Los
signos siempre afloran, pero raras veces se perciben. Yo no supe verlos. Lo
mismo ocurre con la muerte. Dicen que está a la vuelta de cualquier esquina, pero
uno camina hacia delante, cruza las travesías y no se detiene nunca en los
vértices. Es lo que me ocurrió. Los indicios también se amontonan, entreverados
unos y otros. Los opuestos a la vida se agazapan. No es que cueste
descubrirlos, es que tampoco se desea desenmascararlos. Se manifiestan por sí
mismos, pero después… se multiplican. Abruman con su magnitud. El problema es
preverlos con anterioridad, cuando afloran imperceptibles mientras quien camina
cruza por delante. Yo la recordaba durante el viaje a Montevideo, unas semanas
antes, en verano. Fue en enero. La miraba y solo contemplaba infinitud. La maleta
hacía las funciones de mesa y sobre ella revoloteaban los papeles donde
escribía su conferencia, abstraída de ruidos e incomodidades. Cada párrafo
redactado lo declamaba una y otra vez, hasta que le parecía impecable. La voz,
que brotaba con emoción, transformaba los instantes triviales de un viaje en
vívida pureza. Le habían avisado sin tiempo para preparar su intervención, que
escucharon desde el estrado sus dos compañeras durante el acto, Juana
Ibaramburu y Gabriela Mistral, y tantas personas en el teatro, que luego
aplaudieron a rabiar. Y allí se encontraba mi madre, brillante, irradiando
fulgor. Desde los bastidores no le quitaba ojo. Resplandecía. Juana y ella con
la misma edad, Gabriela solo pocos años mayor. Entre las tres encarnaban un
continente que emergía con voz de mujer. No hay ningún motivo ahí que estorbe
la felicidad de vivirlo. Era lo que pensaba justo antes de que se despeñaran aquellos
días aciagos en Mar del Plata. No supe ver ningún síntoma pernicioso en su
carácter aquellos días de una, pensé, acogedora primavera.
Poco
antes había aparecido Mascarilla y trébol. Un libro estremecedor. Mi
madre, pletórica de sí misma, se presentaba en él retorciendo el cuello nada
menos que a Cupido: «He aquí que te cacé por
el pescuezo / a la orilla del mar, mientras movías / las flechas de tu aljaba
para herirme / y vi en el suelo tu floreal corona». Tanto como había sufrido de
amores, ahora era el amor quien padecía su ira. Veía en ella signos de vida por
todas partes. En el libro me dedica un poema. Un soneto blanco de los que había
empezado a escribir para avanzar en sincronía con su tiempo. A veces me recito
a mí mismo, para imaginarme cuando estábamos solos en el mundo mi madre y yo,
uno de los cuartetos: «Lo acunas
balanceando, rama de aire / y se deshace en pétalos tu boca / porque tu carne
ya no es carne, es tibio / plumón de llanto que sonríe y alza». No sé muy bien
por qué se empeñó en ir a Mar del Plata aquella primavera, donde los recuerdos
atravesaban de noche las calles de su memoria y como borrachos vocingleros no
la dejaban dormir. El que sería el aciago octubre.
Fifí
siempre la apaciguaba. A mí me gustaba acompañarla hasta Puerto Madero cuando
decidía ir a verla. La contemplaba después a lo lejos, en la popa del barco,
buscándome con los ojos entre los pañuelos que se agitaban a mi alrededor. Un
viaje que, si el día acompañaba, daba gusto hacerlo en cubierta, con la sal del
mar en la piel. Luego, sabía que al llegar a Sacramento un carruaje estaría a
su espera. La playa del Álamo, la playa de Colonia, su favorita, con todos los
recuerdos del verano en su extensión. Un leve paseo de ida al que la orquesta
del mar ambientaba con sus melodías. Era lo que deseaba también yo para aquellos
días de mamá en los que necesitaba salir de Buenos Aires. Le escribió una nota
a Fifí. Fifí le respondió que mejor no. Tenía un compromiso, esperaba
visitas. Como cuando se va a dar un paso distraído y de repente se descubre que
ya no hay camino delante, solo una escarpadura en el terreno.
La
acompañé aquel martes, día 18, hasta el alojamiento balneario en Mar del Plata.
En la calle Tres de Febrero. Era huésped conocida. Y apreciada. A mi madre la
adoraban en todas partes. La amistad brotaba de su trato como los caños en las
fuentes. También podía estar a gusto en La Perla, era lo que supuse. La ciudad
quedaba a su espalda si se sentaba a contemplar el perenne océano. Así también
era como entonces yo pensaba a mi madre. Que seguiría estando ahí, donde había
estado siempre. En Celinda, la mucama que velaba por su cuidado, teníamos
confianza. Me gustaría conservar recuerdo explícito de cada una de las horas
que ese día pasé con mi madre. Ahora las anotaría en este papel, cada hora con
su contenido de gestos y palabras. Pero quería regresar pronto a Buenos Aires y
las manecillas del reloj solo rodaban para mí con ese propósito, sin que ningún
otro me hiciera despertar del letargo. Recuerdo solo, porque insistió en ello,
aunque como insistía siempre, que me rogó que la escribiera. Usó ese
verbo, «te ruego», y no otro, y tampoco aprecié esa señal. Le escribí. Una
carta al día siguiente, miércoles. Otra, el sábado. Quizá ella esperaba de mí
que le enviara una carta cada día de aquella semana, que creí una semana más,
sin pensar que para ella era la última batalla consigo misma. La que perdería.
El
martes 25 de octubre, por la mañana, sin conocer aún el feroz designio que
arrastraba la fecha, hablé por teléfono con el hotel. Dijeron que mi madre
seguía en su cuarto, descansando. Le habían subido el desayuno a primera hora,
pero aún seguía dormida y no habían insistido. En aquel momento, sin saber por
qué, me quedé con las ganas de cruzar con ella unas palabras telefónicas,
apresuradas siempre, intensas de tan breves. Pero regresé sin más a mis
quehaceres. El paso del tiempo desapareció de nuevo de mi mente hasta que unas
horas después, cuando más embebido en mis asuntos me encontraba, otra llamada
telefónica desde el hotel me zarandeó de repente de una manera brutal y a
partir de unas pocas palabras, casi inocentes, «han
encontrado su cuerpo flotando en el agua», todo empezó a temblar a mi
alrededor. La creí dormida cuando ya estaba ahogada. En la playa de la Perla,
unas horas más tarde, a la brutalidad de las palabras tuve que añadir una
imagen devastadora. En la escollera, un zapato se había quedado atrapado entre
unos hierros que sobresalían. Me pidieron que lo identificara. Y era, sin
ninguna posibilidad de duda, el zapato de Alfonsina Storni, mi madre.

