3 de junio, miércoles | Parábola del mal samaritano



Me entrego solo a aquello que destruyo

Pierre Emmanuel

  

Así como lo veo yo, la cuestión es la siguiente. El caminante avanza por un sendero invernal. A cada paso que da, la hojarasca crepita bajo las botas. Lleva buen ritmo. El fragor que provoca anula el resto de sonidos del bosque, pero no le importa desatender el canto de algún pájaro que tampoco es capaz de identificar. Lo único que persigue es mantener la cadencia de la marcha. No quedarse por detrás de su determinación. Al atravesar un claro, en cierto punto, descubre a lo lejos la figura de otro viajero, pero no está erguido, como él, sino tumbado sobre la hierba que crece en un poco pronunciado talud. Se ha colocado la mochila bajo la cabeza, a modo de almohada y los ojos cerrados parecen indicar que está dormido. Si el caminante continúa su marcha, es muy posible que despierte a quien aprovecha el silencio para descansar. Pero no me corresponde a mí tomar esa decisión de continuar o de emprender un rodeo a través del bosque para no producir ninguna molestia. Yo soy, en este ejemplo, siempre quien está durmiendo, mi compromiso se limita a continuar así de ignorante o a despertar.

         No puedes acusarme de incumplir mis promesas si de repente me desvelo y al abrir los ojos con mi gesto afeo el alboroto que montan tus botas al caminar. En una pareja, siempre hay uno de los dos que perturba y otro que duerme plácidamente. Si este no se despabila, la perturbación tampoco existe. Si el caminante decide no modificar su ruta y atraviesa por delante de quien dormita sin que el otro se alerte, es lo mismo que si no hubiera pasado nunca por ahí. A su hora, abrirá un ojo, luego, el otro y se dirá a sí mismo «necesitaba este descanso». Alzará la mochila hasta su espalda y reanudará su vida en el mismo punto donde la había dejado al sentirse agotado. Tal vez incluso beba unos sorbos de la cantimplora y al sentir un ligero apetito apriete con una mano la bolsa donde guarda un bocadillo como vitualla. Que se lo zampe o no en ese instante resulta indiferente para el caso que estamos analizando. Si fuera yo quien soy, el recién espabilado, puedes estar segura de que no me hubiera levantado del talud hasta no dar cuenta de las provisiones. De todas las provisiones. Para con ellas tomar fuerzas y alcanzarte. ¿Y qué hubiera pasado entonces?, pues nada. Nada de nada. ¿O sí? Te abrazaría.

         Es como yo lo veo, un ir acercándonos; sin embargo, tal como tú explicas las situaciones, en cualquiera de los dos casos, la distancia entre tu itinerario y el mío aumenta sin cesar. No me habrían alertado tus pasos ni me hubieran causado ninguna molestia, pero en lugar de sentarte a esperar que me despertara por mí mismo, has seguido caminando y no solo estás ya lejos de mí, sino lo que es peor, sigues alejándote en cada conversación que mantenemos. Es posible que tus pasos no levantasen ningún rumor sobre las hojas secas, taimada como eres en todas tus maniobras, pero eso no quiere decir que no pasaras por delante de mi sueño y trataras de no desvelarlo, quizá avanzando de puntillas. El engaño sería entonces más patente, por oculto. Y más doloroso si en ese instante lo descubriera. Y al abrir un ojo, como quien no quiere asistir a ninguna prueba con las que nos examina la vida de pareja, de repente te viera caminar entrelazada con alguien que no soy yo, acaramelados los dos, queriéndoos entregar el uno al otro en cada uno de los gestos que os regaláis. Los dos muy juntos, buscando un recodo del camino, pero no para dar un rodeo, sino para esconderos de mí. Y si eso ocurriera así, ¿qué despertar sería el mío? ¿Cómo podría continuar el camino, después, que recorremos juntos?

         Bueno, no es más que simple un ejemplo. Los ejemplos no son una crónica, no se construyen con datos reales, sino solo con parábolas. Es hablar por entendernos mejor así, metafóricamente. Qué más da quién haya sido infiel con quién. Quién ha perturbado el descanso de quién. No pongamos nombres a los personajes. Veamos solo cómo se comportan. Ya sé que el desleal he sido yo. Pero tú eres quien no admite que levanta un ruido infernal por el camino cuando avanza, la que se queja en todo momento de mi comportamiento inadecuado. Ya lo he admitido. Ahora descanso sobre un pequeño talud de la vía que compartimos y por eso soy yo el durmiente. Y tú la que me despierta una y otra vez, atravesando por la senda con tacones de bailadora sobre una plataforma de madera. Por eso, cuando te acercas a mí, que descanso tumbado sobre la hierba, deberías aplicarte el cuento, el cuento original, y abandonar la pista de hojarasca y en silencio dar un rodeo sobre todo lo que ocurrió y el que tus malas artes descubrieran que me había echado a dormir en nuestra relación, y sin levantar la voz aparecieras al otro lado, justo cuando yo emprendía de nuevo el camino, para así juntarnos de nuevo y seguir como siempre, de la mano, sin alharacas, los dos hacia delante, reconstruyendo al unísono aquello tan valioso que estaba sobre la mesa y una corriente de aire ha empujado hasta el borde y ha dejado caer al suelo, sin que se rompa nada, ni un solo añico, solo si tú eres capaz, claro, de no despertarte mientras cruzo por delante, aunque crepiten mis pasos. 

[Cuaderno de ficciones, página 41]