Yo me mantuve callada, porque se saltó nombrarme. Así que volvió a recorrer el autocar contando, esta vez en voz alta, para no descontarse, y tocando en cada número la cabeza de cada una de nosotras. Pero al acabar, tampoco le dio permiso al conductor para arrancar. «¿Pasa algo, falta alguna?», preguntó. «No, al contrario, me sobra una», dijo descorazonada la responsable del viaje. «Bueno, entonces no hay ningún problema, nos vamos», repuso el hombre, pragmático. Y arrancó. Aún se debe de preguntar la profe de historia qué pasó aquel día en el que yo estuve presente y ausente al mismo tiempo.
Lejos de considerar la niebla como una
traición al espíritu dominical, según especulan mis amigas, a mí me parece de
lo más oportuna. Incluso simbólica. Que corte los edificios por su base,
anulando sus excesos en la altura, lo creo un acierto urbanístico. Que anule
por completo el paisaje de montaña que constriñe la ciudad, le devuelve
amplitud y horizonte. Aunque no se vea, ahora sí se puede soñar. Y mientras
crece mi entusiasmo, en mis amigas aumenta el malhumor. Cuando intento razonar
alguna de las impresiones que tengo, una clama, cortando de raíz mis argumentos:
«¡Pero si no se ve nada de lo que existe!». Y
enseguida entiendo que detestan aquello que a mí me encanta. Descubro en la
niebla, sin darme cuenta, un espejo donde comprenderme. Igual que ocurre con la
niebla, siento que no se percibe mi presencia, como si un manto perpetuo me
recubriera cuando estoy con los demás. A veces es solo verbal, nada de lo que
me gusta coincide con las apetencias del resto, siempre opino lo contrario de
lo que debería decir para que mi parecer existiera en la suma con las demás, y
no restara, como ahora, cuando todas se empeñan en continuar hacia la playa
mientras suspiro por ir al parque. Pero
en otras ocasiones es también real, continúan a buen ritmo avenida adelante,
aunque me haya detenido a observar cómo evoluciona entre dos edificios una masa
compacta de aire oscuro, y cuando me quiero dar cuenta ya solo me veo
desaparecer de sus miradas, que tampoco se dan la vuelta para buscarme.
En un antiguo
almacén del colegio de chicos, dos calles por encima del nuestro, los curas
habían organizado un baile. Enviaban al más joven y torpe de los novicios a
vigilar. Se quedaba como una estatua en una esquina, sudando bajo los hábitos,
y a mí me daba mucha penita porque parecía que estuviera castigado cara a la
pared. Aunque mirara hacia la sala, más oscura de lo permisible, a distancia se
veía que tenía los ojos en el cogote. Nunca le vi censurar un beso o una
inexistente distancia entre dos cuerpos en los lentos, nada de todo aquello que
justificaba su presencia. Cómo simpatizaba con el vigilante. Estaba sin estar,
como yo, a quien nunca se acercaba ningún chico para pedirme que bailara.
Durante los lentos bebía mi naranjada sentada en un peldaño de la escalera y
contemplaba con admiración el humo de los cigarrillos que también estaba
prohibido que se fumaran. No sé si ahí nació mi afición a la niebla. Quizá. Un
día me acerqué al novicio de turno, haciéndome la tonta. Tropecé con él a
propósito, aunque disimulándolo, y le pedí perdón. Me sonrió mirando al más
allá. Traté de explicarle que yo no quería, que había trastabillado, que me
aburría como él. Y a todo sonreía en silencio sin bajar la mirada del anclaje
que tenía en algún rincón del techo.
No sé por qué me acuerdo con tanta frecuencia de mis avatares de niña tonta adolescente. Ahora que mis amigas de toda la vida ni siquiera se dan cuenta de que me han abandonado. No lo pienso dos veces. Me cuelo en el metro y aunque tenga que hacer dos transbordos, me dirijo sin haberlo decidido al parque. Antiguo jardín de una finca de adinerados, en el centro hay un laberinto dibujado con setos. Es a donde quería ir sin atreverme a quererlo y, sorprendentemente, aquí estoy, en una de sus calles sin salida. Las paredes de ciprés son más altas que yo y la niebla descansa sobre ellas como la techumbre de una cabaña que me da albergue. Camino despacio por los engañosos pasillos del laberinto mientras a mi lado pasan corriendo niñas y niños. Chillan nerviosos mientras anhelan una salida con la que, ávidos por encontrarla, se topan antes de lo que en verdad desean. Contemplo la misma desazón por hallar lo que esperan no descubrir nunca que ha caracterizado los días de mi vida. Ahora, sin embargo, avanzo reconciliada con los caminos que no llevan a ninguna parte, curtida ya en el arte de no esperar nada de mi presencia.
[Cuaderno de ficciones, página 43]

